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javierdelgado

LECTURAS

HISTORIA, TEORÍAS Y NOVELAS. A PROPÓSITO DE LA LECTURA DE "DOKTOR FAUSTUS" DE THOMAS MANN

 HISTORIA, TEORÍAS Y NOVELAS

 

Precisamente ahora, leyendo “Doktor Faustus” de Thomas Mann, en la que tanta importancia tiene la exposición de ideas sobre la música, me parece (una vez más) una equivocación  de fondo plantearse como tarea literaria lo que debe ser objeto del ensayo y del texto de divulgación, con las cualidades que les son propias (nada fáciles de alcanzar en ninguno de los dos casos; no sólo es difícil escribir novelas).

 

Según nos explica su biografo Hermann Kurzke (“Thomas Mann. La vida como obra de arte”. Una biografía. Galaxia Gutemberg, 2003, p. 546), “Thomas Mann no tenía ni idea de cómo tenían que ser unaas composiciones musicales postwagneriana concebidas de este modo, tanto en términos generales como más concretos. Para eso, encontró al asesor adecuado: Theodor W. Adorno. Él no sólo conocía el problema de Thomas Mann, sino que también tenía algunas ideas sobre cómo podría resolverse, y también conocía la principal respuesta musical del siglo XX a este problema, a saber: el procedimiento compositivo de Arnold Schöngerg”. A tal punto llegó su tarea de asesoramiento científico que “fue Adorno quien imaginó las composiciones tardías de Leverkühn [el protagonista de la novela de Mann]…”. Así que “Por lo que respecta a la parte musical, prácticamente hay que considerar a Adorno un coautor. “

 

La falta de tacto de Mann hizo que poco después de la publicación de su novela (1947) Adorno ya estuviera bastante enfadado con el novelista, pues “Adorno habría merecido una nota adicional que pusiera a buen recaudo su propiedad intelectual…” (Kurzke, op. Cit., p. 547).

 

Por su parte, el propio Arnold Schöngerg se sintió muy razonablemente molesto con la novela de Thomas Mann, hasta tal punto que publicó un panfleto en el que inventaba que un hombre del tercer milenio “informaba de cómo ha tenido ocasión de leer en la “Encyclopaedia Americana” de 1988 que Thomas Mann era el verdadero inventor de la técnica dodecafónica”. Kurzke, op. Cit., p. 550).

 

Para que Adorno y Schönberg cogieran tales sendos cabreos con el “genial novelista” hubo de haber bastante equivocación por parte de éste en el tratamiento de los materiales que uno y otro le habían proporcionado, directa e indirectamente.  Mann sacrificó “en aras del arte” algo más que la buena relación personal con dos serios músicos contemporéneos.

 

Sacrificó, en mi opinión, la escritura misma de su novela, que pretendió que fuese a la vez narración y divulgación científica, con el resultado de que no funciona como novela ni alcanza el rigor que una buena obra de divulgación ha de tener. Transformado en teórico musical, Thomas Mann acaba convirtiéndose en un regular novelista.

 

El resultado me parece una novela cargada cada dos por tres de disquisiciones “teóricas” nunca bien hilvanadas y de análisis musicales nada estrictos, extraídas de textos que estaban muy bien hilvanados y acompañados de muy estrictos análisis musicales en los estudios de Theodor W. Adorno y en las obras de Arnold Schönberg y que, sin embargo, en la novela de Mann, no dejan de ser una sucesión un bastante arbitraria de pseudoteorizaciones más o menos grandilocuentes y “misteriosas”.

 

Cuando Mann escribió “Los Buddenbrook”, esa excelentísima novela, no se propuso una propuesta equivocada como la que desarrollaría en su “Doktor Faustus” (y también en su muy siempre alabada pesadísima “La Montaña mágica”).

 

En cualquier caso, l@s lector@s de “Doktor Faustus” harán muy mal en creer que por leer esas páginas han aprendido realmente algo sobre la dodecafonía, las teorías de Theodor W. Adorno y la música de Arnold Schönberg. Es muy probable que Thomas Mann no pretendiera realmente hacer creer a sus lector@s que les estaba entregando algo más que una narración que le servía para proponer una reflexión interesantísma sobre los problemas esenciales de la vida de l@s artistas (especialmente de l@s artistas centroeurope@s) del siglo XX. Pero por lo visto much@s de sus lector@s sí creyeron recibir algo más.

 

Hoy se publican cada semana novelas (mucho peores como novelas que las de Thomas Mann) cuy@s autor@s sí dicen pretender entregar a sus lector@s verdaderos textos de “historia bien contada” e incluso declaran creer que ell@s sí que saben contar y explicar la historia como l@s historiadore@s no han sabido ni sabrían hacerlo.  

