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javierdelgado

"DOKTOR FAUSTUS", THOMAS MANN, LUKÁCS...Y UNA NUEVA MIRADA SOBRE ADMIRADOS AUTORES

“DOKTOR FAUSTUS”, TOMAS MANN, LUKÁCS, ETC.

 

Mi admirado amigo Mariano Anós escribe por estos días un blog (http://sitios08.blogia.com) en el que va dando cuenta casi diariamente de los progresos de aproximación a la puesta en escena del espectáculo “Sitios Saragosse” y no sé si es cosa de contagio pero lo cierto es que yo llevo ya unos cuantos días dándoles cuenta de los progresos de mi lectura de la novela “Doktor Faustus” de Tomas Mann…y de algunas lecturas más.

 

 Puede que les esté dando la tabarra con este asunto, pero eso tiene, en su caso, evidentemente, fácil solución. No la tiene tan fácil en mi caso, pues este dar cuenta de mi lectura de esa novela me está obligando mucho más de lo que imaginaba cuando comencé a despotricar sobre ella. Tengo la impresión de que mientras leo a Thomas Mann y a Lukács estoy haciendo interiormente un doble ajuste de cuentas: con las cabezas de la “alta cultura” europea y con las cabezas de la “crítica revolucionaria” del siglo XX. Mann y Lukács, cada uno desde su elevado puesto en la lucha de las ideas no dejan de parecerme, definitivamente, dos grandes ejemplos de las terribles cegueras intelectuales de su época.

 

No me arrepiento en absoluto, por eso, de haberlo hecho hasta aquí, pero, como les anunciaba en un anterior breve mensaje de náufrago, desde que llegué a la página 450 (en la edición española de Edhasa, colección Pocket en la que leo esta obra) y leí que Serenus se desencantaba ante las palabras de su admiradísimo Adrián me fui animando mucho más en su lectura, acaso porque realmente (es decir, al margen de mi personal experiencia lectora) la novela cobra nuevos bríos y ofrece mejores contenidos. Así me lo parece, como me pareció hasta esa página que esta novela de Tomas Mann adolecía de muchas fallos y flaquezas.

 

Es curioso que la decepción de Serenus tenga lugar por las palabras que Adrían  había dicho sobre el arte y sus obligaciones sociales. “Un arte – escribe el decepcionado Serenus – que emprende ‘el camino del pueblo’, que hace suyas las necesidades de la masa, del vulgo, de la mediocridad, acaba por caer en el desvalimiento y sólo puede vivir de la ayuda del Estado”.  Parece ser que para el profesorcillo Serenus (al que lo más importante que le ha pasado en su vida es haber conocido a Adrián) “el camino del pueblo” es sinónimo de “necesidades de la masa, del vulgo” incluso “de la mediocridad”. Como en ningún sitio se recogen las palabras que había dicho Adrián, nos quedamos sin saber cuál fuera su sentido exacto más allá de este personalísimo resumen de su fiel admirador…hasta ese día.

 

Pues bien, el ejemplo me sirve para el asunto que he tratado en otras ocasiones: la transcripción que Mann hiciera  de las ideas de Shönberg y de Adorno bien pudieron sufrir los mismos deslizamientos e imprecisiones en los que incurre su personaje Serenus al intentar reproducir el pensamiento de Adrián. Y eso es de lo que hasta ahora me he venido quejando. Pero llevaría sin duda demasiado trabajo el acarreo de citas de unos y otro para demostrar cómo lo que en un contexto adecuado tiene pleno sentido y razón… y bastante menos en esa novela.

 

A la altura de la página 450 de “Doktor Faustus” andaba yo ya metido hasta las cejas en el libro de Lukács “Thomas Mann” (Grijalbo, 1969), compuesto por tres ensayos, de los cuales el segundo “La tragedia del arte moderno” está dedicado precisamente a “Doktor Faustus”. Lectura que me está resultando también muy reveladora.

 

Escrito en 1948 (Lukács tenía la obsesión de fechar sus trabajos – después de la feroz crítica del núcleo dirigente el partido bolchevique y de la II Internacional a su juvenil “Historia y conciencia de clase” procuraba cuidarse muy mucho de dar un paso con el pie cambiado), es un texto típico de su autor, entregado al análisis de la crisis del arte del siglo XX (“por un lado, el humanismo burgués en avanzado proceso de descomposición y, por otro, los poderes reaccionarios, mistificadores y demagógicos que instrumentalizan esta descomposición a favor del capitalismo monopolista”, p. 112), una crisis, por cierto, que Lukács observa, en 1948, desde la atalaya de un Moscú al que también podía atribuirse – pero eso él no lo pensaba – la mistificación y demagógica instrumentalización de esa crisis del humanismo burgués… y de la crisis del movimiento comunista internacional a favor de una oligarquía burocrática pseudorrevolucionaria.

