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PRESENTAMOS AYER "EL HÉROE AGOTADO" EN LA FERIA DEL LIBRO. PUBLICO LA INTERVENCIÓN DE ELOY FERNÁNDEZ CLEMENTE

   Ayer tarde presentamos "El héroe agotado" en la Carpa de la Feria del Libro. Estuvo todo muy bien. El público muy cariñoso. José María Ballestín (director de la FIM Rey del Corral) y el historiador Eloy Fernández Clemente hicieron intervenciones muy amables. Luego aún hubo quien vino a la caseta de la FIM a por ejemplarres firmados. Acabe muy cansado pero muy contento.

Eloy ha tenido la bendita paciencia de atender mi ruego y revisar enseguida el texto que leyó en la presentación para que pueda publicarlo ya mismo en este blog.

Copio a continuación, pues, el texto de la intervención de Eloy Fernández Clemente:

Sobre Javier Delgado, y su pequeño libro sobre Vicente Cazcarra

 

Queridos amigos:

Presentar a Javier Delgado Echeverría, y este librico suyo sobre Vicente Cazcarra, era para mí un deber desde que el primero me lo pidió, un deber agridulce, pero inexcusable. Con lo que diga ahora espero quede claro por qué.

 

Javier

 

Conocí a Javier hace unos cuarenta años, en la librería Hesperia, tan recordada. La visitaba cada vez que veníamos desde Teruel, donde trabajábamos y vivíamos Marisa y yo, lo que no era muy frecuente por lo penoso del viaje. Me lo presentó Luis Marquina, quien poco después, cuando Javier se marchaba discretamente, me habló de aquel joven brillantísimo que creo andaba haciendo Preu y acababa de comprarse un texto latino, no sé si de Ovidio o de Cicerón; sería de Cicerón, seguramente. No sé en qué orden, creo que fue algo después, ya andábamos José Antonio Labordeta y yo tramando un Andalán en las tardes frescas y soleadas turolenses, cuando nos visitaron allí, y tuvimos una larga velada en mi casa con ellos, su hermano Jesús, hoy ilustrísimo jurista y maestro de generaciones de civilistas, el dramaturgo en ciernes Juan Antonio Hormigón y otra persona que ahora no recuerdo. En años sucesivos iría conociendo al resto del clan Delgado, todos singulares y estupendos, y a la madre, ya fallecida, persona central de una gran novela de Javier; y el padre, divertido, simpático, lleno de vitalidad, con quien pude departir sobre su larga vida laboral.

 

Cuando, a partir de septiembre de 1972, comenzamos la aventura de Andalán, en su grupo de fundadores estuvieron pronto Jesús y Javier, éste el más joven de todos, ya por entonces miembro activísimo del PCE, y que nunca se cansaba de hablar, de escribir, de discutir, de proponer o de exigir pasos adelante. He repasado los índices y encontrado que escribió de todo, en casi todas, más de dos docenas de secciones. Educadísimo siempre hasta resultar algo raro en nuestras interminables veladas de los lunes, discreto aunque todos sabíamos qué hacía, de donde procedía. Y, como todos los que por entonces militaban o militaríamos en diversos partidos, sindicatos o movimientos democráticos clandestinos hasta tres o cuatro años después, disfrutando de una gran libertad personal para hacer, deshacer, opinar y, sobre todo, escribir. Porque nadie estaba allí “misi dominici” (envíado o delegado), sino por su compromiso y valor personal.

 

Lo que sigue está contado y muy bien contado por Javier en el libro que le publiqué en la Biblioteca Aragonesa de Cultura, seguramente el que más se parece al diseño o designio que tuve al asumirla y planificarla. Javier tuvo una historia muy dura y muy hermosa (a la hora de contarla), en la larga transición, antes, durante y bastante después de la muerte del general Franco, un papel muy destacado en el mundo universitario, en el mundo cultural zaragozano, en su partido. Librero él también, qué casualidad, con el otro gran librero de la época, Pepe Alcrudo (justamente homenajeado aquí hace un año, en la misma carpa y ocasión ferial), estudiante con sobresaltos, hombre cultísimo, bibliotecario, hubo de buscar, como en tantas otras cosas, diversos refugios para una salud extremadamente débil, un alma extremadamente sensible, en un tiempo y lugar duros, inmisericordes muchas veces. Sólo en los últimos años, haciendo de la necesidad virtud, y acompañado de esas dos mujeres maravillosas que son Ana, su compañera, y Celia, su hija, y de un puñado de amigos entre los que me alegra saber me cuenta, sobrevive a las pesadillas con columnas periodísticas, a los temblores con plantas y flores (es el Decano de todos los que amamos el Parque Grande y todos los vegetales, estén oliendo o convertidos en capiteles de piedra), a la desesperanza con guiños de casi infantil ilusión.

