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javierdelgado

ADIOSES, 6: DESDE LA COLINA, UN DÍA.

Desde la colina, un día.

 

Saldrá de casa sin despedirse de nadie. Avanzará por el lomo de la colina barrida por el viento, tropezará, cojeará, deseará no haber ido hacia el punto al que siempre ha querido ir a esas horas, desde que nada más llegar de la ciudad subieron a esa cima y echaron la vista a lo lejos procurando que la finísima arena suspendida en el viento no les entrara en los ojos. Irá. Pero esta vez irá solo y abrirá bien sus ojos y dejará que los granos de arena los hieran hasta hacerlos llorar y sangrar. Que salten las venas de los globos oculares, se rayen las córneas, se cierren las pupilas, se inflamen los párpados hasta desgarrarse. Frente al viento, invocará la furia antiquísima de la arena, someterá sus ojos al suplicio de su violento poder, ofrecerá esos dos pequeños preciadísimos óbolos a la deidad de la erosión en el inmenso altar del aire. Erguido sobre la colina de sus sueños, apoyado en sí mismo, en su voluntad, memorizará la paulatina pérdida de la última visión: las líneas ondulantes del terreno, los brillos de los yesos, los borrones de los verdes polvorientos, las formas de las sombras, hasta que ya no haya más que tenues luces entre luces, borbotones de luces bailando en sus heridas, oleadas ardientes de sangre manando sin cesar. Después de las últimas visiones de aquel paisaje, las primeras visiones sus propios ojos entregados a la destrucción. Después, sumido en las tinieblas, se perderá por los montes y no volverá, no volverá.

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