“AUGUSTO” POR ANTHONY EVERITT

 “AUGUSTO” POR ANTHONY EVERITT

 

Cuando Estaba con la Historia de Roma de Mommsen me salió a los ojos el libro del historiador británico Anthony Everitt “Augusto: El primer empreador” (Ariel, 2008, trad. de la 1ª ed. Inglesa de 2006) y he decidido leer éste en vez de aquel: el verano pasado ya repasé la historia de Roma anterior a César y Cicerón y me hace más ilusión entrar en esta otra época “imperial” comenzando por el “ahijado” de Julio César que, según Everitt,  “transformó la caótica República romana en una rígida autocracia imperia”.

 

La editorial Ariel es una respetable firma cuyos textos suelen estar muy bien escogidos y muy bien traducidos, así que no espero en absoluto que me ocurra como con la edición española del Cicerón de Utschenko, de que ya hablé.

 

Leer y releer sobre la Historia Antigua permite la reflexión sobre las circunstancias actuales con una dosis de “distanciamiento” muy estimulante y clarificador. La adrenalina que segregamos mientras leemos sobre la actualidad (al menos, a mí eso me ocurre) nos impide muchas veces una percepción equilibrada de las relaciones de causalidad ydel efecto del azar, del papel de las personalidades, de la influencia de los movimientos sociales, del peso de las leyes económicas, etc.

 

 Por eso conviene dedicar algo de tiempo al año a este tipo de lecturas con las que se aprende a relativizar y en las que pueden encontrarse algunos hilos conductores y algunas claves de las circunstancias de fondo de nuestra civilización.

 

 Eso ya lo sabían los antiguos, pero hoy parece que se prefiere creer que se trata de leer “novelas históricas”, cuando lo interesante no es entregar el juicio propio al ingenio de l@s novelistas sino, precisamente, mantener alerta el propio juicio personal estudiando los materiales que nos exponen l@s historiador@s.

 

 

Por supuesto, hay obras literarias que también merecen la pena. Por ejemplo, el verano pasado lo pasé muy bien con las las excelentes novelas de Collen McCullough sobre la Roma republicana: “El primer hombre de Roma”, “La corona de hierba”, “Favoritos de la fortuna”, “Las mujeres de César”, “César” y “El cabalo de César”, editadas en castellano por Planeta, que constituyen una amena panorámica novelesca de la historia de Roma desde el año 110 al 42 a.C.).

 

Pero las novelas no pueden sustiruir a las monografías científicas.

EL CICERÓN DE UTCHENKO

EL CICERÓN DE UTCHENKO

 

Acabé “Cicerón y su tiempo” de S.L. Utchenko (Akal, 1987), un libro del que lo único malo que puedo decir es que está lleno de erratas y de errores sintácticos graves y que las referencias internas están todas sin trasladar a la paginación de la edición española. También me cuesta pensar que en el original de Utchenko no hubiera un apartado bibliográfico en el que se recogieran debidamente las obras citadas a lo largo del texto (con indicación de edición, etc.). En general, todo lo que se llama “aparato” en esta edición está plagado de errores y fealdades y hubiera sido deseable una tarea rigurosa.

 

No diré el pecador: en la portada pone muy claro “Tradución de José Fernández Sánchez”, pero prefiero sospechar que ese nombre y apellidos son inventados y no responden realmente a nadie. Tampoco indica de qué lengua se tradujo (tampoco hay referencia a la primera edición de la obra, ni a ninguna otra). Fuera quien fuere quien pergeñó esta edición (en una colección muy conocida: Akal/Universitaria) no lo hizo bien y es lamentable.

 

Aclarado esto, lo que puede comprenderse del texto de Utchenko es francamente interesante, no sólo por lo que explica de la vida y obra de Cicerón sino también (incluso mucho más aún) por lo que explica sobre la sociedad en la que Cicerón desarrolló su actividad (o actividades: defensa legal, intervención política y escritura). 

 

La intención de Utchenko es huir de las manidas etiquetas adjudicadas generalmente a los protagonistas de la Roma de Cicerón para intentar dar las claves de su personalidad y de su aportación personal, claves basadas en el estudio de las contradicciones concretas de la lucha de clases en aquel período de la historia de Roma. En ese aspecto es en el que más se diferencia de otros estudiosos, sin duda más conocidos y reconocidos en la vida académica “occidental”.

 

Y no es un aspecto cualquiera: el conflicto entre los “populares” y los “optimates”, el sentido de la palabra Partido (pars) en la época, las relaciones tradicionales como el patronato y la clientela, el parentesco, las relaciones con los libertos, la institución de la amistad (amicitia), con su significado tan peculiar y específico entre los romanos, etc., toda la red de las relaciones sociales y políticas romanas, adquiere bastante más claridad en esta monografía de Utchenko que en otras sobre el mismo asunto, aunque ahora parece estar de moda escribir que la “escuela soviética” de historiografía clásica era un desastre. También se ha superado ya hace tiempo la “escuela soviética” de Ajedrez: no por ello fue una mala escuela en su momento y el Ajedrez posterior se ha basado en los innegables logros de sus más geniales prácticos,  teóricos y divulgadores.

