Blogia
javierdelgado

LECTURAS

JUAN GOYTISOLO: “EL EXILIADO DE AQUÍ Y DE ALLÁ”. LOS COMUNES MORTALES NO EXISTIMOS COMO PROTAGONISTAS HISTÓRICOS.

JUAN GOYTISOLO: “EL EXILIADO DE AQUÍ Y DE ALLÁ”. LOS COMUNES MORTALES NO EXISTIMOS COMO PROTAGONISTAS HISTÓRICOS.

 

La última novela de Juan Goytisolo muestra un mundo en el que la teoría de la conspiración lo explica todo, una teoría de la conspiración llevada a su extremo lógico: todos los jefes de todas las conspiraciones están confabulados entre sí. La gente, los individuos y agrupaciones colectivas de todo tipo, no somos sino sujetos pacientes de la acción de los jefes confabulados. A efectos de protagonismo histórico, los comunes mortales sencillamente no existimos.

 

En “El exiliado de aquí y de allá”, los dirigentes del Sistema y del Antisistema están inmediatamente comunicados entre sí, tramando absurdas acciones para las que los comunes mortales (o inmortales, como parece serlo el protagonista de la novela) no somos sino mera “carne de cañón”, boba masa consumista de objetos y de ideologías lanzados al mercado, pastel en el que acabamos, como las moscas de la fábula, “presas de patas en él”. No existe propiamente iniciativa más allá de la que puedan tomar los jefes del mundo mundial, que actúan solamente para perpetuarse en sus respectivos poderes.

 

Un mundo (¿un universo entero?) lleno de bob@s obedeciendo órdenes sin ningún espíritu crítico ni capacidad de maniobra individual en el que rigen un puñado de jefes no menos bobos y cuya capacidad de maniobra tampoco parece muy envidiable. Acaso esto último es lo único  que diferencia la novela de Juan Goytisolo de otras narraciones contemporáneas semejantes (pero no de otras de la historia de la literatura)

 

En mi anterior artículo sobre  “El exiliado de aquí y de allá” decía que esta novela podía ser disfrutada como si fuera el texto de un anónimo bloguero tanto por quienes desconozcan a Juan Goytisolo como por quienes conozcan el detalle de su  biografía y de su trayectoria literaria y civil. Eso la hace a mis ojos de más interesante su lectura que muchas otras cuyo máximo (¿único?)valor mercantil se apoya en la mera repetición de una pautas “de autor” previamente “reconocidas”.

 

Otra cosa es el interés que la novela tiene, aparte de lo dicho: me temo que muy escaso, casi nulo. Desgraciadamente, quienes nada sepan de Juan Goytisolo poco provecho literario sacarán de su lectura y quienes sí hayan seguido la trayectoria de su autor sólo les puede interesar de este “testamento literario” la constatación de que Juan Goytisolo, aparte de hacer lo que le da la gana (lo cual es muy loable) no se ha tomado la molestia de construir ni trama, ni personajes, ni lenguaje. ¿No ha querido (ya) hacerlo? ¿No ha podido (ya) hacerlo? Imposible saberlo.

 

Mi impresión es que Juan Goytisolo se enamoró de un viejo ramalazo de  jovialidad adolescente y alargó la escritura durante ciento cuarenta páginas un texto que su espíritu crítico (y autocrítico) seguramente debió dejar en no mucho más de diez. Pero estos actos de voluntad, llevados mucho más allá de las líneas del sonrojo intelectual y artístico (y en todo su sentido, “social”) tienen la ventaja, vistos en otros (especialmente si son famosos), de refrescarnos mentalmente y de cuestionarnos cuanto de “severidad” innecesaria aplicamos hacia nuestros propios escritos. Se trata, si se quiere aprovechar así, de un texto liberador.

 

Y este efecto liberador que Juan Goytisolo nos aporta con su ¿última? novela nunca lo hubiera conseguido el texto de un adolescente bloguero desconocido. ¿No?

 

 

JUAN GOYTISOLO: “EL EXILIADO DE AQUÍ Y ALLÁ”. TRIPLE DISFRUTE DE UN TEXTO MÁS ALLÁ DE SU AUTOR

JUAN GOYTISOLO: “EL EXILIADO DE AQUÍ Y ALLÁ”

 

La última novela de Juan Goytisolo, “El exiliado de aquí y allá” (Galaxia Gutenberg, 2008) presenta un interesante asunto que concierne al núcleo mismo del sentido y del disfrute de la literatura.

 

Puede sospecharse que su novelita no hubiera recibido atención editorial (ni  “mediática”) de no ir firmada por Juan Goytisolo. Pero también puede sospecharse que nadie sino Juan Goytisolo podría ser su autor. Así que la leemos porque se trata de una novela de Juan Goytisolo, y no nos equivocamos al hacerlo por eso, pues es precisamente su autoría la que le dota de una tensión especial, podría decirse que única. Que esos textos hayan salido de la mano de Juan Goytisolo y no de las teclas de un joven bloguero desconocido es un dato esencial que interviene en la lectura como un potentísimo catalizador. La identidad del autor es aquí un elemento al mismo tiempo intrínsecamente instalado en el propio texto e instalado en el mismísmo cerebro de quien lo lee. No es sólo un dato del texto: es su clave. No sólo es un apoyo de la lectura: es su motor.

 

En el texto de “El exiliado de aquí y allá” están todos los libros de Juan Goytisolo sin estar ninguno y está todo Juan Goytisolo sin ser él totalmente quien está. Está el autor: su trayectoria y su vida. Pero más que nunca en su caso está el texto, con sus cualidades propias, hasta cierto punto independientes de las cualidades propias de su autor. De modo que se produce un doble y paradógico resultado: quienes más hayan leído a Juan Goytisolo y más sepan sobre su vida disfrutarán mucho de esta novela porque podrán reconocer en ella las marcas de la biografía, las fuentes de su inspiración y los trazos de su particular escritura; y quienes menos hayan leído a Juan Goytisolo y menos sepan sobre su vida, etc., disfrutarán mucho de esta novela porque nada relativo directamente a su autor les cohibirá el juicio, nada en esa escritura les aparecerá vinculado a una experiencia biográfica concreta y ningún rasgo del texto les remitirá a ningún otro texto de su autor.

 

Juan Goytisolo ha conseguido el milagro de un texto literario que no ha podido escribir sino él pero que se mantiene de pie sobre sus propias características como si un anónimo autor lo hubiera dado a la imprenta. Si es su  “testamento literario” (ojalá que sólo el primero de una serie de ellos) lo es porque en esa novela Juan Goytisolo está más como apoyo de su lanzamiento editorial que como autor de un texto. Y ahí reside una grandeza artística que sólo algun@s escritor@s alcanzan: que cada obra sea una obra que, aprovechándose de lo aprendido hasta ese momento por su autor, no esté lastrada por una innecesaria (pero comercialmente ya obsesiva) “marca del autor”.

 

El escritor ha conseguido superar los límites de su identidad y de su escritura y ha fabricado una novela más allá de lo que hasta ahora nunca nos ha entregado. Teniendo en cuenta su edad, su biografía literaria, su personalidad civil, etc., emociona encontrarse con un texto que Juan Goytisolo, sin dejar de ser él mismo, ha escrito en el siglo XXI y para el siglo XXI, sin la generalizada obsesión por repetirse y “firmar la obra” que cunde ahora mismo en el mercado editorial.

 

Es un maravilloso disfrute poder leer esta novela con el desparpajo con el que leemos una novela de un primerizo autor desconocido y al mismo tiempo sentir bajo cada una de sus páginas el temblor volcánico de las más profundas interioridades de un veterano autor.

 

Lo usual es que se publiquen novelas por estar firmadas por tal o cual autor “reconocido” (o reconocible) y por estar escritas de acuerdo a lo esperable, precisamente, de ese autor. Más de lo mismo. Literariamente, una mera repetición.

 

¿Se hubiese publicado esta novela si no hubiese ido firmada por Juan Goytisolo? Puede dudarse. Desde luego, no en esa editorial. Desde luego, no con esa repercusión inmediata en los medios de comunicación. ¡Pero eso es un mérito que sin duda hay que añadir a la cuenta de su autor! ¡Ha escrito lo que le ha dado la gana y se lo han publicado por ser él! ¿No es esa la meta del verdadero escritor?

 

 

¡ZARAGOZA ES NUESTRA! UN COLLAGE DE JUAN JOSÉ CARRERAS ARES

¡ZARAGOZA ES NUESTRA! UN COLLAGE DE JUAN JOSÉ CARRERAS ARES Al abrir un libro he encontrado este collage que me entregó Juan José Carreras Ares en 1982.
Por entonces era frecuente hacernos este tipo de regalos. Con Carreras y con Guillermo Fatás tuve un divertido intercambio por aquellas fechas. ¡Y cómo lo hecho en falta ahora!

La postal ilustraba una anécdota que yo le acababa de contar sobre el optimismo incombustible del veterano camarada Miguel Galindo en los años setenta, que solía señalarme tal o cual pueblo de Aragón diciéndome, muy entusiasta, "¡Este pueblo es nuestro!"...mientras lanzábamos octavillas desde el coche en marcha, en medio de los campos...

¡Cosas del buen humor!

El texto de la postal irá en el siguiente artículo.

ANTONIO GRAMSCI: RELECTURA EN EL SIGLO XXI

ANTONIO GRAMSCI: RELECTURA EN EL SIGLO XXI

ANTONIO GRAMSCI: RELECTURA EN EL SIGLO XXI

 

Enhorabuena a quienes acertaron que mi próxima (re)lectura sería de los textos de Antonio Gramsci (1891 – 1937). Aunque no era muy difícil…

 

Esta vez voy a (re)leerlo utilizando sobre todo la edición de sus “Cuadernos de la cárcel” que editó (en seis volúmenes) en lengua española la solvente editorial Era de México en 1981. Se trata de la traducción (de Ana María Palos, revisada por José Luis González) de los textos tal y como los había editado el Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Guerratana (Roma, Einaudi, 1975), la llamada “edición crítica”, magnífico trabajo filológico gracias al cual pudimos tener esos textos prácticamente tal y como los había ido redactando, tenazmente, su autor.

