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javierdelgado

ELOGIO DE LA ROSALEDA DEL PARQUE GRANDE DE ZARAGOZA EN ESTOS DÍAS DE PRIMAVERA EN LA QUE LAS ROSAS Y EN GENERAL TODAS SUS PLANTAS BRILLAN Y PERFUMAN MARAVILLOSAMENTE

ELOGIO DE LA ROSALEDA DEL PARQUE GRANDE DE ZARAGOZA EN ESTOS DÍAS DE PRIMAVERA EN LA QUE LAS ROSAS Y EN GENERAL TODAS SUS PLANTAS BRILLAN Y PERFUMAN MARAVILLOSAMENTE

 Este texto, con pequeños ambios, pertenece  a mi "Pequeña Guía del Parque Grande", Zaragoza, 1997, pp. 31-34

Hemos llegado junto a un niño que ha conseguido atrapar una estrella. Estrella de mar o estrella del firmamento, quién lo sabría decir. Nos encontramos en medio de una dos zonas del mismo mundo romántico: a un lado el umbrío aroma de los altos cipreses (Cupressus sempervirens), ensimismados en su propia verticalidad. Al otro lado la luminosidad horizontal de los caminos entre aromas de rosas. Cipreses y rosas. ¿Nostalgia y esperanza? ¿Las penas del amor y también sus alegrías? ¿La muerte y la vida? ¿La mística y el erotismo?En los cuentos orientales el ciprés representa frecuentemnte al joven enamorado y la rosa a la bien amada. Los tenemos aquí reunidos en este jardín. Fugacidad de las rosas, eternidad de los cipreses.

Cuando en 1940 se construyó esta Rosaleda hacía muchos siglos ya que la rosa y el ciprés convivían en el simbolismo del amor. La rosa en su aspecto humano, pasional  y carnal; el ciprés en su aspecto divino y espiritual. Así, en este jardín  del Parque Grande  podemos percibir el impulso de la pasión amorosa y también del fervor místico.

Pasear entre rosales. Los fornidos y tupidos setos de aligustre definiendo contornos ajardinados. Las rosas, de muy diversos tipos, perfectamente  distribuidas, alternando formas, texturas, colores y olores. Los aligustres arbustivos guardando los rincones de cada parterre. Las falsas acacias (aquí Sophora japonica pendula) de los centros, de extrañas ramas colgantes y muy tortuosas, con sus hojas completamente enrolladas en sí mismas, presentan una imagen sofisticada de belleza inusual. Las moreras péndulas (Morus alba pendula), con sus grandes hojas en flexibles ramas que parecen desfallecer de pura languidez.

Todo, proporciones y formas, hace pensar en ese locus amoenus (lugar agradable) del que ya nos hablaba la literatura medieval: recinto privilegiado del encuentro amoroso y también del encuentro con uno mismo y con las decisiones personales que labrarán un destino. Amor y meditación.

Por aquí también escucharemos claramente el canto de los pájaros, generalmente ocultos a nuestras miradas entre el impenetrable ramaje de los cipreses. Por cierto, en uno de esos viejos cipreses (en este caso, un Cupressus macrocarpa) que fanquean el camino central podemos ver el resto de una gran hiedra que atenazaba y tronco y ramas del árbol. Se cortó su tallo para que se secara y no perjudicase con su abrazo la vida del ciprés. En este jardín de amor alguien verá en ella un símbolo vegetal del “mal amor”, el amor egoísta, que puede dañar mortalmente a su víctima.

En el extremo opuesto al monumento a Rubén Darío (obra del escultor oscense Ángel Orensanz) encontramos árboles de dos especies muy interesantes: la melia (Melia azedarach) y el árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica). Este último se ha difundido bastante en nustra ciudad. Sus delgadas ramas de lisa corteza gris y sus características florecitas lilas lo hacen inmediatamente reconocible. Si es otoño, sus pequeñas hojas ovaladas toman una coloración roja de impresionante luminosidad. Las melias tiene un porte inolvidable: sus copas tienen el toque exótico y elegante de lo oriental. De sus flores emana un denso perfume agradabilísimo, semejante al de la lilas. En la cima de sus copas forman verdaderos jardines aéreos. Con los huesos de sus frutos hacen rosarios los monjes budistas. Como hacen rosarios los monjes cristianos con los pétalos de las rosas. 

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