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javierdelgado

ADIOSES, 1: EL RÍO

El río  

El cielo es negro. La tierra es amarilla. Encerrado hacia ambos lados por empinadas murallas de tierra devastada, este río no puede beneficiar aquello que lo rodea: entre orillas enhiestas, el agua, masa encrespada y rugiente, avanza sin obstáculos hacia un horizonte siempre impredecible. Sobre las balsas, empapados y exhaustos, nuestros cuerpos permanecen derrotados bajo esta lluvia insistente con la que también las nubes han querido castigarnos desde que comenzamos la marcha. ¿Cuándo la comenzamos? Todo este agua parece haber borrado el rastro de nuestras propias acciones y en este húmedo inquieto espacio que es el río el movimiento ha devorado también nuestra memoria. Y si nosotros no sabemos de nosotros mismos, quién sabrá. No podemos esperar ayuda de nadie. No hay nadie que pueda ofrecernos ni un instante de ayuda, ni un instante.

 

Cuando a pesar del intenso dolor vuelvo el rostro hacia la parte trasera de la balsa mis ojos ven unos ojos fijos en los míos, unos ojos en los que todo un cuerpo se resume. Sobre el lomo del río cabalgamos hacia quién sabe qué abismo, pero él no tiene ojos sino para mirarme. La lluvia se adueña de sus rasgos y hace de todo él un espectro de agua en el agua, pero es un espectro de ojos brillantes cuya luz negra se clava en mi mirada y parece querer detener mi mirar, hacerlo un mirar muerto, fijo en aquel lugar de quietud del que hace tiempo salí para ser yo mismo. Pero si sus ojos me convocan a esa mirada que nunca vi allí dentro y por la que suspiré después durante tantas horas que me la hicieron tan deseada, yo sé que salí de allí precisamente para saber si existía en verdad esa mirada, y no existía. Por mucho que me mire ahora este mirar arrasado en lágrimas no avanzaré hacia él, no haré ahora el camino inverso al que la fuerza del río quiere que hagamos, esa fuerza a la que no sé desde cuándo me he rendido.

 

Eso es lo que él no comprende, lo que no hay forma de hacerle comprender: que la marcha irrefrenable de estas aguas vivas pueden por todas las aguas que haya podido conocer antes. Que este río no es cualquier río, eso sí lo sabe. Acaso porque lo sabe me mira como me está mirando, como lleva mirándome desde que me recuerdo mirándole sobre los lacerantes troncos de esta balsa en cuya corteza queda ya más piel de nuestra piel que sobre nuestras propias carnes. Pero no comprende qué hay en estas aguas que me hacen desearlas incluso más que la bendita tierra de la que hace tiempo nos separan y nos alejan. En sus ojos no hay luz, pero encienden en los míos un fuego que me daña. Más que la lluvia, más que la fiera rugosidad de los troncos, más que la loca carrera del agua, incluso más que la inquietud que la tierra y el cielo me producen embarcado en esta balsa, ese mirar de sus ojos a través del agua y del viento y del ruido me atemoriza. Sin voz me dicen esos débiles ojos desfallecientes lo que las gargantas de un millón de atletas se atreverían a decirme a la cara. De todas formas, no hacen sino adelantarse a una decisión que ellos mismos animan con su mirada.

 

El mundo es la cuenca de un fragoroso río en el que llueve salvajemente a todas horas. Mi vida se ha convertido en este sobrevivir entre aguas en la oscuridad. Percibo el movimiento, que me excita. Bajo mi cuerpo hay una fuerza capaz de destruirme y que sin embargo ha preferido llevarme consigo hacia delante, siempre hacia delante, a una velocidad cuya magnitud soy capaz de medir en el temblor de mis músculos, en la tensión de todos mis tendones, en la presión de mis muelas contra mis muelas, mis propias uñas entrando en la carne de mis manos. Presa de excitación, no distingo ya el pánico del placer. Me dejo llevar por una experiencia cuyo verdadero y acaso único protagonista es el movimiento. No soy sino un ser que desfallece ya, obligado testigo de una monstruosa maravilla natural. El río. A veces pienso, si eso es pensar, que soy yo mismo el río. Y eso suma placer a placer.

 

Hace tiempo que no escucho voces ni cantos ni sonidos que no sean el agua del río y el agua de la lluvia. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que no sabía ni lo que fuese un río ni un agua de lluvia que hiciese tal ruido. Que no es ruido pero tampoco ninguna otra cosa que pueda nombrarse con otra palabra sino ruido. Voces de aguas, aullidos, rugidos. También temblores, choques, estremecimientos. También el deslizarse continuo de un sonido brutal que acariciase muy dentro de los oídos. Es este tipo de caricia, porque lo es, lo que me tiene anonadado. Su presencia en mi cuerpo: ¿dónde se concreta? ¿Qué órgano afecta esta incesante sensación? A veces hay un punto. A veces es todo el cuerpo, su interior y su exterior, el que reacciona. Otras veces me siento insensible y entonces sí me asusto, como si despertase súbitamente de un buen sueño.

 

Ahora mismo no sé si me he dormido, si desperté hace un momento y encontré como siempre sus ojos en los míos. ¿Qué imploran esos ojos hundidos, arrasados de lágrimas y lluvia? Acabo de saber, pues es saber, lo que tengo que hacer con ese de ahí atrás, con esa figura que amarga mis horas aún más que la terrible potencia del río. Cortaré las cuerdas que unen las dos partes de la balsa, cortaré las cuerdas y quedaré libre de él, definitivamente libre. Las corto y me da igual que grite o que llore o que me insulte, qué otra cosa iba a hacer. No puede ayudarme ni defenderme ni desaparecer. Así que soy yo quien ha de hacer el trabajo.

 

Ya está hecho, ya se aleja su imagen fastidiosa. Las olas de este río furioso hacen un subrayado espumoso bajo su mirada cada vez más humillada. Hierven las aguas y hierven sus ojos. He de hacer acopio de toda mi entereza para soportar esa mirada que se acaba entre burbujas y espuma. Ahora cae, ahora cae lentamente de la balsa y el agua lo engulle. El río es un animal que devora en un instante su famélica sombra de ojos enrojecidos. Se acabó.

 

Hace tiempo que avanzan las dudas, tantas dudas entre tanta tormenta, pavor con pavor. ¿Y si quedó allí engullido lo mejor de los dos? ¿Y si era yo y no ese otro quien debió acabar en el fondo del río? Nunca lo podré llegar a saber. Remordimiento es poco: un tormento en las venas que asalta el corazón lo angustia, le hace bombear desesperado para multiplicar el tormento más y más hasta que parece que voy a estallar pero no estallo sino que sigo sufriendo el tormento en las venas que angustia el corazón que se ha hecho mi enemigo en medio de mi cuerpo, en medio del río, en medio de la tormenta, en medio de un mundo de tierra amarilla bajo un cielo negro. Y quiero morir.

 

Sobre las aguas, bajo las aguas, encerrado en estas aguas que son mi muerte, mi mortaja y mi ataúd, sigo viajando hacia quién sabe dónde, si es que hay un dónde más allá de la furia de estas aguas que me agotan. En este ataúd el río me lleva, este río que acaso es ya mi ataúd. Puedo sentir el movimiento, su movimiento, única sensación en la que ya descanso. Y el río me lleva...

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