 

No hay que ser marxista para interesarse por una visión como la que Utchenko ofrece sobre una personalidad tan importante en nuestra historia cultural como es Cicerón. Y no hay que estar de acuerdo con todas las conclusiones de Utchenko sobre la historia de Roma por ser marxista. Para un lector español del siglo XXI, la lectura atenta de obras como este “Cicerón y su tiempo” de Utchenko es un buen ejercicio intelectual.

 

Aparte de eso, no deja de ser divertido leer entre líneas – teniendo en mente la realidad “soviética” y las necesidades de la propia historiografía académica “soviética” en la explicación de su propia historia - un estudio de las actitudes políticas de Cicerón, y de los demás protagonistas de su época. Merece la pena atender las reflexiones de Utchenko dedicadas a cuestiones como el papel del “intelectual” en la política, el papel del ejército como vertebrador del Estado, el papel de las distintas instituciones políticas en épocas de crisis, el papel del individuo en la historia…

 

Ahora creo que voy a leer el tomo II de la “Historia de Roma” (“De la revolución al imperio”) de Mommsen, en la edición de Aguilar de 1957, que lleva un estupendo prólogo de treinta páginas (“La ‘Historia de Roma’ De Mommsen”) de un lúcido joven Juan José Carreras. Hace no mucho lo compré (sólo este tomo II) ¡por dos euros, dos!, y la referencias de Utchenko a Mommsen (sobre todo a su visión “teleológica” de César) me han abierto el apetito.

 

 

 

ALEXANDER SOLZHENITSIN HA MUERTO. SUS LIBROS SIGUEN AHÍ.

ALEXANDER SOLZHENITSIN  HA MUERTO. SUS LIBROS SIGUEN AHÍ.

ALEXANDER SOLZHENITSIN

Solzhenitsin reveló al mundo la realidad de los campos de concentración de la URSS en obras como Un día en la vida de Iván Denisovich (1962), El primer círculo (1968) y especialmente Archipiélago Gulag, un análisis del sistema de prisiones soviético, la policía secreta y el terrorismo de Estado, por cuya publicación en Francia en 1973 se vio privado de la ciudadanía soviética un año después. En 1970 le habían concedido el “nada politizado” Premio Nobel de Literatura. Vivió en varios países y sobre todo en Estados Unidos. Volvió a la Rusia de Yeltsin y declaró (con razón): "En Rusia no hay democracia". No hace mucho el gran policía Putin le dio medallas y honores “por sus tareas humanitarias”, lo cual no deja de ser una de esas bromas con las que anda cargado el inmenso saco de la Historia.

Leí sus obras conforme iban siendo publicadas en español, y aún conservo  los envejecidos ejemplares de "El primer círculo" de Bruguera,1971 y de "Archipiélago Gulag" de Plaza&Janés, 1974. Nunca me gustó su persona-personaje, ni su megalomanía ni su espiritualismo histriónico, pero la lectura de sus "tochos" me abrió pronto los ojos a realidades de las que no solía hablarse a mi alrededor.

A mi alrededor había (mejor sería decir que yo me metí en medio de ella) una izquierda española, sobre todo de raíz marxista (pero no sólo), con grandes dificultades para admitir la realidad de tamañas barbaridades como las que denunciaba Solzhenitsin en el “socialismo realmente existente”, una penosa fórmula (nuestra, no suya) que por entonces no me pareció sospechosa de enmascaramiento sino una forma de decir que lo que “allí” existía realmente no era exactamente socialismo, pero el caso es que sí decía que lo era. Un desastre, eso es lo que era la URSS hacía ya muchos años.

 Y en aquella izquierda en la que yo vivía con absoluta pasión mi aventura vital no había quien leyera los libros de Solzhenitsin: ¡no hacía falta! ¡ya se sabía lo que eran y quién era su autor y lo que se podía esperar…! Yo mismo, que leí algunos títulos, no iba por ahí diciendo que los leía y  lo que su lectura me dolía. Como el resto, prefería centrarme en las evidencias de una personalidad desagradable y de una actividad “al servicio de la CIA”.

Tengo la impresión de que, al menos en España, tampoco la gente de derechas o de otras izquierdas leía los libros de Solzhenitsin. Puede que algunos los compraban, pero los libreros de la época no daban saltos de alegría cuando se anunciaba una nueva “promoción”. ¿Quién leyó a Solzhenitsin en España? Esa sería una bonita pregunta para contestar. ¿Y quién lo lee ahora?

Sigo pensando que me cae mal Solzhenitsin y que no me apasiona su escitura “amazacotada”, histeroide, repetitiva y desmañada. Pero sigo pensando también que no se podía aspirar a ser revolucionario en el siglo XX (y menos aún en el XXI) sin haberse metido entre pecho y espalda esos libros terribles y necesarios. Sé que con eso digo poco y mal de una escritura que pretendió ser literaria, pero el caso es que nunca me lo pareció.

