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javierdelgado

ZARAGOZA. FINAL DE LOS SESENTA. EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES

ZARAGOZA. FINAL DE LOS SESENTA. EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES. FINAL DE LOS SESENTA. ZARAGOZA.

Librerías de viejo, meriendas, canciones…

En los últimos cursos del instituto aprendías unas cuantas cosas sobre la ciudad, todas ellas muy útiles y algunas imprescindibles. Por ejemplo, las diversas direcciones de las librerías de viejo (a mi grupo la que más nos gustaba era la Librería Pérez, cuyo suelo de madera se arqueaba y chirriaba preocupantemente al paso de la clientela y cuyas secciones estaban divididas por una especie de paños tendidos como cortinas. La poca iluminación, el hacinamiento de los volúmenes, la humedad y la falta de aire conseguían hacer de una búsqueda una aventura, que era de lo que se trataba. Salías como ungido de entre aquellas paredes desconchadas y ya nada era lo mismo a la luz de la calle. Acudíamos luego a Casa Pascualillo y bebíamos vino de los años setenta: un vino denso y graso que podía cortarse con cuchillo y que dejaba su impronta en vasos, labios  y pañuelos además de aturdirnos como un trueno líquido retumbando en el cerebro. Si antes o luego comíamos calamares o patatas bravas el cuerpo agradecía esa ración que hacía de tan mortal lo ingerido una vacuna digestiva indispensable para lo que fuera nuestra vida gastronómica en los próximos años. Cantábamos ya las tristezas de la favorita del sultán y alguna frase del himno de Riego precedían a las muy sentidas de “a las barricadas, a los parapetos…” que a nadie en ese barrio sellado sorprendía. La marsellesa, en cambio, podía molestar a un viejo limpiabotas más dado al Carasol o en todo caso a los himnos hispanos que a esas letras ajenas al espíritu español. El limpiabotas no era un sujeto de fiar y por más que gustase darle la lata y lo que fuese había que bajar las voces, callar, poner cara de aceptar su autoridad, menudo tío el limpiabotas embetunado aquel si se le tocaban demasiado las narices. Todo el mundo, mi mundo juvenil, decía que era un confidente de la policía y eso no hacía gracia, eso fastidiaba, incluso daba miedo. Pero por eso mismo había que ir tan cerca como aguantasen los nervios y cantar la estrofa prohibida por ser de franceses. Con el ¡Marchoooons!, Marchoooons! nos íbamos marchando hacia otras esquinas de aquel nudo de calles a cual más desesperante. Nunca me gustó el Tubo, ¡qué le vamos a hacer!, pero durante dos o tres cursos acudía los sábados por las tardes a encontrar a los amigos en aquellos portales en los que muchas veces la noche nos encontraría vomitando y riendo, víctimas del vino, los nervios, las papas y los clamares. Por pocas pesetas habíamos jugado muchos futbolines y  algunos billares y, sobre todo de todo, habíamos reído de cada detalle risible o no risible de aquel pequeño barrio de la maravillas o de nosotros mismos o cualquiera sabía de qué, la cosa era reírse liberados del pupitre, la lección, los horarios. Nosotros mismos nos soltábamos como quien suelta cachorros en un monte y no parábamos de correr y jugar hasta que los relojes acercaban las agujas a las diez.

Artesanos, putas, tacos y vomitonas

Había tardes, sin embargo, que pasábamos al barrio de San Pablo a ver a unos señores muy serios hacer guitarras enterrados en mucho serrín bajo bombillas mortecinas, con el botijo a mano y una radio que ahogada por materiales varios mosconeaba y chisporroteaba provocando una tristeza inenarrable. El paso hacia San Pablo tenía la implícita y muy callada intención de ver algunas putas en sus puestos, saber de qué se hablaba cuando se decía la palabra más pronunciada (y de más formas) en nuestros labios adolescentes, ésos que había que curtir para la vida adulta y al parecer el camino era decir mucho cabrón, mucha puta, mucho maricón, bastantes veces cojones, polla, etc. No hay por qué  molestarse, otras iniciaciones son mucho más terribles y dolorosas y dejan un estigma mucho más indeleble; sobre todo las iniciaciones capitaneadas por adultos. La nuestra no. La nuestra era una iniciación  cooperativa, la llevábamos en nuestras mismas manos y cabezas, nadie tenía nada que decirnos sobre qué hacer o no hacer y eso, más que nada, era lo verdaderamente sano de todo aquello. Lo sano en medio de unas  calles asquerosamente sucias, desastrosas, infames, a las que se asomaban  puertas de dudosa reputación, si es que no eran puertas decididamente reputadas de tantas putas como andaban dentro, puertas con celosías, con luces que no dejaban ver, con olores y sonidos que atraían de puro echar para atrás. ¡Horas de quince a diecisiete años! ¡Horas de búsquedas sin objetivo claro pero de muchas risas, aunque al final al cuerpo se nos desmadejara y se empezara en echarlo todo afuera, a los grandes adoquines de la calzada o a la brea de las aceras o al yeso resquebrajado de las paredes. Vomitar, hacer pis en grupo con la risa floja y el temblor del invierno y de la fiebre acaso y el mal sabor de toda esa tarde invertida en tan pequeños goces entre tapias tan rotas.

