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javierdelgado

LA MUERTE DE MI ABUELA ANTONIA Y LO QUE APRENDÍ

LA MUERTE DE MI ABUELA ANTONIA Y LO QUE APRENDÍ

Me apetece contar ahora la muerte de mi abuela Antonia. Pasó una semana entre la vida y la muerte, extinguiéndose poco a poco. Pero conservaba intacto su sentido del humor y además algo se disparó en su cabeza de forma que hablaba con una libertad increíble de todo y de todos. Parecía estar ya más allá de cualquier convencionalismo.

 

Durante su última semana yo acudía por las tardes a visitarla. Siempre le tuve un gran afecto y quería acompañarla esas horas. Ella me lo agradecía mucho porque también me quería especialmente. Los dos, según ella, éramos “románticos”, y eso hacía que me sintiera más cerca de ella que a otros nietos. Esas últimas tardes las pasábamos viendo láminas de los libros de arte del abuelo Manuel (que había fallecido un año antes). Su disfrute en la contemplación de las reproducciones de cuadros de los grandes maestros de la pintura mundial era francamente instructivo. Pero fue sobre todo su forma personal de vivir esos momentos lo que se me quedó grabado. Mirando una lámina en la que se reproducía bastante convincentemente el cuadro de Velásquez “Vulcano en su fragua”, mi abuela recorría con sus dedos los pechos de aquellos personajes, fuertes, cobrizos, iluminados fantásticamente.

 

-         ¡Qué pechos! ¡Qué hombres! ¿Ves? Tu abuelo, de joven, ¡y de no tan joven!, tenía un pecho fuerte como los de estos señores de Vulcano. ¡Él también brillaba en su fragua, tu abuelo! ¡Qué maravilla de pechos!

 

A sus setenta y pocos años, una mujer aparentemente convencional, católica y sometida cotidianamente a lo que se esperaba de una mujer en aquella época en aquel país, revelaba con sus comentarios una libertad de espíritu y una forma de vivir su vida realmente admirable. Otra tarde, no recuerdo bien mirando qué cuadros, me habló de la suavidad de sus piernas y de cómo las alababa mi abuelo.

 

-         ¡Son como seda! Siempre tuve los muslos suavísimos, blancos y suavísimos. ¡Mira! Y levantando un poco la ropa de la cama sacó su pierna derecha entre las sábanas.

-         ¡Toca! ¡Verás como es verdad! ¿Eh que sí?

-        

 

Era absolutamente cierto. Mis dedos, recorriendo sus largos muslos, lo percibieron perfectamente. Un tacto de seda.

 

Puedo asegurar que a mis dieciséis años una experiencia como esa me resultó enormemente instructiva sobre las mujeres. Desde entonces supe que bajo las apariencias había siempre la posibilidad de encontrar una persona original, con criterio propio y con libertad en el trato. Fue todo bonito, elegante, divertido y cariñoso lo que recibí de mi abuela durante aquellos últimos días de su vida.

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