 

Leer a Lukács en estas fechas del siglo XXI es terrible, al menos para quien no  fue terrible su lectura en los setenta del siglo XX, como es mi caso. Que para entonces ya me molestase que metiera en el mismo saco a “Shopenhauer y Wagner, Nietsche y Freud, Heidegger y Klaes”, todos ellos “musagetas de la reacción moderna” (TM, p. 111) y que escribiera exabruptos sobre la literatura de Joyce, Beckett y Kafka no me impedía intentar comprender las razones del sabio húngaro…y de hacerlas  mías.

 

Ayer,  mientras leía esas páginas de 1948 me sentía francamente abrumado y pesaroso y, si no radicalmente separado de su estela (pues sigo inspirándome en el marxismo a la hora de analizar las cuestiones sociales y culturales), sí muy contrario a sus sentencias.

 

Me divirtió, por eso, leerle: “[…] hoy Arnold Shönberg, con su insistencia a posteriori en reclamar la ‘propiedad intelectual’ de la música de Adrián Leverkühn, no consigue sino hacer reir” (TM, p. 77). A la vista de la documentación existente sobre el asunto de la colaboración de Schönberg con Mann en la redacción de los pasajes dedicados a la música en esta novela, es más bien Lukács quien hace reir. Por mi parte, estaría dispuesto a darle la razón al sabio, pero en un sentido totalmente distinto al que tienen sus palabras. En mi opinión, lo risible (si hay algo de risible en ello) es la pretensión de Thomas Mann de transcribir fielmente la ideas del compositor (y las teorías de Adorno) en su novela.  

 

Eso no obsta para que a la altura de la página 664 de la novela de Mann yo ya tenga que confesarles que, en conjunto, las descripciones literarias que el novelista hace de las obras que compone su Adrián  Leverkühn me parecen maravillosas (su Apocalipsis, el concierto para ciolín y orquesta, las obras de cámara…). ¡Pero es que estas descripciones maravillosas comienzan en la página 492 de la novela! Todo lo que hay antes sigo pensando que son disquisiciones pseudo musicológicas producto de malas transcipciones del pensamiento de Shönberg y de Adorno. Que ambos se enfadaran con Mann no me extraña en absoluto, pero acaso debieron hacerlo no tanto por todo lo que tomó de ellos sino por cuanto fue lo que expresó de mala manera.

 

Me parece muy bien que Lukács reinvindique “la fisonomía intelectual” de los personajes de las novelas de Thomas Mann frente a personajes de otros autores “ cada vez más rebajados en el nivel de sus vidas interiores”. Pero me parece muy mal que la rica vida interior de estos personajes de Mann se vea destripada con textos indigestos. ¡Qué diferente es el texto de Mann cuando da cuenta de las discusiones intelectuales en  la sociedad cultural de Munich! Los capítulos XXXIV (continuación) y XXXV (pp. 503- 536). Cuando Mann se enfrenta a asuntos de los que tiene perfecto conocimiento su pulso y su tino recobran sus fuerzas.

 

 Leer al novelista Thomas Mann sobre la crisis del arte en medio de la crisis histórica de Alemania (p. 490 y sgs.) es interesantísimo. Y leer al sabio Lukács sobre esas crisis también. Pero resulta penoso encontrar en las palabras de aquel una incapacidad para salir “del  pequeño mundo de sus cuartos de estudio” (en palabras de Lukács) mientras éste sentencia a diestro y siniestro contra la degeneración del arte burgués sin darse cuenta (o sin querer darse cuenta) se que él mismo (y no sólo aquellos a quienes maldice), mientras se aprovechaba de los lujos reservados a unos pocos en el Moscú estalinista, estaba “perdiendo así su efectiva influencia orientadora sobre ellas [las luchas sociales] y llegando, en fin, a convertirse en armas ideológicas de la hipocresía conservadora” (TM, p. 110). Es absolutamente terrible leer en el texto de Lukács frases como la siguiente, que podrían perfectamente aplicársele a él mismo: “Esta huida tenía originariamente un objetivo bien concreto: salvar la pureza de unos ideales cada vez más corrompidos en las nuevas luchas”. ¡Qué cosas!

 

Continuará…

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