El Oasis, los americanos, el final de la fiesta

Otras tardes tenían un final distinto porque sabíamos que tendrían un final distinto: iríamos al oasis a la función de noche, la de los estudiantes (las otras eran mucho más de labradores y reclutas). Se ha escrito mucho y muy bien de aquel infame local al que acudías en grupo (¡incluso ya con chicas los universitarios, toda una novedad) como todos los que allí acudían salvo los viejos verdes que llevaban su vida cada cual a su modo y que rivalizaban por hacer  lo canalla con las chicas del escenario, cuando les dejaban. Algunas putas viejas también tenían sitios reservados más que nada por la tradición y los borrachos también los tenían, algunos en el suelo, siempre a punto de ser pisoteados nunca molestados por nadie, borrachos con derechos superiores a los no tan borrachos. Y luego estaban, en aquel pasadizo de los wáteres, las figuras más patéticas del mundo haciendo como que iban o venían, o sea yendo y viniendo hacia las paredes en las que se meaba sin remilgos y sin ningún tipo de higiene, qué palabra más fuera de lugar en ese infierno de líquidos y barros y serrines y olores penetrantes como una lanzada en el entrecejo. Las mesas del Oasis se llenaban de grupos. Se pedían bebidas muy alcohólicas y agua y si había suerte un puñado de barquillos que con sus vainillas y sus canelas hacían las labores de incensarios. Porque allí no había albahaca ni menta ni otras hierbas que rebajaran la densidad del tufo, como sí se cuidaban de poner en otros sitios menos urbanos, más rurales y mucho más sensatos.
 
Tocaban esa música, cantaban lo de siempre, dejaban ver un poco de unos cuerpos un poco ya gastados, excitaban al viejo de turno que buscaba ese tacto con el que había estado soñando durante todo el día, se alzaban las carcajadas como un montón de olas que arrastraban todo el fragor humano estabulado allí con cara de pasarlo muy bien, bueno, ¡de puta madre! Yo a veces me quedaba mirando a esas chicas universitarias que iban en los grupos, siempre había miradas, gestos, rasgos, pieles, posturas que me enamoraban durante unos minutos para dar paso a otras localizadas luego. ¡Qué pérdida de tiempo, de vida, de energías, no estar con ella o ella o ella en otro sitio ya haciendo el amor. ¿Cómo sería eso de hacer el amor, como sería concretamente, que pasos, que posturas, que acciones llevarían el sello del placer de la carne? Aquellas estudiantes acaso lo sabían y en vez de beber esos vasos pegajosos de anís con compañeros que acaso también lo supieran, ¿por qué no amadrinaban una o dos lecciones concretas y prácticas  a chicos como yo y nosotros, los de los institutos; que íbamos al Oasis más por ellas, cercanas, abordables, que por aquellas vedettes inmensas, lejanas, inabordables.

Era posible –a finales de los años sesenta en Zaragoza- que hacia el final de la fiesta (¡Que cante Don Luis! ¡Que cante Don Luis!, y aquel anciano jorobado, famélico, taciturno y verdoso, se cernía en su piano como un ave ya herida y cantaba una copla, un tango, un no sé qué, siempre muy celebrado). Pues a esas horas ya podía ser que hubiese algunos de la base americana, algunos soldados yankis con sus metros de altura, sus bíceps bien marcados, sus cabezas rapadas de combatientes  y su mirar entre bobo y desafiante. Y entonces el final de la fiesta era un final de gritos y empujones y carreras y en la calle, a la puerta, se hacían las peleas entre grupos borrachos de estudiantes muy españoles y unos cuantos enormes, perfumados soldados yanquis de la base. Y entre los puñetazos coreábamos todos aquel ¡Yanki go home! que expresaba el resumen de toda nuestra rabia enardecida. Si había sangre: un labio, una ceja o lo que fuese, los gritos aturdían y quienes quedaban en el campo de batalla improvisado (pero siempre el mismo) se zurraban de lo lindo y quienes no teníamos con qué zurrar cogíamos al yanki más cercanos por donde se pudiera y le hacíamos caer o tambalearse y entonces una mano ya hecha un puño convenientemente cerrado podía dar el golpe que todos esperábamos en aquellos estómagos enormes como hogazas muy duras pero que a veces tiernas por aquello de la respiración, rendían a un tipo que miraba con ojos de niño grande, divertido y sorprendido, mientras ya se escuchaban las sirenas de los jeeps de la base que venían a por ellos, a llevarlos de allí, a impedir que sus brazos nos hicieran añicos. Ésa era la estrategia del equipo local: resistir batallando hasta que la policía militar americana obligaba al enemigo a salir de allí pitando por Independencia como si es que huyeran, ¡habíamos ganado!

