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javierdelgado

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Están alrededor pero no están alrededor. Y él está ante ellos pero no está ante ellos. Muestran todos los signos aparentes de sus especies, han crecido siguiendo el curso natural del crecimiento de su especie, pero no lo han hecho para mostrarlo ahora ni para que él pueda verlo y advertirlo y sacar ninguna conclusión ni sentirse vinculado a ellos por eso. Y él está, sí está él ante ellos, como antes estaba pero ahora consciente de que lo está. Ellos no. Y sin embargo todos y cada uno ocupan su lugar sin ocupar su lugar más que otros lo hubieran hecho, en realidad sin hacerlo, la pasiva es necesaria en este párrafo para significar que los árboles no han podido reunirse a su alrededor más que lo hacen las estrellas allí arriba, y sin embargo el chico se sabe rodeado de árboles, rodeado de estrellas, rodeado en realidad de un mundo al que todo un universo rodea. Ésa es su percepción, su absolutamente segura noción del espacio que ocupa él mismo ante o entre o rodeado  de árboles, estrellas, universo. Y está bien, acaba de darse cuenta de que se siente perfectamente bien en ese lugar preciso que no ha elegido para vivir este momento de conciencia espacial pero que en su caso, si así lo hubiera deseado, sí hubiese podido elegirlo. No ellos, los árboles menos que nada (se diría que las estrellas tienen más vida propia en su ámbito, sólo hace falta dejar pasar unas horas y se tiene la constatación). Los árboles, ahí, en círculo alrededor de su cuerpo, mostrando su ser árboles cada uno a la manera que su especie lo muestra, si es que muestran algo y no es que ahora el chico los está mirando y eso sucede y nada más. Esos árboles son vistos, son escuchados, son olidos. Y sin embargo se muestran, producen sonidos, huelen. Es él, en medio (él sí ocupa un lugar) de un circulo (porque quieran o no, esos árboles forman un círculo, al menos si se les mira desde su posición), en medio de un círculo de árboles que no fueron plantados en sus respectivas posiciones para formar un círculo alrededor del chico esta noche, ni ninguna otra noche, ni siquiera un círculo de árboles dibujó nadie en esa porción de tierra (bastaría mirarlos desde el camino exterior para ver su verdadera disposición: no hay un círculo, ni un centro, ni radios, ni contorno circular. Pero él lleva ya algún tiempo parado en medio (porque se siente así: en medio) de aquellos árboles de diversas especies (de que hay plátanos y cipreses está seguro, del nombre del resto dudaría: la luz no es lo que se dice suficiente a esas horas, ni siquiera sabe cómo puede distinguir con seguridad la especie de esos árboles, de los que sí aseguraría que son plátanos o cipreses). De una rama alta de uno de esos plátanos ha salido volando una hoja seca, grande, que ha caído lentamente a la arena del sendero. Lentamente, pero no lo suficiente para darle tiempo al chico a pensar lo que comenzó a pensar acaso estando ya la hoja en el suelo (bien quieta, seca y tersa, con toda seguridad de color marrón con puntos blanquecinos y con puntos negruzcos y con su largo pedúnculo tieso, frágil y quebradizo; si llueve se hará flexible, pero de una flexibilidad mórbida, no con la flexibilidad que tuvo cuando la hoja estaba viva, será una flexibilidad próxima a la podredumbre, una característica negativa –según como se mire) y no aún en el aire, recién separada de la rama, como a él le gustaría creer y de hecho cree, así lo cree: acababa de salir la hoja por los aires y él ya estaba forjando en su cabeza un pensamiento, ya estaba comenzando a formular toda una idea nunca expuesta entre las demás que tenía ni conectada en modo alguno con ellas. Esta noche piensa deprisa, muy deprisa. Tiene ante sus ojos las cortezas de distinta textura de árboles de diversas especies que parecen rodearle y esa visión, con ese detalle para el que ayuda mucho la luz transversal de la farola ni muy lejana ni demasiado cercana (una iluminación cenital lo estropearía todo), esa visión le paraliza. Es decir: se siente animado a sentir una especie de parálisis mirando esos troncos iluminados así, dispuestos así ante su vista, formando en su imaginación un círculo a su alrededor que parece reproducir aquí en la tierra el círculo gigantesco que las estrellas forman alrededor de su cuerpo como dicen que lo forman alrededor de la estrella polar, la estrella polar, eje del universo del planeta, una forma de pensar el universo, de dar coherencia al punto de luz de cada estrella entre estrellas, a la disposición de los árboles de un parque, al espacio concreto que ocupa este chico esta noche mientras ve ante sí cómo una hoja, con toda seguridad seca, recorre un camino que nadie ha trazado para ella. La clave, pues, de la escena, está en el viento, y al viento no se le ve.

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