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javierdelgado

GLOBALIZACIÓN, DIVINO TESORO (SUYO)

GLOBALIZACIÓN, DIVINO TESORO (SUYO)

 Este busto del meditativo Lenin lleva colgada al cuello mi medalla de bautizo. Su pequeño pedestal de yeso muestra los destrozos debidos a los golpes contra la tozuda realidad.

 

 WORK WON'T MAKE YOU FREE

En estos campos el letrero

no está en alemán, ni en caracteres

góticos, ni ocupa unos metros

de hierro forjado a la entrada.

No existe propiamente una entrada

(tampoco una salida)

en estos que llaman campos

de globalización. Ahora prefieren

dispersarnos con la rápida tecla

de dispersar, mientras concentran

muy mundialmente todo el poder

del dólar (Dollar, dollar, über alles,

über alles in der Welt).

Los aliados de entonces

han ampliado ampliamente su alianza

y en las brillantes pantallas

de sus reuniones alfanuméricas

hablan del work, de nuestro work,

como antes hablaban del Arbeit.

 

INVITACIÓN AL JUEGO DEL GO POR LOS GRANDES BENEFICIOS QUE SIN DUDA APPORTARÁ A SUS VIDAS Y A LAS DE SUS SERES MÁS QUERIDOS SI LOS HUBIERA

INVITACIÓN AL JUEGO DEL GO POR LOS GRANDES BENEFICIOS QUE SIN DUDA APPORTARÁ A SUS VIDAS Y A LAS DE SUS SERES MÁS QUERIDOS SI LOS HUBIERA

El Go (Weiqi en chino) es un juego muy recomendable para sanear las neuronas intermedias del hipotálamo inciso, aunque hay que asegurarse primero de que se tienen tales y en estado de rendimiento. Dícese de este juego de estrategia que es más antiguo aún que las guerras, lo cual nuestra razón lo niega. Debe de tratarse de un cuento chino de los muchos que pueblan la mitología humana sobre la mismísima humanidad. Sí parece más cierta la noticia de que grandes jefes guerreros, pero que muy grandes jefes y muy grandes guerreros, del Oriente lejano ejercitábanse en el tablero para sus continuas necesidades estratégicas, que eran muchas. Lo más cercano que se sabe de tal ejercitamiento es el uso de asesores japoneses por las fuerzas armadas de los USA durante la II Guerra Mundial: dichos asesores preveían los movimientos de las tropas niponas y sus objetivos tácticos mediante la reflexión sobre partidas de Go adecuadas a las circunstancias. Lo que debieron de ver esos asesores debió de ser tan preocupante que los USA mandaron al carajo toda estrategia lanzando los bombazos atómicos de todos  conocidos. Desde entonces no parecen hacer falta asesores nipones ni de ninguna otra etnia para dar ideas en el transcurso de las innumerables guerras que tienen lugar en el planeta y en las que casualmente participan tropas USA. De modo que el Go ha quedado relegado a un papel deportivo-filosófico. Lo cual, si bien se mira, es lo mejor que le podía pasar a ese tan difícil como bonito juego más intelectual todavía que el ajedrez y muchísimo más sofisticado, lo que ya es decir mucho. En España, como suele ocurrir, este juego famoso en el mundo entero no tiene mucha entrada que digamos. Hoy por hoy hay que aprender en inglés. Hay unos pocos libros en francés y algunos artículos en español de Argentina, país en el que hay mucho aficionado al Go y a casi todo, seguramente por su uso sistemático del psicoanálisis y su ingestión masiva de carne de ternera. Este blog pluridisciplinar se honra de asumir la tarea de difundir entre sus lector@s las excelencias del Go, en el convencimiento de que tal cosa redundará en el bien de la humanidad de habla española con acceso a Internet. Por lo pronto, recomendamos que se pinche la dirección de la AGA (Asociación Americana de Go Americana, mira por dónde) que consta en el apartado correspondiente de los enlaces sugeridos en este blog. Con gusto responderé a cuantas preguntas les surjan al respecto (no de la AGA, sino del GO). De vez en cuando iré dejando caer por aquí sabiduría sobre el asunto para perfeccionamiento y regocijo de mis lector@es. De nada.

MELIAS: JARDINES AÉREOS

MELIAS: JARDINES AÉREOS

Este texto salió publicado en Qué!diario Zaragoza el miércoles 3 de mayo

La Melia o Cinamomo (Melia Azedarach) es un elegante árbol de origen asiático. De hoja caduca, grande y compuesta: bi o tripinnada, con foliólos ovales ligeramente dentados. Sus flores, reunidas en panículas auxiliares, son de color lila y exhalan un maravilloso perfume que recuerda al de las lilas. Sus frutos son drupas redondas y amarillas, del tamaño de una cereza, con cuyas semillas monjes budistas  fabrican rosarios. No deben comerse, pues son venenosos. Quedan en las ramas durante el invierno, lo que da un aspecto característico a estos árboles. Hay más de 800 melias en Zaragoza. El grupo más numeroso y compacto está en la plaza de San Francisco, cuyos ejemplares más viejos fueron plantados en 1940. En la Avenida de América hay más de 90 ejemplares en sus aceras y unos 60 en la calle Franco y López. Pronto florecerán y sus copas se transformarán en perfumados jardines aéreos*.

* Una semana después ya han florecido las melias y puede disfrutarse de su hermosura plástica y del denso perfumen que exhalan sus flores, uno e los regalos más bonitos de nustra primavera zaragozana (y eso que hay muchos).

IR AL CINE. PREPARATIVOS. PRI MERA PARTE ABRUPTAMenteacabadaporloqueseverá

IR AL CINE. PREPARATIVOS. PRI MERA PARTE ABRUPTAMenteacabadaporloqueseverá

Buscas en tu guía portátil. Ahora todo es portátil, y eso es cómodo y práctico, sobre todo tratándose de guías: pues no hay que retrasar la salida por mirar sus datos, los que habrán de servirte para encaminar tus pasos una vez en la puta calle, una vez fuera de una casa que hoy se te cae no precisamente encima sino bajo los pies, bajo el culo, bajo los bajos que no deben, al parecer, mencionarse ni siquiera en los blogs porque como dicen ahora “canta mucho”.

 

 

Si en un blog no se escriben las burradas preferidas para qué se inventó ese invento, para qué se salta uno los bajos del editor, del impresor, del censor, del mercado y de sus leyes, de la correcta presentación en sociedad de los textos con aspiración a textos sagrados de la pulcritud, la vainica doble y las puntillas. Algun@s amig@s se van a enfadar conmigo por poner estas cosas pensando que lo digo por ell@s y que vaya forma de respetar lo que hacen otr@s y patatín y patatán. Si en un blog no enfadas a ningun@ de tus amig@s, para qué sirve un blog: ya estaban antes otros procedimientos de molestar a la gente y eran más brutales.

 

 

Al fin y al cabo esto no hay por qué leerlo precisamente porque no hay por qué escribirlo, que de eso viene según un diccionario muy bueno la palabra “blog”: invento para pasar el rato escribiendo, eligiendo imágenes, etc., con la seguridad de que será hecho público al momento sin ningún tipo de filtro de calidad, lo que exime a sus autores de cualquier obligación estética o moral al respecto y a sus lectores de cualquier derecho que no sea el de no abrir tal o cual blog si en general sus contenidos hieren su(s) sensibilidad(es).

 

 

Pero quién ha dicho (en ese diccionario estupendo no viene) que un blog tenga algo que ver con la sensibilidad de nadie. Un blog es una máscara pero sin carnaval y un acertijo sin solución en la última página. En un blog, como en aquello otro más antiguo y exacto, todas hieren y la última mata. Y si no pues no es tan blog como podría serlo. Y ya que es un blog, cada cual que aguante su vela y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga.

 

 

El caso es que buscas en práctica tu guía portátil mientras vas andando cualquiera sabe a dónde, desde luego tú no, y buscas los nombres que te suenen de algo apropiado a la ocasión. Se trata de ir al cine, vamos a dejarlo claro desde ya. De ir al cine acompañado, en compañía, con alguna persona preferiblemente no ciega o también ciega si hay que cubrir el cupo del tanto por ciento de minusvalías atendibles por el ciudadano medio; pero en ese caso valdría más elegir a una persona manca o coja o sin un solo diente o enana o sumida en la noche del Alzheimer. Pero pongamos que en la lista salga el teléfono de alguien cieg@: pues también valdría, por qué no, si lo que se pretende no es sino asegurarse de que un flanco de la fila de butacas esté ocupado por alguien con quien previamente has quedado en sentarte un@ al lado de otr@. El otro flanco debe dejarse abierto a la casualidad, por si en esa butaca se sienta quien desde ese momento abre una nueva vía de perfección humana, en todos los sentidos, en tu vida. Nunca se sabe. Los cines no están llenos hasta que no cabe ni un alma más y mientras quepa una o dos almas pueden ser una u otra el alma que te anda buscando por este valle de lágrimas y expos con tu nombre en la frente y una espada flamígera en el bolso o en lo que lleve a mano, dispuesta a metértela por el culo de tu alma y hacerte sentir que tu vida no tiene sentido si no acabas ligando con esa persona, cinéfila o no, para el caso es lo mismo, que se ha sentado a tu lado en el lado no ocupado por quien llegó y se sentó junto a ti porque así lo habíais convenido, incluso implícitamente, porque no se suele quedar para ir al cine y decir: oye, nos sentaremos junt@s; ya se comprende que así se hará. Es más, si no se hiciera resultaría francamente raro. Todo el cine clamaría con voz de reprovación: ¡Pero a qué han quedado si luego se sientan cada cual en un sitio sin rozarse un codo!

 

 

Pues vas andando y tus pasos parece ser que te dirigen (es un decir: no hay paso que dirijan, eres tú mism@ quien escribes tu historia, ya sabes, un ser humano dotado de dignidad y recursos adscritos para ser, así, únic@ en el mundo, qué digo, en el universo; y un ser humano dirige necesariamente sus pasos incluso cuando no pone especial atención en la dirección que lleva su andar. Algo sabrá, una cierta idea se habrá hecho a fin de cuentas, aunque lo negara no lo creyeras: o es human@ y sí lo sabe o no es human@ y puede ser que no. Pues vas andando y buscando en la guía del móvil) porque ahora las guías de teléfonos están dentro de los teléfonos, no fuera como antes que cada cosa estaba en su sitio y había un sitio para cada cosa. Ahora no: ahora todas las cosas, incluso algunas inimaginables, están o en el móvil o en los papelitos amarillos que se despegan y se pierden los mensajes. La memoria es móvil, pero la memoria del móvil no, dentro ya del móvil no; si no sería como los papelitos esos amarillos: sopla una brisa y adiós muy buenas.

 

 

Buscad y encontrareis. Si buscáis en la guía de teléfonos del móvil casi seguro encontrareis teléfonos de vuestro interés pasado, presente o futuro, o todo a la vez. Allí, en la pantallita, los encontraréis, preparados (y si no, mala cosa es, algo falló, preguntad en el teléfono de la esperanza de cada móvil o al proveedor menos canalla o a una persona de cierta confianza ante la que no os dé demasiada vergüenza de quedar como torpes, pero si a tod@s nos pasa lo mismo al principio; es que tú ya estás al final y sigues sin saber cómo se hace lo de las listitas de las guías, ¡ah!, querid@, lo tuyo es para otro artículo de estos de los blogs, incluso deberías dejar de leer este blog y casi casi cualquiera otro blog. ¡Terminantemente! Si tu caso es el de quien aún anda con problemas de ese tipo, aquí se acaba la función para ti. ¡Faltaría más! Otra ocasión habrá para dirigirme a lector@s preparad@s técnicamente (no pido más) para comprender aquello que pretendo difundir. ¡Maldita sea!

 

ELOGIO DE LA ROSALEDA DEL PARQUE GRANDE DE ZARAGOZA EN ESTOS DÍAS DE PRIMAVERA EN LA QUE LAS ROSAS Y EN GENERAL TODAS SUS PLANTAS BRILLAN Y PERFUMAN MARAVILLOSAMENTE

ELOGIO DE LA ROSALEDA DEL PARQUE GRANDE DE ZARAGOZA EN ESTOS DÍAS DE PRIMAVERA EN LA QUE LAS ROSAS Y EN GENERAL TODAS SUS PLANTAS BRILLAN Y PERFUMAN MARAVILLOSAMENTE

 Este texto, con pequeños ambios, pertenece  a mi "Pequeña Guía del Parque Grande", Zaragoza, 1997, pp. 31-34

Hemos llegado junto a un niño que ha conseguido atrapar una estrella. Estrella de mar o estrella del firmamento, quién lo sabría decir. Nos encontramos en medio de una dos zonas del mismo mundo romántico: a un lado el umbrío aroma de los altos cipreses (Cupressus sempervirens), ensimismados en su propia verticalidad. Al otro lado la luminosidad horizontal de los caminos entre aromas de rosas. Cipreses y rosas. ¿Nostalgia y esperanza? ¿Las penas del amor y también sus alegrías? ¿La muerte y la vida? ¿La mística y el erotismo?En los cuentos orientales el ciprés representa frecuentemnte al joven enamorado y la rosa a la bien amada. Los tenemos aquí reunidos en este jardín. Fugacidad de las rosas, eternidad de los cipreses.