Pero se trata solamente de mi lectura, la de un joven marxista y leninista que apenas tenía fuerzas para fijar la atención en el qué de lo narrado, aquella denuncia visceral de un sujeto paciente del terror, un joven tan impresionado por un testimoino personal, que apenas tenía fuerzas para entretenerse con las figuras más  o menos retóricas de la narración. Leí a Sozhenitsin como se lee un documento histórico, un testimonio directo, una dolorosa confesión de un molesto pariente que sufre, no como se leen las novelas. Imagino que tampoco ayudarían mucho las traducciones, la malísima impresión, qué sé yo.

Ahora Solzhenitsin ha muerto a los 89 años, ha conseguido vivir muchísimos años más de los que se pretendió que viviera y ha visto más cosas aún de las que ya había visto. Decidió, durante cuarenta años de su vida, contarnos solamente una parte de la realidad, su parte, su testimonio personal de sus desventuras entre los desventurados de su país. Una opción perfectamente respetable.

 Hoy - su muerte me ofrece la ocasión de expresarlo – me parece un hombre respetable aunque molesto y también un escritor que ha dejado unas obras, ya que no bellas, absolutamente necesarias. Da igual que me caiga mal, da igual que sus textos me hirieran. En mi memoria de ahora Sozhenitsin es un escritor al que ojalá se lea y se relea y del que ojalá se publiquen mejor traducidos al castellano sus primeros libros - ésos que hace treinta años se nos ofrecieron impresos en mal papel, llenos de letra menudísima, que se iban desencuadernando conforme avanzabas en su lectura (todo muy adecuado para un Premio Nobel) – sus primeros importantes libros. Aquellos ejemplares que conservo no me atraen precisamente a su lectura: están marcados físicamente por la precariedad de su edicion y la desolación que produjo su lectura. Si hay nuevas ediciones los pienso volver a leer.

 

THOMAS MANN: MARAVILLAS DE LA PALABRA

MARAVILLAS DE LA PALABRA EN THOMAS MANN

 

Si todo su “José y sus hermanos” es una evidencia magnífica de capacidad creativa, precisamente por venirle dado a su autor argumento y personajes del relato por un texto universalmente conocido, la sexta parte del tomo Tercero, titulada “La mujer dañada por el amor”, es una prueba de las maravillas de la palabra cuando ésta es utilizada por un buen escritor.

 

En ella Thomas Mann recrea el proceso del enamoramiento de la mujer de Putifar. Parte de la hipótesis de que la mujer no pudo llegar sin transición al momento en que hizo a su joven sirviente su “proposición irrespetuosa”.

 

Recordemos el téxto del Génesis (Gen. 39,7): “Pasado cierto tiempo, la mujer del amo puso los ojos en José y le propuso: Acuéstate conmigo”. Desde la llegada de José a Egipto hasta ese momento sólo se han escrito seis versículos en total (Gen. 39, 1-6), que comienzan con “Cuando llevaron a José a Egipto, Putifar…” y terminan: “José era guapo y apuesto”.

 

Sin contradecir al texto transmitido, en el que, como puede verse, tal acto irrumpe sin aviso previo, Mann dedica bastante más de cien páginas (275 a 406 de la ed. española) precisamente al espacio en blanco que en la Biblia queda entre el final del versículo 39,6 y el principio del versículo 39, 7, y lo dedica a expresar la profunda transformación que experimenta la mujer de Putifar hasta llegar al extremo de hablarle a José de tal forma. Y esas páginas (toda la sexta parte y el comienzo de la séptima, “El pozo”) contienen uno de los textos más hermosos que se han escrito nunca en cualquier idioma sobre los gozos y los tormentos del enamoramiento.

 

Y no es la”originalidad” lo que marca y distingue esas palabras, sino algo mucho más sutil que tiene más que ver con la inspiración artística: se trata de la forma en que van emergiendo, el ritmo cadencioso en el que las escenas se suceden, la variedad de planos narrativos en los que va abriéndose poco a poco, pétalo a pétalo, esa rosa del amor que nos emociona como si fuese la primera y única rosa del planeta y a la vez asombra porque muestra en sí misma todas las características reconocibles en todas las flores conocidas.

 

Esta tarde he leido en “El País” que casi la mitad de los españoles no ha aprendido un idioma extranjero. Incluso los jóvenes comprendidos entre los 18 y los 24 años “consideran difícil” aprender el inglés. Y un 55% de los mayores de 54 años “no manifiesta interés en aprender otras lenguas”. ¡Qué desperdicio de inteligencias! ¡Qué ocasiones de disfrute perdidas!