 

¿Cómo no estar, entonces, a su lado?. Antes de reclamar afecto, lo da a raudales. Antes de recibir ánimos, nos los da a quienes nos acercamos sin saber si acertamos con esa broma casi cruel o esas palabras amables. Y, como casi todos los que tienen escasa salud pero una enorme voluntad de expresar ideas y sentimientos, escribe sin parar, mejor dicho: cuando para de leer. En su amistad leal y cálida, no estuvo, no está, la fidelidad a quien tuviera siempre por maestro y casi hermano, Vicente Cazcarra. De ahí la escritura, con caligrafía y pulso, que hoy vemos reeditar, porque se agotó rápidamente en unas semanas, y porque ello le ha dado pie a corregir bastantes cosas y aumentar otras, en su afán de perfeccionismo escrupuloso.

 

Vicente

 

¿Cómo abordar la lectura de este pequeño libro en su primera edición?. Me pareció un excelente modo de, a los diez años de su trágica desaparición, recordar al amigo, al compañero o camarada, según los casos, al gran aragonés que fue Vicente Cazcarra. Y desde luego sumarme a este acto, con el dolor que aún nos atenza su pérdida, por el afecto personal que siempre le tuve y siempre recibí de él, y también por el sentido de responsabilidad que obliga a cuantos pusimos, desde hace más de treinta años, la mano en el arado de la lucha por las libertades, la democracia, el socialismo, y esta tierra aragonesa. Es un acto de justicia evocar su memoria, pero sería injusto hacerlo con la cabeza bajo el ala, escondiendo partes de la verdad, limitándonos a hacer como la Iglesia con sus más afines, un proceso de beatificación, un mero canto fúnebre.

 

Diré, en primer lugar, que Vicente Cazcarra tuvo la mala suerte de ser un héroe a su pesar; él no buscaba la cárcel, tan dura, sino la lucha contra el fascismo, que atenazaba España. En todo caso, sus largos, sufridos, dignísimos años de Burgos, nos merecen a todos, estoy seguro, un respeto enorme, una consideración de su temple y valor.

 

Añadiré que, no sólo por ello, sino también por sus grandes dotes humanas y su especial valía como orador, como estudioso de los grandes temas e ideas, como afectuoso y a la vez serio amigo de tantas gentes, reunía las condiciones que le llevaron a ser la figura más emblemática del PCE en Aragón. Su gestión fue laboriosa y honesta, hasta en las equivocaciones, y merece por ello figurar en nuestra historia. Entre tantas otras cosas, él fue quien impulsó, no en 1972, como se ha dicho tantas veces, sino en junio de 1971 (tengo una copia que acabo de escanear para Javier) el célebre documento aragonesista (“Manifiesto para Aragón”), exótico entonces en su partido, oportuno y decidido.

 

Ahora bien: en sus excelentes relaciones con la izquierda marxista aragonesa, en tiempos de clandestinidad y de primera transición hacia la democracia, Vicente, que colaboró con frecuencia en Andalán con excelentes análisis sobre política internacional - hasta donde se podía-; que vivió con enorme interés la creación del PSA (hay quien sostuvo que fue su verdadero creador, en injusta atribución de maquiavelismos infundados), no pudo llevar a cabo lo que algunos proponíamos y queríamos, que era, después de que el PSA muriera de éxito en las primeras elecciones, haber fundido ambos partidos, creando un PSUA, a la manera del PSUC catalán, con personalidad propia, vinculado pero no estrictamente dependiente del PCE. Ni el Comité Central quería oir hablar de esas aventuras, ni entre muchos compañeros de Zaragoza y de Aragón hubo interés, todo lo contrario, en que esa imaginativa y esperanzadora experiencia se llevara a cabo. Quizá él tampoco echó toda la carne en el asador...

