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javierdelgado

CLANDESTINO.CUENTO MORALIZANTE

CLANDESTINO.CUENTO MORALIZANTE

Le comenzaron a molestar los comentarios. Le parecía que nadie tenía por qué decir nada sobre sus costumbres, sus ideas, sus gustos, sus pasiones, sus entretenimientos, sus predilecciones. Le comenzó a parecer insoportable tener que escuchar opiniones sobre su persona. Le comenzó a fastidiar profundamente saber alguien tenía noticia de su vida, de sus paseos, del destino de sus idas y venidas, del por qué de sus actos. Sus lecturas, sus apuntes, sus cavilaciones, sus planes, ¿quién tenía derecho a inmiscuirse en ellos? Optó por el silencio. Estaba en su derecho. Más adelante, como callar era evidentemente insuficiente, comenzó a decir medias verdades y a mentir francamente: pistas engañosas, rastros frustrados. ¡Qué le buscasen donde no estaba! Vivir solamente tenía sentido y dignidad si se mantenía en secreto la propia existencia. Vivir como si no se viviera en ningún sitio, con ninguna persona, sin ninguna ocupación, ningún compromiso. ¡Obligaban a tanto los saludos! Ser sin estar: ese fue su programa. Un ser de los abismos oceánicos: ocupan su lugar, interviene, coadyuva con su actividad a equilibrar el universo, pero no se les ve, no se les distingue, no se repara en ellos. Sólo se perciben algunos efectos, directos o indirectos, de su existencia.

 

Él mismo, un partido clandestino. Con su programa, sus estatutos, sus objetivos. Y sus puntos de apoyo, sus pisos francos, su aparato de propaganda, su red de contactos, sus normas de seguridad. Cuando la legislación vigente o las circunstancias no permiten actuar libremente a cara descubierta es lícito adoptar la clandestinidad. Más aún: es seguramente la única opción razonable. Se trata de sobrevivir siendo eficaz. Conseguir avanzar en la dirección conveniente sin dar armas al enemigo, sin ofrecer blanco a sus acosos. Le costó decidirse. Renunciar a la libre expresión de sus pensamientos y a la libre realización de sus actos no es algo que se haga por gusto. Pero estaba claro que, tal y como se habían puesto las cosas, seguir a la intemperie le llevaría más temprano que tarde al fracaso.

 

¿Qué era más importante: que hubiese quien supiese con certeza de su existencia o que sus ideas se difundieran y ganaran adeptos? ¿Qué valía más: el reconocimiento de su individualidad o el disfrute de los frutos de sus actos? ¿A quién le importaban los sufrimientos o las alegrías que experimentaba en el proceso de sus búsquedas? Lo importante, sin duda, eran los resultados, no la identidad de quien los produjese o los propiciase. Fuera del foco de atención se sentiría libre para desarrollar todas sus capacidades sin temor a ser advertido, observado, vigilado, criticado, reprimido, retirado de la circulación, finalmente, por los acostumbrados métodos infamantes.

 

En cuanto a él, no pretendía adquirir ningún tipo de prestigio. Muy al contrario, sus conocidos debían desconocerlo por completo a él, sus compañeros deberían ignorarle, su familia, incluso, debería perder definitivamente el rastro de sus señas de identidad. En general, cualquiera que se relacionase con él debía hacerlo sin llegar a percibir lo más mínimo de su verdadera personalidad. Sólo así estaría seguro. Y podría dar frutos, algún fruto. Y su vida tendría sentido.

 

Así lo pensó y así lo hizo. Al principio le costó un poco alejar de la evidencia sus pensamientos y sus actos: aún había demasiada poca distancia entre lo que los demás sabían de él y la realidad de él mismo, de modo que resultaba difícil impedir que advirtiesen sus preocupaciones y sus intenciones. Pero poco a poco fue introduciendo elementos de opacidad y disimulo, y las personas con las que trataba iban perdiendo noción de sus verdaderos propósitos aunque aún pudieran observar alguna conexión entre sus acciones más evidentes. Después fue dispersando las partes de las acciones de modo que no siguieran en absoluto el orden usual, natural o lógico. Quien le viese, por ejemplo, tomar bolígrafo y papel pensaría que iba a escribir: muy al contrario, nada escribiría en ese rato. Acudía a lugares y establecimientos donde nada le interesaba encontrar. Silbaba canciones que le aborrecían y sólo se permitía recordar sus músicas favoritas en el más absoluto silencio. Se acostumbró a leer el periódico que le interesaba en bares lejanos y a comprar y exhibir bajo el brazo los que le producían mayor rechazo. Estos son algunos ejemplos de las tácticas que comenzó a emplear en la primera gran fase de su clandestinización.

