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javierdelgado

"BLANCA LUZ". UN TEXTO (INCOMPLETO) SOBRE UNA BÚSQUEDA RELIGIOSA.

"BLANCA LUZ". UN TEXTO (INCOMPLETO) SOBRE UNA BÚSQUEDA RELIGIOSA.

¿Por qué no? Se había enamorado. Enamorado de Dios. Una vida con Dios, ¿cómo sería?          

                             

                                                                             BLANCA LUZ 

 

 I. Enamorado 

Los días que pasó en aquel convento acabaron en un desbordamiento deseado y temido. Al segundo día escribió en su cuaderno: ¿Por qué no? Por aquella rendija salió en pocas horas todo su corazón: un preso que abandonaba en medio de la noche, al cabo de veinte años, la cárcel que a sí mismo se dio. Perplejo, aturdido y asustado, emocionado, entusiasmado, asustado, aturdido y perplejo: así se sentía esos días ante la insólita idea de creer de nuevo en Dios. Escribió en su cuaderno: enamorado. Así se sentía, enamorado del amor de Dios. Deseaba sentirse amado por aquel Dios de cuya existencia descreyó sin acaso dejar de desearla. Sencillamente, Dios no era necesario. La vida humana se dignificaba con el ateísmo, una fase intelectual y moral superior. Las creencias en la existencia divina no eran sino fruto de la increencia en el ser humano. Un ser humano completo y consciente de lo primero que se daba cuenta era de que no había Dios. Y como tantas otras buenas cosas, dejaba en la dulce memoria de la infancia las vivencias de la religión.

 

En su caso, esas vivencias, sus vivencias más íntimas, contradecían el discurso teológico de quienes para su desgracia se encargaron oficialmente de su educación. Acaso por eso su ruptura juvenil fue más una ruptura con el mundo adulto de los profesionales de la religión que con el mundo infantil al calor de la fe de sus padres. Se negó firmemente a aceptar y soportar las raíces religiosas de la opresión social mientras dejaba a buen recaudo un tesoro sentimental cuyas raíces se hundían en lo más profundo de su corazón. Si Dios era tan sólo esa excusa de los opresores, o peor, ese cruel aprovechamiento de los temores y anhelos de los oprimidos, él no tendría nunca más ninguna relación con él. ¿Y dónde había otro Dios que no fuese aquél inverosímil espantajo?

 

 La fe de los pocos que luchaban contra la dictadura y contra el capitalismo le parecía un resto de su vinculación a los centros de poder en donde se habían formado esos núcleos de resistencia. Una contradicción indeseable y un peligroso vínculo con quienes seguramente aprovecharían en su contra su buena fe. Por encima de aquel oscuro mundo truculento, brutal, inhumano, de las religiones, se alzaba el mundo luminoso de la razón y del compromiso con los oprimidos, en cuya base material cotidiana germinaban los frutos de una nueva ética, de una nueva concepción del mundo y de una nueva sensibilidad hacia el género humano, lo que también engendraría una estética. Todo un programa vital para un joven con ganas de hacer de su vida una vida intensa.

 

En la celda de aquel monasterio, tras escribir en su cuaderno la autoconfesión de que deseaba creer en Dios y dejarse amar por El independientemente de lo que ocurriera en su vida desde aquel instante o, mejor, de acuerdo con que su vida cambiara radicalmente a partir de la vivencia de ese Amor, se asomó a la ventana. Miró hacia el cielo y se reconoció exultante y asustado: había dado el paso que nunca se atrevió a dar. Su felicidad contrastaba con el horror que sentía ante la revolución total que imaginaba en su vida. Una vida con Dios, ¿cómo sería? Frente a los muros antiguos del convento se le ocurrió que el horror que se le apoderaba era el mismo que el que hubieron de sentir quienes en medio de una vida consagrada por completo a Dios hubieran de reconocerse a sí mismos su increencia. Pero ese horror, pensó enseguida, no le debía paralizar. Si algo tenía que hacerle rechazar de nuevo la idea de la existencia de Dios no podía ser ni el horror interior, ni la previsible vergüenza, ni el qué dirán. Ni siquiera el silencio de Dios podría ser la excusa en adelante: sólo el silencio de su propio corazón. 

 

Su corazón, a partir de entonces, comenzó a sentir con tal intensidad una desconocida dicha que tan sólo tenía entendimiento para reconocerla en su interior, disfrutarla y agradecerla. Concentrando su atención en su interior hasta donde nunca antes había conseguido concentrarla conseguía por instantes identificar una imagen relativamente concreta del origen de su inmenso placer: en un punto ilocalizable de sí mismo pero no por ello menos reconocible como parte de sí, un toque inefable hacía expandirse por todo su organismo, su conciencia y su sentir, un gozo siempre más intenso y profundo, un gozo tan interior como envolvente, un gozo que era realmente una nueva y desconocida forma de sentir.