Ortopedia La Francesa: los condones.

Eso era en esas tardes que desembocaban en las noches del Oasis. Pero había otras tardes con un objetivo más humilde y más urgente. Se trataba de entrar en una pequeña tienda llamada Ortopedia La Francesa (aún existe, no sé si cerrada permanente) y comprar condones por unidad, nunca la caja entera, ¡qué bolsillo de los nuestros pudiera!

Ibas a buena hora, o sea más bien temprano, nada más abrirse las compuertas de la tarde de fiesta y tus pasos te dirigían directamente allí, frente a la tienda. Decían que esa tienda estaba vigilada por la policía, que hacían fotos a quienes entraban, que el propio dueño era un confidente que lo apuntaba todo. Decían muchas cosas de aquella tienda y eso producía cierto temor que había que superar como pudiera cada cual hacerlo. Por lo que hubiera de cierto en aquellos rumores no entrábamos nunca en grupo, ni siquiera en pareja: entrábamos más solos que en el water de un bar. Los compañeros esperaban afuera, más o menos cercanos, dispuestos a salir corriendo a poco que un adulto se hiciera sospechoso a sus ojos abiertos de para en par, qué menos. Entrabas, pues, sonaba la campanilla con el cuero, dabas los cuatro pasos hasta el mostrador y el hombre aquel, silencioso y con cara de muy pocos amigos, preguntaba un ¿Qué desea? con el usted inscrito, la distancia, ¿la burla?, un ¿Qué desea? innecesario, pues en toda la tienda no había nada más que cajas de condones. Respondías lo más serio y natural que podías: Condones. Y entonces, siempre que lo dijeras (que era siempre, porque así disfrutabas de la escena), entonces aquel hombre henchía el pecho y arrugaba la frente, te miraba como quien ve a un insecto en la baldosa y te decía con la voz como un trueno: ¿Cómo dice? Y tú, cambiando de palabra y bajando la voz: Preservativos. Y ya era la caraba, el despelote (pero los dos muy serio, si no había venta): el hombre tronaba de nuevo con un gesto inefable y decía: ¡Querrá decir gomassss! Movías la cabeza, humillabas tu verbo y entonces preguntaba si uno, veinte, treinta y uno… Pedías los que fuera, pagabas y salías. Ya en la puerta, mirabas hacia todos los lados pensando que las fotos estarían fijando tu imagen varias veces. Con cara de haba bajabas el escalón, andabas hacia la esquina y esperabas a que uno tras otro llegaran tus amigos como gorriones a por migas. Tocaba el turno a otro y entre tanto se jugaban partidas de futbolín intentando mantener el gesto de quien sabe lo que hizo y por qué lo había hecho, cuestión harto difícil o imposible. Porque lo cierto era que aún no había en el horizonte ninguna chica con la que utilizar los condones, preservativos, gomassss. Era un acto de aprendizaje, un quitamiedos, una preparación necesaria para cuando comprarlos fuera un acto realmente necesario en nuestras vidas. Que todo llegaría.

Aquellas tardes de sábado en el Tubo duraron por lo menos los tres años del bachiller superior, marcaron una época (o al menos unas  horas importantes de una época). Entre sus sucias paredes discurrió la parte más festiva de nuestra adolescencia. Otras horas serían las muchas pasadas en Casa Faustino. Pero eso es otra historia.

3 comentarios

jorge -

mal

pedro -

me surge una curiosidad, ¿en que fecha cerro sus puertas el plata?. Buen comentario

ENRIQUE -

Me ha gustado tu relato de la Zaragoza joven y canalla de aquellos años. Esperamos también el de Casa Faustino. A mí -al contrario de lo que a ti te pasa- me atrae mucho El Tubo y el Casco zaragozano. Quizá porque, por mi edad, no conocí los esplendores de esa época. Dicen que ahora van a reabrir El Plata. ¿Qué opinas? Un abrazo.