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javierdelgado

RELATOS

"EL DE ENMEDIO", CUENTO SOBRE UNO QUE NUNCA SE SINTIÓ QUERIDO

"EL DE ENMEDIO", CUENTO SOBRE UNO QUE NUNCA SE SINTIÓ QUERIDO  SOÑÓ QUE SE MORÍA Y EN LAS PUERTAS DEL CIELO SAN PEDRO LE PREGUNTÓ: ¿QUÉ QUIERES? Y ÉL LE CONTESTABA QUE VOLVER A NACER, PERO DE OTRA MADRE, DE OTRO PADRE Y CON OTROS HERMANOS.Y  A SER POSIBLE, TENER UNA HERMANITA. NO SABEMOS SI SAN PEDRO SE LO CONCEDIÓ.

                                              

 EL DE EN MEDIO

 

Sus padres esperaban una niña, la parejita. Su primer hijo tenía dos años y ésta que ahora nacería cubría todos sus anhelos de paternidad. Pero no fue niña.

 

Cuando nació, dos años después que Luis, su madre esperaba y deseaba una niña. Decepcionadísima, su madre, durante tres años, le vistió le peinó y le vistió como si fuese niña y lo llamó “La nena”.

 

Este asunto del niño-como-niña durante unos años (más generalizado de lo que se supone: se conocen conozco muchos más casos, incluso de nuestra época): los efectos en el interior del sujeto: ¿qué sintió esa personilla mientras le trataban bien por ser niña? Y sobre todo: ¿qué sintió cuando, roto el encantamiento, cayó en la desgracia de ser niño no deseado como niño?

 

Fue él mismo quien en un determinado comento hizo la confidencia de aquella situación inicial.  Nunca volvió a comentar nada sobre el asunto, ni nadie le animó a hacerlo. Nunca amplió nada su primera noticia: ¿no había –en el recuerdo consciente -  nada que ampliar? ¿O no había, más bien, la confianza necesaria para hacerlo? ¿La hubo con alguien en su vida, por ejemplo con su primera mujer?

 

Ante la evidencia del rechazo, ¿cómo reaccionó aquel niño?. Infancia con madre que no te quiere y con padre que prefiere al mayor (que te lleva sólo dos años y comparte contigo la cotidianidad y es ¡casi! Como tú.). 

 

Siete años más tarde, el 6 de septiembre de 1924, nace Carlos, un hijo “tardano” acogido con cariño. La actitud incluso de los dos hermanos mayores hacia el pequeño fue de cariño y sobreprotección. Cuando el pequeño ya era un señor hecho y derecho, sus dos hermanos siguieron tratándole con los mismos sentimientos.

  

Su padre parece haber preferido al mayor de los tres, a Luis, o por lo menos haberle apoyado en todo, mientras le descuidaba a él, ese segundón que ni siquiera fue la niña deseada. Sobre esto, siempre tuvo un reproche visceral hacia su padre: Él tuvo que salir adelante sin el apoyo que su padre daba evidentemente a su hermano, y sin el cariño que su madre le daba a Luis y al pequeño Carlos. Él, en medio, el preterido. Intensos sentimientos de abandono injusto. Intensos sentimientos de envidia, sobre todo hacia su hermano Luis (toda su vida): a Luis se lo facilitan todo y le premian todo. A él no le facilitan nada y no le premian nada.

 

Su forma de recordar su infancia (quién sabe hasta qué punto basada en la realidad) es la de dolerse de lo mal que lo pasó, lo que tuvo que esforzarse siempre para conseguir las cosas y la falta de cariño y de apoyo con los que vivió. Nunca se le ha escuchado recordar historias de su padre, anécdotas graciosas o interesantes o ejemplares. Nunca se le ha escuchado contar historias de su madre como historias dulces. Más bien, en los pocas ocasiones que la recordaba, mostraba hacia ella una viva animadversión. Del resto de sus familiares parecía tener una noción francamente “oficial”, basada en vínculos legales dentro de la ortodoxia católica y de los deberes familiares generalmente aceptados.

