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HOY HA SIDO MI SANTO Y RECUERDO A MI AMIGO JOSÉ ÁNGEL PRIETO...

HOY HA SIDO MI SANTO Y RECUERDO A MI AMIGO JOSÉ ÁNGEL PRIETO...

 Mi amigo era fuerte como una sabina

Hoy ha sido mi santo: San Francisco Javier. De niño lo celebraba mucho, más que los cumpleaños (el santo era lo cristiano y el cumpleaños lo pagano; y entre uno y otro en mi familia no había duda de cuál se debía celebrar más). Hace mucho que celebro más los años, más que nada porque resulta cada vez más difícil llegar al siguiente, mientras que los santos están ahí tal cual sin moverse de sus peanas ni de sus estampas. Pero me gusta mucho celebrar mi santo: San Francisco Javier, “patrón de las misiones”…  

Cuando acababa de cumplir los cincuenta, José Ángel Prieto, el único cura con el que he podido mantener una larga amistad (desde mis catorce años), esperó a mi santo para regalarme un vídeo de la vida de San Francisco Javier. Él me había pedido un regalo para ese día: que le llevase al museo de tapices de La Seo. La única vez que había estado allí había sido con su padre, siendo él aún chico, y tenía un recuerdo muy vago pero muy preciado. Fueron su padre y él solos, y eso fue una experiencia que se le quedó grabada, porque en su casa eran muchos hermanos. ¡Un paseo sólo con su padre!  

 Mi hija Celia es “hija única”, pero siempre ha distinguido muy bien cuando estaba sólo con ella, y más si era yendo a algún sitio. Seguramente es el mejor regalo que un padre puede hacer a sus hij@: un rato de dedicación exclusiva. A mi amigo aquella visita le resultó tan agradable que, ya de mayor, ese año quiso que su amigo Javier le dedicase un rato sólo a él llevándole también al museo de tapices de La Seo. Esa mañana yo, el más pequeño, era el encargado de llevarle, de explicarle, de ayudarle. Lo pasamos muy bien. La ilusión de mi amigo no quedo defraudada: el museo era maravilloso… como él lo recordaba… 

Para entonces mi amigo José Ángel Prieto ya tenía mareos, pero no sabía que cuatro  años después a estaría muerto y enterrado. Hoy lo he echado de menos: su mirada cómplice, su sonrisa confiada, su voz siempre potente, su escucha sin reservas. Para ser cura, era muy buena persona. Por lo menos conmigo.  Pocas semanas antes de que se muriera, como ya se veía venir, le hice muchas fotos. Una mañana entera estuvimos haciéndonos fotos. A él, de vez en cuando, se le iba la cabeza (no sólo esa mañana) y me decía: “El otro día estuvo aquí Delgado…”. Yo asentía sin más, pero él a veces se daba cuenta y fruncía las cejas: “¡Toma! ¡Pero si eres tú el que estuvo!¡Si tú eres Javier Delgado!” No le dábamos importancia, para qué, y seguíamos con lo de las fotos y con lo que quisiera contarme de su vida y de la de sus parientes. 

 Las figuras de su abuelo y de su padre lo dominaban todo. Ambos, creo,  registradores de la propiedad, al abuelo lo mataron los rojos al poco de comenzar la guerra. Nunca lo perdonó, y yo se lo escuchaba un día y otro día con la misma expresión y el mismo comentario: “También los de Franco mataron… y decían que eran católicos…”. En eso estábamos de acuerdo, pero matar a su abuelo… A mi amigo aquella muerte le cambió la vida: de muy ricos pasaron a un modesto ir pasando. ¡De pronto ya no había juguetes de los caros! Ni muchas cosas más…

 De chico, ya en Zaragoza (porque la familia era de Levante), vivían en vía Pignatelli, junto al Canal. Su casa era grande, para tanta tropa, y tenían un huerto en el que cada hijo cultivaba hortalizas o lo que quería. El padre se empeñaba en que aprendieran lo que cuesta hacer nacer y crecer coles y judías y demás productos. Halagaba sus logros y cabeceaba cuando no conseguían sacar el provecho proyectado.  

 

Esa zona era toda de casas con huertos, justo a la orilla del Canal. La suya estaba cerca del puente de América. Esa casa y ese huerto los tenía mi amigo en la mente todos los días de su vida. No lo pasó tan mal, aunque no fuera ya rico…Pero matar a su abuelo… Sí, sí, los otros también mataron, pero a su abuelo se lo mataron los rojos, mira tú, por ser rico y registrador de la propiedad. Aquello no había manera de perdonarlo. Para mi amigo explicar esas cosas a un rojo, a un comunista, le producía una especie de tranquilidad. ¡Podía decírselo a un rojo: que a su abuelo…!

 Fuimos muy buenos amigos aunque él era jesuita y yo comunista y a su abuelo lo mataron los rojos y a mí me habían metido en la cárcel los fascistas. Mi amigo, de mayor, tenía muchas cosas que contar y contárselas a un amigo comunista le gustaba mucho. Nuestros encuentros estaban marcados por el afecto, el respeto  y el buen humor. Ya digo que ha sido el único cura del mundo con quien he mantenido una amistad larga…desde los catorce años…Hasta que se murió. Cuando lo vi en la caja, tan largo como era (porque era muy alto y muy fuerte), me dio mucha pena. Estuve un buen rato mirándole la cara, que era la suya pero ya no lo era… Hoy ha sido mi santo y he echado mucho de menos a mi amigo José Ángel Prieto. No era tan mayor, al fin y al cabo, y hubiéramos hablado un rato aunque sólo hubiera sido por teléfono, o a lo mejor hubiera ido a verlo, como ese Delgado que también le visitaba. ¡Toma! ¡Si era yo mismo!

 Recordando a mi amigo se me ha ido, como suele decirse,  el santo al cielo. Que, por otra parte, es ni más ni menos donde los santos están.  Mi amigo, estoy seguro, está con ellos.

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