 

Hasta entonces habíamos podido leer los textos de Gramsci correspondientes a sus “Cuadernos de la cárcel” en selecciones “temáticas”, por grandes conjuntos de temas tratados en ellos (edición de referencia, la de nueve volúmenes de Roma, Riuniti de 1971), lo cual tenía sus ventajas (en cuanto a la difusión masiva de los textos)  y sus inconvenientes (en cuanto al rigor en la edición y a la aproximación fidedigna a las búsquedas intelectuales tal y como se produjeron realmente).

 

He decidido hacerlo en la edición mexicana que menciono, sobre todo para no tener ante los ojos los muchos (demasiados) subrayados y anotaciones que hiciera en mi lectura de los años setenta y ochenta. Prefiero leer esos textos en esa buena traducción española  a tener que ver ese rastro personal que quedó en mis ejemplares de la edición italiana.

 

Me divierte ver en la portada de la edición italiana de los “Quaderni del carcere” una anotación mía del día que tuve esos libros en mis manos. Escribí: “29.XII.1975, en libertad. Zaragoza”. Es decir, a los pocos días de salir de la cárcel de Torrero (fui detenido el miércoles 12 de noviembre de ese mismo año), de la que me sacó (como a miles de presos políticos de toda España), la muy acertada muerte de Franco que, por una vez, hizo algo positivo por nosotros.

 

Es también divertido recordar que mi ejemplar de la edición italiana de las Cartas de la cárcel de Gramsci ( “Lettere dal Carcere”, a cura di Sergio Caprioglio e Elsa Fubini, Roma, Einaudi, 1975) lo feché, nada más tenerlo en mis manos en la Librería Pórtico (en la que entonces trabajaba), ese mismo 12 de noviembre de 1975, muy pocas horas antes de mi detención (me detuvieron con ese libro en la mano). Desde luego, en comisaría no pude tenerlo conmigo (ni ninguna otra cosa, salvo unos sobres de “Frenadol” que andaba tomando por lo de siempre por aquellas fechas y que vaya usted a saber por qué me permitieron conservar y seguir tomando durante los días de mi detención) y tampoco me permitieron tenerlo en la cárcel: hube de entregarlo a la entrada y no lo recuperé hasta el mismo momento de mi salida. Símbolo y señal, esto de las circunstancias de aquellas compras de textos de Gramsci, para quien siempre ha creído advertir señales y símbolos en momentos muy concretos de su vida…

 

Pues bien, ahora me pongo a esa larga (re)lectura de los “Cuadernos de la cárcel” de Gramsci, mientras (re)leo, como necesario recuerdo del marco histórico, los tres primeros tomos de estupenda “Storia del Partito comunista italiano” de Paolo Spriano (Roma, Einaudi, 1976), lecturas todas de las que les iré informando.

 

Sólo recordarles que estas (re)lecturas las hago con la intención de aprender algo nuevo que pueda servir(nos) para el presente. Porque ahora que me encuentro un poco mejor me apetece (¿puedo decirlo así?) dedicar el tiempo al "mundo grande y terrible” más que a mis propios problemas personales. Al menos, mientras dure esta buena racha.

 

 

 

BUJARIN, LA INICIATIVA PRIVADA Y EL MERCADO. ¿HAY ALGO POR AHÍ QUE NOS PUEDA SERVIR AHORA?

BUJARIN, LA INICIATIVA PRIVADA Y EL MERCADO. ¿HAY ALGO POR AHÍ QUE NOS PUEDA SERVIR AHORA?

 

“¿Y por que va a ser eso imposible? Ahora bien, eso significa capitalismo + socialismo”. (Lenin a Bujarin. Nota personal. Primavera de 1921).

 

 

Lenin presentó su famoso memorándum del 8 de febrero de 1921, que contenía ya el núcleo de la Nueva Política Económica, NEP. (Lenin O.C., 32, p. 128 ss.). Desde entonces uno de los asuntos que más le preocupó a Bujarin fue el papel de la iniciativa privada  (la pequeña explotación agrígola sobre todo, pero no sólo) vinculado a la fluidez de los mercados (no sólo su liberación de la burocracia estatal, pero también).

 

 En cuanto a la primera, Bujarin insistirá desde entonces en la idea de un “socialismo de cooperativas agrícolas”. En su polémica con Preobazenski a finales de 1924 (en artículos publicados en Pravda, Isvestia y Bolchevik y recogidos tambien en la Internationale Pressekorrespondenz, IPK, 167 de 1924, pp. 2291 y ss.) afirma, citando a Lenin: “Nuestra salvación consiste en entendernos con los campesinos; si lo conseguimos, será perfectamente posible sostenernos y consolidarnos aunque haya que esperar mucho tiempo la vistoria de la revolución en el oeste”. Y concreta más: “No podemos llegar a una producción agraria socialista por la vía de la represión de las economías campesinas y su sustitución por economías soviéticas (…) sino por la reunión de los campesinos en cooperativas (…) dependientes económicamente del Estado y de sus instituciones”.

 

Frente a la postura de la “izquierda”, que proponía más y más férreas medidas coercitivas contra “la economía de aldea”, esta propuesta de Bujarin (que ya no abandonaría) plantea no sólo unos objetivos sino también unos métodos. Nada más alejado de la “comuna agrícola” de Preobazenski y del “koljós” como más adelante se conoció en la URSS, una forma de organización entendida como pilar principal de la economía socialista, y de los métodos empleados para roganizarlo.

 

En cuanto a lo segundo (el mercado) Bujarin defiende: “Llegaremos al socialismo a través y utilizando el proceso de circulación, no directamente a través de un proceso de producción” ( IPK, 167 de 1924, pp. 2291 y ss). Como subraya Löwy en su “El comunismo de Bujarin” (Grijalbo, 1972), “Esta última frase constituye el núcleo de la nueva teoría bujariniana del socialismo”, pues “Ahora llegaba a la tesis de que la influencia sobre el mercado es al menos tan importante para la transformación socialista como la transformación revolucionaria de las relaciones de producción”. (Löwy, p. 271-272).

 

Si, como escribía Bujarin, “Separar la ecomía de la política (…) significa dejar de comprender el problema en su conjunto, ignorar su sentido histórico, la cosa más esencial ante la que no es lícito taparse los ojos y escurrir el bulto” (IPK, 167 de 1924, pp. 2291 y ss. Citado por Löwy, p. 273), ¿no deberíamos hacer un esfuerzo para conocer el sentido histórico de la actual situación económica en su conjunto? 

No sé hasta qué punto puede merecer la pena echar un vistazo a esos viejos debates del pasado a la hora de encarar, hoy mismo, la crisis económica que comenzamos a sufrir en esta moderna fase del capitalismo “globalizado. A mí  estas lecturas me sirven para "cargar las pilas". No está mal.

 

 

BUJARIN: “CÓMO EMPEZÓ TODO”, SU NOVELA PÓSTUMA

“CÓMO EMPEZÓ TODO”, NOVELA (PÓSTUMA) DE BUJARIN

 

Que Bujarin (1888 – 1938) fue un tipo muy peculiar de dirigente político ya se sabía mucho antes de que lo mandara ejecutar Stalin. En realidad, nada más enrolarse en las filas de la revolución (y lo hizo muy pronto), ya pudieron darse cuenta sus camaradas de que aquel joven no era el típico activista de la época: su formación, su humor, su forma de tomarse la vida, las tareas en las que se ocupaba, etc.

 

 Lenin (1870 – 1924) se fijó enseguida en él y su relación intelectual y afectiva (de tinte paterno-filial) fue para ambos la más importante que tuvieron en su vida (con permiso de Krupskaya… y de alguna más). Esa diferencia de edad entre los dos, esos diez y ocho años, fueron (como en muchísimos casos de relaciones entre varones) los que les permitieron esa distancia y ese acercamiento tan fructífero.

 

Muchos de los planteamientos teóricos de Bujarin resultaron sorprendentes por su originalidad y por su audacia intelectual. Pero aún más sorprendía a sus allegados saber de su pasión por los insectos (especialmente por las mariposas), las aves, y en general por las ciencias de la naturaleza. Una pasión no libresca sino en contacto directo con los seres del planeta que ya de niño habían llamado su voraz atención. No dejó de interesarse por la entomología ni siquiera en su última época, cuando en 1936 fue enviado por Stalin a Europa a negociar con Nikolaievski (dirigente de la socialdemocracia alemana) la compra de los archivos de Marx. (Por cierto: nadie se explica por qué no aprovechó ese viaje, en el que le acompañaban su mujer y su hijo, para quedarse fuera de la URSS y librarse de un peligro de muerte que ya sabía cercano. Explicar, precisamente, ese comportamiento “absurdo” de Bujarin es dar con la piedra de toque de su psicología).

 

Cuando Bujarin es apartado de toda responsabilidad y es detenido y encarcelado varias veces en los años treinta (hasta su encarcelamiento definitivo en 1937) decide dedicarse a la actividad intelectual a la que llevaba tiempo deseando entregar sus esfuerzos. Su mente se centra en dos asuntos: el fascismo (para él ya entonces el mayor peligro de la época) y la dialéctica (Lenin le había criticado por “no haberla comprendido nunca”). Pero también dedicó mucho tiempo a la redacción de una novela. ¡Eso nadie lo podía imaginar!

 

Con casi cincuenta años, Bujarin se lanzó, por primera vez en su vida, a una tarea de creación literaria. Y no a una tarea cualquiera: su novela pretendía dar cuenta de todo un mundo social (el de los funcionarios y el profesorado, pero también el de la aldea y el de los barrios pequeñoburgueses urbanos) de la Rusia “profunda” zarista de finales del siglo XIX y comienzo del XX. El resultado fue el grueso manuscrito de “Vremena” (traducible como “Época”, “Tiempos”, “Edades”), que tardó muchos años en publicarse y difundirse. Sería Stephen F. Cohen, autor de la mejor biografía de Bujarin hasta la fecha, quien la difundiría en lengua inglesa con el título “How it all begin. The prison Novel” (Columbia University, 1998)

 

La versión española de la novela de Bujarin, con el título “Cómo comenzó todo”, en traducción de Rubén Darío Flórez Arcila (Pre-Textos, 2007) tiene 435 páginas y en la última recibimos el aviso “Aquí se interrumpe el manuscrito”, aviso terrible, pues remite a la fecha de su fusilamento el 13 de marzo de 1938.