Cuando en 1940 se construyó esta Rosaleda hacía muchos siglos ya que la rosa y el ciprés convivían en el simbolismo del amor. La rosa en su aspecto humano, pasional  y carnal; el ciprés en su aspecto divino y espiritual. Así, en este jardín  del Parque Grande  podemos percibir el impulso de la pasión amorosa y también del fervor místico.

Pasear entre rosales. Los fornidos y tupidos setos de aligustre definiendo contornos ajardinados. Las rosas, de muy diversos tipos, perfectamente  distribuidas, alternando formas, texturas, colores y olores. Los aligustres arbustivos guardando los rincones de cada parterre. Las falsas acacias (aquí Sophora japonica pendula) de los centros, de extrañas ramas colgantes y muy tortuosas, con sus hojas completamente enrolladas en sí mismas, presentan una imagen sofisticada de belleza inusual. Las moreras péndulas (Morus alba pendula), con sus grandes hojas en flexibles ramas que parecen desfallecer de pura languidez.

Todo, proporciones y formas, hace pensar en ese locus amoenus (lugar agradable) del que ya nos hablaba la literatura medieval: recinto privilegiado del encuentro amoroso y también del encuentro con uno mismo y con las decisiones personales que labrarán un destino. Amor y meditación.

Por aquí también escucharemos claramente el canto de los pájaros, generalmente ocultos a nuestras miradas entre el impenetrable ramaje de los cipreses. Por cierto, en uno de esos viejos cipreses (en este caso, un Cupressus macrocarpa) que fanquean el camino central podemos ver el resto de una gran hiedra que atenazaba y tronco y ramas del árbol. Se cortó su tallo para que se secara y no perjudicase con su abrazo la vida del ciprés. En este jardín de amor alguien verá en ella un símbolo vegetal del “mal amor”, el amor egoísta, que puede dañar mortalmente a su víctima.

En el extremo opuesto al monumento a Rubén Darío (obra del escultor oscense Ángel Orensanz) encontramos árboles de dos especies muy interesantes: la melia (Melia azedarach) y el árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica). Este último se ha difundido bastante en nustra ciudad. Sus delgadas ramas de lisa corteza gris y sus características florecitas lilas lo hacen inmediatamente reconocible. Si es otoño, sus pequeñas hojas ovaladas toman una coloración roja de impresionante luminosidad. Las melias tiene un porte inolvidable: sus copas tienen el toque exótico y elegante de lo oriental. De sus flores emana un denso perfume agradabilísimo, semejante al de la lilas. En la cima de sus copas forman verdaderos jardines aéreos. Con los huesos de sus frutos hacen rosarios los monjes budistas. Como hacen rosarios los monjes cristianos con los pétalos de las rosas. 

NUEVAS OPORTUNIDADES. LA TRAMPA SADUCEA. CÓMO RESOLVER DUDAS Y DISMINUIR TENSIONES. APRENDER A APRENDER. CONVIENE MOSTRARSE AGRADECIDO.

NUEVAS OPORTUNIDADES. LA TRAMPA SADUCEA. CÓMO RESOLVER DUDAS Y DISMINUIR TENSIONES. APRENDER A APRENDER. CONVIENE MOSTRARSE AGRADECIDO.

A veces te ofrecen una nueva oportunidad. Metiste la pata y te dicen:

- Venga, que no es para tanto. Si ya está prácticamente fuera. Vuelve a andar...

Y te sientes agradecido.

Hasta que surge la maldita duda:

¿Se trata de ofrecerte otra oportunidad...de meter la pata?

Meterla dos veces en lo mismo y por las mismas fechas es ya una metedura que dejaría mancha como las picotas, las moras, etc.

Y te inhibes. Es natural. No sé si es normal. Pero es natural. ¿Es frecuente inhibirse ante tal duda?

Tampoco tenemos a nuestra disposición estudios fiables sobre tal comportamiento en el caso de los humanos. ¡De nuevo estamos huérfanos de instituciones ad hoc, hic et nunc. Las quid pro quo invaden nuestras intimidades: son como un virus informático voraz.

¿Deberíamos hacer algún gesto de desagravio hacia las personas ante, con, contra, etc., metimos la pata? Y en ese caso, ¿de qué tipo de acciones estamos hablando?

Nos hemos hecho inseguros, más que dubitativos, asustadizos. Preferiríamos desaparecer del mapa, no tener que enfrentarnos con quien suponemos está con razón molest@, resentid@, etc.

¿Está resultando este blog un compendio de dudas - no sé hasta qué punto razonables o simplemente obsesivas - sobre las meteduras de pata, sus consecuencias y los quebraderos de cabeza subsiguientes.

Personalmente, no me importaría ahondar y abundar en este asunto. ¡No son tan infrecuentes! (Desde luego, no en mi caso).

¿Hay algo en mi interior más interior que me incita a meter la pata?

¿Se trata de una incomodidad pasajera?

Seguiremos informando.

Se admiten confesiones, relatos de experiencias propias, consejos, explicaciones... Se admiten incluso meteduras de pata al respecto. Este blog tiene tanto de científico como de cualquier otra cosa. Cualidades difíciles de definir.

Muchas gracias por su paciencia.

Permanezcan, si lo desean, atentos a su pantalla.

Otro día hablaremos de Belloch, Gaspar y Baltasar.

Por hoy nos despedimos declarando nuestro sincero agradecimiento a Cristina B., en uso de nuestras facultades (aunque mermadas). No olvidamos el consejo del titular.

METEDURAS DE PATA. INCITACIÓN A SU ESTUDIO. REMEDIOS POSIBLES. LA SOLUCIÓN FINAL

METEDURAS DE PATA. INCITACIÓN A SU ESTUDIO. REMEDIOS POSIBLES. LA SOLUCIÓN FINAL

 En el muy educativo juego del Ajedrez una metedura de pata se paga cara durante lo que quede de partida. ¡Gran escuela de vida, el Ajedrez!

 

Para Cristina B.

 

¿Con qué frecuencia se mete la pata, pero metida realmente hasta el fondo? Ese sería un tema para una tesis, con su antítesis y su merecida síntesis. No bastarían vaguedades, aquello de más o menos… Cifras. Cifras contantes y sonantes. Fechas seguras. Coincidencias. Relaciones entre diversos hábitos cotidianos (entre ellos, el de meter la pata): comidas, lecturas, actividades, actitudes, etc. Entre las meteduras de pata, prioridades: con personas conocidas, con desconocidas, con proveedores fijos y vendedores ambulantes, con parientes lejanos, con la propia familia, con uno mismo. En público o en privado, con posibilidad de retirada o sin ella. Insuperables…

 

No hay un Instituto para el Estudio de las  Meteduras de Pata, que albergaría sin duda una sección sobre Meteduras de Pata Más Frecuentes, a la que podríamos acudir en busca de ayuda documental. No hay estadísticas. En este terreno cada día es el primero de los homínidos sobre la faz de la tierra. Y así no hay quien se aclare, quien saque conclusiones, quien ponga remedio.

¿Pero hay remedio para las meteduras de pata, como los hay – antiquísimos y sencillos, como para los chichones; sofisticadas novedades, como el remedio veraz para el mal del móvil – para casi todas las cosas que necesitan remediarse? Posiblemente no lo haya, o no es posible encontrarlo en cada ocasión ni acaso en toda una vida. Lo único que sabemos, porque lo sabemos, es que metemos la pata con frecuencia (demasiada para nuestro gusto y qué decir para el gusto de l@s agraviad@s) y que vamos perdiendo la capacidad de sobreponernos. Cada día que pasa es un día perdido en lo que se refiere a la autoestima. Nuestra imagen se resiente de tal forma que acabamos por no ver sino esa pata, metida bien hasta el fondo, que nos identifica. Ser o no ser, como escribió Molière para Cervantes. Entre ser con pata metible y no ser sin pata y sin nada, muchas veces preferimos esto último. Porque ya estamos hart@s de nuestra torpeza. ¿Desaparecer definitivamente del mundo de los seres vivos sería o no sería – he ahí la cuestión – nuestra más grande metedura de pata?  Irremediable sí sería. ¡Pero evitaría ya tantas!

QIO XIALONG. POLICÍACA CHINA

QIO XIALONG. POLICÍACA CHINA

JARDINES CERCANOS, 25

Publicado en "Artes & Letras" de Heraldo de Aragón el jueves 4 de mayo de 2006

No soy muy lector de novelas policíacas ni de novela negra. Estoy más o menos al tanto de lo que va saliendo, sobre todo porque algunos amigos son verdaderos sabios en la materia y me informan y forman al respecto. Pero de vez en cuando un autor, un asunto, un título, la tapa de un libro, me acercan a una de ellas. Siempre he pensado que esas novelas se leen en una tarde y no van a ocupar más tiempo, así que las inserto entre otras lecturas como un paréntesis dedicado al crimen, los bajos fondos, la codicia perversa de los ricos.... Perdonen quienes saben del asunto y compadézcanme: no me da para más en este género tan reivindicado.  El otro día me llamó la atención desde su estantería un voluminoso libro titulado “Muerte de una heroína roja” del autor sanghainés Qio Xialong (ed. Almuraza, 2006) nacido, además, el mismo año que yo. Hojeé, lo compré, lo he leído (me ha llevado, claro, más de una y de dos tardes) y quiero decirles que me ha parecido uno de los libros más interesantes sobre la vida actual en China. Acababa de leer “Cisnes salvajes” de Jung Chang (Circe, 1994), que encontré muy barato en la Feria de viejo y quería seguir con la cabeza en aquellas latitudes (ahora leo la biografía de Mao que Jung Chang y Jon Halliday acaban de  publicar (Taurus), un ajuste de cuentas implacable, ya hablaremos). La novela de Xialong es una maravilla en la que la cultura milenaria, las costumbres actuales, el detalle preciso del perfil de sus personajes permiten disfrutar de una visión muy enfocada de las contradicciones y conflictos de la sociedad china en los albores de esta nueva etapa de su historia. La trama y el asunto excavan galerías bajo la dura corteza de unas cuantas ciudades y una escritura diáfana y cercana  nos entrega la certeza de haber visto ese mundo desde donde se urden las redes y las trampas que atrapan el futuro. No sólo me ha gustado: me parece una lectura necesaria.

ENFERMOS, MÉDICOS, PASTILLAS, LAS COLAS DE LA SEGURIDAD SOCIAL...

ENFERMOS, MÉDICOS, PASTILLAS, LAS COLAS DE LA SEGURIDAD SOCIAL...

Vas otra vez al médico. Te receta más pastillas. Tomas más pastillas. Te baja la tensión. Vuelves al médico. Te toma la tensión: es verdad que te baja. ¿Más pastillas? Se podría probar con un cohete, propongo con emoción. Esa opción la reservamos por si se presentan pálpitos. Señor médico, no quiero saber nada de pálpitos ni de púlpitos ni de calamares. Hay que esperar, hay que esperar. Esperemos. Pues esperamos. La cosa es hacer cola. Cola en muchas colas, ante muchas puertas. La cola, solución de los males. Si consigues largarte sin esperar a la consulta estás sanado, no tomarás más pastillas, te olvidarás de los males. Pero todo está previsto: el seguro de enfermedad no es un juego, caballeretes. Aquí se viene sobre todo a cumplir las normas, que para eso se han dictado y difundido y plastificado y se exhiben convenientemente. De modo que haces cola y entras y te recetan unas pocas pastillas más y siempre un protector estomacal o un reforzador del hígado. Total, que entre pastillas para los síntomas y las pastillas para los síntomas de los síntomas, tomaba mil y cuatrocientas pastillas a la semana. Ya no había colores para tanta pastilla y hubo que numerarlas: sin números no hay orden. El problema volvía a presentarse cada vez que volvía a la consulta del médico y me tomaban la tensión y me pesaban, porque como llevaba la ración de pastillas en un pastillero de marfil regalo de mi suegra el peso era mi peso y el peso del pastillero repleto de pastillas y eso era mucho peso añadido a mi peso y ocurría que por culpa del peso que no era mi peso recetábanme pastillas para el peso y así pesaba más cuanto más peso de pastillas para el peso me recetaban y me fui convirtiendo en un enfermo cada vez más caro para el estado del malestar que asumía el suyo y el de varios miles de ciudadanos que estaban mal además de asumir gastos como estado del bienestar para atender a los ciudadanos que estaban bien aún aunque las cosas no fueran tan bien como deberían. ¿Una revolución? Una revolución es lo que hacía falta y acabar con la industria farmacéutica de una puñetera vez y acabar con las colas, esas colas para esperar la hora de la consulta. Pero entre tanto vas al médico. Te receta más pastillas. Tomas más pastillas. Te suceden cantidad de cosas, efectos secundarios, así están las cosas.