 

No voy a hablar, pues lo han hecho firmas tan cualificadas como las de Gonzalo Borrás, Sixto Agudo y el propio Javier, en claves coincidentes y que ratifico, de la no aceptación, por el PCE de Aragón, de mi persona cuando me tocaba ser concejal en el Ayuntamiento de Zaragoza, por haber sido candidato en sus listas, en las que se iba a producir una sustitución. Creo que más que un crimen, como dice Goethe, fue un error, y no por mi persona concreta (me hicieron objetivamente un favor) sino por lo que supuso, que desde entonces las políticas encaminadas a incorporar a gentes independientes a candidaturas y otras tareas, sufrieron un serio descalabro, tras las palmarias pruebas de la escasa sinceridad con que ello se hacía. Vicente, ya entonces, era un perfecto gestor (muchas veces con cara de póker, resignado a cumplir lo que le encomendaba un partido cerrado, ensimismado, atemorizado ante otros vientos y otros planteamientos que ignoraba. Y que, de nuevo, no pudo, no supo, o no quiso reformar e impulsar.

 

Diré, finalmente, y en este caso creo que coincido con Javier y con otros, que la marcha de Vicente a Madrid fué un nuevo error. Suyo y, sobre todo, del partido. Se dilapidaba de un plumazo su gran prestigio personal, su conocimiento de la política aragonesa (estuvo muy a punto de salir diputado, y ello hubiera cambiado, desde luego, muchas cosas entre los comunistas aragoneses y quienes fuimos sus compañeros de viaje), su capacidad, a pesar de todo, de llevar a la izquierda aragonesa a pactos y coaliciones. En Madrid, en un cargo oscuro, en el que poco significaba, hubo de acatar y llevar a cabo misiones de control que, por orden de Carrillo, intentaban frenar procesos de cambio, de modernización.

 

Tengo entendido que, en sus últimos tiempos, Vicente simpatizaba abiertamente con el movimiento renovador de Nueva Izquierda. Y que estaba profundamente amargado de una trayectoria durísima, esforzada, y bastante inútil, después de todo. Lejos de Aragón, a donde volvió poco y apenas le vimos, su desazón, sus cambios vitales, acabaron con su enorme temple, con aquel optimismo insobornable, hasta cuando se hundía por dentro en la más absoluta de las miserias.

 

Creo que todos: quienes fueron, fuisteis camaradas suyos, en unas y otras posturas, quienes le consideramos, respetamos y quisimos desde próximas pero discrepantes posiciones, todos perdimos con él una de las personas más conocedoras, más generosas, más respetables del Aragón de los últimos treinta años. Una enorme pena.

 

Este libro

 

Con lo ya dicho, para quienes escuchan y no conocieron a Vicente Cazcarra, seguramente se ha creado una cierta curiosidad… Al presentar este texto, con el que coincido casi plenamente, no querría sólo animar a su compra, que es lo propio de estos amistosos actos, sino sobre todo a su lectura reflexiva. Se trata de un libro pensadísimo, sentido hasta el dolor, prudente pero que no oculta nada que uno quiera ver. Creo que hace justicia a Cazcarra, pero no es “justiciero”, no ajusta cuentas con el viejo y tan meritorio partido, hoy en una más de sus varias y profundas crisis. 

 

En su columna de 64 líneas sin un punto y seguido o aparte, de Artes & Letras escribía ayer, como un nuevo Bécquer: “Volverán las casetas de la feria”… (¡Sí, en Independencia sus libros a plantar!). Por aquí están, como cada año, vienen con las lluvias y traen siempre esperanzas a ilusiones. No está el mundo sobrado de ellas. Leamos. Pensemos. Agarrémonos a ese otro lado del espejo, que nos anima y da un sentido a un mundo al que no siempre se lo encontramos.

 

Eloy Fernández Clemente

 

 

 

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