 

Lamento muchísimo estos días no haber aprendido la lengua alemana cuando, de joven, me acerqué a esa lengua y pude haber continuado aprendiendo. Teníamos en la Universidad a Benno y a Suzane Hübner de profesores, recién llegados de Alemania, con todo su entusiasmo. Pero sólo estudié un curso (con Suzane) y luego todo en mi vida se disparó en direcciones inesperadas y todo fue intentar, días y noches, hacerme comprender en castellano entre quienes iban engrosando las filas – cada cual en sus filas: éramos pocos pero muy espléndidamente distribuidos - de la resistencia antifascista (y ni siquiera eso, por lo que pronto pude ver, conseguí hacerlo como hubiera sido necesario).

 

Ahora, pues, sólo puedo valorar este texto de Thomas Mann a través de una traducción (que siendo muy buena no deja de hacer sospechar raros desfallecimientos). Con todo, la propuesta: la estructura, la construcción, el diseño y el adorno de esta escritura, debe de ser tan potente en el original que se nos manifiesta incluso en nuestra propia lengua.

 

Y hoy, leyendo las idas y la vueltas de las palabras que dan cuenta del enamoramiento entre la mujer de Putifar y José (pues de los dos se trata, por más que sea ella la que avanza paso a paso, no sin temblar pero sin detenerse nunca, esa senda) como se contaría (así lo cuenta Mann, realmente) el primer enamoramiento conocido en el mundo y a la vez uno más entre los miles que tienen lugar en ese mismo instante de su lectura, vuelvo yo mismo a mi enamoramiento, y sus palabras me cuentan mi propia historia de amor y todas las que conozco, y en ellas las maravillas del recuerdo y de la vivencia se entrelazan como van haciéndolo en las páginas de esta novela y reviven y constatan una infinidad de sentimientos nunca muertos, que sólo esperan escuchar una y otra vez esa voz literaria en la que, como en un limpísimo espejo, uno mismo - el que fue y el que es y el que desea ser y el que sabe que no alcanzará nunca a ser, y el que desea con todo ser amado tal cual es pero también tal cual desea llegar a ser, y tal cual es amar, amar, amar y ser amado siempre - y uno mismo en ese espejo de espejos puede verse de nuevo, ¡regalo impagable!, sin disimulo, cara a cara. Gracias, por ejemplo, a las maravillas de la palabra en Thomas Mann.

 

 

THOMAS MANN:

THOMAS MANN: JOSÉ Y SUS HERMANOS III: José en Egipto

 

Me he dado cuenta de que el otro día por error hablé de la tetralogía “José y sus hermanos” de Thomas Mann como si de una trilogía se tratara. El caso es que fueron cuatro los títulos: Historias de Jacob, El joven José, José en Egipto y José el alimentador. En castellano aún no ha salido el cuarto tomo y eso me desorientó. (Ni siquiera me hizo razonar el hecho de que tengo la tetralogía entera en un solo volumen de la Penguin: una compra temeraria –aunque económicamente fue una ganga - pues enfrentarse a un texto como el de Mann traducido al inglés es, en mi caso, algo más que optimismo…).

 

“José y sus hermanos” es una obra en la que Thomas Mann estuvo escribiendo durante casi diecinueve años (entre 1924 y 1943, aunque entre medio escribió algunas otras cosas), para la que viajó dos veces a Egipto y recopiló abundantísima documentación “mitológico-oriental”. Cuando acabó su escritura Mann escribió: “He terminado antes yo con José que el mundo con el fascismo”.

 

Ahora que acabo esta tercera parte del “José y sus hermanos” leo la biografía de Thomas Mann que publicó Hermann Kurzke  en 2000 en Alemania y salió traducida al castellano en 2003 (Galaxia Gutenberg), una obra de verdadero sabio en la materia (Kurzke es coeditor de las Obras Completas de Thomas Mann que publica S. Fischer Verlag). Por supuesto, lo primero que he hecho es leer el capítulo que dedica a los años de escritura de “José y sus hermanos”.

 

A mí también me ha interesado siempre la narración bíblica de la historia de José y su hermanos (Génesis 30-50), y creo comprender las razones de fondo que llevaron a Mann a escribir la versión particularísima (y al mismo tiempo fidelísima) que realizó y cómo lo que primero ideó como una breve “nouvelle” luego se le presentó como el monumental trabajo que resultó ser. Y, como su hermano Heinrich, pienso que se trata de su obra más poética y estilizada.

 

El empeño en escribir una obra como ésta es uno de los asuntos que más pueden interesarme de un escritor. Tiene que ver con el empeño de Flaubert con su "Salambó", pero, en cierto modo, se trata de un empeño contrario: ideológicamente, culturalmente, significa lo contrario al derroche de salvajismo, crueldad y fanatismo en el que se recreó Flaubert en su Cartago ideal. Las tierras del Jordán y del Nilo de Thomas Mann son tierras dulcemente civilizadas en las que los rituales cotidianos adquieren un sentido cosmológico al tiempo que íntimo. Flaubert huía del aburguesamiento aplatanante de la Francia de su época y Mann lo hacía de la Alemania turbulenta y amenazadora de la suya. Pero uno y otro buscaron un ámbito literario especialísimo en la recreación de un motivo "histórico" sobre el que erigir una obra personalísima.