 

LA MUERTE DE MI ABUELA ANTONIA Y LO QUE APRENDÍ

LA MUERTE DE MI ABUELA ANTONIA Y LO QUE APRENDÍ

Me apetece contar ahora la muerte de mi abuela Antonia. Pasó una semana entre la vida y la muerte, extinguiéndose poco a poco. Pero conservaba intacto su sentido del humor y además algo se disparó en su cabeza de forma que hablaba con una libertad increíble de todo y de todos. Parecía estar ya más allá de cualquier convencionalismo.

 

Durante su última semana yo acudía por las tardes a visitarla. Siempre le tuve un gran afecto y quería acompañarla esas horas. Ella me lo agradecía mucho porque también me quería especialmente. Los dos, según ella, éramos “románticos”, y eso hacía que me sintiera más cerca de ella que a otros nietos. Esas últimas tardes las pasábamos viendo láminas de los libros de arte del abuelo Manuel (que había fallecido un año antes). Su disfrute en la contemplación de las reproducciones de cuadros de los grandes maestros de la pintura mundial era francamente instructivo. Pero fue sobre todo su forma personal de vivir esos momentos lo que se me quedó grabado. Mirando una lámina en la que se reproducía bastante convincentemente el cuadro de Velásquez “Vulcano en su fragua”, mi abuela recorría con sus dedos los pechos de aquellos personajes, fuertes, cobrizos, iluminados fantásticamente.

 

-         ¡Qué pechos! ¡Qué hombres! ¿Ves? Tu abuelo, de joven, ¡y de no tan joven!, tenía un pecho fuerte como los de estos señores de Vulcano. ¡Él también brillaba en su fragua, tu abuelo! ¡Qué maravilla de pechos!

 

A sus setenta y pocos años, una mujer aparentemente convencional, católica y sometida cotidianamente a lo que se esperaba de una mujer en aquella época en aquel país, revelaba con sus comentarios una libertad de espíritu y una forma de vivir su vida realmente admirable. Otra tarde, no recuerdo bien mirando qué cuadros, me habló de la suavidad de sus piernas y de cómo las alababa mi abuelo.

 

-         ¡Son como seda! Siempre tuve los muslos suavísimos, blancos y suavísimos. ¡Mira! Y levantando un poco la ropa de la cama sacó su pierna derecha entre las sábanas.

-         ¡Toca! ¡Verás como es verdad! ¿Eh que sí?

-        

 

Era absolutamente cierto. Mis dedos, recorriendo sus largos muslos, lo percibieron perfectamente. Un tacto de seda.

 

Puedo asegurar que a mis dieciséis años una experiencia como esa me resultó enormemente instructiva sobre las mujeres. Desde entonces supe que bajo las apariencias había siempre la posibilidad de encontrar una persona original, con criterio propio y con libertad en el trato. Fue todo bonito, elegante, divertido y cariñoso lo que recibí de mi abuela durante aquellos últimos días de su vida.

CLANDESTINO.CUENTO MORALIZANTE

CLANDESTINO.CUENTO MORALIZANTE

Le comenzaron a molestar los comentarios. Le parecía que nadie tenía por qué decir nada sobre sus costumbres, sus ideas, sus gustos, sus pasiones, sus entretenimientos, sus predilecciones. Le comenzó a parecer insoportable tener que escuchar opiniones sobre su persona. Le comenzó a fastidiar profundamente saber alguien tenía noticia de su vida, de sus paseos, del destino de sus idas y venidas, del por qué de sus actos. Sus lecturas, sus apuntes, sus cavilaciones, sus planes, ¿quién tenía derecho a inmiscuirse en ellos? Optó por el silencio. Estaba en su derecho. Más adelante, como callar era evidentemente insuficiente, comenzó a decir medias verdades y a mentir francamente: pistas engañosas, rastros frustrados. ¡Qué le buscasen donde no estaba! Vivir solamente tenía sentido y dignidad si se mantenía en secreto la propia existencia. Vivir como si no se viviera en ningún sitio, con ninguna persona, sin ninguna ocupación, ningún compromiso. ¡Obligaban a tanto los saludos! Ser sin estar: ese fue su programa. Un ser de los abismos oceánicos: ocupan su lugar, interviene, coadyuva con su actividad a equilibrar el universo, pero no se les ve, no se les distingue, no se repara en ellos. Sólo se perciben algunos efectos, directos o indirectos, de su existencia.

 

Él mismo, un partido clandestino. Con su programa, sus estatutos, sus objetivos. Y sus puntos de apoyo, sus pisos francos, su aparato de propaganda, su red de contactos, sus normas de seguridad. Cuando la legislación vigente o las circunstancias no permiten actuar libremente a cara descubierta es lícito adoptar la clandestinidad. Más aún: es seguramente la única opción razonable. Se trata de sobrevivir siendo eficaz. Conseguir avanzar en la dirección conveniente sin dar armas al enemigo, sin ofrecer blanco a sus acosos. Le costó decidirse. Renunciar a la libre expresión de sus pensamientos y a la libre realización de sus actos no es algo que se haga por gusto. Pero estaba claro que, tal y como se habían puesto las cosas, seguir a la intemperie le llevaría más temprano que tarde al fracaso.

 

¿Qué era más importante: que hubiese quien supiese con certeza de su existencia o que sus ideas se difundieran y ganaran adeptos? ¿Qué valía más: el reconocimiento de su individualidad o el disfrute de los frutos de sus actos? ¿A quién le importaban los sufrimientos o las alegrías que experimentaba en el proceso de sus búsquedas? Lo importante, sin duda, eran los resultados, no la identidad de quien los produjese o los propiciase. Fuera del foco de atención se sentiría libre para desarrollar todas sus capacidades sin temor a ser advertido, observado, vigilado, criticado, reprimido, retirado de la circulación, finalmente, por los acostumbrados métodos infamantes.

 

En cuanto a él, no pretendía adquirir ningún tipo de prestigio. Muy al contrario, sus conocidos debían desconocerlo por completo a él, sus compañeros deberían ignorarle, su familia, incluso, debería perder definitivamente el rastro de sus señas de identidad. En general, cualquiera que se relacionase con él debía hacerlo sin llegar a percibir lo más mínimo de su verdadera personalidad. Sólo así estaría seguro. Y podría dar frutos, algún fruto. Y su vida tendría sentido.

 

Así lo pensó y así lo hizo. Al principio le costó un poco alejar de la evidencia sus pensamientos y sus actos: aún había demasiada poca distancia entre lo que los demás sabían de él y la realidad de él mismo, de modo que resultaba difícil impedir que advirtiesen sus preocupaciones y sus intenciones. Pero poco a poco fue introduciendo elementos de opacidad y disimulo, y las personas con las que trataba iban perdiendo noción de sus verdaderos propósitos aunque aún pudieran observar alguna conexión entre sus acciones más evidentes. Después fue dispersando las partes de las acciones de modo que no siguieran en absoluto el orden usual, natural o lógico. Quien le viese, por ejemplo, tomar bolígrafo y papel pensaría que iba a escribir: muy al contrario, nada escribiría en ese rato. Acudía a lugares y establecimientos donde nada le interesaba encontrar. Silbaba canciones que le aborrecían y sólo se permitía recordar sus músicas favoritas en el más absoluto silencio. Se acostumbró a leer el periódico que le interesaba en bares lejanos y a comprar y exhibir bajo el brazo los que le producían mayor rechazo. Estos son algunos ejemplos de las tácticas que comenzó a emplear en la primera gran fase de su clandestinización.

 

Establecidas, pues, toda una serie de rutinas cotidianas de lo que consideraba un primer camuflaje, avanzó hacia logros mucho más importantes. Se trataba de utilizar su propio cuerpo a favor de la clandestinización. La propia evidencia corporal sería el recurso más eficaz si conseguía dotar a sus movimientos, a sus gestos, a su voz, etc., de la flexibilidad máxima en relación con su funcionamiento cerebral. Le costó cambiar la forma de andar, la forma de gesticular con las manos, la forma de entonar y de reír, pero sobre todo encontró grandes dificultades en sus intentos de cambiar su forma de mirar y su forma de manifestar dolor o pesar. Con todo, al cabo de cierto tiempo aquel mismo cuerpo, sin ningún cambio físico, podía decirse que ya no era el mismo de antes. De hecho, algunas personas cercanas a él ya no le reconocían cuando se las encontraba por la calle. Pudo hacerse pasar por distintas personas en diversos lugares de su ciudad, cada una dotada de sus cualidades y tics propios. No se atrevió (le pareció una imprudencia rechazable) presentarse en un mismo lugar con una u otra personalidad. Esos pequeños gustos debía reprimírselos a toda costa si no quería echar por tierra todo su plan. Y lo cierto es que sufría continuas tentaciones.

 

Al cabo del tiempo consiguió disponer de un amplio repertorio de recursos gestuales o, por así decirlo, de identidades físicas. Con su mismo cuerpo de siempre, daba vida a distintos personajes, de modo que según moviera sus manos podían parecer largas y huesudas o compactas y regordetas, su cuello era más o menos largo, sus hombros destacaban o desaparecían sobre las costillas, su pecho se henchía o se mantenía hundido. En general era el movimiento lo que cambiaba su aspecto, en lo que intervenía especialmente el ritmo. La clave, con todo, radicaba en una disposición interior distinta que se manifestaba con diversos recursos corporales.

 

Comenzó entonces una siguiente fase, mucho más importante. Según dónde o con quién estuviese le era posible actuar de una u otra forma, lo que le hizo plantearse que en sus relaciones con los demás lo menos importante, a partir de entonces, sería su identidad personal. Estaba a punto de conseguir su primera gran meta: tratar a cada cual según las necesidades de esa otra persona y no según las necesidades de sí mismo. Éstas podían pasar a un segundo y aun tercer plano gracias a esa gimnasia que, en realidad, ahora lo veía claro, dejaba muy dudosa incluso para él mismo la importancia de su verdadera identidad. Él era él, eso era una evidencia. Existía. Pero ya no le preocupaba en absoluto quién era él. Libre de esa preocupación, podía interesarse con todas sus capacidades en los problemas de los demás, comprendiéndolos desde el punto de vista de ellos.

 

A partir de las primeras experiencias de actuación a favor de otras personas desde el punto de vista de las necesidades y deseos de aquellas mismas personas comenzó a experimentar una gran paz interior y una euforizante sensación de plena libertad. Ser él, identificarse ante los demás, reivindicar su personalidad, defender sus opiniones, etc., había dejado de ser una necesidad. En el fondo del ser en el que eran capaces de coexistir tanta variedad de existencias habitaba un yo absolutamente despreocupado de sí mismo. Era él mismo, sin duda, como el agua es agua o un pájaro es un pájaro. Hablaba, comía, dormía o estudiaba cuando sentía deseos o necesidad de hacerlo, sin preocuparse de buscar la razón o la explicación. De esa forma, la levedad de su existencia le permitía poder hacerse cargo del peso de las preocupaciones de los demás.

 

Clandestino, inidentificable para nadie salvo para él mismo, adquirió la costumbre de acudir a un mismo lugar en determinadas fechas del año. En esas ocasiones celebraba una fiesta en la que primero evaluaba el grado de consecución de los objetivos que se había propuesto para esa temporada,  revisaba su programa de acuerdo a los nuevos datos de la realidad que hubiera descubierto en la práctica de su relación con los demás y después celebraba la felicidad en la que había instalado su ser. De vez en cuando se le ocurría dar un nombre, unas siglas, componer un anagrama, dibujar un escudo, una bandera, un logotipo, un himno; en fin, algún signo identificativo de ese partido unipersonal que había llegado a crear, organizar y dirigir. Eran momentos que le recordaban, aunque lejanamente, su pasado, cuando tanto le irritaba cualquier indicio de intromisión en su vida y el roce con lo que entonces le parecía una humanidad molesta y atosigante. Un recuerdo que aceptaba porque mantenía viva en él la noción de una forma de vivir de la que ahora podía reírse a carcajada limpia.

