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javierdelgado

DESPEDIDA. CUENTO TERRIBLE

DESPEDIDA. CUENTO TERRIBLE

Se acercaría junto al lecho. Ella le miraría con sus ojos de madre. Entonces le pediría perdón y ella le perdonaría. Quedarían así reconciliados para toda la eternidad.

 

Pero ella permaneció con los ojos cerrados cuando él se acercó al lecho y le pidió perdón. Con esos mismos ojos cerrados y un rictus de fastidio en los labios le contestó cortante:

 

      - No hay nada que perdonar.

 

Y entonces a él le brotó todo el veneno que llevaba en el pecho y necesitó expresarlo. Y hablando muy lentamente le dijo:

 

-Necesitaba tu perdón, y también perdonarte. Pero ya veo que no estás para mí, como no lo estuviste tampoco entonces. Por tu culpa me alejé de Dios.

 

Los ojos de su madre se abrieron desmesuradamente. En su mirada se veía el pavor.

 

-         Me alejaste de Dios. Tu actitud intransigente me lanzó más allá del círculo de la fe. Me pareció evidente que una fe sin amor no podía ser cierta. Y tú actuaste conmigo sin amor. Así que o no había fe o no había Dios. Tu actitud confirmaba mis peores sospechas.

 

La boca de su madre se abría y cerraba como los de un pez fuera del agua.

 

-Sólo te preocupó tu soberbia y el temor al castigo divino que pudieras recibir por no haber sabido mantenerme en tu fe. No pensaste ni en Dios ni en tu hijo, sino en ti misma y en el dolor que mis palabras te habían producido. Quisiste hacerme daño, devolverme un daño que yo en todo caso te hacía en honor a la sinceridad, a la autenticidad y al respeto. ¡Tenía diez y siete años, mamá! ¡Y habías sido mi única confidente desde que tuve uso de razón! ¡Sólo a ti podía confiarte mis dudas!

 

Cerrada la boca, los ojos entrecerrados, ella escuchaba. Un ligero temblor le recorría el cuerpo.

 

-         Sólo pensaste en ti misma. Ni siquiera imaginaste que en mis propias rotundas palabras de adolescente hubiese una pregunta, una necesidad, un desahogo, la búsqueda de una voz que me calmara, tu voz. Sólo pensaste en ti misma. ¡Cómo debió de molestarte mi actitud engallada, mi presuntuosa impertinencia, mi pedantería intelectual! Por todo aquello quería pedirte perdón. Dices que no hay nada que perdonar. Pero es que todavía no quieres perdonarme. Para ti sigo estando, por aquellas palabras, en el extremo más distante del mundo respecto a ti.

 

Sus párpados se elevaron lastimosamente. Fruncía fuertemente los labios. Parecía no poder decir algo que deseara decirle. Después de un silencio, él continuó.

 

-         Pues yo había venido a pedirte perdón y a perdonarte. Pero si no hay nada que perdonar, lo dejaremos estar. Quiero creer que en realidad no eres mi madre. Esa tarde me hiciste saber que ya no me considerabas tu hijo. Realmente, dejaste de ser mi madre, si es que antes ya no lo habías dejado de ser. Yo creo que tú sí sabías lo que estabas haciendo conmigo en ese momento y que pese a todo no supiste ni quisiste aceptarme. Hubiese bastado un gesto tuyo de confianza en el Dios en el que decías creer. Te pudo la soberbia. Y actuaste con rencor. Había venido hasta aquí a pedirte perdón y a perdonarte. Muérete sin mi beso. Los tuyos hace ya muchos años que se hicieron veneno dentro de mí.

 

Ella miraba desde una infinitud inescrutable. En los aparatos se veían unas líneas luminosas continuas. Sonaban unos pitidos que parecían hacer de alarma. Entró una enfermera, que maquinalmente dijo, mientras le tapaba el rostro:

 

-         ¡Dios la tenga en su gloria!

-         ¿Usted cree?, le contestó él con agresividad.

 

La enfermera se volvió hacia él, sorprendida.

 

Fueron los ojos llorosos de la enfermera lo último que vio al cerrar la puerta.

 

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