 

Durante aquellos años sombríos de Bujarin, para los que yo siempre tengo en la cabeza el angustiado cuarteto de cuerda nº 8 “Quatuor nº 8” de Shostakovich, el dirigente comunista ruso entonces más famoso en la URSS y en el mundo entero después de Lenin se concentra en una obra literaria que, ¡sorpresa!, resulta ser una verdadera obra literaria.

 

En “Como comenzó todo” están los vívidos recuerdos de infancia y adolescencia de su autor con toda la poesía y verdad de la buena literatura, pero además está la visión penetrante del sociólogo y la lección bien aprendida del lector atento de Gogol, Chejov, Gorki, Pasternak (al que defendió)…

 

A esta última "necesidad de expresión" de Bujarin volveré dentro de poco...

 

 

 

 

 

POESÍA POPULAR DE LA CHINA ANTIGUA: UNA ESPLÉNDIDA ANTOLOGÍA

POESÍA POPULAR DE LA CHINA ANTIGUA

 

Otras veces les he comentado libros de poesía china de la tradición culta. Esta vez se trata de poemas de tradición popular, pensados para cantarse y transmitirse de padres a hijos, parte de una “cultura subalterna” que se desarrolla en medio de la “cultura hegemónica” generada por los letrados.

 

“Poesía popular de la China antigua”, selección de poemas, traducción del chino, introducción y notas de Gabriel García-Noblejas (Alianza, 2007) es una esmerada publicación bilingüe de 455 páginas de buena tipografía, buen papel y buena encuadernación de cartón.  Por 24 euros es difícil encontrar algo mejor preparado y presentado.

 

La particularidad de la antigua poesía popular china es que nació ya como expresión lírica y no estuvo nunca dedica a la épica como si lo estuvieron las antiguas poesías populares mesopotámicas, indias o griegas. Son, estos de china, cantares de origen popular cuya antigüedad se remonta al siglo X a.C. y que recorren toda la historia de China a lomos siempre de las fiestas colectivas: recolección, nacimientos, casamientos, banquetes, etc., durante los que se cantaban e incluso bailaban.

 

No encontraremos en esta poesía los complejos desarrollos de la prosa (cuya cima sigue siendo para mí, “Sueño en el Pabellón Rojo. Memorias de una roca” de Cao Xueqin y Gao E., del siglo XVIII - ni las sutilezas intelectuales de la poesía culta - como, por ejemplo, la de Wang Wei y su círculo, del siglo VIII).

 

Pero la poesía popular china (como todas las poesías populares del mundo, por otra parte) guarda muchos tesoros de belleza, en los que la inteligencia y la sensibilidad se expresan con recursos sólo aparentemente simples. Es cierto que hay en ella mucho “sentido común” (en su acepción mas decepcionante) y todo tipo de obviedades pretenciosas, pero no mucha más que en mucha de la poesía “culta” en cualquier lengua. Y a cambio, nos permite disfrutar de un mundo artístico vinculado a la vivencia cotidiana de grandes masas de población.

 

Intercalar libros de poesía entre otras lecturas (de cualqueir tipo) es un procedimiento muy estimable para “refrescar los ojos” y mantener la mirada verdaderamente atenta a las novedades que nos ofrecen los viejos y los nuevos libros.

 

BUJARIN POR LÖWY: UN MARXISTA REVOLUCIONARIO QUE AÚN (NOS) INTERESA

BUJARIN POR LÖWY: UN MARXISTA REVOLUCIONARIO QUE AÚN (NOS) INTERESA

EL BUJARIN DE A.G.LÖWY 

 

Acabo la relectura (treinta y dos años después de la primera lectura) del libro de A.G. Löwy El comunismo de Bujarin (Grijalbo, 1973). Como en otras relecturas que comento, ésta también me ha permitido hacerme una idea en cierto modo novedosa de las cuestiones fundamentales a las que se enfrentó Bujarin y de su forma particular de tratarlas.

 

El asunto fundamental que le preocupó durante toda su vida: la alianza (concreta, traducida a medidas económicas y sociales) entre la clase obrera y el campesinado, no sólo en la etapa inicial de superación del capitalismo sino en la construcción del socialismo (con interesantes apuntes sobre las relaciones industria - agricultura  y mercado, sus formulaciones sobre “la ciudad mundial” y “la aldea mundial”, hoy mismo inspiradoras). Pero aquí Bujarin (en abierta contraposición a los trotskistas y especialmente a Stalin) se esfuerza en buscar los métodos “no coercitivos” para la aplicación de una política económica mientras advierte con insistencia de los peligros de la “burocratización” y de la identificación partido-Estado.

 

A propósito de las búsquedas de Bujarin me ha vuelto a divertir la anécdota de 1936, en la que, repasando textos de Marx, “suspiró y murmuró: Ay, Carlitos, ¿Por qué no lo terminaste? Ya sé que te era difícil, pero no sabes cómo nos habrías ayudado”. Pero lo decisivo, con todo, lo verdaderamente importante de la contribución de Bujarin, fue que lo que no encontró en Marx lo buscó en su compromiso personal infatigable de estudio desprejuiciado y científico de la realidad concreta que se pretendía transformar. De los dirigentes bolcheviques, sólo Lenin, Bujarin (y en menor medida, Trotsky) tuvieron ese diálogo de tú a tú tanto con los estudios precedentes (de Marx o de otros, del ámbito revolucionario pero también de otros ámbitos) como con los datos concretos de la realidad en un momento dado. Esa me parece, precisamente, la clave de su permanente actualidad.

 

La lectura, hoy día, de estos textos está (y debe estarlo) “filtrada” por la experiencia tremenda del desplome del llamado “bloque socialista”, un mundo, queramos o no, heredero del mundo cuya construcción comenzaron aquellos hombres y mujeres de la Rusia de 1917. Pero ese filtro histórico, lejos de alejarnos de esos textos, puede servirnos, precisamente, para relativizar sus aportaciones y valorarlas con una capacidad de discermimiento muy superior a la que durante décadas pudieron tener miles de comunistas (y socialistas y anarquistas) traumatizad@s por las grandes exaltaciones y desilusiones de una experiencia de “socialismo realmente existente” de la que les era imposible hacer abstracción (ya desde la temprana “abdución” de las direcciones de los partidos comunistas por el aparato ruso de la III Internacional). 

 

[Hace ya bastantes años que el estudio de la amplia documentación que aportaron los seis volúmenes de la obra de Aldo Agosti La Terza Internazionale. Storia documentaria (Riuniti, 1974-1979) me puso los pelos de punta. También las memorias del muy importante funcionario de la dirección de la III Internacional Jules Humbert-Droz, De Lénine à Staline: Dix ans au service de l’Internationale Communiste, 1921-.1931 (La Baconnière, 1971).]

 

Los asuntos económicos fueron la preocupación fundamental de Bujarin: sus investigaciones sobre el “capitalismo de estado”, el lanzamiento de su Nueva Política Económica (NEP), su gran debate con Preobazhensky, sobre las teorías de éste, “la ley de la acumulación originaria socialista”…Bujarin siempre intentó apoyar en una solida base teórica las propuestas de medidas concretas, aunque ciertamente no se abstuvo, sobre todo de joven, de publicar esquemáticos manuales (Como su ABC del comunismo y otros similares).

 

Esos “dos Bujarin” (como también los hubo en la lucha política, el elegante y el demagogo, el oportunista y el convencido, el posibilista y el doctrinario) fueron la condena de un hombre que, además, lo que deseaba ya en 1928 era dedicarse a “escribir libros” - lo que sólo haría ya en prisión: sus últimas obras teóricas y su preciosa novela “Así comenzó todo” (Pretextos, 2007). Pero también en la actividad política hay un rasgo de Bujarin que lo distingue de muchos otros bolcheviques: su acatamiento de la disciplina de partido (que le llevaría, conscientemente, a entregarse a sus enemigos    - ¡que bien que se aprovecharon de ella! - y afrontar dignísimamente la cárcel y la muerte).

 

Que la “rehabilitación” de Bujarin en la URSS tardase cincuenta años (desde su ejecución en 1938 hasta la evocación positiva de su memoria por Gorvachov)    - y eso gracias a la infatigable actividad de su viuda - da idea de lo peligroso que puede resultar acercarse a su vida y a sus textos para quienes, proclamándose marxistas, sigan necesitando alimentarse de catecismos y de vidas de santos.

 

¿Adivinan Ustedes a qué rojo me voy a dedicar a releer ahora?

“EL ETERNAUTA” DE OESTERHELD (Y SOLANO)

“EL ETERNAUTA” DE OESTERHELD (Y SOLANO)

“EL ETERNAUTA” DE OESTERHELD (Y SOLANO)

 

Bajo los efectos de las noticias sobre el estado de salud de mi admirado amigo el pintor Vicente Pascual Rodrigo, que parece agonizar irremediablemente, ayer no pude ponerme a nada y hoy a muy poco. 

 

Por entretener la cabeza, fuí a la librería “Taj Mahal” y compré “El Eternauta” de Oesterheld. Volví a casa con un ejemplar editado en marzo de este mismo año (2ª edición especial “50 aniversario”) por la famosa editorial especializada en cómics Norma. Mirando sus cubiertas tuve la duda: ¿de verdad que no había visto antes aquel título y aquellos dibujos?

 

Había leído hace unos días el impresionante artículo de Manuel Rivas “El desaparecido HGO (Una historia argentina)” en El País Semanal, sobre la vida, obra y “desaparición” de Héctor Germán Oesterheld (¡y de sus cuatro hijas!) en la Argentina de la última dictadura militar (1973-1983). Me pregunté, mientras lo leía espantado, cómo no había sabido antes de ese hombre genial y de sus obras y cómo no conocía la terrible historia de su familia (una más, pero un poco especial, entre miles de terribles historias vividas durante los años de dominación de la “tecnología del infierno”, como escribiría Ernesto Sábato). ¿Es posible que no tuviera noticias suyas?

 

Comencé la lectura de esas 366 páginas llenas de imágenes escalofriantes (de Francisco Solano López) en las que un texto (de Oesterheld) calculado al milímetro comenzó a ejercer su embrujo en mi mente. No sé si ha sido la mejor idea leer “El Eternauta” en estas condiciones, pero me ha mantenido intensamente concentrado durante unas horas que me resultaban difíciles. “El Eternauta”, en cualquier día,  merece ser leído en cualquier circunstancia y no necesariamente bajo los efectos de la pena y la necesidad de evasión.