 

AVENTURAS

AVENTURAS

LA HUERTA ERA POR HORAS

UNA SELVA INTRINCADA

EN LA QUE TE PERDÍAS

A LA VISTA DE TODOS.

SOLITARIO ENTRE BERZAS Y HORTALIZAS

SÓLO TENÍAS OJOS PARA TU AVENTURA.

¿TE HACÍA FALTA MÁS?

ES AHORA, CUANDO LOS OJOS

DE LOS NIÑOS TE DELATAN

ANTE EL FUEGO ENEMIGO,

CUANDO ECHAS EN FALTA

TU ARCO Y TU CARCAJ.

¡VIVA EL PRIMERO DE MAYO! ¡VIVA LA CLASE OBRERA! ¡VIVA LA UNIDAD DE LUCHA CONTRA EL CAPITAL!

¡VIVA EL PRIMERO DE MAYO! ¡VIVA LA CLASE OBRERA! ¡VIVA LA UNIDAD DE LUCHA CONTRA EL CAPITAL!

 

Este país le debe mucho a su clase obrera, lo más reciente su capacidad de aguante durante la transición, su sacrificio para que todo el andamiaje inicial de la Democracia se forjara sin grietas ni debilidades. La pagana de la Transición fue la clase obrera española, que renunció a muchos de sus objetivos de clase para facilitar las tareas de desescombro del estado fascista. Y ese sacrificio no se le ha agradecido y ni mucho menos compensado. Puede decirse que desde 1975 los avances democráticos en España se apoyado en la musculatura de una clase obrera que ha sacado pecho incluso cuando partidos de la izquierda se han achantado, se han perdido en sus devaneos, se han dedicado a colocar militantes en buenos puestos del Estado, se han dedicado a negociar con lo que no era suyo, etc. Ese aguante de los sindicatos de clase ha tenido sin duda sus efectos negativos en la propia acción sindical, cada vez más orientada hacia objetivos menos transformadores y más conservadores. Pero también es cierto que sin la maniobras tácticas y los “cuerpo a tierra” de los sindicatos la situación laboral de cientos de miles de trabajador@s español@ hubiera descendido en cantidad y calidad hasta extremos insostenibles, hacia la pura y dura miseria laboral.

 

Celebrar el Primero de Mayo en este país sigue siendo una feliz obligación ilusionante, un motivo para retomar fuerzas colectivas frente a las amenazas cada vez más terribles del capital y del capitalismo monopolista de Estado. También la defensa de las libertades y los derechos fundamentales de la ciudadanía española ha correspondido sin silencios deshonrosos a los sindicatos de clase y en general a la clase obrera.

 

Por supuesto, hay actuaciones y  omisiones criticables en la dirección de la política sindical en nuestro país. Por supuesto hay derecho y obligación cívica de criticarlas y protestar contra ellas, especialmente las que tienen que ver con opacos mundos económicos y financieros que se instalan en los sindicatos y les merman notablemente la capacidad de acción reivindicativa y de lucha. Las clases explotadoras saben muy bien cómo atar de manos a los sindicatos y     cómo  descalificarlos ante las bases. Ha habido errores y sigue habiéndolos, especialmente en ese terreno fangoso de la especulación urbanística, la construcción y en general ese mundo que llaman del “ladrillo”. También hay errores en el tratamiento de las cuestiones de atención social y se han originado bolsas de beneficiados en el seno mismo de los sindicatos, una facción atenta a aprovecharse directamente de las ofertas que el mercadeo empresarial propone, etc.

 

Pero lo cierto es que a pesar de sus errores y sus vicios, la actividad constante de los sindicatos de clase ha conseguido limitar las tremendas embestidas de las clases dominantes que llegaron a creer (incitadas por las evidencias de gobiernos del PSOE que les daban cobertura y ampliaban su capacidad de maniobra) que la columna vertebral de la clase obrera podía romperse con cuatro golpes. Por ahora no han podido hacerlo. El futuro de la correlación de fuerzas sociales depende en gran medida de que la clase obrera en su conjunto y sus sindicatos en particular establezcan una limpia y potente vinculación crítica y autocrítica de forma que la dinámica social no caiga ni en el desencanto de los perjudicados o marginados ni en el sectarismo de los defensores de sus beneficios alcanzados hasta ahora.

 

Si el Primero de Mayo está vivo entre nuestra clase obrera lo está porque aún puede dinamizarse la relación entre la población trabajadora en su conjunto y los sindicatos de clase. Demasiado perdería la clase obrera española y en general la población de este país si esa dinámica vivificadora decayera en beneficio de las políticas antisociales de la gran patronal española y extranjera y de quienes desde puestos estatales facilitan su avance.

 

Una vez más este año de 2006 hemos salido a la calle a gritar con fuerza nuestro ¡Viva el Primero de Mayo! ¡Viva la clase obrera! No hay que perder ninguna ocasión, y esta es una ocasión solemne, de afianzar la unidad entre los sindicatos entre y entre los sindicatos y la clase obrera en su conjunto. ¡Viva pues el Primero de Mayo de 2006! ¡Viva la clase obrera!

DON ANTONIO BELTRÁN. IN MEMORIAM

DON ANTONIO BELTRÁN. IN MEMORIAM

Don Antonio Beltrán era un hombre curioso, no sólo en el sentido de que la curiosidad le llamaba constantemente a buscar sino en el sentido de que él mismo despertaba la curiosidad de los demás. Desde luego, la mía. Lo conocí muy pronto, nada más comenzar primero de Filosofía. Yo no sabía que él era el Decano, ni en general quién era quién en esa  facultad. Sólo sabía que su nombre figuraba en la puerta del despacho que había junto a un retrete limpio y espacioso en el que yo me metía cada mañana después de haber constatado cómo eran los retretes de los alumnos, sobre todo el del bar: cuchitriles infectos en los que todo humillaba y dificultaba la tarea principal. Así que yo empleaba un retrete estupendo en un rincón de un piso de despachos de profesores (luego supe que de Historia).

 

Una mañana, saliendo de aquel inesperado templo de la higiene, me di con él (a quien no conocía), casi de golpe: salía del despacho y su gesto evidenciaba un cabreo más que regular.
-          ¿Podría esperarme, por favor?, me dijo. Y entró en el retrete.
Cuando salió estaba mucho más relajado. Pero frunció las cejas al acercarse a mí.
-          Mire usted, caballero. No puedo impedirle que use estos servicios que les están prohibidos a los estudiantes. Hay algo de mi humanidad que me impide cerrarlos con llave y dejar a otros seres humanos sin su desahogo. Pero vamos a quedar en una cosa, si no le parece mal: usted cambia su horario y me permite mantener el mío, ¿me comprende? Si lo hace así, su Decano se lo agradecerá muchísimo y usted no tendrá que buscar acomodos lejanos o inexistentes. ¡Que ya sé cómo está el paño en esta pobre facultad!

 

Ésa fue mi primera conversación con Don Antonio Beltrán, en la que me enteré de su cargo, humor y  humanidad.

 

No mucho después su intervención ante un profesor fascista que me buscaba la ruina impidió que las cosas llegaran a mayores y se me expulsara definitivamente de la Universidad, en la que sobrevivía expedientado. Más favores en su cuenta.

 

Conforme pasó el tiempo fuimos teniendo un trato en el que por su parte parecía disfrutar de mis locuras juveniles y a mí me divertía mucho su forma de plantear cualquier tipo de cosas. Plantearlas, quiero decir, en privado, en los pasillos y a puerta cerrada. Sus intervenciones oficiales las desconocía y prácticamente las desconozco aún.

 

Cuando bastantes años después publiqué mis “Memorias de un joven comunista”, ése “Uno de los nuestros” en el que hablaba de él, don Antonio quiso hablar conmigo. A él mismo le tentaba la idea de publicar recuerdos de los que desembarazarse haciéndolos públicos “de una puñetera vez”. Hablamos del asunto. Me contó muchas cosas que han quedado en secreto porque al fin no se puso a la tarea o si se puso no fue a mí a quien me dio permiso para divulgarlos. Don Antonio vivió mucho y vio y escucho mucho. Su vida académica era una cosa, pero su vida como ciudadano era mucho más amplia y sorprendente aún.

 

Don Antonio Beltrán era una interesante persona a quien también le gustaba representar el personaje que había ido preparando para sí mismo a fuerza de mucho callar, mucho reír y mucho registrar en sus amplísimos archivos  personales.

 

Para ese joven comunista necesitado de amparo matinal fue una sorpresa mayúscula el encuentro con Don Antonio, que fue el primer encuentro con un Decano. Para este cincuentón aún rojo a mucha honra, su confianza (no sé si puedo llamarlo amistad) fue siempre un motivo de alegría. Tal como anduvo el país durante algunos años, incluso tal como anda, ese grado de complicidad del que me hizo partícipe y con la que me honró siempre significaba para mí lo que siempre he pensado que era una señal de que es posible andar sobre las aguas. Ya sé que exagero, pero me da igual.

EL AYUDANTE. CUENTO DE HIJO, PADRE ...Y PIS

EL AYUDANTE. CUENTO DE HIJO, PADRE ...Y PIS

                                                           

 

-         ¡Vámonos, ayudante!

 

Y salían de casa, el padre con las llaves del coche en la mano y el hijo con la cartera del padre en la mano, siguiendo su estela de colonia Varón Dandy.

 

Subían al coche y el padre le pedía la cartera con un gesto de su mano. El hijo abría la cremallera de la cartera de cuero y así abierta se la ofrecía lentamente sobre sus piernas. El padre revisaba los papeles, acababa de ordenarlos, suspiraba, silbaba, preparaba su trabajo. El hijo no sabía cuál era el orden ni por qué razón, qué significaba cada uno de aquellos papeles, qué pensamientos había tras la expresión radiante o preocupada de su padre, que cerraba con un movimiento preciso la cartera, como sólo un amo de sus papeles puede hacerlo, y se la tiraba sobre sus piernas. El ayudante solía llevarla cogida contra el pecho, vertical sobre sus muslos, haciendo una mirilla con las asas, una mirilla desde la que mirar las calles que recorrían hasta dejar atrás el centro y cruzar puentes y adentrarse en aquel territorio ceniciento de tapias, chispas, chimeneas y ruido.

 

Aparcaba el padre y le tomaba la cartera de las manos, casi arrebatándosela. Y salía del coche.

 

-         ¡No te muevas!

 

Y el ayudante no se movía del asiento del coche durante un tiempo más largo y más vacío que ningún otro tiempo. Si era invierno hacía frío en el coche, que parecía más metálico que nunca y más pobre. Si era verano, el calor entraba a oleadas por la ventanilla, un calor denso cargado de olores metálicos y eléctricos como de una cercana tormenta industrial.

 

Las paredes tenían escritos que no se podían leer desde la distancia. En los postes de la luz había señales de peligro terroríficas: un rayo impactando en un hombre. El polvo de la cuneta era de un sucio impropio, no parecía tierra. Las pocas hierbas que crecían entre grietas parecían obligadas a testimoniar una forma de vida insoportable, un castigo arbitrario aceptado con estoicismo. Si había nubes, al menos podía seguir su evolución allá en lo alto, en un horizonte inalcanzable, lleno de luces y colores cambiantes conforme avanzaba la tarde.

 

Dentro del coche, sin nada entre las manos, cada vez con menos luz, el ayudante, sin moverse del asiento, esperaba, mientras iba sintiendo cada vez más perentorias las ganas de hacer pis. Poco a poco su vejiga se transformaría en el único lugar importante del mundo, abultada, tensa, dolorosa, preocupante.

 

El ayudante procuraba distraerse, olvidarse del pis que iba llenando su vejiga. Pero el pis era más persistente que la imaginación del ayudante, hacía su tarea dilatante tan poco a poco que podía pensarse por un instante que todo había sido imaginario y que no había peligro. Un mínimo cambio de postura refutaba esa impresión. En adelante el tiempo de la espera iría dando paso a una sucesión de sensaciones angustiosas. El ayudante pensaba en salir y desahogarse. ¿Pero dónde hacerlo? ¿Allí mismo al lado del coche? ¿Contra la tapia, bajo la farola? ¿En las hierbas de un ribazo cercano? El lugar parecía desierto y casi estaba decidido a salir cuando un ruido cualquiera le alertaba: posiblemente desde el coche no viese a quienes sí le veían. ¿Cómo hacerlo así?