 III. La teología 

 

Durante años él leyó voluminosos tomos de teología en cuyo interior encontraba el rastro del fogonazo originario de una fe personal, como la luz evasiva de una estrella fugaz en el firmamento. Pero en aquel interior oscurecido por argumentos despreciables moralmente o intelectualmente inatendibles ese rastro no hacía sino contrastar con la intención de aquellas obras y con su asfixiante pretendida lógica. Algunos de esos importantes libros resultaban realmente risibles en parte o en su totalidad y en todos ellos se exhibía la execrable consecuencia de lo que había que suponer que era una buena intención. Tardó en reconocerse a sí mismo que nada de lo que estaba buscando lo encontraría en páginas como aquellas, lo que le produjo un doble sentimiento de liberación y de temor: se veía obligado a contar tan sólo con sus propias fuerzas en su búsqueda de Dios.

 

Porque a Dios sí sabía que lo estaba buscando. Con todas o casi todas sus fuerzas. Enamorado de Dios, como se sabía, deseaba conocer el rostro de aquel Ser, necesitaba saber con Quién y por Quién estaba siendo tan inmensamente feliz. Sentía un gran agradecimiento y un gran pesar. Dio gracias a Dios y le pidió perdón por todos aquellos años de no haber sabido disfrutar de su Amor, negándolo. Esa sería en una primera fase su principal tarea interior: dar gracias y pedir perdón. Después todo consistiría en dar gracias y en dejarse querer. Vislumbraba una tercera fase en la que fuera capaz de traducir ese Amor de Dios hacia su persona en algo positivo hacia los demás, pero al salir del convento no podía ver con claridad más allá de la línea de su propia intimidad, y aún en ella sin mucha precisión. Abierta la puerta a Dios, su luz le resultó cegadora: todo su cerebro estaba inundado de una dulcísima luz blanca cuya tibia forma lechosa lo bañaba por completo haciendo de su cráneo una especie de tarro en el que se guardara su cerebro transformado en un denso perfume como aquel que llevara María Magdalena la madrugada de la Resurrección. ¿Y quién había resucitado en el convento esa mañana? Le parecía que aquella experiencia suponía una muerte, un punto de inflexión de tal categoría que su futuro, estrictamente su futuro, dependía de qué opción tomaba en relación a una pregunta: ¿existe Dios? Si dejaba esa pregunta sin respuesta estaba muerto. Vivir sin contestarla no era vivir completamente vivo ante sí mismo. Era indigno callar.

 

Podía optar por afrontar esa muerte sin necesidad de ninguna resurrección: una muerte más de las muchas que jalonan una vida en busca de uno mismo. Un buen recuerdo y una pequeña decepción. Se trataría de una vivencia sentimental, a la que le habría abocado su propio deseo de Dios, su propia necesidad de acabar con una cada vez más agotadora lucha consigo mismo ante la disyuntiva de afirmar o negar la existencia de Dios. Podía dedicar el tiempo que hiciese falta al análisis del proceso que le había llevado, primero hasta ese convento y después hasta la exaltación nerviosa de aquellos días. Sería una tarea en cierto modo necesaria para recomponer las piezas de su puzzle interior: ¿de dónde nacía y en qué consistía su creciente deseo de que realmente existiese Dios? Volver a los orígenes de su ateísmo, al estudio de la idea de Dios como deseo de una humanidad frustrada por las desgracias y el absurdo, asustada de su propia capacidad de decisión,  incapaz de asumir su propio destino con la cabeza bien alta. Eso sin entrar en el despreciable aprovechamiento de ese deseo por parte de los organizadores de cualquier religiosidad.

 

Pero para eso tendría que negarse a sí mismo lo verdaderamente especial de la vivencia que estaba experimentando, negársela y enterrarla bajo todo lo que hasta ese momento había creído aprender de la vida y de sí mismo. Volvería sobre sus pasos y continuaría su caminar con el impulso y con los alimentos que le habían llevado hasta allí mismo. Nada habría perdido, en ese caso, visto desde la experiencia de veinte años de vida sin Dios. ¡No lo necesitaba para nada! No estaba en sus planes contar con El en la búsqueda de la verdad ni del compromiso con el género humano. Y había aprendido a caminar sin cogerse de ninguna mano. El problema, para él, en esos momentos, era que una mayoría de sus voces interiores hablaban de una felicidad absolutamente extraña a todo otro tipo de felicidades que había experimentado antes.

