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javierdelgado

ÁRBOLES CIUDADANOS: naturaleza y ciudad

ÁRBOLES CIUDADANOS: naturaleza y ciudad

 En la foto, una "alameda bonsai"

 

ÁRBOLES  CIUDADANOS

(Artículo publicado en Heraldo de Aragón el viernes 7 de septiembre de 2012)

Hace prácticamente un siglo ya había tilos en Zaragoza. Lo sabemos gracias al inventario “Arbolado de Zaragoza” que realizó en 1913 el entonces “Director de Agronomía” del Ayuntamiento, Tomás Agustín, primer documento de su especie para nuestra ciudad. Había tilos en la Huerta de santa Engracia, en la Plaza del Pilar, en la Plaza de Santo Domingo, en la calle de las Escuelas, en el Paseo de Sagasta, en Cuéllar, en la explanada de Torrero, en la Almozara… Enclaves muy diversos. Proporcionalmente, desde luego, su número de ejemplares era (y sigue siendo) infinitamente inferior al de otras especies (plátanos, pinos, aligustres, diversas pseudoacacias, chopos, álamos…). Hay que explicar los porqués de la presencia mayoritaria de estas otras especies en las ciudades españolas de principios del siglo XX. Será en otro lugar.

 

Las situación actual de los tilos de la plaza de Aragón resulta poco relevante a la hora de dar un veredicto sobre la idoneidad del tilo en Zaragoza incluso sin estar agobiados por las obras del tranvía. La guía “Los árboles de la ciudad de Zaragoza” de Juan Pablo Martínez Rica y su hijo Isidro permite sacar consecuencias interesantes al respecto. En un paseo por la ciudad encontraremos tilos en excelentes condiciones. Sin ir más lejos, en la plaza Sinué.

 

El asunto de los tilos viene bien para abordar muchos asuntos relativos al arbolado urbano zaragozano. Por ejemplo, reivindicar el adjetivo “autóctono” al elegir especies para el arbolado urbano resultaba ya impropio hace tres siglos y la alternativa que se propuso en 2003: plantar chopos en el paseo de la Independencia, hubiera dado en pocos años un resultado insostenible, precisamente por las características naturales de los chopos. Esa dialéctica, por lo demás, nos llevaría, fatalmente, a preguntarnos si son “autóctonas” un centenar y medio de especies que tienen perfectamente ganada desde hace mucho tiempo su ciudadanía zaragozana, ciudad, recuérdese, bimilenaria.

 

La historia de las ciudades no explica exactamente la de su arbolado urbano, ni viceversa (Michel Baridon, en su obra “Los jardines” lo documenta concluyentemente), pero sí puede tomarse como una “última instancia” explicativa:  en la historia del arbolado de Zaragoza ha tenido mucho que ver el imperio romano (que acarreó especies “ciudadanas romanas”), la dominación árabe (que aclimató exóticas), la conquista de América (que aportó nunca conocidas antes), la construcción de los palacios renacentistas (los troncos pirenaicos descargados en el puerto del Ebro llevaban en sus grietas multitud de semillas de otras latitudes), la creación del Jardín botánico de la Ilustración, el diseño de fincas de “indianos” y hombres cosmopolitas del siglo XIX (la gran finca de los Bruil…). Sin olvidar, por supuesto, el papel de la escritura, el grabado, la pintura y la imprenta en la difusión de ideas, imágenes, catálogos. El arbolado de una ciudad tiene más influencia del urbanismo que de la historia “natural”. Gracias a eso aumentó la biodiversidad.

 

La viabilidad o idoneidad de una especie arbórea en un medio urbano es algo complicado de constatar: requiere varios elementos de medición…y años. La ciudad alberga en sí misma enclaves muy diferenciados en los que pueden prosperar, o no, ejemplares de la misma especie (los magnolios del paseo de la Constitución / los de la plaza del Pilar). La tierra que se acarreó para su plantación (y su profundidad), la orientación de las calles, la antigua red de acequias, las diversas redes subterráneas, los edificios y sus sombras, la canalización de las corrientes de aire, la circulación y la condensación de la polución, etc., son elementos que forman parte de las condiciones de una ciudad.

 

Reivindicar “jaras y aromáticas” para la Gran Vía evidencia un error de fondo: la ciudad no es un trasunto de la naturaleza que la rodea, sino un medio especial cuya habitabilidad requiere otros recursos. La necesaria restauración vegetal de la Gran Vía y de Fernando el Católico exige, por eso, una revisión radical del proyecto que ha acompañado al trazado del tranvía. Es urgente estudiar las características propias de esos dos tramos. Seguramente frondosas arbóreas y arbustivas servirían a cuatro finalidades vitales: sombrear, aromatizar, embellecer  sus bulevares y aislarlos del ruido del tráfico. Sin olvidar defender esas plantas del propio tranvía.

 

 

 

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