 

Vivió así durante más de noventa años, al cabo de los cuales ni siquiera mencionaba en ninguna ocasión a su padre ni a su madre ni, novedad, a sus hermanos, por cierto, muertos ya hacía tiempo. Fue un superviviente mudo al que apenas podía sacársele una palabra sobre su entorno familiar. Vivió en la vejez, más aún queen la juventud o en la madurez, al día. Encontraba en los calendarios de pared su más deseada distracción de la jornada: tachar cada día el número del día anterior.  Como aún podía hacerlo en breves segundos, tenía una buena cantidad de calendarios colgados en las paredes de su  casa, en la que no había expuesta ni una sola imagen de sus familiares más cercanos. Sobre la mesa de su ya inútil despacho reinaba un cuadro de considerables proporciones en el que un pintor aficionado había pintado su retrato a la edad de ochenta años: en su mirada se percibe la íntima herida un deseo inalcanzado.

  

"EL JOVEN CENSOR". RELATO SOBRE UN TÍO FASTIDIOSO DE LA ESPAÑA NACIONALCATÓLICA

"EL JOVEN CENSOR". RELATO SOBRE UN TÍO FASTIDIOSO DE LA ESPAÑA NACIONALCATÓLICA

           Para los congregantes marianos el mal tenía nombre de mujer...                                  

EL JOVEN CENSOR

 

Era un chico marcado por la necesidad de hacerse un sitio, ganar un espacio entre los espacios que sus hermanos habían recibido gratuitamente como espacios especialmente destinados a ellos. Ellos sí los tenían y los disfrutaban, pero él no. Y le dolía saberse uno en el intersticio que dejaban los otros, esos otros a quienes escuchaba respirar y enfermaba. Era algo más que envidia lo que le mataba. Se trataba de un problema de identidad.

 

Creció, pues, mirando de reojo a sus hermanos y por extensión a todo el mundo a su alrededor. Siempre había quien merecía de forma natural lo que para él seguiría vedado. Lo que deseaba no era conseguir, conquistar el premio de una mirada confortante. Lo que quería era abrir los ojos y encontrarla ante él, ya dispuesta, como esas miradas que veía iluminarse una y otra vez para los demás. Precisamente la gratuidad de esa mirada, seguramente arbitraria y por eso aún más deseable.

 

Creció, pues, sufriendo a cada instante. Su nacimiento, acaso, no había sido el nacimiento de alguien sino un pseudonacimiento entre los verdaderos nacimientos de los otros. Ni una sola palabra amable pudo nunca curarle de su mal. Y ya cumpliría los quince años. Se le había pasado lenta y decepcionante la infancia. Y ahora, enseguida, sería ya mayor.

 

Entonces encontró en el colegio la complicidad de algunos, algo parecido a la amistad. Cómplices amantes de una Virgen María muy madre, sobre todo muy madre suya, madre con ojos para él. Y esa complicidad de congregantes marianos y esa mirada pintada en aquellas escayolas le hizo, por fin, feliz. Aceptó el adoctrinamiento del cura responsable del grupo, un cura especialmente dotado para la persuasión de los adolescentes: de movimientos y gestos pretendidamente viriles y firmísimos, su voz era meliflua como un jarabe y en la intimidad su acento era una droga a la que los congregantes se entregaban con rápida adicción. Para él, este cura era una mezcla de padre y madre y hermano deseables, que le miraban tres veces bien, con todas esas miradas que no había encontrado en su familia. Y aquel encuentro produjo en el chico una transformación.

