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javierdelgado

GRAMSCI, LA CÁRCEL, LA ENFERMEDAD, LA ESCRITURA

GRAMSCI, LA CÁRCEL, LA ENFERMEDAD, LA ESCRITURA

 

Me está resultado muy doloroso volver a Gramsci, tanto que no sé si seré capaz de seguir leyendo ahora sus cosas. El problema es doble: por el lado de Gramsci y por mi lado.

 

Por el lado de Gramsci, no puedo olvidar las circunstancias en las que tuvo que escribir esos Cuadernos: enjaulado, enfermo, aislado, maltratado. Mussolini  había dado la orden de que aquel cerebro dejara de funcionar. Las instituciones carcelarias fascistas no conseguirían ese objetivo durante diez años, peroa Gramsci el esfuerzo por mantener su cerebro funcionando en aquellas terribles condiciones le costaría la vida. Y al leer esas páginas no puedo olvidar las condiciones en las que fueron escritas, el lento apagamiento de una vida sometida a una tortura cotidiana.

 

Por mi lado, me resulta extremadamente difícil olvidar, mientras releo esas páginas amadas, las circunstancias en las que yo mismo las leía durante los años setenta, sobre todo esos años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco, que viví en aquellos pisos alquilados para ofrecer lugar seguro de reunión a la dirección del partido, esos pisos vacíos de vida en los que no me apetecía entrar y en los que tenía que hacer algo parecido a una “vida normal” para no levantar sospechas…

 

En invierno, bajo ajenas mantas rasposas (no tan rasposas como las mantas carcelarias que habían dañado la piel de Gramsci), con una de aquellas estufas de butano insoportables al pie de la cama y el flexo encendido en la mesilla… o en verano, agobiado entre unas paredes que necesitaban airearse mucho más a menudo, subrayo tal o cual línea del texto de Antonio Gramsci, quien las había escrito bajo los efectos de un frío mucho más intenso y de un calor mucho más agobiante…

 

Comencé por (re)leer el “Antonio Gramsci” de Salvatore Franccesco Romano (Turín, Unione Tipografico – Editrice Torinese, 1965) una buena voluminosa biografía que, por haberla leído la primera vez ya en 1977, pensaba que no me traería a la cabeza esos malos recuerdos de Gramsci… y míos. Pero ha sido repasar esa vida y venírseme todo un mundo de agobio a la  mente, la inmensa tristeza que sentía entonces tanto por la penosa vida de los últimos años de  Gramsci como por los penosos derroteros que había tomado por entonces la mía.

 

¡Qué forma de mantener el tipo, la mía, entonces! ¡Qué depresión larvada, qué derrota vital! Yo había intentado formarme como un “intelectual organico” del Partido Comunista y el resultado estaba siendo ya el convencimiento de un total fracaso: ni el Partido parecía necesitarme como intelectual ni yo podía renunciar a mi identidad intelectual en la militancia. Y aquella lectura de Gramsci me ponía ante los ojos la imagen del fracaso reflejada infinitamente en un laberinto de espejos en el que se habían estrellado ya tantos y tantos…

 

En una húmeda parcela del barrio de las Delicias, en un gélido cuarto repleto de cajas de libros, había subrayado durante el invierno de 1973 las páginas de “Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno” (Buenos Aires, Nueva Visión, 1972). En una de ellas, en un interlineado más amplio entre un texto sobre el Estado como “guardián nocturno” (Lassalle) y otro texto sobre “el contenido económico de la hegemonía política del nuevo grupo social que ha fundado el nuevo tipo de Estado”, hay una palabra escrita por mi mano con lápiz azul: “Carrero”. A partir de esa página 161 mis subrayados son mucho más esporádicos. La palabra “Carrero” estoy seguro de que la escribí bastantes días después de haber “desaparecido” durante aquellas navidades (escondido con mi hermano y camarada entonces Manolo en un piso en el que nadie había vivido durante algunos años, desde la muerte súbita de mi abuelo paterno: aquel piso fantasmal, aquella conmocionada España, todo aquello…), cuando volví de nuevo a esa casita, a su rumor de árboles cercanos y a la infinita  humedad de sus paredes.

 

En 1977, cuando leía la biografía que he citado, todo aquel mundo entre fantasmagórico y subterráneo, épico y angustioso, había desaparecido casi completamente y se atisbaban horizones mucho más risueños. Sin embargo, la pena negra incubada durante los años anteriores me pasaba factura precisamente cuando “lo peor” ya había pasado. Y ahí estaba de nuevo, ante un Gramsci que desde su celda, en 1933, confesaba en una carta a su (maravillosa) cuñada Tatiana: “Come ho cominciato a giudicare con maggiore indulgenza le catastrofi del carattere!” Y yo necesitaba esa indulgencia, precisamente la indulgencia de gente como Antonio Gramsci que ya había desaparecido del mundo bajo el peso de la represión y de la derrota. Una indulgencia que no encontré. Ni siquiera en mí mismo.

 

 

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1 comentario

amador -

he leido compañero varios de sus posts, tengo la sensación de estar en comunicación... publiqué varios en el repositorio de nuestra escuela... la lucha por mantener vivo y activo el marxismo, la lucha de ideas veo es nuestro elemento común... también lei a Gramsci en la cárcel, fueron años dificiles, pero somos porfiados...
Lo molesto pues ando buscando textos ... necesito los grundisses digitalizados para los talleres de El Capital, también ando buscando obras de Della Volpe... erradicar la metafisica me parece es una de las tareas actuales en la lucha de ideas.

lo que quiera aportar en nuestro sitio, bienvenido.

un fuerte abrazo
Amador
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