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javierdelgado

GRAMSCI EN LA CÁRCEL: LA PESADILLA DE LOS AFECTOS ( I )

GRAMSCI EN LA CÁRCEL: LA PESADILLA DE LOS AFECTOS ( I )

Julia Schucht con los dos hijos de Gramsci, Delio y Giuliano

 

 

GRAMSCI EN LA CÁRCEL: LA PESADILLA DE LOS AFECTOS ( I )

 

Muy poco después de ingresar en la cárcel, Antonio Gramsci comienza a vivir con gran ansiedad sus afectos personales: las cartas a su mujer, Julia, y a su cuñada Tatiana (sobre todo éstas), pero también las cartas a sus hermanos y familiares, son el testimonio de la pesadilla cotidiana que supusieron para Gramsci sus afectos.

 

Es difícil no apenarse leyendo esas cartas. Algunas debieron de ser muy dolorosas para quienes las recibían. Algunas resultan irritantes incluso para un lector ajeno al mundo cercano de Gramsci. ¿Qué le estaba pasando?

 

El Gramsci aislado de sus compañeros de cárcel tiene necesidad de expresar en las cartas familiares sus obsesiones más terribles, especialmente su obsesión de no ser comprendido por nadie. Las penalidades que le hubieran podido hacer sufrir sus adversarios políticos no le parecen tan graves como las que siente que le infligen sus seres más amados.

 

Gramsci, en sus cartas, revela claramente la profunda depresión en la que está sumido, una depresión a la que se añaden problemas paranoides y una “mala leche” bastante notable. No se corta en absoluto en su reproches a Julia y a Tatiana, reproches que en ocasiones llegan a ser verdaderamente ofensivos (no solamente injustos). Lo extraordinario fue que su cuñada Tatiana, que había entregado realmente su vida al acompañamiento a Gramsci, no le mandase al cuerno a la primera ocasión que le dio, y le dio muchas a lo largo de todos esos años.

 

Es una simpleza remitirse a los muchos males físicos (y psíquicos, como él no duda en escribir) que estaba sufriendo Gramsci para “quitar importancia” a sus continuas salidas de tono epistolares. Lo cierto es que Gramsci escribió cientos de páginas a los largo de sus once años de encierro y la suma de sus reproches y reprimendas llenan la casi totalidad de esas páginas. Hay que aceptarlo como lo que es: la expresión (en parte deformada por las circunstancias de la censura carcelaria) de una psicología enferma. Mirar hacia otro lado sólo hace que nuestra lectura “de parte” niegue la evidencia y perdamos la ocasión de aprender algo realmente importante sobre el ser humano, al menos sobre ese ser humano que fue Antonio Gramsci.

 

Una vez aceptado esto, lo que admira y maravilla en las cartas de Gramsci es sobre todo su capacidad de expresión, la capacidad de formulación racional de estados de ánimo y de experiencias íntimas cuyas raíces se hundían en lo más profundo (e irracional) de su personalidad. Lo expresado (un mundo de pesadilla) recibe una expresión absolutamente lúcida, sin apenas tramos de balbuceo intelectual. Se trata de una de las empresas epistolares y, en general, literarias, más impresionantes de toda la literatura del siglo XX, en la que a vivencias similares (pensemos en Joyce o en Kafka) se le estaban buscando fórmulas expresivas “desestructuradas”, un lenguaje quebrado por la misma fuerza de lo que se pretende expresar.

 

Antonio Gramsci (como el marqués de Sade, dicho sea de paso) construye una escritura perfectamente racional para contar sus historias, una escritura de una lucidez apabullante. Y eso pese a que en algunos momentos (sobre todo al comienzo de su cautiverio) su percepción es que no consigue expresarse todo lo que quisiera. En su carta a Julia del 9 de febrero de 1929 escribe a su mujer: “También yo querría escribirte tantas cosas, pero no consigo vencerme, superar una especie de contención. Creo que eso depende de nuestra moderna formación mental, la cual no ha encontrado aún medios de expresión adecuados y propios. (…) Mi propio estudio profesional de las formas técnicas del lenguaje me obsesiona al representarme toda expresión de formas fosilizadas y osificadas que me producen repugnancia”.

 

He aquí expresado con clarividencia un asunto absolutamente contemporáneo. Y además muestra uno de lo rasgos más sobresalientes de la expresión gramsciana: para Gramsci cada elemento vital particular, personal y concreto ha de encontrar su “armónico” en una reflexión sobre un asunto general, ha de encontrar el marco histórico en el que está teniendo lugar como asunto y como expresión de ese asunto.

 

Otro de los rasgos de la escritura de Gramsci en sus cartas es la reivindicación a sangre y fuego de su personalidad propia, una reivindicación que no se detiene si ha de dar, más o menos indirectamente, algún palo a la personalidad de los demás. La evidencia mayor de este rasgo se da en sus cartas a su mujer, Julia, a la que acabaría sometiendo a un terrible proceso de acercamientos y rechazos contínuos sobre la base de la imposibilidad de la mutua comunicación, hasta llegar a la conclusión (varias veces) de que debían romper su relación para siempre. A menudo sucede al leerlo pensar que, aunque pudiera tener razón en sus argumentos, no tenía por qué expresarlos de forma tan hiriente, incluso despiadada. 

 

Gramsci es consciente, y así lo escribe, de que hay algo “negro” en su personalidad que le incita a “portarse mal”; pero nunca renunció a expresarlo. Con frecuencia reivindicará su percepción de que los demás (hermanos, amigos, cuñada, mujer, etc.) no le conocen y tienen “una opinión completamente equivocada” de él, sobre todo de su “capacidad de resistencia”, incluso de absoluta “autonomía personal”, como le escribe a su hermano Carlo el 12 de septiembre de 1927: “Estoy convencido de que no hay que contar nunca más que consigo mismo y sus propias fuerzas, sin esperar nada de nadie y sin procurarse, por tanto, desilusiones”. Y también, en carta a Tatiana del 3 de agosto de 1931:” De hecho no he sentido nunca necesidad de una aportación exterior de fuerzas morales para vivir intensamente la vida mía, incluso en las condiciones peores(…)”.

 

En mi opinión, está claro que su fromulación “insolidaria”, en la que el hombre ha de ser ajeno a sus semejantes (y no prójimo), responde a una concepción de la vida personal con la que muy difícilmente puede contruirse una sociedad solidaria.

 

No es raro que este hombre torturado se hubiese preguntado muy pronto (y lo expresara enseguida, en carta a Julia  del 6 de febrero de 1924, menos de dos años después de conocerla): “Pero cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando nunca se había querido a nadie, ni siquiera a la familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante, no iba a esterilizar  y a reducir a puro hecho intelectual, a puro cálculo matemático mi cualidad revolucionara?”

 

(Continuará)

 

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