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javierdelgado

EL AYUDANTE. CUENTO DE HIJO, PADRE ...Y PIS

EL AYUDANTE. CUENTO DE HIJO, PADRE ...Y PIS                                                            

 

-         ¡Vámonos, ayudante!

 

Y salían de casa, el padre con las llaves del coche en la mano y el hijo con la cartera del padre en la mano, siguiendo su estela de colonia Varón Dandy.

 

Subían al coche y el padre le pedía la cartera con un gesto de su mano. El hijo abría la cremallera de la cartera de cuero y así abierta se la ofrecía lentamente sobre sus piernas. El padre revisaba los papeles, acababa de ordenarlos, suspiraba, silbaba, preparaba su trabajo. El hijo no sabía cuál era el orden ni por qué razón, qué significaba cada uno de aquellos papeles, qué pensamientos había tras la expresión radiante o preocupada de su padre, que cerraba con un movimiento preciso la cartera, como sólo un amo de sus papeles puede hacerlo, y se la tiraba sobre sus piernas. El ayudante solía llevarla cogida contra el pecho, vertical sobre sus muslos, haciendo una mirilla con las asas, una mirilla desde la que mirar las calles que recorrían hasta dejar atrás el centro y cruzar puentes y adentrarse en aquel territorio ceniciento de tapias, chispas, chimeneas y ruido.

 

Aparcaba el padre y le tomaba la cartera de las manos, casi arrebatándosela. Y salía del coche.

 

-         ¡No te muevas!

 

Y el ayudante no se movía del asiento del coche durante un tiempo más largo y más vacío que ningún otro tiempo. Si era invierno hacía frío en el coche, que parecía más metálico que nunca y más pobre. Si era verano, el calor entraba a oleadas por la ventanilla, un calor denso cargado de olores metálicos y eléctricos como de una cercana tormenta industrial.

 

Las paredes tenían escritos que no se podían leer desde la distancia. En los postes de la luz había señales de peligro terroríficas: un rayo impactando en un hombre. El polvo de la cuneta era de un sucio impropio, no parecía tierra. Las pocas hierbas que crecían entre grietas parecían obligadas a testimoniar una forma de vida insoportable, un castigo arbitrario aceptado con estoicismo. Si había nubes, al menos podía seguir su evolución allá en lo alto, en un horizonte inalcanzable, lleno de luces y colores cambiantes conforme avanzaba la tarde.

 

Dentro del coche, sin nada entre las manos, cada vez con menos luz, el ayudante, sin moverse del asiento, esperaba, mientras iba sintiendo cada vez más perentorias las ganas de hacer pis. Poco a poco su vejiga se transformaría en el único lugar importante del mundo, abultada, tensa, dolorosa, preocupante.

 

El ayudante procuraba distraerse, olvidarse del pis que iba llenando su vejiga. Pero el pis era más persistente que la imaginación del ayudante, hacía su tarea dilatante tan poco a poco que podía pensarse por un instante que todo había sido imaginario y que no había peligro. Un mínimo cambio de postura refutaba esa impresión. En adelante el tiempo de la espera iría dando paso a una sucesión de sensaciones angustiosas. El ayudante pensaba en salir y desahogarse. ¿Pero dónde hacerlo? ¿Allí mismo al lado del coche? ¿Contra la tapia, bajo la farola? ¿En las hierbas de un ribazo cercano? El lugar parecía desierto y casi estaba decidido a salir cuando un ruido cualquiera le alertaba: posiblemente desde el coche no viese a quienes sí le veían. ¿Cómo hacerlo así?

 

Imaginaba diversas formas de hacer salir el pis sin moverse del asiento. Un tubo de goma desde la cola hasta el suelo, entreabriendo la puerta. Una aguja en el vientre producía un surtidor que salía por la ventanilla, limpiamente. Le parecía que el pis humedecía su ropa interior, el pantalón, el asiento. Miraba, palpaba. Era una falsa impresión. También parecía que sus muslos fueran almacenando pis y que todo su vientre se hubiese llenado del líquido. Respirar se iba haciendo cada vez más doloroso. Y el deseo de dejar salir el pis luchaba contra el temor a manchar la ropa y el coche.

 

De un momento a otro volvería su padre. No podía salir. Se imaginaba saliendo, acudiendo a la puerta por la que había desaparecido su padre, llamando, explicando quién era, pidiendo por favor que le dejaran ir al retrete. Imaginaba el desconcierto de quien abriera, las preguntas las dudas. Imaginaba la reacción de su padre, su disgusto. Lo último en su vida, dejarle en mal lugar ante sus clientes.

 

Las ingles le dolían y parecían estar completamente mojadas. Había sucedido lo peor, nada podría ya detener la catástrofe.

 

Su padre no volvía, las luces de la tarde dejaban paso a un brillo ceniciento entre los muros. Si era invierno, el olor frío era un arma metálica entrando por las rendijas del coche, hiriéndole la pituitaria. Si era verano, el aire se movía y aquellas virutas daban vueltas interminablemente cerca del rincón. La sensación refrescante contrastaba con el calor acumulado en el interior del coche, un horno de metal y tapicerías. El ayudante, en cualquier caso, fuese invierno o verano, en aquellos momentos sudaba. Era un sudor frío que le empapaba todo el cuerpo, especialmente molesto en el cuello y en los antebrazos. Procuraba no moverse lo más mínimo, no hacer un movimiento fatal.

 

Por fin, volvía su padre. Le arrojaba la cartera sobre las piernas (y él tenía que evitar que el impacto abriera la espita del pis), cerraba la puerta de golpe, arrancaba, salían de allí camino de casa. Algunas veces, su padre le decía, sin dejar de mirar hacia el frente:

 

-         ¿Qué tal?

 

Y el ayudante movía la cabeza para decir que bien sin decirlo. ¿Se fijaba su padre en su respuesta?

 

En cuanto subían a casa el ayudante se metía en el retrete. Tardaba en salir el pis. De pura hinchazón, su vejiga no dejaba salir el líquido. Era un momento extraño. Del otro lado de la puerta llegaban débilmente las voces de sus padres y las de sus hermanos. Por fin acababa de hacer pis.

 

Durante la cena, en algún momento imprevisible, su padre diría una vez más que gracias a esas ventas podían todos ellos vivir bien. Se diría que esperaba una salva de aplausos. Pero nunca mencionó la compañía de su ayudante.

 

Esa palabra sólo la escucharía cuando su padre aparecía en su habitación con el traje y la colonia Varón Dandy y con aliento de café con leche le dijera, muy animado:

 

-         ¡Vámonos, ayudante!

 

En ese tono con el que parecía ofrecerle una especial aventura junto a él, que haría de aquella una tarde realmente memorable.

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1 comentario

vanessa -

la wea es entera larga pa mi gusto
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