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javierdelgado

EQUIVOCARSE, METER LA PATA, DESAPARECER.

EQUIVOCARSE, METER LA PATA, DESAPARECER.                                                                                           Para A.P., con mis excusas.

A menudo se cometen equivocaciones, se mete la pata, se desorienta uno en la confusión de un brillo que pareció ser un dedo de la aurora y era la bombilla una farola rota en medio de la nada. Con frecuencia se mete la pata y se andan caminos de la imaginación que topan con el muro de un despertar cerrado y sin salida: la pesadilla viene ahora, con el final de los sueños, al abrir los ojos y ver la realidad con su cara de perro rabioso que duda si mordernos o largarse corriendo a buscarse la vida a otra parte. Lo peor es darse cuenta de que somos el perro, el perro y su rabia, el perro y su duda, el perro y su mordisco, el perro y su carrera y que nada nos puede hacer cambiar ese pequeño detalle. Una vez cometida metida la pata, la única forma de sacarla es morirse suficientemente aunque sea sólo por la parte de la pata, y esperar a que caiga, se desprenda ella sola y podamos salir de ahí zumbando, preferiblemente sin mirar hacia atrás, no ver la gangrena a la que hemos obligado a una de nuestras patas que sigue siendo nuestra por más que ya estemos lejos a fuerza de correr cojeando. Puede que nos crezca de nuevo la pata pero puede que se a con forma de oreja o de rabo, como a los insectos les crecen miembros rotos a veces con forma de otros miembros y una de sus antenas toma forma de pata o viceversa y así sobreviven, sobreviven hasta la siguiente metedura de antena, confusión, hasta que de nuevo una equivocación nos recuerda que somos saltamontes condenados a ser perros que meten la pata y la pierden, si no es que pierden algo más de sus vidas en esa confusión que nació en los sueños como una caricia y fue un gran bofetón que al despertar nos avisa de lo que vendrá luego, confusión tras confusión, a lo largo de cualquiera sabe cuánto tiempo de vida y cuánto sufrimiento y cuánta pérdida: patas, orejas, ojos, antenas, alas, ramas, raíces, incluso cada hoja que preparamos con detenimiento, con ilusión, con ganas. Pues basta que de pronto el bofetón de unas voces (basta una voz, pero resuenan ecos de voces precedentes) nos hagan caer en la cuenta, en el pozo profundo de la cuenta del que ya no saldremos porque a nadie le sacan ni es posible sacarse a uno mismo de la cuenta cuando ya caíste en ella: la lucidez tiene un precio, alto y sonoro como una campana que difunde a nuestro alrededor la noticia del fallo, de la equivocación, la metedura de pata. Mejor no haber soñado, no despertar, no intentar encontrar ni la mitad de aquello con lo que creímos que habían preparado para nosotros, pobres nosotros tontos y confusos, pobres nosotros y qué tontos, tan tontos que a menudo nos equivocamos y metemos la pata, pobres de nosotros que pronto lo pagamos y a qué precio: la soledad, la humillación, el ridículo, el recuerdo abrumador de nuestras propias palabras, de nuestros propios gestos llevándonos a la ruina tan contentos. Qué pesar el del recuerdo de una equivocación, qué dolor el dolor de la pata, qué miedo ese perro rabioso en el que nos ha convertido nuestra propia desgracia, qué morder, qué morder mientras huimos de nosotros mismos, qué morder hasta que reventemos de una vez en la cuneta, cuna del desamparo, preludio de nuestra desaparición.

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1 comentario

Tremisis -

Si esto es una disculpa, feliz metedura. A.P. debe estar encantado y proceder al perdón.
Torrencial, vehemente y lúcido como siempre, Javier. Además últimamente un tanto perturbador...
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