 

Como seguro que aún tarda en publicarse la traducción castellana del cuarto tomo de esta tetralogía, he comprado también “Doktor Faustus”, la única otra “obra grande” de Thomas Mann que yo creía que me quedaba por leer. Tuve la suerte de leer de joven “Los Buddenbrook” (en una edición estupenda, con buen papel, letra grande y encuadernación de tela: la compré en una pequeña librería de ocasión que hubo por pocos años en la calle Arquitecto Yarza - no recuerdo exactamente si donde ahora está la pastelería Ascaso – y cometí la estupidez de prestarla a una amiga que nunca me la ha devuelto, aunque sigue siendo amiga, ¡casi cuarenta años después!).  Después llegó “La Montaña Mágica”  y más tarde “Confesiones del estafador Félix Krull”, que no llegué a terminar (estaba leyéndola precisamente cuando tuve que salir huyendo -1973 - en busca y captura” y desde entonces nunca he querido acercarme otra vez a esa novela; todo se andará).

 

Volver a leer a Thomas Mann trenta y tantos años después de haber leido cosas suyas por primera vez no sé si es propiamente volverle a leer, porque mis ojos no sé hasta qué punto se parecen a los ojos que lo leyeron entonces, pero es curioso: ayer tarde, sentado en la penumbra con el libro en las manos me sentí transportado a otras penumbras, me vi leyendo a Thomas Mann como cuando tenía diecisiete y veinte años, algo de mí mismo, esencia de mi identidad, permanecía perfectamente vivo y reconocible.

 

Volviendo a Thomas Mann y a su “José y sus hermanos”, he leído en Internet comentarios en los que algunos aseguran que no hay nadie que haya conseguido leer entera esa obra…Pues no sé por qué.

LA TRAGEDIA DE NIKOLÁI IVÁNOVICH BUJARIN: "LO QUE NO PUEDO OLVIDAR" DE ANNA LARINA, SU VIUDA

LA TRAGEDIA DE NIKOLÁI IVÁNOVICH BUJARIN: "LO QUE NO PUEDO OLVIDAR" DE ANNA LARINA, SU VIUDA

LA MEMORIA DE BUJARIN

 

Acabo de leer el libro autobiográfico de Anna Lárina: “Lo que no puedo olvidar” (Galaxia Gutemberg, 2006), en el que la viuda del gran intelectual y dirigente comunista Nikolái Ivánovich Bujarin narra los tres últimos años de vida de “El hijo dorado de la revolución” y “el favorito legítimo del partido”, en palabras de Lenin. Efectivamente, el joven Bujarin sería el más sinceramente venerado por el pueblo ruso, después del propio Lenin, de todos los fundadores soviéticos, hasta que en febrero de 1937 fuese detenido para ser “juzgado” y ejecutado en marzo de 1938, acusado de estar comprometido en una conjura “troskista-derechista” para acabar con la vida de Stalin y reestablecer el capitalismo en Rusia, en la que sería el Tercer Juicio de Moscú, último juicio-espectáculo de prominentes bolcheviques y punto culminante de la Gran Purga.

 

Anna Lárina, enamorada de Bujarin desde la infancia (a los diez años ya le enviaba poemas de amor) se casaría con él en 1934 (a sus veinte años, cuando él ya tenía cuarenta y cinco), pese a las prevenciones de un hombre que ya se sabía “en desgracia” (había sido apartado de los organismo de poder en 1929) y que temia convertirse en el “leproso” político más contagioso de la rusia de Stalin. Precisamente pocos meses antes de su arresto, Bujarin y Anna Larina tuvieron un hijo, Yuri, que como su madre, su abuelo y sus tías, sufriría las terribles consecuencias de aquellos sangrientos procesos.

 

La vida de Anna Larina, hasta entonces felizmente instalada entre la generación de “revolucionarios profesionales” que crearon la Unión Soviética (de quienes ofrece retratos de primera mano, muy interesantes), sería un calvario de veinte años de sufrimiento en el Gulag. Su hijo, alejado a la fuerza de ella, pasaría todos esos años en horfanatos e instituciones públicas, sin saber quiénes eran sus padres, hasta que con su reencuentro recibió las explicaciones de una madre que había guardado en la memoria hasta los más mínimos detalles de la vida de su padre y de ella misma.