 

Imaginaba diversas formas de hacer salir el pis sin moverse del asiento. Un tubo de goma desde la cola hasta el suelo, entreabriendo la puerta. Una aguja en el vientre producía un surtidor que salía por la ventanilla, limpiamente. Le parecía que el pis humedecía su ropa interior, el pantalón, el asiento. Miraba, palpaba. Era una falsa impresión. También parecía que sus muslos fueran almacenando pis y que todo su vientre se hubiese llenado del líquido. Respirar se iba haciendo cada vez más doloroso. Y el deseo de dejar salir el pis luchaba contra el temor a manchar la ropa y el coche.

 

De un momento a otro volvería su padre. No podía salir. Se imaginaba saliendo, acudiendo a la puerta por la que había desaparecido su padre, llamando, explicando quién era, pidiendo por favor que le dejaran ir al retrete. Imaginaba el desconcierto de quien abriera, las preguntas las dudas. Imaginaba la reacción de su padre, su disgusto. Lo último en su vida, dejarle en mal lugar ante sus clientes.

 

Las ingles le dolían y parecían estar completamente mojadas. Había sucedido lo peor, nada podría ya detener la catástrofe.

 

Su padre no volvía, las luces de la tarde dejaban paso a un brillo ceniciento entre los muros. Si era invierno, el olor frío era un arma metálica entrando por las rendijas del coche, hiriéndole la pituitaria. Si era verano, el aire se movía y aquellas virutas daban vueltas interminablemente cerca del rincón. La sensación refrescante contrastaba con el calor acumulado en el interior del coche, un horno de metal y tapicerías. El ayudante, en cualquier caso, fuese invierno o verano, en aquellos momentos sudaba. Era un sudor frío que le empapaba todo el cuerpo, especialmente molesto en el cuello y en los antebrazos. Procuraba no moverse lo más mínimo, no hacer un movimiento fatal.

 

Por fin, volvía su padre. Le arrojaba la cartera sobre las piernas (y él tenía que evitar que el impacto abriera la espita del pis), cerraba la puerta de golpe, arrancaba, salían de allí camino de casa. Algunas veces, su padre le decía, sin dejar de mirar hacia el frente:

 

-         ¿Qué tal?

 

Y el ayudante movía la cabeza para decir que bien sin decirlo. ¿Se fijaba su padre en su respuesta?

 

En cuanto subían a casa el ayudante se metía en el retrete. Tardaba en salir el pis. De pura hinchazón, su vejiga no dejaba salir el líquido. Era un momento extraño. Del otro lado de la puerta llegaban débilmente las voces de sus padres y las de sus hermanos. Por fin acababa de hacer pis.

 

Durante la cena, en algún momento imprevisible, su padre diría una vez más que gracias a esas ventas podían todos ellos vivir bien. Se diría que esperaba una salva de aplausos. Pero nunca mencionó la compañía de su ayudante.

 

Esa palabra sólo la escucharía cuando su padre aparecía en su habitación con el traje y la colonia Varón Dandy y con aliento de café con leche le dijera, muy animado:

 

-         ¡Vámonos, ayudante!

 

En ese tono con el que parecía ofrecerle una especial aventura junto a él, que haría de aquella una tarde realmente memorable.

ZARAGOZA. FINAL DE LOS SESENTA. EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES

ZARAGOZA. FINAL DE LOS SESENTA. EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES

EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES. FINAL DE LOS SESENTA. ZARAGOZA.

Librerías de viejo, meriendas, canciones…

En los últimos cursos del instituto aprendías unas cuantas cosas sobre la ciudad, todas ellas muy útiles y algunas imprescindibles. Por ejemplo, las diversas direcciones de las librerías de viejo (a mi grupo la que más nos gustaba era la Librería Pérez, cuyo suelo de madera se arqueaba y chirriaba preocupantemente al paso de la clientela y cuyas secciones estaban divididas por una especie de paños tendidos como cortinas. La poca iluminación, el hacinamiento de los volúmenes, la humedad y la falta de aire conseguían hacer de una búsqueda una aventura, que era de lo que se trataba. Salías como ungido de entre aquellas paredes desconchadas y ya nada era lo mismo a la luz de la calle. Acudíamos luego a Casa Pascualillo y bebíamos vino de los años setenta: un vino denso y graso que podía cortarse con cuchillo y que dejaba su impronta en vasos, labios  y pañuelos además de aturdirnos como un trueno líquido retumbando en el cerebro. Si antes o luego comíamos calamares o patatas bravas el cuerpo agradecía esa ración que hacía de tan mortal lo ingerido una vacuna digestiva indispensable para lo que fuera nuestra vida gastronómica en los próximos años. Cantábamos ya las tristezas de la favorita del sultán y alguna frase del himno de Riego precedían a las muy sentidas de “a las barricadas, a los parapetos…” que a nadie en ese barrio sellado sorprendía. La marsellesa, en cambio, podía molestar a un viejo limpiabotas más dado al Carasol o en todo caso a los himnos hispanos que a esas letras ajenas al espíritu español. El limpiabotas no era un sujeto de fiar y por más que gustase darle la lata y lo que fuese había que bajar las voces, callar, poner cara de aceptar su autoridad, menudo tío el limpiabotas embetunado aquel si se le tocaban demasiado las narices. Todo el mundo, mi mundo juvenil, decía que era un confidente de la policía y eso no hacía gracia, eso fastidiaba, incluso daba miedo. Pero por eso mismo había que ir tan cerca como aguantasen los nervios y cantar la estrofa prohibida por ser de franceses. Con el ¡Marchoooons!, Marchoooons! nos íbamos marchando hacia otras esquinas de aquel nudo de calles a cual más desesperante. Nunca me gustó el Tubo, ¡qué le vamos a hacer!, pero durante dos o tres cursos acudía los sábados por las tardes a encontrar a los amigos en aquellos portales en los que muchas veces la noche nos encontraría vomitando y riendo, víctimas del vino, los nervios, las papas y los clamares. Por pocas pesetas habíamos jugado muchos futbolines y  algunos billares y, sobre todo de todo, habíamos reído de cada detalle risible o no risible de aquel pequeño barrio de la maravillas o de nosotros mismos o cualquiera sabía de qué, la cosa era reírse liberados del pupitre, la lección, los horarios. Nosotros mismos nos soltábamos como quien suelta cachorros en un monte y no parábamos de correr y jugar hasta que los relojes acercaban las agujas a las diez.

Artesanos, putas, tacos y vomitonas

Había tardes, sin embargo, que pasábamos al barrio de San Pablo a ver a unos señores muy serios hacer guitarras enterrados en mucho serrín bajo bombillas mortecinas, con el botijo a mano y una radio que ahogada por materiales varios mosconeaba y chisporroteaba provocando una tristeza inenarrable. El paso hacia San Pablo tenía la implícita y muy callada intención de ver algunas putas en sus puestos, saber de qué se hablaba cuando se decía la palabra más pronunciada (y de más formas) en nuestros labios adolescentes, ésos que había que curtir para la vida adulta y al parecer el camino era decir mucho cabrón, mucha puta, mucho maricón, bastantes veces cojones, polla, etc. No hay por qué  molestarse, otras iniciaciones son mucho más terribles y dolorosas y dejan un estigma mucho más indeleble; sobre todo las iniciaciones capitaneadas por adultos. La nuestra no. La nuestra era una iniciación  cooperativa, la llevábamos en nuestras mismas manos y cabezas, nadie tenía nada que decirnos sobre qué hacer o no hacer y eso, más que nada, era lo verdaderamente sano de todo aquello. Lo sano en medio de unas  calles asquerosamente sucias, desastrosas, infames, a las que se asomaban  puertas de dudosa reputación, si es que no eran puertas decididamente reputadas de tantas putas como andaban dentro, puertas con celosías, con luces que no dejaban ver, con olores y sonidos que atraían de puro echar para atrás. ¡Horas de quince a diecisiete años! ¡Horas de búsquedas sin objetivo claro pero de muchas risas, aunque al final al cuerpo se nos desmadejara y se empezara en echarlo todo afuera, a los grandes adoquines de la calzada o a la brea de las aceras o al yeso resquebrajado de las paredes. Vomitar, hacer pis en grupo con la risa floja y el temblor del invierno y de la fiebre acaso y el mal sabor de toda esa tarde invertida en tan pequeños goces entre tapias tan rotas.

El Oasis, los americanos, el final de la fiesta

Otras tardes tenían un final distinto porque sabíamos que tendrían un final distinto: iríamos al oasis a la función de noche, la de los estudiantes (las otras eran mucho más de labradores y reclutas). Se ha escrito mucho y muy bien de aquel infame local al que acudías en grupo (¡incluso ya con chicas los universitarios, toda una novedad) como todos los que allí acudían salvo los viejos verdes que llevaban su vida cada cual a su modo y que rivalizaban por hacer  lo canalla con las chicas del escenario, cuando les dejaban. Algunas putas viejas también tenían sitios reservados más que nada por la tradición y los borrachos también los tenían, algunos en el suelo, siempre a punto de ser pisoteados nunca molestados por nadie, borrachos con derechos superiores a los no tan borrachos. Y luego estaban, en aquel pasadizo de los wáteres, las figuras más patéticas del mundo haciendo como que iban o venían, o sea yendo y viniendo hacia las paredes en las que se meaba sin remilgos y sin ningún tipo de higiene, qué palabra más fuera de lugar en ese infierno de líquidos y barros y serrines y olores penetrantes como una lanzada en el entrecejo. Las mesas del Oasis se llenaban de grupos. Se pedían bebidas muy alcohólicas y agua y si había suerte un puñado de barquillos que con sus vainillas y sus canelas hacían las labores de incensarios. Porque allí no había albahaca ni menta ni otras hierbas que rebajaran la densidad del tufo, como sí se cuidaban de poner en otros sitios menos urbanos, más rurales y mucho más sensatos.
 
Tocaban esa música, cantaban lo de siempre, dejaban ver un poco de unos cuerpos un poco ya gastados, excitaban al viejo de turno que buscaba ese tacto con el que había estado soñando durante todo el día, se alzaban las carcajadas como un montón de olas que arrastraban todo el fragor humano estabulado allí con cara de pasarlo muy bien, bueno, ¡de puta madre! Yo a veces me quedaba mirando a esas chicas universitarias que iban en los grupos, siempre había miradas, gestos, rasgos, pieles, posturas que me enamoraban durante unos minutos para dar paso a otras localizadas luego. ¡Qué pérdida de tiempo, de vida, de energías, no estar con ella o ella o ella en otro sitio ya haciendo el amor. ¿Cómo sería eso de hacer el amor, como sería concretamente, que pasos, que posturas, que acciones llevarían el sello del placer de la carne? Aquellas estudiantes acaso lo sabían y en vez de beber esos vasos pegajosos de anís con compañeros que acaso también lo supieran, ¿por qué no amadrinaban una o dos lecciones concretas y prácticas  a chicos como yo y nosotros, los de los institutos; que íbamos al Oasis más por ellas, cercanas, abordables, que por aquellas vedettes inmensas, lejanas, inabordables.

Era posible –a finales de los años sesenta en Zaragoza- que hacia el final de la fiesta (¡Que cante Don Luis! ¡Que cante Don Luis!, y aquel anciano jorobado, famélico, taciturno y verdoso, se cernía en su piano como un ave ya herida y cantaba una copla, un tango, un no sé qué, siempre muy celebrado). Pues a esas horas ya podía ser que hubiese algunos de la base americana, algunos soldados yankis con sus metros de altura, sus bíceps bien marcados, sus cabezas rapadas de combatientes  y su mirar entre bobo y desafiante. Y entonces el final de la fiesta era un final de gritos y empujones y carreras y en la calle, a la puerta, se hacían las peleas entre grupos borrachos de estudiantes muy españoles y unos cuantos enormes, perfumados soldados yanquis de la base. Y entre los puñetazos coreábamos todos aquel ¡Yanki go home! que expresaba el resumen de toda nuestra rabia enardecida. Si había sangre: un labio, una ceja o lo que fuese, los gritos aturdían y quienes quedaban en el campo de batalla improvisado (pero siempre el mismo) se zurraban de lo lindo y quienes no teníamos con qué zurrar cogíamos al yanki más cercanos por donde se pudiera y le hacíamos caer o tambalearse y entonces una mano ya hecha un puño convenientemente cerrado podía dar el golpe que todos esperábamos en aquellos estómagos enormes como hogazas muy duras pero que a veces tiernas por aquello de la respiración, rendían a un tipo que miraba con ojos de niño grande, divertido y sorprendido, mientras ya se escuchaban las sirenas de los jeeps de la base que venían a por ellos, a llevarlos de allí, a impedir que sus brazos nos hicieran añicos. Ésa era la estrategia del equipo local: resistir batallando hasta que la policía militar americana obligaba al enemigo a salir de allí pitando por Independencia como si es que huyeran, ¡habíamos ganado!