 

“El Eternauta” es la historia de una invasión destructora y deshumanizadora y también (o sobre todo) es la historia de resistencia humana frente a un totalitarismo inaceptable. El Buenos Aires de finales de los años cincuenta, en su detalle concreto, se transforma en el inmenso campo de batalla en el que un grupo de supervivientes intenta mantener la dignidad frente a cuantos elementos (todos más o menos robotizados por “Los Ellos”) pretenden arrasar la civilización. Como quería su autor, se trata de una variante de la historia de Robinsón Crusoe, pero la variante adquiere tales características propias que se transforma en una verdadera aportación personalísima.

 

La multitud de elementos que componen los mecanismos de unos personajes sometidos contínuamente a una brutal presión psicológica nos enfrenta a nosotr@s mism@s, lector@s, a dilemas de no fácil solución, y eso hace de “El Eternauta” una lectura “iniciática”: funciona como un manual de supervivencia y resistencia (incluso en el sentido concreto de manual para el comportamiento en la guerrilla urbana) frente a un enemigo poderosísimo y sin escrúpulos de ningún tipo (como llegaría a ser – entre otras de su época - la dictadura militar que acabó con la vida, en Argentina, de un Oesterheld ya convertido en clandestino militante montonero).

 

Leer “El Eternauta” nos hace conscientes de muchas realidades de la opresión y de muchas “trampas” de la ideología. El empeño de sus protagonistas por conocer la identidad y las caracterísitcas de quienes han desatado la destrucción y la muerte a una magnitud insospechable es el lúcido empeño de cualquier persona que realmente quiera enfrentarse a los mecanismos del poder. Es el mismo empeño de su autor, el mismo por el que a él y a sus cuatro hijas les serían arrebatadas, años después, sus vidas. Se trata por eso, sin duda, de un tipo muy especial de obra de arte.

 

 

 

 

LIMPIEZA GENERAL O LA BIBLIOTECA DE DON QUIJOTE

LIMPIEZA GENERAL O LA BIBLIOTECA DE DON QUIJOTE

 

Hemos estado unos días haciendo limpieza general en casa. Sobre todo limpieza de trastos, pero también de libros. Era divertido escuchar los argumentos que salvaban o condenaban tal o cual libro. Durante horas hemos actuado como aquellos personajes que expurgan la biblioteca de  Don Quijote.  Lo cierto es que han sido muchos los condenados.¡Hay que ver lo que ocurre con los libros cuando pasa el tiempo y falta espacio en casa!

 

Los títulos de los libros condenados no son para ponerse aquí. Tampoco nuestros criterios. Seguramente muchos de ellos hubieran podido salvarse si la limpieza hubiera sido menos general (eran ellos o nosotros) o la hubiéramos realizado en otro momento. Muchas docenas fueron directamente al contenedor del papel reciclable: merecían una muerte digna, no exhibir sus andrajos. Otros están ya en las estanterías de una librería de ocasión, algunos a lo mejor ante los ojos de otr@s lector@s, me alegro por ell@s.

 

Después de pasar horas echando fuera de casa docenas de libros que un día interesaron y que hoy mismo podrían quedarse con nosotros si no fuera por la falta de espacio, queda siempre, como diría Mafalda “una basurita en el alma”, un pequeño vacío que ojalá que fuera totalmente vacío y no un íntimo receptáculo de la nostalgia. Estos días han pasado por nuestras manos, muy deprisa, siempre demasiado deprisa, no sólo muchos libros sino muchos, muchísimos recuerdos personales. Sus portadas nos gritaban las fechas en que fueron leídos, sus páginas guardaban el rastro de los caminos por dónde andábamos entonces y con quiénes los andábamos. Ha sido una vorágine de libros y recuerdos, una hinchazón de decisiones rápidas, siempre demasidado rápidas. Cierras los ojos y los ves pasando, como cometas luminosos que se pierden en la noche de los momentos que no volverán.

 

 

 

 

BUJARIN, LA REVOLUCIÓN RUSA EN LOS AÑOS VEINTE… Y LA CRISIS ECONÓMICA EN LA QUE ESTAMOS METIDOS AHORA. MÁS UNA PEQUEÑA HISTORIA PERSONAL DE VENTA DE LIBROS.

BUJARIN: LA REVOLUCIÓN RUSA EN LOS AÑOS VEINTE… Y LA CRISIS ECONÓMICA EN LA QUE ESTAMOS METIDOS AHORA. MÁS UNA PEQUEÑA HISTORIA PERSONAL DE VENTA DE LIBROS.

 

 

Les contaré una cosa: a mediados de la década de los noventa una dificultad económica bastante notable me obligó a vender muchos de los libros de mi biblioteca. Gracias a aquella decisión, y a otras, (y gracias a la generosidad de mi llorado amigo el librero Antonio Vidal) salimos mi mujer y yo a flote, así que, aunque dolorosa, la venta de libros cumplió su objetivo. Entre aquellos libros había docenas de textos de autores marxistas “menores”. Me quedé los “imprescindibles” (de hecho, creo que de esos otros autores “menores” nadie suele hablar ya nunca; eran “flor de un día”, producto de unas circunstancias muy concretas de la cultura europea de los setenta y ochenta del siglo pasado. Nunca me arrepentí de aquella venta…ni, por supuesto, de aquella “reserva”: hoy puedo volver a releer cuantas veces quiera esos libros amados en los que aprendí a leer sobre el mundo.

 

Pero hubo un dolor añadido al dolor por la venta: un imbécil indiscreto tuvo a bien difundir entre los clientes de la librería de Antonio la noticia de que Javier Delgado “se había deshecho de su biblioteca marxista…”, lo cual mi hizo tener que soportar durante un tiempo más de una pregunta malintencionada y más de un comentario molesto. Recuerdo que a un idiota que me llamó la atención al respecto decidí contestarle que yo aún tenía en mi casa más libros marxistas de los que él hubiera podido ver en toda su vida, lo cual no dudo que era cierto. Es sabido que quienes dedican su tiempo a las tertulias y a los rumores tienen poco tiempo para ir a las librerías y, sobre todo, para leer.

 

Pues bien, entre los libros que mantuve junto a mí hay unas docenas dedicados a personalidades de las dirección de los partidos comunistas de la década de los veinte, es decir, de sus primeros años de actividad tanto por separado como en sus reuniones en la dirección de la  III Internacional. Creo que  hice una buena selección y que gracias a eso mantengo una buena sección de mi biblioteca dedicada a las mejores cabezas del marxismo revolucionario.

 

Uno de aquellos libros que conservé es este de Stephen Cohen del que ya les hablé brevemente ayer y que ya he (re)terminado.

 

No se trata sólo, para mi lectura de ahora, de repasar la biografía de Bujarin (1888– 1938). Ni siquiera, con ser estremecedora, del trágico fin de su peripecia vital (de la suya y de la de miles de dirigentes y militantes comunistas de aquella época).

 

Se trata de volver la mirada a los años veinte de la recién nacida Unión Soviética, a los debates sobre la concepción de la política económica “socialista” y de las formas de administrar el poder revolucionario: los desafíos teóricos y prácticos que hubo de afrontar la dirección bolchevique durante la primera década de la revolución: guerra civil, dirección industrial, política agraria, creación artística… Muerto Lenin en 1924 (limitadísimo ya por la enfermedad desde 1922), las distintas posiciones en el seno del Politburó sobre la orientación económica (y muy especialmente sobre los rasgos de la política de alianza obrero-campesina) se irían enfrentando entre sí al intentar dar respuesta a los problemas de una realidad mucho más compleja de lo que nunca hubieran previsto en la época de la lucha por el poder.

 

Es apasionante repasar los debates de aquellos años veinte, cuando las propuestas políticas se realizaban aún a la luz del día, como parte de un proceso de masas. Cuestiones tales como el papel de la ciencia en la producción industrial, la función revolucionaria del campesinado, la autonomía sindical, la pluralidad, etc. son cuestiones que han vertebrado durante años el debate serio marxista y sobre las que siempre habrá que reflexionar, incluso para poder atisbar la relevancia de nuevas cuestiones que ahora se nos plantean (consumismo, internet, burbujas financieras...).

 

Leí este libro, “Bujarin y la revolución bolchevique” de Stephen Cohen en 1976. Tenía veintitrés años. Ahora estoy muy cerca de cumplir los cincuenta y cinco. Creo que esta vez he comprendido muchas más cosas. Mi cabeza es la misma, pero mis ojos han visto ya mucho más y creo que sopesan con mejor tino y pulso las cuestiones de fondo que se ventilan en sus páginas, especialmente las referidas a la política económica.

 

Ahora voy a releer “El comunismo de Bujarin” de A.G. Löwy” (traducción de Manuel Sacristán, Grijalbo, 1973). Lo compré en Pórtico el 3 de noviembre de 1976 y me costó 400 pesetas (entre sus páginas está el albarán de compra), lo que no estaba nada mal para un volumen de 456 páginas (sin fotos, ya es pena)  encuadernado en  recio “cartoné”.

 

¿Qué se me ha perdido a mí en los años veinte de la Unión Soviética? A eso no les voy a responder ahora en este blog. Lo que sí que les puedo decir es que la crisis económica en la que andamos embarcados desde hace unos meses y que tiene todo el aspecto de constituirse en una crisis “histórica” por su profundidad radical y po rla amplitud de sus efectos sociales, me hace desear una “puesta al día” de mis recuerdos sobre los análisis marxistas del pasado, tengan o no que ver, directamente, con las circunstancias concretas de nuestra forma de vivir actualmente.

 

 Cuando el año pasado leí, estupefacto, las tremendas páginas del libro de “La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre” de Naomi Klein (Paidós, 2007) me entraron muchas ganas de hacer este repaso a la tradición de análisis marxista en la que me formé y de la que me considero heredero.

 

Cuando escuché aquel  “Conviene que consumais” de  Rodríguez Zaparero en el reciente 37 Congreso del PSOE las ganas de leer “a los míos” se me hicieron absolutamente imperiosas.