 

Sus voces interiores no se ponían de acuerdo en la definición de esa felicidad, pero coincidían en destacarla y diferenciarla de cualquier otro sentimiento experimentado hasta entonces y en afirmar (incluso las que lo entendían como algo puramente propio de sí mismo, sin necesidad de intervención de ningún dios en ello) que ese sentimiento de felicidad conllevaba una luminosidad intelectual notabilísima: no se trataba de un embobamiento ni entontecimiento. Antes bien, sus capacidades intelectuales parecían haber experimentado un despegue más allá de toda la confianza que desde hacía muchos años había tenido en ellas. Se sentía perfectamente despejado.

  

Nunca como esa mañana había tenido constancia de su propia libertad. De ella dependía la identidad de quien saliera de aquel convento. Se le ocurrió que toda su vida pasada cobraba un nuevo sentido con aquel encuentro con Dios: un sentido en el que todo lo que había hecho y todo lo que no había hecho le posibilitaba, afortunadamente, decidir libremente su actitud ante aquella pregunta que ahora le resultaba esencial, una pregunta de ningún modo acallable. Nada le obligaba a darle una respuesta afirmativa o negativa, ni siquiera a darle una respuesta. Esta última opción le desagradaba, pero incluso le pareció por momentos la más aceptable. El único problema era que la pregunta estaba planteada y que nunca le convenció aquello del agnosticismo: se creía o no se creía en Dios, se era creyente o ateo. ¿Qué era el agnosticismo? En su opinión, una trampa intelectual y una cobardía moral. Comprendía las trampas y aceptaba las cobardías, incluidas las trampas y las cobardías propias, pero de ahí a elevarlas a sistema de pensamiento iba demasiado trecho.

 

A sus diecinueve años, enfrentado libremente a la misma pregunta, decidió que las explicaciones sobre la necesidad de Dios eran contundentes frente a los argumentos a favor de su existencia real. Y decidió archivar cariñosamente sus vivencias como vivencias basadas en ese deseo, y por tanto vivencias relativas a su propia comunicación consigo mismo en un proceso natural de crecimiento personal en el medio familiar y social en el que había nacido, y no en la vivencia real de una comunicación con Dios. Nada que objetar a sus recuerdos. Eran unos importantes recuerdos de sí mismo. Veinte años después volvía la mirada hacia ese archivo de recuerdos personales y podía entenderlos como entonces o preguntarse con la misma libertad si aquellas vivencias tenían algo que ver con la existencia del Dios al que dirigía sus pensamientos.

 

También podía mantener su reciente cadáver expuesto a la luz de Dios y confiar en que, gracias a ella, incluso lo que había creído aprender cobrara un nuevo sentido, compatible con la buena nueva de la existencia de Dios. Para esa muerte tenía también una palabra salvadora: confianza, confianza en Dios. Con esa confianza podía resucitar, atreverse a ser más él mismo siendo él mismo con Dios.

 

Tenía claro que a la religión de su infancia no volvería. Aquel dios devoraniños, aquel dios insaciablemente culpabilizador era un ídolo sanguinario en manos de los curas, un fetiche al servicio de una tarea de amedrentamiento y represión masiva en un país sometido al fascismo.

 

Había, sin embargo, un lugar en su intimidad en el que percibió, de niño, la luz de un Amor especial, el ánimo risueño de una fuerza liberadora. En medio de aquel campo de concentración nacionalcatólico hubo momentos de intensa certidumbre de la existencia de un Dios radicalmente distinto al espantajo monstruoso en el que se les hacía pensar. Esos momentos tenían música: en el órgano de la iglesia del colegio un joven organista interpretaba obras breves que acompañaban a la comunión. Y de entre todas esas melodías había una especial en cuyas notas estaba el mensaje, nítido y reconfortante, de la existencia de un buen Dios. Y algo más: la noticia de que su existencia era conocida por otros seres humanos, que mediante aquella música lo hacían saber a otros creyentes para que supieran que era cierto lo que sentían en el fondo de su corazón.

 IV. La música del corazón 

 

 Otros también lo sentían así, como él, cuando niño, mientras escuchaba sonar, sin saberlo, el “Ich ruf’ zu dir, Herr Jesu Christ”, BWV 639, de Juan Sebastián Bach. Gracias a esa música podía estar seguro de que había otro mundo fuera de aquel campo de concentración y que nada de lo que allí le amenazaba era realmente definitivo. Existía, pues, otra forma de vivir, existía la confianza, el compañerismo, la complicidad entre iguales, la felicidad en el amor, la libertad. La esperanza de aquella música era entonces su única esperanza, esa paz su única paz. Apenas dos minutos y medio duraba el mensaje y nunca podía saber cuándo lo escucharía otra vez. Algunos días sonaba también, o por separado, el “Wenn wir in höchsten Noten sein”, BWV 641 y era como si alguien hubiese advertido su desesperanza y le remitiera un segundo aviso, una confirmación, capaz de devolvérsela. Mensajes de confianza que permanecerían para siempre sonando en su corazón.