Ortopedia La Francesa: los condones.

Eso era en esas tardes que desembocaban en las noches del Oasis. Pero había otras tardes con un objetivo más humilde y más urgente. Se trataba de entrar en una pequeña tienda llamada Ortopedia La Francesa (aún existe, no sé si cerrada permanente) y comprar condones por unidad, nunca la caja entera, ¡qué bolsillo de los nuestros pudiera!

Ibas a buena hora, o sea más bien temprano, nada más abrirse las compuertas de la tarde de fiesta y tus pasos te dirigían directamente allí, frente a la tienda. Decían que esa tienda estaba vigilada por la policía, que hacían fotos a quienes entraban, que el propio dueño era un confidente que lo apuntaba todo. Decían muchas cosas de aquella tienda y eso producía cierto temor que había que superar como pudiera cada cual hacerlo. Por lo que hubiera de cierto en aquellos rumores no entrábamos nunca en grupo, ni siquiera en pareja: entrábamos más solos que en el water de un bar. Los compañeros esperaban afuera, más o menos cercanos, dispuestos a salir corriendo a poco que un adulto se hiciera sospechoso a sus ojos abiertos de para en par, qué menos. Entrabas, pues, sonaba la campanilla con el cuero, dabas los cuatro pasos hasta el mostrador y el hombre aquel, silencioso y con cara de muy pocos amigos, preguntaba un ¿Qué desea? con el usted inscrito, la distancia, ¿la burla?, un ¿Qué desea? innecesario, pues en toda la tienda no había nada más que cajas de condones. Respondías lo más serio y natural que podías: Condones. Y entonces, siempre que lo dijeras (que era siempre, porque así disfrutabas de la escena), entonces aquel hombre henchía el pecho y arrugaba la frente, te miraba como quien ve a un insecto en la baldosa y te decía con la voz como un trueno: ¿Cómo dice? Y tú, cambiando de palabra y bajando la voz: Preservativos. Y ya era la caraba, el despelote (pero los dos muy serio, si no había venta): el hombre tronaba de nuevo con un gesto inefable y decía: ¡Querrá decir gomassss! Movías la cabeza, humillabas tu verbo y entonces preguntaba si uno, veinte, treinta y uno… Pedías los que fuera, pagabas y salías. Ya en la puerta, mirabas hacia todos los lados pensando que las fotos estarían fijando tu imagen varias veces. Con cara de haba bajabas el escalón, andabas hacia la esquina y esperabas a que uno tras otro llegaran tus amigos como gorriones a por migas. Tocaba el turno a otro y entre tanto se jugaban partidas de futbolín intentando mantener el gesto de quien sabe lo que hizo y por qué lo había hecho, cuestión harto difícil o imposible. Porque lo cierto era que aún no había en el horizonte ninguna chica con la que utilizar los condones, preservativos, gomassss. Era un acto de aprendizaje, un quitamiedos, una preparación necesaria para cuando comprarlos fuera un acto realmente necesario en nuestras vidas. Que todo llegaría.

Aquellas tardes de sábado en el Tubo duraron por lo menos los tres años del bachiller superior, marcaron una época (o al menos unas  horas importantes de una época). Entre sus sucias paredes discurrió la parte más festiva de nuestra adolescencia. Otras horas serían las muchas pasadas en Casa Faustino. Pero eso es otra historia.

EQUIVOCARSE, METER LA PATA, DESAPARECER.

EQUIVOCARSE, METER LA PATA, DESAPARECER.

                                                                                          Para A.P., con mis excusas.

A menudo se cometen equivocaciones, se mete la pata, se desorienta uno en la confusión de un brillo que pareció ser un dedo de la aurora y era la bombilla una farola rota en medio de la nada. Con frecuencia se mete la pata y se andan caminos de la imaginación que topan con el muro de un despertar cerrado y sin salida: la pesadilla viene ahora, con el final de los sueños, al abrir los ojos y ver la realidad con su cara de perro rabioso que duda si mordernos o largarse corriendo a buscarse la vida a otra parte. Lo peor es darse cuenta de que somos el perro, el perro y su rabia, el perro y su duda, el perro y su mordisco, el perro y su carrera y que nada nos puede hacer cambiar ese pequeño detalle. Una vez cometida metida la pata, la única forma de sacarla es morirse suficientemente aunque sea sólo por la parte de la pata, y esperar a que caiga, se desprenda ella sola y podamos salir de ahí zumbando, preferiblemente sin mirar hacia atrás, no ver la gangrena a la que hemos obligado a una de nuestras patas que sigue siendo nuestra por más que ya estemos lejos a fuerza de correr cojeando. Puede que nos crezca de nuevo la pata pero puede que se a con forma de oreja o de rabo, como a los insectos les crecen miembros rotos a veces con forma de otros miembros y una de sus antenas toma forma de pata o viceversa y así sobreviven, sobreviven hasta la siguiente metedura de antena, confusión, hasta que de nuevo una equivocación nos recuerda que somos saltamontes condenados a ser perros que meten la pata y la pierden, si no es que pierden algo más de sus vidas en esa confusión que nació en los sueños como una caricia y fue un gran bofetón que al despertar nos avisa de lo que vendrá luego, confusión tras confusión, a lo largo de cualquiera sabe cuánto tiempo de vida y cuánto sufrimiento y cuánta pérdida: patas, orejas, ojos, antenas, alas, ramas, raíces, incluso cada hoja que preparamos con detenimiento, con ilusión, con ganas. Pues basta que de pronto el bofetón de unas voces (basta una voz, pero resuenan ecos de voces precedentes) nos hagan caer en la cuenta, en el pozo profundo de la cuenta del que ya no saldremos porque a nadie le sacan ni es posible sacarse a uno mismo de la cuenta cuando ya caíste en ella: la lucidez tiene un precio, alto y sonoro como una campana que difunde a nuestro alrededor la noticia del fallo, de la equivocación, la metedura de pata. Mejor no haber soñado, no despertar, no intentar encontrar ni la mitad de aquello con lo que creímos que habían preparado para nosotros, pobres nosotros tontos y confusos, pobres nosotros y qué tontos, tan tontos que a menudo nos equivocamos y metemos la pata, pobres de nosotros que pronto lo pagamos y a qué precio: la soledad, la humillación, el ridículo, el recuerdo abrumador de nuestras propias palabras, de nuestros propios gestos llevándonos a la ruina tan contentos. Qué pesar el del recuerdo de una equivocación, qué dolor el dolor de la pata, qué miedo ese perro rabioso en el que nos ha convertido nuestra propia desgracia, qué morder, qué morder mientras huimos de nosotros mismos, qué morder hasta que reventemos de una vez en la cuneta, cuna del desamparo, preludio de nuestra desaparición.

FINAL RELATIVAMENTE FELIZ. CUENTO CON SUICIDA DENTRO

FINAL RELATIVAMENTE FELIZ. CUENTO CON SUICIDA DENTRO

Los últimos golpes contra las rocas fueron muy dolorosos. Sangraba. Sin gafas, apenas reconocía nada a su alrededor, sólo colores fuertes, olores penetrantes, la luminosidad cenital de aquel paraje. Con sus manos sanguinolentas, rebozadas en una capa de polvo terroso, se tocó la cara, restregó sus palmas contra la piel herida de la frente, manchó por completo su cabeza. Estaría irreconocible, acaso monstruoso. Latidos por todo el cuerpo le informaban de que todo él se había hinchado. Pasó un tiempo sintiendo cómo aumentaba la hinchazón en todos sus miembros. El tacto era ya una quimera: su piel recibía extrañas señales de la realidad. Estaba todo tan desenfocado en sus ojos como a lo largo de todo su cuerpo. Incluso el dolor, los dolores, estaban desenfocados, irreconocibles, sólo lejanamente parecidos a los que había conocido en su vida. Era ya  incapaz de calcular el tiempo que llevaba dedicado a esta investigación psicosomática. Todo él había sido siempre absolutamente psicosomático: primero con la clásica pe inicial, después con esa ridícula ese moderna que, en cualquier caso, no parecía variar mucho el sentido de su mal, de sus males. De niño ya le decían que todo era cosa de nervios. Hacía muchos años que supo que, en realidad, la vida entera de un ser vivo era cosa de nervios, así que aquella afirmación le pareció tan insidiosa y mendaz de niño como de adulto. En cualquier caso, prefería que lo suyo fuese psicosomático, con la p de los griegos.

 

Algo en movimiento hizo sombra junto a él. Le pareció que le hablaba una voz ronca, desgarrada, irritante, molestísima. Aun en su estado podía haber cosas que hicieran su sensibilidad, como esa voz. No entendía nada. Como si junto a su cara hiciera ruido un motor averiado. Y ese motor olía espantosamente. Un poco más de aquel aliento y vomitó. Vomitar multiplicó inconmensurablemente su sensación total de dolor. Y aquella voz y aquella presencia y aquel hedor seguían junto a él. Entonces recordó su plan. Y sobreponiéndose a todo musitó:

 

-¿Me deja que se la chupe?

 

Se hizo un silencio casi total. Pájaros o alimañas o movimiento de raíces o agua burbujeante entraban en su cerebro por sus oídos, como un alambre, removían allí dentro y lo destrozaban todo. De aquel casi silencio surgió de nuevo el ruido del motor, el hedor de aquel aliento. Le estaban preguntando algo. Era una pregunta o una exclamación. No ver los signos de puntuación tiene eso: que muchas veces dudas si quieren saber algo, te insultan o te riñen. En este caso parecía que ambas tres cosas a la vez. Hizo acopio de valor, si eso era valor, y repitió:

 

-¿Me deja que se la chupe?

 

Más que grito aquello fue un graznido, seguido de una carcajada rasposa haciéndose paso entre un montón de mucosidad apelmazada. La sombra de aquel ser, al parecer humano, se movía frente a sus ojos, pegada a esa misma tierra que los cegaba y de la que recibía frescor. Cuando cayó allí abajo era mediodía, de eso estaba seguro. Así que habían pasado suficientes horas como para que esa tierra calcinada se enfriase. ¿O era él mismo quien emitía el frío? No. Era un frío con sabor a tierra y a roca y a plantas silvestres. No era un frío suyo sino de la tierra. Comenzaba el anochecer.

 

De repente, entendió algo de lo que le decían. Algo así como:

 

-¡Animal! ¿Eso quieres? ¿Eso quieres? ¡Y tal como estás! ¡Animal más que animal!

 

Había más jocosidad que otra cosa, le pareció, en el tono. Así que a lo mejor era posible... La voz siguió, ahora girando a su alrededor. No sentía sus pasos, ni el movimiento de su cuerpo, sólo el movimiento de su voz. Se le cerraban los ojos y deseaba dormir. Tiritaba. La sangre, su sangre, le empapaba viscosa y fría. No tenía mucho tiempo. Insistió, cambiando la persona del verbo: un acercamiento acaso necesario.

 

-¿Me dejas que te la chupe?

 

-¡Animal! ¡Mira que eres animal!

 

Pero unas manos enormes, duras y rasposas cogían su cabeza mientras algo se le acercaba como titubeando, a trompicones, a los ojos, a la nariz, a la mejilla izquierda, por fin a la boca. Era un miembro viril, un pene, un carajo, una polla. Y estaba entre sus labios, cálida y suave. Parecía mentira que aquella polla tan apetecible perteneciese al mismo hombre cuya voy y cuyo aliento espantaban. Su polla no. Rezumaba una humedad perfumada en la que se distrajo un rato, besando lentamente un glande desnudo, un capullo abierto a la noche. Luego lo atrajo hacia su lengua con sus labios ardientes. Dentro de su boca, entre la lengua y el paladar, aquello era un bocado exquisito, cuyo deleite hizo que sus entrañas temblaran en la más absoluta intimidad de su ser. Cuando quiso darse cuenta tenía la garganta llenándose de semen, que tragó con voracidad. Ese licor caliente le infundía vida. Lloró de placer y de agradecimiento. En medio de un dolor terrible y de una confusión casi total, beber esa mamada resultaba lo más parecido a recibir analgésicos, medicinas, limpieza, cuidados, una cama, sábanas suavísimas y almohada en la que reposar una cabeza que amenazaba con ocupar, en su hinchazón, todo el espacio, todo, machacando contra los confines del universo todo lo creado, animal, vegetal o  mineral, ciudades, utensilios, vehículos, personas de toda raza y condición, incluida la persona a la que perteneciera la polla que aún mantenía, ya relajada y tierna, dentro de su boca. Nunca había sido tan feliz. Al menos no con esa felicidad que contrastaba radicalmente con el dolor y la desesperación que se apoderaban de su cuerpo y de su espíritu.