 

BUJARIN Y LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE

Estoy acabando de releer el libro de Stephen Cohen "Bujarin y la revolución bolchevique" (Siglo XXI, 1976).

Volverer a este tipo de libros treinta años después resulta muy revelador. Muy instructivo.

La figura de Bujarin siempre me resultó muy atractiva (y especialmente penoso su humillante final) y en este libro se exponen muy bien sus posiciones en defensa de la NEP y el ambiente de discusión y libertad creativa de los años veinte en la recién nacida URSS, ese mundo que Stalin pulverizó a fuerza de masacres y locuras ideológicas.

Es al mundo de Lenin - Bujarin - Trotski al que merece la pena volver los ojos cada cierto tiempo. Porque aún tenemos muchas cosas que aprender de aquella gente.

THOMAS MANN, EL FBI, LAS DOS ALEMANIAS Y LA EUROPA DEL SIGLO XX

THOMAS MANN, EL FBI, LAS DOS ALEMANIAS…

 

En los últimos capítulos (XVI al XX, pp. 479-657) de su excelente biografía de Thomas Mann (“Thomas mann. La vida como obra de arte”, Galaxia Gutenberg, 2003), Kurzke trata (aparte de otros muchos muy interesantes asuntos como la firma en 1945 de documentos políticos contra la posibilidad de una guerra atómica junto con Albert Einstein) las actividades vigilantes del FBI tras un Thomas Mann acusado de “antifascismo prematuro” (curiosa expresión, ¿verdad?), que avivarían su deseo de salir de unos EEUU en los que no le parecía descartable, a la altura de 1952 “una evolución constante hacia la dictadura fascista”.

 

Trata también de sus grandes dificultades de comunicación con una Alemania Federal (en la que algunos de sus homenajeadores se retiran por la noche muy contentos a cantar himnos de las SA…) y sus no fáciles contactos con una República Democrática Alemana que tira de él hasta hacerlo aparecer como “prosoviético” (lo que él mismo había alentado ya en 1943 manifestando “cosas espantosamente izquierdosas”, como recoge en sus diarios).

 

Que en los funerales de Thomas Mann (Kilchberg, Suiza, agosto de 1955)  las coronas de la República Democrática Alemana no cupieran "por la reducida puerta de la antiquísima capilla del cementerio"  y que allí acudiera el ministro de Cultura de la República Democrática Alemana “con un gran séquito”, mientras que de la República Federal Alemana sólo enviase a su embajador en Berna es un buen motivo para la reflexión.

 

No tanto porque ello indique algo más que una mayor “sabiduría diplomática” y propagandística por parte de un gobierno “triunfante” directamente “asesorado” por Moscú que por parte de un gobierno “abrumado”, aun directamente “bajo el ala” de los EEUU, como el cúmulo de contradicciones políticas y culturales que revela.

 

Thomas Mann, incluso a su muerte consiguió servir de elemento catalizador a cuyo contacto las substancias más íntimas de la cultura europea reaccionaron permitiendo así aparecer a la vista de todo el mundo, una vez más, la complicadísima fórmula que le daba (¿le da todavía?) identidad.

THOMAS MANN Y (EL PELIGRO DE) LA MÚSICA

THOMAS MANN Y LA MÚSICA

 

Hoy, muy breve:

 

Si la historia de la música hubiese acabado en la Novena de Beethoven, Thomas Mann se hubiese ido a la tumba con la impresión de haber comprendido el secreto de la composición musical y de haber avisado al mundo de los peligros que se cernían sobre la civilización si lo demoníaco (es decir, lo que él no comprendía) se apoderaba del alma de los compositores. Lo cual, seguramente, le hubiera ayudado mucho a descansar eternamente.

 

Pero el caso es que l@s compositor@s han seguido componiendo a buen ritmo, más y más alejados de las pautas beethovenianas (como es su obligación, ya que sólo ha habido un Beethoven y él mismo adoptó varias pautas compositivas), sin que sus obras parezcan haber atentado contra la civilización, que sigue  – como siempre - en peligro. De modo que las previsiones de Thomas Mann (paradógicamente optimistas) no se cumplieron, para deleite del resto de los mortales , que somos más.

 

¿QUÉ ARTE PARA EL SIGLO XXI?

ARTE PARA EL SIGLO XXI

 

Seguramente mi mayor dificultad para “(re)encontrarme” con Thomas Mann…y con Lukàcs radica en mi desacuerdo con sus análisis sobre las características del arte sumido en la crisis del siglo XX:resumiendo el asunto, tanto uno como otro estaban muy seguros de que el sustento del nuevo arte “burgués” emergente (en música sobre todo, pero también en literatura) nacía de la irracionalidad y que ésta era “diabólica”. Por su parte, Brecht (tras una primera etapa estupendamente ácrata e iconoclasta) tampoco dejaba de alertar contra “el irracionalismo mistificador” y se esforzaba en proponer un arte “científico”.

 

Recuerdo muy bien cómo me afectaron sus opiniones (y sus obras de creación) cuando comencé a leerlos asíduamente a los quince años. Acababa de leer “El Anti Dühring” de Engels y la cuestión que Brecht me planteaba era si frente a las diversas formas del arte “burgués” había una respuesta, y cuál, desde el lado del proletariado, etc. El debate sobre el “realismo socialista” aún estaba vivo (¡cosas de la resistencia antifascista!) en la izquierda española, entre cuyos artístas, especialmente entre las gentes de teatro, Brecht aún tenía gran predicamento a finales de los años sesenta (en Zaragoza muy especialmente, debido a la “escuela” del Teatro de Cámara dirigido por Juan Antonio Hormigón, que es con la que personalmente tomé contacto por entonces).

 

Afortunadamente para l@s comunist@s zaragozan@s, la actitud abierta, nada dogmática, de Vicente Cazcarra ante los derechos propios de la creación artística, nos permitió vivir muy libremente nuestras búsquedas personales. Si aquí hubiéramos tenido un dirigente de su talla empeñado en “obligar” a producir en tal o cual sentido  (como los hubo en otros sitios) nuestro desarrollo hubiera quedado, sin duda, muy limitado…o nuestra militancia no hubiera durado tanto.

 

Personamlente, mis lecturas eran de lo más variado y mientras iba devorando a Brecht seguía leyendo con entusiasmo a Valle-Inclán, descubría las paradojas de Kafka, el absurdo de Beckett, los cuentos de Cortázar… y muchas otras cosas que nada tenían que ver con las “doctrinas” imperantes en la izquierda ni en la derecha. Y, por supuesto (un por supuesto, diríamos, generacional), leía a Freud conforme iban apareciendo sus obras en la colección Alianza bolsillo.

 

A mi alrededor (pero con unos cinco y diez años más que yo), la gente leía por entonces a Marcuse, a Proust (que también estaba saliendo en Alianza), a Fromm (el del “Miedo a la libertad”) y si entraban en teorías, a Hauser (Arte) y a Glucksmann (Literatura). También estaban de moda entonces los tomazos del antropólogo estructuralista Levi-Strauss. Pronto mi amistad con Mariano Anós me llevaría De la Volpe y a tantos otros ensayistas de inspiración marxista que iría publicando la editorial “Comunicación”  de Alberto Corazón (rodeado por un sabio grupo de camaradas del PCE puestos al día, con quienes, nuevamente a través de Juan Antonio Hormigón, teníamos contacto algunos militantes de Zaragoza). De modo que aquellas (más suyas) serían también mis lecturas…hasta que al filo de 1971 un (me pareció) entusiasta Juan José Carreras pusiera  tras la pista de Gramsci y con ello comenzara toda una época de reflexión, muy distinta, apoyándome en sus muy sugerentes (por entonces aún editados “temáticamente”) “Cuadernos de la Cárcel”.

 

Volviendo a los últimos sesenta, cuando por esos años comencé a escribir de una forma un poco disciplinada y constante, los poemas y relatos que “naturalmente” surgían de mi cabeza tenían más de expresión (liberadora, para mí) del inconsciente que de reflejo y “mímesis” de la realidad y de sus contradicciones objetivas, etc. Lo “universal” tenía poca cabida en mis escritos y tuve que reconocer ante más de un camarada y amigo que se trataba de textos muy, pero que muy subjetivos. Mi impresión era, dicho rápidamente, que pese a las constricciones de la “doctrina”, todo en el arte, en general, eran aportaciones desde lo subjetivo y que lo que hacían algunos (con mejor o peor fortuna) no era sino erigir rápidamente un monnumento “objetivo” y “universal” a su propia subjetividad.

 

Si miro hacia  atrás a todo lo que he escrito desde entonces nada me desdice de aquella intuición juvenil mía. Creo que si he sido fiel a algo en mi escritura ha sido a la expresión de mi propia subjetividad y si he tenido algún compromiso en la escritura ha sido el de no pretender hacer de ella una “teoría” objetiva. De modo que, mirado con los ojos de Brecht, Luckàcs o Thomas Mann (y otros menos inteligentes, hoy perfectamente olvidados) mi tarea como escritor no puede ser más criticable para mal, y eso, lo reconozco, me preocupaba. Pero ¡ahí está!, ¡es la mía!

 

Sin embargo, no puedo decir (como ya han tenido Ustedes ocasión de darse cuenta) que las cuestiones teóricas sobre la “respuesta” del arte a la crisis cultural y a la concreta correlación de fuerzas en cada momento de la lucha de clases me sean ajenas. He seguido rumiando una y otra vez aquel alimento intelectual de mi primera juventud (y agunos otros platos de “nueva cocina”) preguntándome siempre por el sentido de mi escritura, su “oportunidad” y su “necesidad”…

 

A lo largo de casi cuarenta años he ido encontrando (o creyendo encontrar) respuestas concretas a mis preguntas, y así proyecté y realicé libros de acuerdo a esas respuestas que, al menos como aproximación” guiaron  mi escritura en cada momento. Pero no ha sido sólo eso (con ser lo más importante para mi vida) lo que me ha interesado, sino el tener un punto de vista “panorámico” con el que poder valorar “históricamente” las obras de mis contemporáneos sin dejarme arrastrar por las modas y los proyectos económicos de salas de arte y editoriales (si es que no son una sola y misma cosa).