   

Y a esa confianza se aferró cuando llegaron, y qué pronto, nuevas pruebas de la oscuridad de las almas de muchos creyentes, especialmente de los sacerdotes: su patológica predilección por la negatividad y su obsesiva entrega a las normativas, los dogmas, las ventanillas expendedoras de sacramentos burocratizados. Ahora, pasados los años, todas aquellas bienintencionadas humillaciones intelectuales y morales a las que quisieron someterle diversas gentes de buena voluntad no tenían ya ninguna importancia, ya no le hacían daño. Habían ido siendo, contra los deseos de aquellos amigos, precisamente, pruebas contundentes de que su caminar personal no tenía nada que hacer por caminos y veredas diseñados más para dominar al ser humano bajo el poder de otros seres humanos que para liberarle al Amor de Dios.( ¡Un cura insistía en presentarle al obispo como arrepentido y converso! ¡Qué triunfo, un rojo ateo vuelto al redil! ¡Otro se empañaba en casarlo por la Iglesia...para poderle dar el "sacramento de la reconciliación", como ahora llamaban a la absolución tras la confesión!). En muchas ocasiones se sintió sinceramente agradecido al destino por haber sufrido esas inmediatas violencias y presiones sin las que acaso no hubiera advertido el verdadero sentido y finalidad de las instituciones religiosas, su esencial opción por el poder. Y se dijo a sí mismo que no se podía servir al mismo tiempo al Poder y al Amor y que el dios del Poder no era, en el mejor de los casos, sino una despreciable caricatura de Dios.

 

Tampoco fueron agradables las reacciones de muchas personas ante su novedad vital, su nueva fe en la existencia de Dios. Hubo quien cabeceó decepcionado, quien se rió ante sus narices, quien se tomó la molestia de difundir una imagen deformada de su actitud y hasta hubo quien le persiguió durante algún tiempo con estampitas de santos. El tono de algunos amigos rozó a veces el insulto personal, la mueca grotesca de quien deforma lo que cree entender de la la intimidad del otro....

 

Se trataba, intentaba explicar, de algo parecido al enamoramiento. Más claramente: se trataba de un enamoramiento. Ante ese enamoramiento sólo unos pocos tuvieron una actitud amable y respetuosa. ¡Y muchos de ellos habían dejado años de sus vidas en la lucha por la libertad! ¿Cuál era la libertad por la que luchábamos?, les preguntaba. Y él mismo se respondía con otra pregunta: ¿No era la libertad del respeto absoluto a la persona humana, no era la libertad de cada cual para buscar su verdad y expresarla? Aquellos desprecios y negaciones le decepcionaron enormemente: en este país no había libertad porque ni los que creían luchar por ella la amaban realmente, no había democracia porque ni quienes creían defenderla respetaban radicalmente los derechos de los demás. Cuarenta años de fascismo se dejaban notar en la intimidad de muchos antifascistas para quienes el horizonte no era otro que la eliminación del distinto, a quien ya sentían como contrario. La miseria de los católicos de toda la vida le dolió menos (y eso que era dolorosa) que la miseria de muchos descreídos con quienes había creído compartir durante años sinceros anhelos de sincero respeto y absoluta libertad. España aún era país de clericalismo y anticlericalismo, en el que apenas había espacio para la vivencia del Amor de Dios. La mala educación religiosa de sus amigos anticlericales (debida, precisamente, a la falta de educación religiosa de los curas nacionalcatólicos, ésa era su cosecha) les impedía responder respetuosamente a la de claración de su actual fe en Dios. Pero por encima de ese fenómeno estaba una radical dificultad para comprender y vivir el respeto al otro, una deficiencia conciencia democrática.

 

Poco a poco fue dándose cuenta de que su vivencia de Dios no tenía una expresión colectiva ni con unos ni con otros y comenzó a pensar que acaso no hacía ninguna falta que la tuviera. Todo habían sido signos y señales de lo contrario, motivaciones al silencio. Y pese a lo que algún amigo le dijera: que comprendía su necesidad de consuelo, su sensación personal era que ahora sí vivía un “sinsuelo” bajo los pies que le proporcionase una seguridad que, por otra parte, no era lo que creía estar buscando. La fe en Dios abría un enigma más grande aún a su existencia y en general, a la existencia humana. De las lecturas de entonces sólo en los textos de Teilhard de Chardin creyó encontrar un eco semejante a lo que sonaba en su alma, como en aquellas breves partituras de Bach.

 

Poco a poco dejó de leer

 

(Continuará…)

    
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1 comentario

laura -

hola como estan tanto tiempo m holaaaaaaaaaaaaa hay alguien aiy
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