 

 Sus rudas maneras, que en el ámbito familiar le habían ganado fama de brutote más apto para los actos de fuerza bruta que para los empeños de la razón, dieron paso a una gracilidad desconcertante. Desconcertante incluso para él. Y decidió intentar establecer en su cabeza un orden intelectual, un intento de raciocinio con el que perfeccionarse y pulirse y ser mejor. Digerir las charlas de los curas, los textos de sus folletos, las enseñanzas de algunos libros píos: ésa fue su dedicación. La promesa de una madre en exclusiva (compartida, sí, con millones de seres, pero milagrosamente atenta sólo a él) era el premio constante a sus esfuerzos. Súbitamente, necesitó gafas. Al comenzar cualquier frase adoptaba una postura intermedia entre la confidencia y la oración. Algunos compañeros de clase comenzaron a preguntarse a sus espaldas si no se habría vuelto maricón.

 

A la vuelta del campamento del primer verano de su nueva vida decidió que como congregante tenía la obligación de velar por la salud espiritual de quienes le rodeaban. Y, bien rodeado de hermanos de todas las edades, resolvió dedicarse a los más pequeños, acaso porque no se sintió capaz de obrar entre los mayores, acaso porque antes convenía influir en la infancia que enfrentarse a caracteres más formados que necesitarían obviamente la atención de personas mucho más preparadas. Y así nació al oficio de censor.

 

En primer lugar, no podía permitir que su hermano más pequeño tuviera entre sus manos a menudo un libro en cuya tapa podían verse sirenas con los pechos al desnudo. Así que aprovechando un descuido del niño le quitó el libro y lo escondió entre sus propias ropas: entre calzoncillos, camisetas y calcetines no harían daño a nadie aquellos pechos escandalosamente visibles. Pero a partir de entonces comenzó para él un calvario de tentaciones: acudir al armario, abrir el cajón y tomar ese libro en sus manos le producía una inmediata erección a partir de la cual su imaginación desvariaba peligrosamente. Aquellos bellos pechos que al niño lector no hicieron ningún daño (se trataba de un librito de mitología en el que buscaba las definiciones de aquellos seres mágicos de la Antigüedad) fueron para él primero un motivo de escándalo y enseguida una tentación en la que tropezaría mucho más de lo que se sentía dispuesto a confesar, lo que le acarreó un nuevo motivo de malestar espiritual.

 

De erección en erección, los pechos de aquellas sirenas hicieron de él un muchacho dado a las visitas y a las miradas a hurtadillas: cerca de él había muchos más pechos femeninos que en las tapas de aquel libro, y aunque ocultos bajo la ropa su mirada podía imaginar las formas de aquellos paraísos que le estaban poniendo a las puertas del infierno. Aún más: a veces, sólo a veces pero suficientes veces, los frutos femeninos se mostraban algo menos cubiertos o más móviles de lo habitual. Se diría que todas aquellas señoras tenían algo de sirenas y que tramaban una venganza contra él. Dulce venganza, pero peligrosa. Sus rezos aumentaban cuanto más aumentaba el tamaño de su obsesión entre las piernas. Afortunadamente, los ojos de las escayolas nunca variaron ante sus miradas. Había un refugio en ellos y en ellos se refugió.

 

A medida que su imaginación imaginaba cada vez más frecuentemente lo que no debía (según su confesor), su celo censor también aumentó y más frecuentemente buscaba ejercer esa tutoría moral que se había impuesto. ¿Podía ser un ángel de la guarda de su hermano pequeño? Acaso esa blanca tarea compensaba de algún  modo sus torpes tropiezos en la oscuridad. Su hermano, pues, se convirtió de ese modo para él en un alter ego en pequeño, un sujeto sobre el que ejercer no sólo la tutela sino la orientación espiritual. Pronto fantaseó que ese pequeño era él pero más pequeño, sencillamente alguien que sólo se diferenciaba de él mismo por la edad. Y estaba a tiempo de impedir, con su ayuda, que al pequeño le sucediera lo mismo que a él cuando fuera creciendo. El premio, su premio, que recibía en el más absoluto de los secretos (no era pecado, no había que contárselo ni al confesor) sería recibir como si a él mismo estuvieran dirigidas, esas miradas que nunca recibió. Al fin y al cabo, ¿no estarían muchas de ellas motivadas por un comportamiento del pequeño del que él tenía cierta responsabilidad?