 

Aunque haya concluido (¿concluido?) que mi personal forma de “responder” a las preguntas sobre el sentido de la literatura contemporánea es, y está bien que así sea, la escritura de nuevas obras (o el silencio, que también a veces es una aceptable respuesta); aunque mi “práctica artística” esté ahí como forma de expresión de preguntas y respuestas sobre las cuestiones de fondo, y esa expresión mía personal haya eludido siempre –al menos, hasta ahora – la evidencia de ese debate interior en medio del que han sido escritas, es cierto también que dicho debate ha seguido su curso sin encontrar, desde hace tiempo, cauces por los que discurrir (y vale perfectamente aquí esta expresión).

 

Seguramente por eso he vuelto a Thomas Mann y a Lukàcs este verano del 2008, no tanto por esperar que sus textos me inspiren ahora directamente (a Mann lo siento francamente lejano y a Lukàcs me parece haberle sepultado una avalancha de realidad bajo la que sus altisonantes palabras me resultan patéticas), cuanto por ver si pueden funcionar como soplillos en el rescoldo y avivar un fuego en el que, para qué voy a nergarlo, me gustaría ver muy altas llamas. O dicho de otra forma, me gustaría atisbar cuál es, a  principios del siglo XXI, el sentido histórico del arte que se está produciendo entre nuestros contemporáneos. 

 

No me sirve (del todo) guiarme por mi gusto, andar con los ojos y los oídos muy abiertos, “estar al día”, etc. (Un gusto en cuya formación siempreme esforcé, conscientemente, en que no se produjera un cierre ante - ni mucho menos, contra – nada por dogmatismo ni enclaustramiento y gracias a lo cual aún puedo entusiasmarme con tal o cual obra “sintomática” al menos para mí). A  menudo deseo encontrar un estable punto de apoyo intelectual sobre el que sentarme un momento de vez en cuando a recapitular y “hacer balance”. ¿O es que, precisamente, la historia y mi biografía me han arrebatado esa posibilidad de “apoyo seguro” y debo renunciar definitivamente a ella?

 

Las dificultades actuales de la humanidad en este principio del siglo XXI: el aparente caos en el que se mueven los temibles poderosos de ahora y las contradictorias noticias que recibimos sobre los movimientos de emancipación, ¿requieren, también en el arte, alguna respuesta? ¿No es posible, al menos, hacerse una idea de las necesidades generales de expresión y de las principales propuestas en marcha?

 

Mientras sigo en un ¡ay!, voy preparando ese libro sobre la luchas obreras en Giesa y alguna otra cosa más relacionada con la transmisión de la memoria de la lucha antifranquista en Zaragoza. Son tareas sobre cuya "oportunidad" y "necesidad" no tengo ninguna duda. ¡Algo es algo!

"DOKTOR FAUSTUS" : EL FINAL. (Y EL COMIENZO DE LECTURA DE OTRA NOVELA DE THOMAS MANN)

“DOKTOR FAUSTUS” DE THOMAS MANN: EL FINAL

 

Ahora que ya he acabado de leer el “Doktor Faustus” de Thomas Mann creo que puedo darles más razones (aún) para interesarse por esta novela, por si mis anteriores comentarios no les han hecho ya desear leerla.

 

En cualquier caso, me parece haber dado con una buena idea: ésta de ir comentando la lectura de una obra precisamente mientras se va leyendo, sin esperar hasta el final, de modo que las reacciones que van surgiendo no tengan en absoluto ese aire de “veredicto final” que parece esperarse de una crítica. En realidad, estos comentarios no pueden considerarse como tal. Se trata de otra cosa, llámenla Ustedes como prefieran.

 

Mi lectura de “Doktor Faustus” ha sido todo menos acrítica, pero también todo menos apasionada. Lo escrito escrito está, y es evidente casi ninguna de sus páginas me ha dejado indiferente. Tampoco las últimas doscientas cincuenta, en las que he seguido encontrado aquí y allá motivos de irritación pero también elementos de una gran fuerza expresiva y de un alto voltaje intelectual.

 

 Hay capítulos enteros, como los XLI y XLII (la petición de Adrián al violinista), los XLIV y XLV (el del “sílfico” niñito Eco), el XLVII (la confesión de Adrián) que me desagradan indeciblemente.

 

 Pero hay páginas sobre Hegel y Kant a proposito de la música (634), sobre la réplica “diabólica” a la Novena de Beethoven (662: “lo que no puede ser”), sobre la relación entre las privaciones y la creatividad (669), sobre la música como lamento (673) y la cantata de Adrián “Lamento de Doktor Faustus” (669-681) o, por último, las consideraciones del Epílogo sobre la acogida de su madre al enfermo Adrián (703-708) que me han emocionado…para bien.

 

De hecho, en muchas de las páginas del “Doktor Faustus” de Thomas Mann, ahora puedo decirlo con total rotundidad, he encontrado un potente iman que ha orientado mis pensamientos y una contínua sugerencia intelectual. De ahí mi lectura de la biografía de Thomas Mann por Kreuzke y de los textos de Lukàcs referidos a esa novela suya.

 

Me he reencontrado ante la expresión de un nudo problemático importante: la crisis de la cultura europea del siglo XX, el agotamiento de ciertas formas de expresión artísticas, el debilitamiento de la gran corriente humanística y racionalista heredera del siglo de las Luces, de los ideales del Renacimiento y, en definitiva, de los moldes de la civilización clásica  grecolatina. Con el transfondo de las contradicciones sociales y políticas de la Alemania embarcada en dos grandes Guerras Mundiales.

 

A la expresión “desde dentro” de tales contradicciones (desde la óptica de la “alta cultura germánica”) hubo de atender una de las cabezas mejor dotadas del campo marxista, la del húngaro György Lukács, cuya lectura, y la de las novelas de Thomas Mann (¡ya hace casi cuarenta años!)  influyó mucho en mi formación intelectual. En mi juventud intenté aproximarme a ese nudo de asuntos (al que llegué por las obras de Bertold Brecht, la tercera pata del banco) y lo intenté porque de una forma natural hice mías las contradicciones que se expresaban y a las que se pretendía dar distintas salidas. Entonces fue primero Brecht, segundo Brecht y tercero Lukács, quienes me pareció que daban respuestas más interesante al asunto, al que también me pareció necesario acceder vía Nietzsche pero no via Sartre, y esto último por una dificultad mía de receptividad (que se mantuvo ya siempre, ¡qué le vamos a hacer!).

 

La vida (la mía y la de millones de personas) ha dado varias vueltas en los últimos cuarenta años y todo lo que nos ha tocado vivir y ver vivir  puede que haya tenido como consecuencia una vuelta – al menos, en mi caso – a los asuntos de fondo de aquella crisis cultural embarazada de una crisis de civilización. Y aquí ando de nuevo leyendo a Thomas Mann, como quien se da una segunda (o enésima) oportunidad.

 

Y me importa decirles que, a pesar de mis rechazos hacia muchos de los recursos literarios de Mann (con quien, por otra parte, sigo sin tener ganas de tomarme ni media cocacola), la reciente lectura del tomo III de su tetralogía “José y sus hermanos” y sobre todo ésta de “Doktor Faustus” (pero me alegra ver que tanto su biógrafo Kreuzke como Lukàcs también conectan temáticamente el José de Mann con su Fausto), estas obras me han hecho recordar a otros autores que, como Foucault o Derrida, me parecieron también seriamente importantes y a los que no encuentro actualmente interlocutores de su talla.

 

¿En qué novelista de mi generación (no digo necesariamente español) pueden encontrarse análisis de fondo sobre la crisis cultural (y etcétera) en la que nos encontramos tan rícamente (algun@s) globalizados? ¿Qué autores se dedican a enfocar los problemas actuales desde su raíz? ¿Quién se arriesga, en esta época de cinismo, a plantearse las cosas de la vida seriamente, con la gravedad que requieren? ¿Quién se aleja del corro del jajajá?

 

¿O soy yo el que no ha conseguido aún llegar, no ya a la posmodernidad, sino a la mismísima, ya antiquísima, modernidad?

 

Así que esta mañana, aprovechando que hacía un viento agradabilísimo (que no disfrutábamos en Zaragoza hace ya varios días), me he acercado a una librería y me he comprado una de las pocas novelas de Thomas Mann que me quedan por leer y también una de las últimas que escribió: “Carlota en Weimar”, en traducción de Francisco Ayala (Alfaguara, 2008).

 

Y hasta puede que les vaya contando en este blog qué tal me va sentando su lectura, lo que (se) me va ocurriendo. El que avisa no es traidor…

 

 

"DOKTOR FAUSTUS", THOMAS MANN, LUKÁCS...Y UNA NUEVA MIRADA SOBRE ADMIRADOS AUTORES

“DOKTOR FAUSTUS”, TOMAS MANN, LUKÁCS, ETC.

 

Mi admirado amigo Mariano Anós escribe por estos días un blog (http://sitios08.blogia.com) en el que va dando cuenta casi diariamente de los progresos de aproximación a la puesta en escena del espectáculo “Sitios Saragosse” y no sé si es cosa de contagio pero lo cierto es que yo llevo ya unos cuantos días dándoles cuenta de los progresos de mi lectura de la novela “Doktor Faustus” de Tomas Mann…y de algunas lecturas más.

 

 Puede que les esté dando la tabarra con este asunto, pero eso tiene, en su caso, evidentemente, fácil solución. No la tiene tan fácil en mi caso, pues este dar cuenta de mi lectura de esa novela me está obligando mucho más de lo que imaginaba cuando comencé a despotricar sobre ella. Tengo la impresión de que mientras leo a Thomas Mann y a Lukács estoy haciendo interiormente un doble ajuste de cuentas: con las cabezas de la “alta cultura” europea y con las cabezas de la “crítica revolucionaria” del siglo XX. Mann y Lukács, cada uno desde su elevado puesto en la lucha de las ideas no dejan de parecerme, definitivamente, dos grandes ejemplos de las terribles cegueras intelectuales de su época.

 

No me arrepiento en absoluto, por eso, de haberlo hecho hasta aquí, pero, como les anunciaba en un anterior breve mensaje de náufrago, desde que llegué a la página 450 (en la edición española de Edhasa, colección Pocket en la que leo esta obra) y leí que Serenus se desencantaba ante las palabras de su admiradísimo Adrián me fui animando mucho más en su lectura, acaso porque realmente (es decir, al margen de mi personal experiencia lectora) la novela cobra nuevos bríos y ofrece mejores contenidos. Así me lo parece, como me pareció hasta esa página que esta novela de Tomas Mann adolecía de muchas fallos y flaquezas.

