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ANA MARÍA NAVALES: DOS RECUERDOS PERSONALES

ANA MARÍA NAVALES

 

Artículo publicado en "Artes & Letras" de Heraldo de Aragón del jueves 19 de marzo de 2009

 

Entró en la librería moviendo rápidamente sus grandísimos ojos. Dudó sólo un momento. Enfiló directamente hacia mí con el dedo índice de su mano derecha señalándome mientras afirmaba contundentemente: “¡Tu eres Javier Delgado!” Parecía realmente muy contenta de haber confirmado una capacidad suya de adivinación. “Estoy preparando una antología de escritores aragoneses y quiero un texto tuyo. Prepárame unos cuantos. Yo haré la selección.” Comenzaba el otoño de 1975, Pórtico estaba llena de estudiantes en busca de manuales de Derecho y de Medicina. En medio de aquel lío, sacó una tarjeta y me la tendió. “¡No tardes en llamarme!” Y se marchó. En la tarjeta ponía: “Ana María Navales”. Después de José Antonio Labordeta, ella era la primera persona que me pedía textos literarios para publicar. Aquel ordeno y mando suyo me hizo sentirme muy bien. Ese otoño quienes me antologizaron fueron los policías de la Brigada Político-Social, de modo que pasé varios meses ocupado en otras cosas. La siguiente vez que hablé con Ana María Navales, tiempo después, me reprochó, malhumorada, que no le hubiera entregado relatos para su antología. Le conté mi detención, mi paso por la cárcel, y cambió completamente el gesto, la voz. Lo mismo pasó la última vez que conversé con ella, con motivo de la publicación de un relato mío en la revista “Turia”, que ella me pidió. ¡Parecía encontrarme siempre en falta! Cuando le conté lo de mi depresión cambió totalmente su forma de tratarme: me llevó a su casa, me habló con dulzura. Fue un rato muy especial. Siempre se lo agradeceré.  Quintín Cabrera, otro amigo que acaba de morir, cantaba: “Las ciudades son libros que se leen con los pies”. Pensando en Ana María Navales, canto ahora: las personas son libros que se leen con el corazón.                      

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