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javierdelgado

"DOKTOR FAUSTUS" DE THOMAS MANN ME SIGUE DECEPCIONANDO...E INTERESANDO

“DOKTOR FAUSTUS” DE THOMAS MANN ME SIGUE DECEPCIONANDO…E INTERESANDO.

 

La infantiloide narración del encuentro entre el diablo y Adrián (protagonista de la novela), las pseudocientíficas teorías sobre la influencia de la sífilis en la creatividad artística, los absurdos pasajes de “viajes al mundo submarino” (que ni de lejos superan la comparación con los del famoso Capitan Nemo), la insistencia en balbucientes teorizaciones musicales con timo, el contínuo aparecer y desaparer de personajes que, como gotas de lluvia, se cuelan inmediatamente por los sumideros del olvido, los comentarios “en tiempo real” del autor sobre la actualidad alemana y mundial (mientras sucede la II Guerra Mundial)…

 

Ya sólo queda menos de un tercio de la novela y aún espero que Thomas Mann consiga ganarse, precisamente en esas páginas, mi respeto. Por eso, imagino, continúo leyéndola y estoy seguro de que la terminaré: su lectura tampoco me hace sufrir.

 

Hay un hilo de continuidad, el asunto del artista y su creatividad, los problemas que sufre el artista en su anhelo de prefección y originalidad, sus renuncias cotidianas,  la reacción del medio en el que vive y del público de sus obras, etc., que sí me parece que merece la pena. El problema es cómo atiende esos problemas, con qué mirada, el co-protagonista y narrador de “Doktor Faustus”, Serenus (el cual merecería más bien llamarse Inquietissimus, incluso Simplicissimus). Su bobalicona admiración resulta tanto más penosa cuanto más “misterios” parece encontrar en la vida y obra de su amigo Adrián. ¿O es que Thomas Mann quiso, precisamente, hacernos percibir la estupidez del admirador absoluto? Ése me parece un buen punto de vista de lectura de esta novela y creo que es el que mantiene mi atención. Pero no parece que Thomas Mann pretendiera precisamente eso: su texto rezuma aires de “grandiosidad” y nada de ironía.

 

Por otra parte, el asunto del artista, etc., había dido tratado ya en famosas novelas, de las cuales sólo mencionaré aquí un ejemplo especialmente notable, para mí muy querido: “La búsqueda del absoluto” de Honoré Balzac, escrita más de un siglo antes, en 1834, en la que, por cierto, no le hicieron hicieron falta ni a Balzac (ni a Balthazar Claës, el  protagonista de la novela), ni una sífilis ni un encuentro personal con el diablo (ni trato con él que valga) para mostrar paso a paso el proceso de obsesión de un artísta con su obra y las consecuencias de ello en su vida cotidiana.

 

Que una novela de corte realista tenga que buscar en elementos “misteriosos” el origen de una dedicación al arte da que pensar. A la altura del ecuador del siglo XX un escritor no tenía por qué valerse del (ya por entonces manido) recurso del “trato con el diablo” para narrar la aventura vital de un artista dotado (o empeñado en exhibir los rasgos) de cierta genialidad. Por supuesto, Thomas Mann era muy libre de retomar “un mito” de la “gran cultura” germánica para colocar su novelón en la lista de los textos que seguían esa estela.

 

Más divertido (si se permite el adjetivo) es el recurso a la sífilis: el Mann musicólogo cede por algunas páginas la palabra al Mann galeno y psiquiatra… para terminar de rematarla. Mi impresión es que en este caso, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”: con sus cuatro pinceladas anacrónicas (para entonces ya se sabía bastante más al respecto), Thomas Mann corre el peligro de acabar apareciendo a nuestros ojos como un escritor tan conocedor de los estragos de la sífilis como de la teoría musical dodecafónica y sus implicaciones en la evolucion de la cultura de su época, lo cual sería sería injusto.

 

Hay un interesante artículo en la Red: “Irracionalismo, negatividad y música en el “Doktor Faustus” de Thomas Mann de Inmaculada Murcia Serrano; me parece que resume muy bien el conjunto de cosas inteligentes que se suelen escribir sobre esta novela, una especie de “estado de la cuestión” perfectamente “ortodoxo” al respecto. Al leerlo me he dado cuenta de ese tipo de argumentos no me convencen.  Escribe Inmaculada Murcia Serrano, or ejemplo: “Thomas Mann trataba de poner de manifiesto en esta novela, no sólo la esterilidad creativa de la época, como él mismo reconoce, sino, sobre todo, las causas de esta esterilidad, que venían determinadas por la constatación de que la cultura europea, que había alzado como bandera la razón y la ilustración frente a lo irracional y la superstición, había desaparecido.” ¿Realmente había desaparecido? ¿No se trató, más bien, de una deserción intelectual de la burguesía europea? ¿Acaso nadie oponía argumentos contra esa “barbarización” del medio cultural (y vital) alemán ante el que Adrián y Serenus permanecen, cada uno a su manera, impotentes?