 

Es curioso que la decepción de Serenus tenga lugar por las palabras que Adrían  había dicho sobre el arte y sus obligaciones sociales. “Un arte – escribe el decepcionado Serenus – que emprende ‘el camino del pueblo’, que hace suyas las necesidades de la masa, del vulgo, de la mediocridad, acaba por caer en el desvalimiento y sólo puede vivir de la ayuda del Estado”.  Parece ser que para el profesorcillo Serenus (al que lo más importante que le ha pasado en su vida es haber conocido a Adrián) “el camino del pueblo” es sinónimo de “necesidades de la masa, del vulgo” incluso “de la mediocridad”. Como en ningún sitio se recogen las palabras que había dicho Adrián, nos quedamos sin saber cuál fuera su sentido exacto más allá de este personalísimo resumen de su fiel admirador…hasta ese día.

 

Pues bien, el ejemplo me sirve para el asunto que he tratado en otras ocasiones: la transcripción que Mann hiciera  de las ideas de Shönberg y de Adorno bien pudieron sufrir los mismos deslizamientos e imprecisiones en los que incurre su personaje Serenus al intentar reproducir el pensamiento de Adrián. Y eso es de lo que hasta ahora me he venido quejando. Pero llevaría sin duda demasiado trabajo el acarreo de citas de unos y otro para demostrar cómo lo que en un contexto adecuado tiene pleno sentido y razón… y bastante menos en esa novela.

 

A la altura de la página 450 de “Doktor Faustus” andaba yo ya metido hasta las cejas en el libro de Lukács “Thomas Mann” (Grijalbo, 1969), compuesto por tres ensayos, de los cuales el segundo “La tragedia del arte moderno” está dedicado precisamente a “Doktor Faustus”. Lectura que me está resultando también muy reveladora.

 

Escrito en 1948 (Lukács tenía la obsesión de fechar sus trabajos – después de la feroz crítica del núcleo dirigente el partido bolchevique y de la II Internacional a su juvenil “Historia y conciencia de clase” procuraba cuidarse muy mucho de dar un paso con el pie cambiado), es un texto típico de su autor, entregado al análisis de la crisis del arte del siglo XX (“por un lado, el humanismo burgués en avanzado proceso de descomposición y, por otro, los poderes reaccionarios, mistificadores y demagógicos que instrumentalizan esta descomposición a favor del capitalismo monopolista”, p. 112), una crisis, por cierto, que Lukács observa, en 1948, desde la atalaya de un Moscú al que también podía atribuirse – pero eso él no lo pensaba – la mistificación y demagógica instrumentalización de esa crisis del humanismo burgués… y de la crisis del movimiento comunista internacional a favor de una oligarquía burocrática pseudorrevolucionaria.

 

Leer a Lukács en estas fechas del siglo XXI es terrible, al menos para quien no  fue terrible su lectura en los setenta del siglo XX, como es mi caso. Que para entonces ya me molestase que metiera en el mismo saco a “Shopenhauer y Wagner, Nietsche y Freud, Heidegger y Klaes”, todos ellos “musagetas de la reacción moderna” (TM, p. 111) y que escribiera exabruptos sobre la literatura de Joyce, Beckett y Kafka no me impedía intentar comprender las razones del sabio húngaro…y de hacerlas  mías.

 

Ayer,  mientras leía esas páginas de 1948 me sentía francamente abrumado y pesaroso y, si no radicalmente separado de su estela (pues sigo inspirándome en el marxismo a la hora de analizar las cuestiones sociales y culturales), sí muy contrario a sus sentencias.

 

Me divirtió, por eso, leerle: “[…] hoy Arnold Shönberg, con su insistencia a posteriori en reclamar la ‘propiedad intelectual’ de la música de Adrián Leverkühn, no consigue sino hacer reir” (TM, p. 77). A la vista de la documentación existente sobre el asunto de la colaboración de Schönberg con Mann en la redacción de los pasajes dedicados a la música en esta novela, es más bien Lukács quien hace reir. Por mi parte, estaría dispuesto a darle la razón al sabio, pero en un sentido totalmente distinto al que tienen sus palabras. En mi opinión, lo risible (si hay algo de risible en ello) es la pretensión de Thomas Mann de transcribir fielmente la ideas del compositor (y las teorías de Adorno) en su novela.  

 

Eso no obsta para que a la altura de la página 664 de la novela de Mann yo ya tenga que confesarles que, en conjunto, las descripciones literarias que el novelista hace de las obras que compone su Adrián  Leverkühn me parecen maravillosas (su Apocalipsis, el concierto para ciolín y orquesta, las obras de cámara…). ¡Pero es que estas descripciones maravillosas comienzan en la página 492 de la novela! Todo lo que hay antes sigo pensando que son disquisiciones pseudo musicológicas producto de malas transcipciones del pensamiento de Shönberg y de Adorno. Que ambos se enfadaran con Mann no me extraña en absoluto, pero acaso debieron hacerlo no tanto por todo lo que tomó de ellos sino por cuanto fue lo que expresó de mala manera.

 

Me parece muy bien que Lukács reinvindique “la fisonomía intelectual” de los personajes de las novelas de Thomas Mann frente a personajes de otros autores “ cada vez más rebajados en el nivel de sus vidas interiores”. Pero me parece muy mal que la rica vida interior de estos personajes de Mann se vea destripada con textos indigestos. ¡Qué diferente es el texto de Mann cuando da cuenta de las discusiones intelectuales en  la sociedad cultural de Munich! Los capítulos XXXIV (continuación) y XXXV (pp. 503- 536). Cuando Mann se enfrenta a asuntos de los que tiene perfecto conocimiento su pulso y su tino recobran sus fuerzas.

 

 Leer al novelista Thomas Mann sobre la crisis del arte en medio de la crisis histórica de Alemania (p. 490 y sgs.) es interesantísimo. Y leer al sabio Lukács sobre esas crisis también. Pero resulta penoso encontrar en las palabras de aquel una incapacidad para salir “del  pequeño mundo de sus cuartos de estudio” (en palabras de Lukács) mientras éste sentencia a diestro y siniestro contra la degeneración del arte burgués sin darse cuenta (o sin querer darse cuenta) se que él mismo (y no sólo aquellos a quienes maldice), mientras se aprovechaba de los lujos reservados a unos pocos en el Moscú estalinista, estaba “perdiendo así su efectiva influencia orientadora sobre ellas [las luchas sociales] y llegando, en fin, a convertirse en armas ideológicas de la hipocresía conservadora” (TM, p. 110). Es absolutamente terrible leer en el texto de Lukács frases como la siguiente, que podrían perfectamente aplicársele a él mismo: “Esta huida tenía originariamente un objetivo bien concreto: salvar la pureza de unos ideales cada vez más corrompidos en las nuevas luchas”. ¡Qué cosas!

 

Continuará…

"DOKTOR FAUSTUS" DE TOMAS MANN: ¡POR FIN SE MUEVE!

Por fin, el deseado momento: en la página 450 (de 710 de la versión castellana de Edhasa, 2005) Serenus sale de su embobamiento: "Me había decepcionado Adrián y me habían decepcionado sus palabras..."

A partir de ahí, la novela se encamina por senderos mucho más interesantes; los fenómenos alternantes de depresión / exaltación en l@s artisas (p. 490 y 494), la crisis del arte vinculada a la crisis histórica de los años treinta (p. 490 y siuientes) y, sobre todo, los capítulos XXXIV (continuación) y XXXIV final, dedicados a las reuniones artístico-políticas en las que se van deslizando los argumentos de la cultura alemana de la época (p. 503-525).

Parece como si el despertar crítico de Serenus hacia su admirado amigo Adrián arrojara una nueva luz sobre la narración y en ella Thomas Mann comenzase, por fin, a escribir de lo que más sabe: de la crisis de la cultura y el arte de la época de entreguerras y del clima moral en el que se gestó la "barbarización" de la sociedad alemana.

Prometo contarles cosas interesantes, ¡por fín!, de la lectura de este novelón y de la lectura de los textos de Lukács sobre el "Doktor Faustus" de Thomas Mann ... textos que me han decepcionado y verán Ustedes por qué.

EL VIEJO LUKÁCS: BÚSQUENLO EN LA RED

Esto de Internet es estupendo:  escribes Lukács (en realidad, basta con "lukacs") y te salen cantidad de cosas interesantes. Me ha llamado la atención la entrevista que al viejo Lukács le hizo el teoríco marxista (políticamente trotskista) Perry Anderson (autor, entre otras obras, de "Las antinomias de Antonio Gramsci", al que dediqué un juvenil comentario - lleno de enfado - en la desaparecida revista "Materiales" de Manuel Sacristán).

 

En esa entrevista hay una frase que, en boca de Lukács, vale muchísimo:

 

"La fe en una teleología de la naturaleza es algo propio de la teología. Y la fe en una teleología inmanente a la historia carece de fundamento. Pero existe una teleología en cada trabajo humano, íntimamente inserta en la causalidad del mundo físico. Esta posición, que es el núcleo a partir del cual desarrollo mi obra actual, supera la clásica antinomia de la necesidad y la libertad."

 

Se trata de la entrevista a Lukacs por Perry Anderson,  (Selección y traducción: Josep Sarret), publicada en "El Viejo Topo" (Madrid) Original: New Left Review, 1971.