 

Esos míminos detalles son los que componen la narración de este libro, de este tristísimo libro. Cuando se publicó en España no me sentí en condiciones de leerlo. Ahora mismo me doy cuenta de que he realizado una lectura realmente dolorosa para la que no estaba todo lo preparado que creía estarlo. Los efectos de la lectura de las memorias de Anna Lárina son profundos, afectan órganos vitales de cualquier ser humano, especialmente de quienes hemos vivido y vivimos con la esperanza puesta en grandes transformaciones sociales y hemos bebido animadamente de la historia de la revolución de Octubre.

 

Había leído, en su día, la seria biografía de Bujarín que publicó Stephen Cohen, “Bujarin y la revolución bolchevique: Una biografía politica, 1888-1938” (Madrid, Siglo XXI, 1976) y también el tomo de estudios sobre Bujarin que publicó Grijalbo por esas mismas fechas, resultado de un Congreso internacional sobre su figura, alentado desde la dirección del PCI. Había leído también algunos textos suyos y sobre sus puntos de vista en Economía Política. Y, por supuesto, había leído la estremecedora Carta “A la futura generación de dirigentes del Partido” que hizo memorizar a Anna Larina días antes de su arresto para que algún día pudiera transmitirla…como así fue ¡veinte años después! (Pero hasta 1986 no obtuvo respuesta, de parte de Mijaíl Gorcachov; ni Krushev ni Breznev acusaron recibo).

 

La detallada narración de las desgracias de Anna Larina tras el arresto de Bujarin, prisionera humillada, interrogada y torturada, perseguida continua y sádicamente por ser la viuda de “un traidor”, están realmente a la altura de las terribles circunstancias de los últimos años de vida de su marido.

 

Aún no he leído aún la novela póstuma de Bujarin, escrita durante su encarcelamiento,  "Cómo Empezó Todo". (Madrid, Pre-Textos, 2007). Sé que se trata de los siete primeros capítulos una narración autobiográfica, que dan cuenta de sus andanzas juveniles  hasta el año 1905 y que intentó transmitir en ella lo mejor de sus primera experiencia revolucionaria. Seguramente necesitó escribirla para recordarse a sí mismo quién era mientras sus jueces tejían una maraña de falsedades sobre su persona, maraña ignominiosa que él mismo (como tantos otros harían) pareció reconocer públicamente para intentar evitar daños a su familia.

 

Es importante saber que los últimos esfuerzos de Bujarin estuvieron centrados en esa novela, en un puñado de curiosos cultísimos y herméticos poemas y en un texto filosófico (”Arabescos filosóficos”: “una obra muy madura en comparacion con mis escritos anteriores y, a diferencia de ellos, dialéctica desde el principio hasta el fin” – Lenin le había reprochado no entender la dialéctica) y en el estudio de la entonces en ascenso ideología fascista.

 

Verano de 2008 en Zaragoza. Julio César, Cicerón, Séneca y la Roma de los primeros césares por un lado, y estas otras lecturas “bolcheviques”. En algún punto de mi cerebro confluyen estas líneas de búsqueda y se generan un tipo de preocupaciones, una especial obsesión o necesidad de reflexionar y comprender.

 

Pero me voy a dar un respiro: esta noche comenzaré el tercer tomo de la trilogía de “José y sus hermanos” (Barcelona. Emecé, 2008), una novela del último Tomas Mann (ya exiliado de la Alemania nazi) basada en la historia de José del “Génesis” del Antiguo Testamento. Sus anteriores dos tomos me resultaron muy interesantes.

 

EL FINAL DE LA DICTADURA FRANQUISTA, POR NICOLÁS SARTORIUS Y ALBERTO SABIO

EL FINAL DE LA DICTADURA FRANQUISTA, POR NICOLÁS SARTORIUS Y ALBERTO SABIO

 

A cambio de mi librito "El héroe agotado" sobre la vida de Vicente Cazcarra, el historiador Alberto Sabio me ha regalado generosamente, y dedicado, un ejemplar del libro que publicaron Nicolás Sartorius y él  mismo "El final de la dictadura. La conquista de la democracia en España, noviembre de 1975-junio de 1977" (Madrid: Temas de Hoy, 2007).

En sus casi novecientas páginas, los autores desgranan en seis capítulos (La movilización social y su sentido político, Los golpes grises de la represión, Grietas y divisiones en los soportes del Régimen, “El extranjero que tanto nos calumnia”: la dimensión internacional de la Transición española, Presión y negociaciones: el efecto dominó) los detalles de aquella época en la que confluyeron las luchas sociales con la necesidad imperiosa de cambios políticos, las demandas mayoritarias de libertad y la incapacidad del régimen “bunkerizado” franquista para maniobrar.

Se han publicado muchos libros, deuvedés, películas, documentación gráfica y de todo tipo sobre aquellos años de la Transición. Pero el libro de Sartorius y Sabio tiene el sello reconocible del punto de vista: la memoria del papel esencial que en el proceso de conquistar la libertad desempeñaron diferentes colectivos sociales, principalmente el de los trabajadores y estudiantes. La experiencia concreta de cómo se consiguió que, tras la dureza represiva del régimen en respuesta a la protesta en la calle, se impusiera la negociación y el consenso y se evitara un nuevo “choque entre españoles” es la materia de esta obra en la que toda una “generación política” de españoles puede verse reflejada.