 

La idea era sencilla (pues difícilmente hubiera podido concebir una complicada): observando su propio caso, su entrada como de un empujón en aquel mundo de continuas tentaciones de la carne, pensó que seguramente su propio vivir hasta hacía bien poco desprevenido de los peligros había facilitado las cosas al maligno instigador de sus caídas. Así pues, tenía que advertirle cuanto antes al pequeño de todo aquello que se le vendría encima, si no inmediatamente, a no mucho tardar.

 

Pronto encontró la forma de acercarse a su objetivo. Con otros congregantes organizó un breve campamento de verano especialmente concebido como escuela moral. Ni más ni menos. Poco importaría que en el lugar escogido (la chopera del pueblo de uno de los amigos) no hubiera montes ni valles, vegetación ni monumentos: habría doctrina, mucha doctrina. El calor, la suciedad del riachuelo, los mosquitos, la falta de objetivos para las excursiones (“marchas”, en el lenguaje militarizado de la Congregación), ¡qué más daba! Lo importante sería poder tener todo el tiempo del mundo para las charlas formativas.

 

Consiguió mucho más fácilmente de lo que imaginaba el permiso paterno. Y en cuanto al pequeño, tampoco opuso resistencia. Más bien parecía darle todo igual. El chico se dejaba, literalmente, llevar. Y se lo llevó.

 

Durante los diez días que duró aquel simulacro de campamento los tres jóvenes jefes dedicaron bastante tiempo a explicarles a un puñado de niños de diez años los peligros que acechaban en el mundo exterior. Fuera de sus casas y de sus colegios, un  sin fin de personas intentarían acabar con su inocencia y hacer de ellos presas del pecado, especialmente del pecado más pecado y peor. Para que lo entendieran más fácilmente, les contaban historias que llevaban copiadas del  librito de un jesuita francés.

 

Unos niños salen del colegio. En la acera de enfrente hay un coche aparcado. Cuando los niños se acercan, una mujer abre la puerta y con un movimiento de sus piernas ofrece los muslos a sus miradas. Otros días la mujer, ésa u otra pues las hay a cientos en cualquier ciudad, buscarán con sus gestos obscenos atraer las miradas infantiles (“de vuestra misma edad”, insisten los tres jefes) y hacerles pecar, pues está claro que en sus mentes la semilla del mal germinará con el tiempo y dará su maldito fruto de mal. Pero en ese momento se aproxima directamente al coche un congregante (“como nosotros”, concretan los tres jefes) y dirigiéndose a la mujer le dice que acabe inmediatamente con aquello, que piense en sus propios hijos y sobre todo en su madre y en las madres de todos esos niños que han traído al mundo para gloria de Dios y no para ser pasto del demonio. La mujer, avergonzada y llorosa por las palabras del congregante, poco tardaría en confiarse a un sacerdote y encontrar el perdón y la orientación de una nueva vida.

 

En el metro de París van muchos niños camino del colegio. Inopinadamente, un joven y una joven (“de nuestra edad, más o menos”, aclaran los tres jefes) comienzan a desnudarse, a la vista de todos. Desnudos ya, comienzan a besarse y a tocarse. En pocos minutos están copulando en el suelo del vagón. Sus lascivos movimientos y las palabras que los acompañan mantienen a los niños paralizados de horror. Entonces un congregante se acerca a la pareja y con su propio abrigo cubre sus cuerpos al tiempo que les ruega dejen aquello. Si ellos quieren condenarse, no lleven consigo a esos niños cuyas miradas pueden recordarles las suyas propias cuando eran pequeños. ¿Recuerdan cómo era su vida entonces, limpia y resplandeciente a los ojos del mundo y de Dios? Sus madres que seguro que dedicaron sus mejores afanes a su cuidado y educación, si conocieran sus malos pasos de ahora, ¡cómo llorarían! La pareja enrojece a las palabras del congregante, se cubre con sus ropas y se recluye en un rincón. No pasaría mucho tiempo antes de que uno y otro encontraran la guía de un sacerdote. Casarían cristianamente y darían hijos, muchos hijos a Dios.