 

Establecidas, pues, toda una serie de rutinas cotidianas de lo que consideraba un primer camuflaje, avanzó hacia logros mucho más importantes. Se trataba de utilizar su propio cuerpo a favor de la clandestinización. La propia evidencia corporal sería el recurso más eficaz si conseguía dotar a sus movimientos, a sus gestos, a su voz, etc., de la flexibilidad máxima en relación con su funcionamiento cerebral. Le costó cambiar la forma de andar, la forma de gesticular con las manos, la forma de entonar y de reír, pero sobre todo encontró grandes dificultades en sus intentos de cambiar su forma de mirar y su forma de manifestar dolor o pesar. Con todo, al cabo de cierto tiempo aquel mismo cuerpo, sin ningún cambio físico, podía decirse que ya no era el mismo de antes. De hecho, algunas personas cercanas a él ya no le reconocían cuando se las encontraba por la calle. Pudo hacerse pasar por distintas personas en diversos lugares de su ciudad, cada una dotada de sus cualidades y tics propios. No se atrevió (le pareció una imprudencia rechazable) presentarse en un mismo lugar con una u otra personalidad. Esos pequeños gustos debía reprimírselos a toda costa si no quería echar por tierra todo su plan. Y lo cierto es que sufría continuas tentaciones.

 

Al cabo del tiempo consiguió disponer de un amplio repertorio de recursos gestuales o, por así decirlo, de identidades físicas. Con su mismo cuerpo de siempre, daba vida a distintos personajes, de modo que según moviera sus manos podían parecer largas y huesudas o compactas y regordetas, su cuello era más o menos largo, sus hombros destacaban o desaparecían sobre las costillas, su pecho se henchía o se mantenía hundido. En general era el movimiento lo que cambiaba su aspecto, en lo que intervenía especialmente el ritmo. La clave, con todo, radicaba en una disposición interior distinta que se manifestaba con diversos recursos corporales.

 

Comenzó entonces una siguiente fase, mucho más importante. Según dónde o con quién estuviese le era posible actuar de una u otra forma, lo que le hizo plantearse que en sus relaciones con los demás lo menos importante, a partir de entonces, sería su identidad personal. Estaba a punto de conseguir su primera gran meta: tratar a cada cual según las necesidades de esa otra persona y no según las necesidades de sí mismo. Éstas podían pasar a un segundo y aun tercer plano gracias a esa gimnasia que, en realidad, ahora lo veía claro, dejaba muy dudosa incluso para él mismo la importancia de su verdadera identidad. Él era él, eso era una evidencia. Existía. Pero ya no le preocupaba en absoluto quién era él. Libre de esa preocupación, podía interesarse con todas sus capacidades en los problemas de los demás, comprendiéndolos desde el punto de vista de ellos.

 

A partir de las primeras experiencias de actuación a favor de otras personas desde el punto de vista de las necesidades y deseos de aquellas mismas personas comenzó a experimentar una gran paz interior y una euforizante sensación de plena libertad. Ser él, identificarse ante los demás, reivindicar su personalidad, defender sus opiniones, etc., había dejado de ser una necesidad. En el fondo del ser en el que eran capaces de coexistir tanta variedad de existencias habitaba un yo absolutamente despreocupado de sí mismo. Era él mismo, sin duda, como el agua es agua o un pájaro es un pájaro. Hablaba, comía, dormía o estudiaba cuando sentía deseos o necesidad de hacerlo, sin preocuparse de buscar la razón o la explicación. De esa forma, la levedad de su existencia le permitía poder hacerse cargo del peso de las preocupaciones de los demás.

 

Clandestino, inidentificable para nadie salvo para él mismo, adquirió la costumbre de acudir a un mismo lugar en determinadas fechas del año. En esas ocasiones celebraba una fiesta en la que primero evaluaba el grado de consecución de los objetivos que se había propuesto para esa temporada,  revisaba su programa de acuerdo a los nuevos datos de la realidad que hubiera descubierto en la práctica de su relación con los demás y después celebraba la felicidad en la que había instalado su ser. De vez en cuando se le ocurría dar un nombre, unas siglas, componer un anagrama, dibujar un escudo, una bandera, un logotipo, un himno; en fin, algún signo identificativo de ese partido unipersonal que había llegado a crear, organizar y dirigir. Eran momentos que le recordaban, aunque lejanamente, su pasado, cuando tanto le irritaba cualquier indicio de intromisión en su vida y el roce con lo que entonces le parecía una humanidad molesta y atosigante. Un recuerdo que aceptaba porque mantenía viva en él la noción de una forma de vivir de la que ahora podía reírse a carcajada limpia.

 

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