 

El asunto de la música y lo irracional, lo dionisíaco (o demoníaco) contrapuesto a la belleza guidada por la razón, etc., por mucho Nietzsche y Schopenhauer, Adorno y Schönberg que Thomas Mann tuviera en mente mientras componía su novela, lo cierto es que sus disquisiciones pecan de un dilettantismo preocupante, un dilettantismo que además no tiene en cuenta las propuestas culturales racionales que (no sólo, pero también) desde la izquierda marxista se estaban haciendo en esa época. En el universo intelectual y moral de Thomas Mann esas propuestas no existen: ante la racionalidad burguesa no se yergue sino la irracionalidad demoníaca del horror nazi. Por cierto: Ni Adorno ni Shönberg planteaban precisamente nada aprovechable por la ideología nazi; entonces, ¿por qué sus “modelos musicales”, en manos de Thomas Mann, aparecen en el otro plato de la balanza? ¿No habría que poner en él, más bien, los himnos y cánticos (y las orgías de sangre) de las SA, de las SS, todos aquellos himnos guerreros de la ortodoxia nazi? Todo esto me hace desear releer al (ahora tan injustamente olvidado) György Lukács. Su “Thomas Mann” (1957), quien, por su parte, si mal no recuerdo (hace ya tantos años de todo...) trataba  con bastante generosidad tanto a Thomas Mann como a su “Doktor Faustus”.

 

¿Por qué un escritor como Thomas Mann, cuyas novelas sobre la familia Budennbrook o del estafador Felix Krull me parecen estupendas se empeña en su madurez en escribir una novela que me parece tan…mala? Ésta es la pregunta que me estoy haciendo desde que comencé a leer su “Doktor Faustus”.  La otra pregunta que también me hago cada día es: ¿por qué me empeño en acabar de leer una (larga) novela que no me está gustando? A más de un@ de Ustedes les habrá ocurrido alguna vez.  A mí, con demasiada frecuencia, lo cual seguramente dice más de mis debilidades que de la calidad de las obras que leo.

 

Creo que ambas preguntas son las dos caras de una misma moneda. Creo que, entre otras cosas, aquellas juveniles lecturas mías del maduro Lukács, sus apasionantes análisis y sus impresionantes juicios sobre “obras cumbre” de la literatura todavía influyen en mi, en cierta medida, “obligado” acercamiento a ciertas novelas que (acaso sea fallo mío: esperar “otra cosa” de las personas y de sus obras es una de mis equivocaciones más notables) no consigo disfrutar.

 

Creo también que los asuntos de fondo que tratan algunas novelas, asuntos que tengo la impresión de que me conciernen y la seguridad de que me preocupan, hacen que insista en lecturas que si por un lado me decepcionan por otro me ayudan, precisamente, a enfrentarme a esos asuntos ante los que reacciono con pasión. Puede que a una novela no se le pueda pedir más.

 

 

Continuará…

3 comentarios

francisco diaz sepulveda -

la verdad es deprimente la manera que tienes de ver la obra, te decepciona, creeme que me decepcionas mas tu a mi, con esa manera tan tonta de apreciar una novela como esta. Antes de tratar de forjarte una opinion de una obra como esta creo que deberias de leer algo mas que harry poter.

Polichinella -

Estoy de acuerdo contigo. A mí la novela tampoco me ha gustado. Me ha parecido tediosa, prolija y enrevesada como ninguna... La aparición del Diablo si fue para ese diálogo mejor que se hubiera quedado en su casa, ¿no? Una pena. Yo me terminé la novela pasándome página sí y página no porque me resultaba de lo peor que jamás haya podido leer... Con lo bien que me caía mi amigo Hans Castorp...

sustrys -

Bueno, es una opinión, aunque tengo la sospecha que, lo verdaderamente importante en esta novela es lo que no se dice explícitamente, la verdadera naturaleza del Arte. Todo lo demás, no representa, a mi entender, mas que el marco de lo mundano, o mas cercano a nosotros, sin otro propósito que la distinción entre la metafísica y la física.
Un saludo
S.