No sé si es o no “lectura de verano”. Pero seguramente las vacaciones largas pueden ser una buena ocasión para zambullirse en el recuerdo y refrescar la memoria, esa memoria de la que algunos han pretendido apropiarse “patrimonializándola” en beneficio de unos pocos dirigentes (y de la Monarquía) previo “afeitado” de las puntas más agudamente populares.

 

 

WILLI MÜNZENBERG: UNA VIDA PREOCUPANTE

Acabo de terminar el libro:

Babette Gross: "Willi Münzenberg. Una biografía política" (Vitoria: Ikusager, 2007).

Como apunté hace unos días, Münzenberg (1889-1940) fue un destacado militante comunista. Acabó mal precisamente por serlo y por serlo abiertamente más allá de los límites que Stalin y sus seguidores permitían.

Babette Gross fue su compañera desde 1922 y su relato tiene la fuerza del testimonio personal.

La vida (y la muerte) de Münzenberg, estuvo absolutamente vinculada a la historia del comunismo, al que llegó tras años juveniles de actividad política en organizaciones juveniles, primero en el ámbito socialdemócrata, luego fundador de las Juventudes Comunistas Internacionales.  Conoció a Lenin en Suiza y participó en la formación de la III Internacional y en la fundación del Partido Comunista Alemán.

Su actividad fue una contínua militancia como publicista, organizador de campañas de solidaridad, gestor de proyectos internacionales de apoyo a la Unión Soviética y de ayuda a las organizaciones comunistas y movimientos de liberación anticolonial de medio mundo.

Sería la brutal subordinación de la dirección del Partido Comunista Alemán a las directrices de Moscú lo que acabaría con el mundo en el que se formó y creció y la que, en definitiva, le llevaría a la muerte a los cincuenta y un años, tras ver cómo la política del Moscú estalinista manejaba a su antojo los resortes de un partido cuya política ante el ascenso hitleriano hubo de someterse ¡y con qué terribles consecuencias! a los dictados del interés “geoestratégico” de Stalin.

Cuando Münzenberg rompió con Moscú y reaccionó buscando una alianza antifascista consecuente su vida dejó de valer para los dirigentes estalinistas y comenzó a ser un estorbo. Su muerte (¿ahorcado?) en un bosque del sur Francia, huyendo del avance del ejército nazi, sigue siendo un misterio, pero lo cierto es que ya había sido sentenciado públicamente por la propaganda estalinista, que se encargó de que su figura fuese relegada al más silencioso de los olvidos.

Este libro apasionante no sólo nos devuelve la biografía personal de un inteligente hombre de acción, brillante y atractivo, sino la tragedia de toda una generación de revolucionarios que vieron, entusiasmados, cómo se producía la primera revolución proletaria y más adelante fueron testigos (y también directa o indirectamente cómplices y víctimas) de la deriva estalinista precisamente cuando emergía con toda su brutalidad la ideología fascista y nazi.

MÁS CICERÓN ... Y PLANTAS EN GRECIA

Ahora estoy con el

"Cicerón y su tiempo" de S.L. Utchenko (Akal, 1987), un texto ya clásico en la bibliografía sobre el particular y también un buen exponente de la bibliografía marxista sobre la Roma Antigua.

Un libro que ahora sólo se puede encontrar (aparte de las bibliotecas) por casualidad y en librerías como la Librería Antígona, en la que siempre hay sorpresas.

En Antígona también he encontrado esta mañana un libro precioso que ya se ha sumado a mi pequeña biblioteca de botánica:

Hellmut Baumann: "Greek Wild Flowers an plant lore in ancient Greece", translated and augmented by William T. Stearn and Eldwyth Ruth Stearn. (London , Rhe Herbert Press, 1993, a partir de las eds. alemanas del título  "Die griechische Pflanzenwelt in Mytos, Kunst und Literatur", München, Hirmer, 1982, 1986 y 1993).

Pepito de Antígona me ha mostrado un estupendo libro de un autor japonés del siglo XIII, en su primera edición seria en castellano. Como ahora estoy por Roma lo he dejado para otra ocasión.

Entre medio estoy leyendo una biografía apasionante de un tipo muy curioso: Willi Münzenberg, un comunista alemán de primerísima hora (fue de los fundadores del Partido Comunista Alemán después de una juventud movidísima como organizador de asociaciones juveniles vinculadas a la socialdemocracia centroeuropea). Se trata de un militante muy especial, encargado de montar toda suerte de negocios de apoyo a la propaganda comunista tras la Revolución de Octubre. Ya les contaré más.