 

-¡Lo que hay que hacer!, escuchó entre tinieblas.

 

Despertó, si eso fue despertar, sobre unas pajas pringosas, bajo una manta cuartelera. Tiritaba febril. ¡Ah, lo inevitablemente psicosomático!

 

Una luz amarilla, mortecina, hacía una penumbra casi inescrutable. Cerró los ojos. Si durmió, volvió a despertar, y esta vez con aquella bebida pastosa que le extasiaba bajándole por la garganta. Lamió sus propios labios. Seguramente volvió a quedarse dormido. No sabía ya cuántas veces había despertado para gustar de aquel elixir. Agua y semen fue su dieta durante algunos días. Después se incorporó a ella un poco, muy poco  de pan. Cada mañana el borracho aquel empujaba su cuerpo hacia un lado y cambiaba la paja y añadía hojas de periódicos. El hombre también se ocupaba de limpiar su cuerpo de sangre, suciedad y excrementos. Percibía, en sus bruscos pero exactos movimientos, algo parecido a la compasión. Y en él mismo sintió crecer la confianza: agua, pan, semen, confianza y descanso fueron proporcionándole un revivir que nunca se hubiese atrevido a esperar.

 

 

Su intento de suicidio, pues, había fallado. Vivía. En condiciones indudablemente extrañas, pero vivía. No había conseguido su propósito, y eso a ratos le mortificaba. En el interior de su interior, el deseo de la muerte no se había extinguido.

 

-¿Pero no estás mejor vivo, pedazo de animal? ¡La única forma de estar es estar vivo! ¡Morir! ¡A qué viene eso! ¿No te hubieras perdido alguna cosa interesante?

 

Al decir esto último su tono cambió y también su expresión, que se hizo francamente amistosa y pícara.

 

-¡Pedazo de animal!

 

Aquellas dos palabras, saliendo de entre sus barbas sucias apestosas a mal vino, sonaban agradables y cariñosas.  Sus ojos chispeaban, sus manos temblorosas adquirían vida propia y expresaban a su manera otros mensajes para otra conversación acaso venidera, o tal vez imposible. Su enormidad física no podía evitar que pareciese a menudo mucho más pequeño. Eso se debía seguramente a su forma de andar y, en general, de moverse y, sobre todo, a su gesticulación. En plena perorata parecía incluso rejuvenecer. ¿O no era tan mayor como parecía cuando estaba callado y quieto, cuando se alejaba o quedaba dormido? Ni él ni el otro se habían dicho sus nombres respectivos. Él, para sus adentros había bautizado al bruto Robinsón. Y a sí mismo se había dado el nombre de Viernes. Eso le divertía. ¿Quién era el más náufrago allí, el más civilizado, el más ingenioso? Y en definitiva, ¿quién tomaba en sus manos el destino de ambos?

 

Pasaron varios días entre cuidados diversos. Su caída por el barranco había sido una enormidad. Mantuvo fija en su mente una ilusión. Eso también le curaba. En cuanto pudo moverse con alguna soltura, se lo pidió:

 

-¿Me podrías dar por el culo?

 

Robinsón le miró sopesando su propuesta. Decididamente aquel suicida estaba obsesionado con el sexo. ¿Qué coño había sido su vida? Estuvo a punto de sacarle a tortazos de su covacha y hacerle alejarse de allí para siempre. Un escalofrío de placer, sin embargo, le advirtió de lo equivocada que sería esa medida. ¡Le daría por el culo todo lo que quisiera!¡Vaya que sí! ¡Sí señor! ¿Fue ya en ese mismo momento cuando se le ocurrió la idea? Ni él mismo hubiera sabido decirlo. Pero lo cierto fue que mientras empalaba en su miembro a aquella especie de pelele desmadejado sí estaba pensando en su plan.

 

Viernes recibió la primera embestida con una mezcla explosiva de placer y dolor. Una felicísima sensación de tal intensidad que perdió el conocimiento y se desmayó. Cuando volvió en sí, pesaroso de haberse perdido el resto de la historia, preguntó:

 

-¿Puedes hacerlo otra vez?

 

Deseaba sentir la segunda parte: deseaba con todas sus fuerzas recibir el fiero calor del movimiento y el húmedo calor de la eyaculación.

 

-¡No hay inconveniente!, respondió entre risas Robinsón. Se había dado cuenta del desmayo del otro y creía entender su nueva petición.

 

Ahora sí que vivía Viernes la ilusión de su vida: la certeza física de recibir un cuerpo en el suyo, la entrada y entrega de otro cuerpo en su interior. El placer de mamarla era un placer aproximado a este otro, con diferencia muchísimo mejor. ¡Tenía dentro de sí a otro cuerpo! ¡Alguien admitía entrar en él, confiar una parte de su cuerpo al interior invisible del suyo! ¡Y no era una parte cualquiera! No, especialmente, tratándose de la de Robinsón.

 

Pocos días después supo de los planes del bruto. Se enteró de sopetón y apenas le costó un instante rechazar la escasa negativa que aquello provocaba en su interior.

 

El primer día fueron cinco los que le dieron sus pollas a mamar y después se las metieron por el culo. Su estado, poco a poco, se elevó hasta el éxtasis físico y espiritual. ¡Lloraba y reía de felicidad!

 

Robinsón cobraba por sus servicios a una clientela enfebrecida y ruidosa que comenzaba temprano a presentarse a la puerta. El bruto, que por aquel gesto ya no se lo pareció tanto, puso un horario para su explotación. Al menos era calculador: demasiada tarea podía acabar demasiado pronto con el negocio. Un negocio del que realmente se beneficiaban ambos, no sólo porque cada uno recibía lo que deseaba: uno el dinero y otro el placer, sino porque Robinsón invertía buena parte de las ganancias en mejoras de la chabola y en comodidades para los dos: ropa, comida, tabaco y mejor alcohol. No, no era propiamente un energúmeno aquel bruto. A partir de entonces sus respectivas personalidades comenzaron a resultar más que interesantes a los dos. Uno y otro se espiaban. Uno y otro dejaban caer preguntas. Interesados el uno en el otro, sus vidas cambiaron. A partir de entonces no eran sólo portadores de un pasado. El futuro de cada uno de ellos les preocupaba también a los dos.

 

                                                                       II

 

A Viernes, al principio, le resultaba incómodo y difícil dar noticias de su vida. No tanto por el oyente sino por él mismo: no quería escucharse narrar nada sobre él, no deseaba en absoluto vérselas con sus recuerdos. Su pasado le había llevado al suicidio. No estaba por revivirlo, ni aunque fuese por la palabra, otra vez. Por su parte, Robinsón veía en su propia tendencia a la confesión biográfica una tentación a rechazar. Ambos, sin embargo, escuchaban una semejante voz interior: ¿por qué no aprovechar para desahogar de una vez por todas las penas de su corazón? Urgido por la necesidad que le crecía de dar carpetazo al asunto, que le angustiaba y le parecía que estaba creando un mal ambiente, interponiéndose entre ambos, Viernes, con tono académico:

 

-Propongo que no nos contemos nada de nuestras vidas. Mejor hablamos de lo que hubiéramos querido hacer con ellas. O historias que pudieron sucedernos, o sencillamente suceder. Cosas de un pasado y de un futuro inventados. ¿No te parece mejor?

 

A Viernes le sorprendió la facilidad con la que Robinsón comprendió su propuesta y la rapidez con la que aceptó. Este bruto no es tan bruto, pensó. Robinsón, por su parte, no daba crédito a sus oídos: ¡era lo que siempre había deseado y procurado hacer! ¡Y ahora venía ese pedazo de idiota vicioso y sentimental y se lo planteaba sin más ni más!

 

-Abuelo, pensó. Abuelo, estás perdiendo reflejos. ¡Esa propuesta la tenía que haber hecho yo! Pero se animó previendo una experiencia divertida.

 

Así lo hicieron desde entonces, con toda naturalidad. En su mutuo espiarse, más de una vez se vieron el uno al otro escuchando alguna de esas historias sumidos en un gesto de intenso dolor. Eso les producía una extraña emoción que procuraban ocultar como hacían con todo.

 

A partir de aquellos días del inicio de sus charlas su relación experimentó notables cambios, en general positivos. Su grado de intimidad había subido hasta límites difíciles de sobrellevar entre dos personas, porque a la intimidad con la que compartían el presente en aquella casucha se sumaba el compartir esos momentos especialmente significativos de su imaginación. Y este segundo compartir influía cada vez más en el primero: el pasado de sus vidas estaba de nuevo ahí en medio, con todo su peso, pero no exhibido a la mirada de nadie. En ambos casos habían deseado romper radicalmente con él, ocultárselo incluso a ellos mismos, sepultarlos en un silencio semejante al olvido ya que olvidar propiamente no lo habían podido conseguir. Contarse aquellas historias resolvía en parte el problema. ¿O no?

 

Se lanzaron a la aventura sin reparar en sus consecuencias. Cedieron a su necesidad de comunicación y esa necesidad contrastaba frontalmente con su necesidad de silencio y olvido. Desearon la máxima confianza mutua y no vieron hasta qué punto había crecido en ellos a lo largo de sus vidas una desconfianza radical.  Hasta hacía muy poco el plan de Viernes había sido acabar con todo suicidándose, y el plan de Robinsón acabar con todos viviendo totalmente aislado. ¿Qué sueños de felicidad obnubilaron sus mentes y les pusieron uno frente a otro como hermanos del alma, dispuestos a la vida, a la vida en compañía y a la confesión de sus más ocultos deseos y temores secretos? Habían llegado, cada uno de ellos, a conclusiones correctas sobre el sentido de sus acciones. ¿Qué desmoronó sus edificaciones, defensas y murallas? ¿Fue el amor? Y si no, ¿qué otra fuerza pudo ser tan fuerte como para transformar por completo su existencia? No queda más remedio que observar los hechos que sucedieron a partir de entonces para poder llegar a alguna conclusión.

 

Hasta ahora lo único que podemos sacar en claro es que nada era igual en sus vidas desde que la casualidad quiso que se encontraran y algo (aún no sabemos qué, si es que lo podemos llegar a saber algún día) hizo que aquel hombre solitario y embrutecido accediera a los ruegos de aquel frágil moribundo cuyo único deseo inmediatamente anterior había sido acabar rápidamente con su vida.

 

Mamarla, dar por el culo, dejársela chupar, abrir el culo a una polla, ¿pueden suponer tanto en la vida de dos hombres que rondan la cincuentena?

 

Un día, en pleno éxtasis, el suicida exclamó con una conmovedora voz:

-¡Robinsón!

El otro, al escucharle aquel nombre, ralentizó sus empujes y le preguntó:

-¡Quién es ese Robinsón! Su tono le sorprendió a él mismo: ¡había celos y desconfianza en su voz!

-Robinsón eres tú. Eres tú. Mi Robinsón, mi amor...

-¡Y tú serás mi Viernes! ¡No me jodas! Y estallando en carcajadas hundió repetida y contundentemente su miembro en el agujero de su amigo. ¡Nunca se había corrido tan alegremente!

 

Viernes también reía, pero quedamente. Su felicidad corporal y la risa del otro le hacía sentirse como enamorado, o mejor dicho enamorada, porque fue como enamorada como se sintió. Con los ojos cerrados  se vio a sí mismo en femenino. No se trataba de la apariencia física, ni siquiera de su identidad. La generosa leche de su amante iluminaba en sus entrañas recovecos del alma que nunca presintió. El bruto, al eyacular como una fiera, cayó sobre aquel cuerpo pequeño y suave. Lo abrazó cuidadosamente, lo apretó contra el suyo y lo meció murmurando gravemente una canción. Había algo de maternal en su gesto, y lo supo. Y se sintió bien.

 

-Mi Viernes...

-Mi Robinsón...

 

Cuando sobrevinieran las primeras crisis siempre podrían recurrir a la escena de aquel día. Recordarla les infundiría serenidad, confianza y amor.

