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javierdelgado

COMPRAS NAVIDEÑAS Y SUCESOS RAROS. GENTE DESESPERADA Y GENTE DESESPERANTE.

COMPRAS NAVIDEÑAS Y SUCESOS RAROS. GENTE DESESPERADA Y GENTE DESESPERANTE.

 ¡Y tanto que died! ¡Cómo que no dejan bicho viviente por navidades!

Hoy ha sido un día de compras, la cosa de los regalos. Cada año compramos menos y más baratos, porque ya nos da vergüenza.

Día, pues, de grandes y pequeños almacenes en los que suena la música navideña. Las tiendas parecen iglesias, lo cual no es raro ya que hace tiempo que las iglesias parecen tiendas.

Con el soniquete, dicen, la gente compra(mos) más: el corazón nos traiciona. Lo que nos va a traicionar un día de éstos es la sangre revuelta y se va a armar la gorda, precisamente la de Dios es Cristo. Allí mismo: sobre los mostradores. A la luz de todas esas bombillas navideñas de colorines varios.

Por ahora no sucede nada: compramos, almacenamos, esperamos.

Pero alguna cosa sí pasa, sí pasa. No hay más que estar al tanto.

Una señora muy enseñoreada, delante de un público expectante (toda la cola de la empaquetadora fantástica navideña), se ha tragado un televisor gigante, unas gafas de sol de fantasía y cuatro o cinco juguetes sin las pilas dentro. Después ha eructado. Ni los más fuertotes guardas de seguridad han conseguido que pagase ni un euro por las mercancías. Al fin y al cabo, comentaba un profesor de instituto suspirante por una baja maternal como antaño cuspiró por una plaza en plaza, al fin y al cabo, son ya cuerpo de su cuerpo. Y además todo eso no hay quien lo cague. Ha sido la comidilla de la mañana. Por fin algo de qué hablar en las colas de los autobuses urbanos.

Ha sido una mañana de compras y hemos visto también a un señor muy enseñoreado meterse por el culo varias agendas digitales, doscientos blocs de anillas (decía ue para su amplia prole) y un antojo: la parte del micrófono inalámbrico que sobresalía inútilmente de una caja de plástico en la sección de inutilidades. Según decía la señorita de la caja registradora el m uy guarro ha respondido que si quería recuperase todo aquelloo con sus lindas manos, cuando la chica, abatida y llorosa, le ha pedido por favor restituyera todas aquellas cosas a su lugar de origen. También ha dicho el señor tragaporelculo que a su lugar de origen no le daba la gana por que Taipei quedaba muy lejos y a desmano. Un horror y un mal ejemplo para los niños que miraban asombrados desaparecer por aquel ano peludo las espirales de los blocs una tras otra.

Los villancicos es lo que tienen: que nos tocan los cojones en las grandes superficies y así pasa lo que pasa. ¡Y lo que puede pasar cualquier día! ¡Si no estamos preparados!

A la salida de la gran superficie más conocida un joven (por supuesto rumano) tocaba (muy mal) el acordeón. Había céntimos de euro en su cestito, céntimos nada más. ¡Pero es que no había forma humana de aguantarlo!

Hablando de músicos callejeros: ¡menos más que no ingresé en el cuerpo de Correos! ¡Aguantar todos los días el rascar del violín de la pobre (porque pobre seguro que es) señora que rasca el violín a la puerta de Correos y Telégrafos! No hay derecho a tener que soportar esos conciertos tan desconcertados. ¡Y menos en navidad! ¡Pues no vamos ya bastante cargados! Si llego a ser de Correos igual la armo. O la desarmo, que la señora parece fácilmente desarmable: en un tris tras acabo yo con los rasca rasca de las narices. ¡Que le den un cursillo!¡O dos! ¡Pero que no rasque!

Por navidades (y eso que aún faltan días, nos pellizcan en todos los sitios el corazón y así vamos como vamos.

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