 

Decía Lukács:

 

“En los años `20, Korsch, Gramsci y yo mismo intentamos, cada uno a su modo, enfrentamos con el problema de la necesidad social y con su interpretación mecanicista, herencia de la II Internacional. Heredamos el problema pero ninguno de nosotros -ni siquiera Gramsci que quizás era el mejor dotado de los tres- supo resolverlo. Nos equivocamos y sería un error tratar de revivir las obras de aquel período como si fuesen válidas en nuestros días. En Occidente hay una tendencia a erigirlas en "clásicos de la herejía", pero hoy no tenemos necesidad de ellas. Los años `20 ya han pasado y lo que debe preocupamos son los problemas filosóficos de los años `60. Estoy trabajando actualmente en una Ontología del ser social que espero resuelva los problemas que planteé de un modo totalmente erróneo en mis primeras obras, particularmente en Historia y conciencia de clase. Mi nueva obra se centra en la cuestión de las relaciones entre necesidad y libertad, o, para emplear otra expresión, teleología y causalidad. Tradicionalmente los filósofos han construido sus sistemas sobre uno a otro de estos dos polos: o han negado la necesidad o han negado la libertad humana. Mi objetivo es mostrar la interrelación ontológica entre ambos y rechazar los puntos de vista del "o bien..., o bien" según los cuales la filosofía ha representado tradicionalmente al hombre. El concepto de trabajo es el pivote de mi análisis. Pues el trabajo no está biológicamente determinado. Cuando un león ataca a un antílope, su comportamiento está determinado por una necesidad biológica y sólo por ella. Pero cuando el hombre primitivo se encuentra ante un montón de piedras, debe elegir una de ellas, valorar la que le parezca más adecuada para convertirse en un instrumento, elige entre varias alternativas. La noción de alternativa es fundamental para la significación del trabajo humano, que siempre es por consiguiente, teleológico: fija un objetivo que resulta de una decisión. Así se expresa la libertad humana. Pero esta libertad sólo existe en la puesta en movimiento de una serie de fuerzas físicas objetivas que obedecen a las leyes causales del universo material. La teleología está siempre coordinada, pues, con la causalidad física, y, de hecho, el resultado del trabajo de cada individuo es un momento de la causalidad física para la orientación teleológica de los otros individuos. La fe en una teleología de la naturaleza es algo propio de la teología. Y la fe en una teleología inmanente a la historia carece de fundamento. Pero existe una teleología en cada trabajo humano, íntimamente inserta en la causalidad del mundo físico. Esta posición, que es el núcleo a partir del cual desarrollo mi obra actual, supera la clásica antinomia de la necesidad y la libertad. Pero quisiera subrayar que no estoy tratando de construir un sistema exhaustivo. El título de mi obra -que ya está terminada, pero de la que estoy rehaciendo los primeros capítulos- es Hacia una ontología del ser social. Fíjese en la diferencia. La tarea a la que estoy consagrado necesitará el trabajo colectivo de muchos pensadores para poderse desarrollar. Pero espero que mostrará la base ontológica de este socialismo de la vida cotidiana al que antes me refería.”

 

Verel texto completo de la entrevista en:

 http://espacioagon.blogspot.com/2008/04/entrevista-lukacs-por-perry-anderson.html

"DOKTOR FAUSTUS" DE THOMAS MANN ME SIGUE DECEPCIONANDO...E INTERESANDO

“DOKTOR FAUSTUS” DE THOMAS MANN ME SIGUE DECEPCIONANDO…E INTERESANDO.

 

La infantiloide narración del encuentro entre el diablo y Adrián (protagonista de la novela), las pseudocientíficas teorías sobre la influencia de la sífilis en la creatividad artística, los absurdos pasajes de “viajes al mundo submarino” (que ni de lejos superan la comparación con los del famoso Capitan Nemo), la insistencia en balbucientes teorizaciones musicales con timo, el contínuo aparecer y desaparer de personajes que, como gotas de lluvia, se cuelan inmediatamente por los sumideros del olvido, los comentarios “en tiempo real” del autor sobre la actualidad alemana y mundial (mientras sucede la II Guerra Mundial)…

 

Ya sólo queda menos de un tercio de la novela y aún espero que Thomas Mann consiga ganarse, precisamente en esas páginas, mi respeto. Por eso, imagino, continúo leyéndola y estoy seguro de que la terminaré: su lectura tampoco me hace sufrir.

 

Hay un hilo de continuidad, el asunto del artista y su creatividad, los problemas que sufre el artista en su anhelo de prefección y originalidad, sus renuncias cotidianas,  la reacción del medio en el que vive y del público de sus obras, etc., que sí me parece que merece la pena. El problema es cómo atiende esos problemas, con qué mirada, el co-protagonista y narrador de “Doktor Faustus”, Serenus (el cual merecería más bien llamarse Inquietissimus, incluso Simplicissimus). Su bobalicona admiración resulta tanto más penosa cuanto más “misterios” parece encontrar en la vida y obra de su amigo Adrián. ¿O es que Thomas Mann quiso, precisamente, hacernos percibir la estupidez del admirador absoluto? Ése me parece un buen punto de vista de lectura de esta novela y creo que es el que mantiene mi atención. Pero no parece que Thomas Mann pretendiera precisamente eso: su texto rezuma aires de “grandiosidad” y nada de ironía.

 

Por otra parte, el asunto del artista, etc., había dido tratado ya en famosas novelas, de las cuales sólo mencionaré aquí un ejemplo especialmente notable, para mí muy querido: “La búsqueda del absoluto” de Honoré Balzac, escrita más de un siglo antes, en 1834, en la que, por cierto, no le hicieron hicieron falta ni a Balzac (ni a Balthazar Claës, el  protagonista de la novela), ni una sífilis ni un encuentro personal con el diablo (ni trato con él que valga) para mostrar paso a paso el proceso de obsesión de un artísta con su obra y las consecuencias de ello en su vida cotidiana.

 

Que una novela de corte realista tenga que buscar en elementos “misteriosos” el origen de una dedicación al arte da que pensar. A la altura del ecuador del siglo XX un escritor no tenía por qué valerse del (ya por entonces manido) recurso del “trato con el diablo” para narrar la aventura vital de un artista dotado (o empeñado en exhibir los rasgos) de cierta genialidad. Por supuesto, Thomas Mann era muy libre de retomar “un mito” de la “gran cultura” germánica para colocar su novelón en la lista de los textos que seguían esa estela.

 

Más divertido (si se permite el adjetivo) es el recurso a la sífilis: el Mann musicólogo cede por algunas páginas la palabra al Mann galeno y psiquiatra… para terminar de rematarla. Mi impresión es que en este caso, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”: con sus cuatro pinceladas anacrónicas (para entonces ya se sabía bastante más al respecto), Thomas Mann corre el peligro de acabar apareciendo a nuestros ojos como un escritor tan conocedor de los estragos de la sífilis como de la teoría musical dodecafónica y sus implicaciones en la evolucion de la cultura de su época, lo cual sería sería injusto.

 

Hay un interesante artículo en la Red: “Irracionalismo, negatividad y música en el “Doktor Faustus” de Thomas Mann de Inmaculada Murcia Serrano; me parece que resume muy bien el conjunto de cosas inteligentes que se suelen escribir sobre esta novela, una especie de “estado de la cuestión” perfectamente “ortodoxo” al respecto. Al leerlo me he dado cuenta de ese tipo de argumentos no me convencen.  Escribe Inmaculada Murcia Serrano, or ejemplo: “Thomas Mann trataba de poner de manifiesto en esta novela, no sólo la esterilidad creativa de la época, como él mismo reconoce, sino, sobre todo, las causas de esta esterilidad, que venían determinadas por la constatación de que la cultura europea, que había alzado como bandera la razón y la ilustración frente a lo irracional y la superstición, había desaparecido.” ¿Realmente había desaparecido? ¿No se trató, más bien, de una deserción intelectual de la burguesía europea? ¿Acaso nadie oponía argumentos contra esa “barbarización” del medio cultural (y vital) alemán ante el que Adrián y Serenus permanecen, cada uno a su manera, impotentes?

 

El asunto de la música y lo irracional, lo dionisíaco (o demoníaco) contrapuesto a la belleza guidada por la razón, etc., por mucho Nietzsche y Schopenhauer, Adorno y Schönberg que Thomas Mann tuviera en mente mientras componía su novela, lo cierto es que sus disquisiciones pecan de un dilettantismo preocupante, un dilettantismo que además no tiene en cuenta las propuestas culturales racionales que (no sólo, pero también) desde la izquierda marxista se estaban haciendo en esa época. En el universo intelectual y moral de Thomas Mann esas propuestas no existen: ante la racionalidad burguesa no se yergue sino la irracionalidad demoníaca del horror nazi. Por cierto: Ni Adorno ni Shönberg planteaban precisamente nada aprovechable por la ideología nazi; entonces, ¿por qué sus “modelos musicales”, en manos de Thomas Mann, aparecen en el otro plato de la balanza? ¿No habría que poner en él, más bien, los himnos y cánticos (y las orgías de sangre) de las SA, de las SS, todos aquellos himnos guerreros de la ortodoxia nazi? Todo esto me hace desear releer al (ahora tan injustamente olvidado) György Lukács. Su “Thomas Mann” (1957), quien, por su parte, si mal no recuerdo (hace ya tantos años de todo...) trataba  con bastante generosidad tanto a Thomas Mann como a su “Doktor Faustus”.

 

¿Por qué un escritor como Thomas Mann, cuyas novelas sobre la familia Budennbrook o del estafador Felix Krull me parecen estupendas se empeña en su madurez en escribir una novela que me parece tan…mala? Ésta es la pregunta que me estoy haciendo desde que comencé a leer su “Doktor Faustus”.  La otra pregunta que también me hago cada día es: ¿por qué me empeño en acabar de leer una (larga) novela que no me está gustando? A más de un@ de Ustedes les habrá ocurrido alguna vez.  A mí, con demasiada frecuencia, lo cual seguramente dice más de mis debilidades que de la calidad de las obras que leo.

 

Creo que ambas preguntas son las dos caras de una misma moneda. Creo que, entre otras cosas, aquellas juveniles lecturas mías del maduro Lukács, sus apasionantes análisis y sus impresionantes juicios sobre “obras cumbre” de la literatura todavía influyen en mi, en cierta medida, “obligado” acercamiento a ciertas novelas que (acaso sea fallo mío: esperar “otra cosa” de las personas y de sus obras es una de mis equivocaciones más notables) no consigo disfrutar.

 

Creo también que los asuntos de fondo que tratan algunas novelas, asuntos que tengo la impresión de que me conciernen y la seguridad de que me preocupan, hacen que insista en lecturas que si por un lado me decepcionan por otro me ayudan, precisamente, a enfrentarme a esos asuntos ante los que reacciono con pasión. Puede que a una novela no se le pueda pedir más.

 

 

Continuará…