 

                                                                      III

 

- Vamos a reducir el número de visitas. Dos o tres al día serán suficientes. Y si quieren más, ¡que paguen más! ¡Vamos a desplumarles! ¡Atajo de tarados! Y luego... Luego ya veremos. Robinsón pensó que estaba hablando más de la cuenta.

 

-¿Quieres decir que nos iremos de aquí?

 

Pero ya se había cerrado ese grifo de Robinsón. Bebió un gran vaso de vino, paso sus manos por su hirsuta barba empapada. Tomó aliento y volvió a lo de sus locuras. Mientras le escuchaba, Viernes no dejaba de pensar en la sutileza mental de aquel aparente bruto, en su  viva inteligencia y en su escurridiza identidad. ¿Quién era su Robinsón?

 

Éste,  percibiendo los pensamientos de Viernes, se lanzó a una narración sobre sus locuras en la que mezclaba verdades, mentiras, fantasías e historias  ajenas con una facilidad que le hacía sentirse francamente astuto. ¿Por qué aquel idiota lujurioso y sentimental no le había bautizado Ulises? Pero se acordó de Polifemo y se entristeció. Las historias se podían vivir y contar de tantas maneras... Cualquiera sabía cómo se veía a sí mismo ese Viernes preguntón. Lo cierto es que hubiera sido más esperable que le hubiera bautizado a él con ese nombre y se hubiera reservado para sí mismo el de Robinsón. Puestos a ello, él se sentía más Viernes, pero sin embargo...

 

Para quitar tensión, Robinsón propuso un primer juego:

 

-         ¿Qué haríamos si los yanquis invadieran nuestro país?

-         Organizaría un grupo guerrillero, por supuesto al margen de cualquier organización establecida. Nosotros iríamos por nuestro lado, matando yanquis.

-         Pues yo me pondría inmediatamente a las órdenes del ejército de ocupación.

-         ¡No! ¡Es broma!

-         ¡En serio! Para qué andarse con tontadas. ¡Desde el principio, con el seguro vencedor!

-         ¡Colaboracionista!

-         ¡Por supuesto! ¡A qué me voy a jugar el pellejo por los cafres de este maldito país! La invasión, su triunfo, traería cambios sociales y culturales importantes. ¡Lo que necesitamos hace algunos siglos!

-         Para eso no había que haber luchado contra Napoleón.

-         ¡Otra equivocación muy propia! Te traen la civilización y te pones a dar cristazos y navajazos... Pero hombre, señores, ¡aprovechen la ocasión!

-         Yo para lo que aprovecharía la ocasión sería para cargarme a los caciques locales. Entre col y col, lechuga. Y eso educaría al pueblo: sabrían que al perro del hortelano también hay que darle matarile.

-         Como tú quieras. A mí eso también me convendría. ¡Menos competencia, más puestos libres para yo y los míos!

-         ¿Tú tendrías los tuyos? No me imaginaba...

-         Es una forma de hablar. Me refiero a la gente sensata que aspiráramos al reparto de poder.

-         ¡Pero sería un poder extranjero, invasor!

-         ¡Precisamente! ¡Mejor que mejor! ¿Para qué quiero que me mande un cafre nacional. Para eso es mejor contar con cafres de más altos vuelos, con más experiencia, más poder...

-         Yo tendría que luchar también contra ti, en ese caso.

-         ¡Pues claro! Y eso le daría más gracia e interés al asunto. Porque cuando los yanquis ganaran y yo mandara con ellos te buscaría para nombrarte jefe de la guerrilla antiyanqui. ¡Y nos divertiríamos muchísimo más! Yo pasándote informes secretos. Tú obteniendo gloriosas victorias. ¡Ah! Va a ser una nueva vida muy estimulante.

-         Se trataba de un futurible. ¿Sabes lo que es un futurible, Robinsón?

-         Querido Viernes. Hace tiempo que yo mismo no soy sino un futurible, al margen de las reglas del espacio y del tiempo. Y además un futurible sostenible. ¡Creerás que soy un memo!

-         Perdón. Perdón. Vas de rudo hombre de las nieves y así nunca sabe uno a qué atenerse.

-         ¡Eh, eh, eh! ¡Cuidadito, muchacho! Quedamos en que no hablaríamos en serio de nosotros.

 

Y así siguieron durante algún tiempo durante el que creyeron ser felices. Poco a poco se dieron cuenta de que una vez iniciado el diálogo entre ellos sería mucho más difícil la convivencia. Desesperado, un día Viernes decidió que aquello se le hacía insufrible y marchó hacia un barranco, ilusionado con la idea de matarse de un salto. Y si no lo conseguía, quizás encontrase a otro tío que se la dejara chupar sin más…

 

 

 

INSECTOS Y HUMANOS

INSECTOS Y HUMANOS

                                            

Artículo 24 de “Jardines cercanos” (jueves 27 de abril 2006), columna de “Artes y Letras” del Heraldo de Aragón. (Con algunas adiciones para este blog).

Acudí varios días a la Feria del libro viejo y de ocasión: es un placer ver libros bajo los árboles de la plaza de Aragón y además hizo buen tiempo. Disfruté bastante. Siempre que voy disfruto. Y siempre encuentro algo de lo que voy buscando. Este año preguntaba por libros sobre ajedrez, insectos, África negra y China, y de todo encontré donde elegir aunque no todo fuera elegible. Lo que más me gustó fue comprar un tomito muy bien encuadernado de una traducción de las obras de Fabre: “Maravillas del instinto en los insectos” (Espasa-Calpe, 1952), trescientas páginas con sus ilustraciones (¡por 10 euros!!), de algunos textos elegidos de los “Souvenirs entomologiques” del más admirable autor sobre la materia. El año pasado había comprado del mismo autor y en la misma editorial “Los auxiliares” (1920) y “Los destructores” (1961). Yo había leído durante años los “Souvenirs…” de Jean-Henri Fabre en la edición francesa de Laffont porque no era fácil encontrarlos traducidos. Hasta que no haya otra edición completa de las obras de Fabre en castellano este país no podrá considerarse un país culto.  Hubo una época en la que casi no leí sino sobre la vida y milagros de los insectos: harto de cabrearme por lo que creía entender y por lo que no acababa de entender de los seres humanos, decidí probar suerte con esos otros seres del planeta. Estudiar sobre insectos no me ponía tan nervioso y además me entregaba la clave de muchísimos comportamientos humanos. Desde entonces procuro seguir atendiendo sus más ocultos movimientos a la búsqueda de las razones de los más evidentes que hacen nuestros congéneres: en esas larvas y en esos adultos hay más sabiduría que la que ofrecen no sólo las personas sino quienes pretenden que saben algo sobre ellas. Fabre nos dio en sus textos una lección tras otra sobre nuestros instintos y costumbres, lecciones que hoy me hacen pensar que sería necesario enseñar, como antaño, a los más chicos, a comprender la vida de los insectos antes de enfrentarse a la observación de la de los humanos.

MAO. LA ÚLTIMA BIOGRAFÍA

MAO. LA ÚLTIMA BIOGRAFÍA

Estoy leyendo la última biografía de Mao “Mao, la historia desconocida” de Jung Chang y Jon Halliday .( Ed. Taurus, 1.029 páginas, 28 euros). Creo que ya conté que primero leí el libro de Chang “Los cisnes salvajes” (un best seller que mereció perfectamente serlo) para ver qué grado de fiabilidad tenía esta autora. Y encontré a una señora de mi edad con una notabilísima capacidad para dar forma personal a  la memoria colectiva y además una persona que sabía contar qué pensaban (su abuela, su madre, su padre, sus amigos, ella misma) en cada momento de su vida, sin machacar las vivencias pasadas (como la absoluta devoción por Mao y la fidelidad al Partido y a sus intereses…tan cambiantes) por más que la vida le llevara poco a poco a ver las cosas de otra menera.

 

Pues bien, esta biografía de Mao es realmente un ajuste de cuentas desde la primera frase: el Mao que nos da a conocer produce estupor, lo cual tampoco es muy raro, porque lo cierto es que Mao pretendió siempre producir estupor, y estupor a gran escala. He leído no sé ya cuántas biografías de Mao y también historias de la China del siglo XX y siempre me resulta impresionante, muy íntimamente impresionante, ver qué programa de cambios planteó Mao y el PCCH en un país inmenso y cargado en cada milímetro de su espacio de una vasta, profunda, subyugante cultura. La civilización china me parece la única civilización (que siga existiendo) cuyas raíces beben en fuentes absolutamente distintas a las del resto de todas las demás civilizaciones humanas; fuentes, además, de una antigüedad que da vértigo constatar. Si alguien quiere ver la vida humana desde un ángulo radicalmente distinto al que adoptaron todas las demás civilizaciones, estudie la civilización china.

 

Pues bien, la vida de Mao y la actividad del PCCH resultan tremendamente inquietantes para cualquiera que no mire con anteojeras, prejuicios ni fanatismos ni posiciones previas en pro ni en contra. Es precisamente la inmensidad de la civilización china (en el espacio, en el tiempo, pero sobre todo en la esencia de sus logros idiosincrásicos) los que hace colosal (en sentido literal) el intento de Mao y su partido. Intento, por otra parte, que aún sigue en pie con otros perfiles, otros métodos, otros protagonistas.

 

Cualquier occidental consciente sabe que los paulatinos avances y acercamientos de la civilización china a nuestros países y mercados están constituyendo un proceso imparable cuyos efectos civilizatorios se irán conociendo y serán permanentes ya entre nosotros. No se trata de una invasión, ni desde luego de ese “peligro amarillo” que algunos pregonan estúpida y cobardemente. Se trata de uno de los procesos de revisión cultural (en el sentido más amplio, gramsciano, del término) que haya experimentado nunca Occidente. Y si llegase a buen término, si la variedad de civilizaciones que vivifican el planeta coinciden en asimilar la esencia de la civilización china será sin duda un proceso positivo.

 

Desde esa perspectiva leo estos días la biografía de Mao que ha publicado Jung Chang con ayuda de Jon Halliday. Una de las cualidades de este voluminoso libro es la recogida de testimonios personales de muchas docenas de personas que vivieron cercanas a Mao: familiares, amigos, cargos del partido y cargos públicos, testigos de acontecimientos clave, historiadores y escritores que tuvieron un acceso especial a Mao… Eso, aparte de la impresionante y muy plural bibliografía que también recoge harán de este libro un hito en los estudios sobre Mao y la China de su época. Y tenemos la suerte de que está muy bien traducido al castellano.

 

Soy más amante de las biografías que de la biografía de Mao. Quiero decir que no es Mao una de esas personalidades que personalmente me hagan mucha gracia. Como no lo es Stalin ni siquiera el Che o Fidel Castro, personajes todos tan distintos unos de otros. Siempre me interesaron mucho más Gramsci, Ho Chi Min, Togliatti, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Durruti, …(y por supuesto, las de Marx y Engels y la de gente de su época) y sobre todo las vidas de tod@s es@s dirigentes de segunda fila, cuadros intermedios, cuyas memorias me parece que ofrecen mucha más verdad sobre lo que cuentan que las de los jefes muy jefes, siempre atentos a justificar sus opciones y a callar elementos de juicio que no les interesa desvelar.

 

Me importa leer biografías, las mejores posibles, de personajes destacados de los movimientos emancipatorios, sean anarquistas, socialistas, comunistas, feministas, pacifistas, ecologístas… Mi impresión siempre fue que, al menos en España, la gente de la izquierda no leía casi nada sobre la historia de esos movimientos ni sobre las vidas de sus componentes, ni siquiera de sus líderes más conocidos. Y que eso dificultaba una visión profunda de lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor más próximo. Porque hay que aprender a relativizar, a buscar perspectivas amplias e inclusivas de un montón de elementos contradictorios que están ahí, facilitando la acción transformadora o poniéndola en peligro. Nuestro “santoral rojo”, por decirlo cómicamente, es un tesoro intelectual y moral del que hacemos muy mal en prescindir o en quedarnos con la pura anécdota.

 

Así que ahora vuelvo a la vida de Mao, esta vez de la mano de una china con ganas de hacer saber quién fue aquel “Gran Timonel” y cómo se lo tomaron sus compatriotas contemporáneos. Y ya en las primeras cien páginas encuentro claves sobre el particular que no había leído hasta ahora en ninguno de los no sé cuántos libros sobre Mao que me he metido entre pecho y espalda en los últimos treinta años. Así que lo estoy disfrutando. Lo que pongo en conocimiento de ustedes por si se alegran de que alguien disfrute de algo durante un buen rato…¡por sólo 28 euros!

 

Si les divierte, les seguiré informando sobre este viejo vicio mío de las biografías de mis “santos rojos”.