 

Pasaron los días de aquel campamento. El hermano pequeño no había dicho en ningún momento nada que dejase ver cuáles eran sus pensamientos. Decidió comportarse con su hermano como lo había hecho hasta entonces, es decir, inmiscuyéndose en todo lo que hacía. Incluso acrecentó su celo censor. En los años siguientes, cada vez que veía a su hermano pequeño leyendo algún libro se acercaba y quitándoselo de las manos le preguntaba: ¿Qué estás leyendo? ¡Esto no es lectura para tu edad! Así requisó varias obras cuya lectura, pues se atrevió a leerlos, le impresionó. Nunca supuso que aquellos autores escribieran tales cosas. En el colegio habían dicho que no eran en absoluto autores recomendables ni siquiera para los adultos. Leyendo aquellos libros, y los que vinieron después, comenzó a perder la seguridad en muchas cosas. El caso es que no mucho después vivió su gran crisis de fe. De altares y escayolas sólo quedaban un montón de cenizas y un rechazo crónico de la purpurina.

 

Siguió, eso sí, buscando unos ojos como aquellos ojos a los que tanto había cantado en su adolescencia y primera juventud, lo que le hizo enamoradizo e inseguro. Siguió mirando de reojo a su hermano pequeño, al resto de sus hermanos y en general a todo el mundo. Muchas fotografías guardan impresa esa mirada empequeñecida por la, inseguridad, la envidia y la desconfianza.

 

A raíz de su segundo divorcio, en la mudanza encontró entre sus cosas aquel pequeño libro de mitología en cuyas tapas algunas sirenas lucían sus pechos al aire. ¿Qué pensaría su hermano pequeño de él? Tuvo el impulso de llamarle inmediatamente por teléfono, pero lo dejó.

 

"EL GENIO OSCURECIDO". RELATO SOBRE LA MUY COMÚN ENFERMEDAD DE LA GENIALIDAD...INCOMPRENDIDA

"EL GENIO OSCURECIDO". RELATO SOBRE LA MUY COMÚN ENFERMEDAD DE LA GENIALIDAD...INCOMPRENDIDA

¿Reconocería usted algún detalle diferenciador en alguna de estas cajitas de comida para pájaros?                                                  

EL GENIO OSCURECIDO

 

De niño mostraba cualidades especiales: silencioso, abstraído, concentrado en sus juegos con la seriedad de un artesano. Creció entre la admiración familiar y el desdén de sus compañeros de clase, síntoma bastante fiable de genialidad. El timbre extraordinariamente grave de su voz era una cualidad ambigua en su infancia. No así su terrible mal genio que le llevaba a encanarse de rabia con cierta frecuencia. Había que ponerlo bajo la ducha para que recuperara cierta normalidad. Era un niño de acostumbrado buen trato que se volvía repentinamente intratable.

 

Sus habilidades eran tan diversas como prácticamente inútiles. Su afán por copiar cualquier objeto que atrajera su atención confirmaba la sabia modestia de su actitud artística. Las artesanías eran su campo de acción más allá de los textos escolares. Cualquier destreza manual aplicable a un fin más o menos artístico recibía su atención.

 

No era, sin embargo, un chico totalmente reconcentrado en sí mismo. Entre los suyos se hicieron pronto famosas sus visiones ingeniosas sobre cualquier asunto. Sus lecturas curiosas y sus fantásticos descubrimientos personales aportaban sustancia a sus cualidades de buen conversador. La originalidad era su divisa y la ondeaba en toda reunión familiar, con una frecuencia casi semanal. Se diría que poseía un humor dominical y un humor de entre semana, un verbo íntimo y un verbo exhibicionista.

 

Su humor era de tipo irónico y su especialidad una gesticulación y unos cambios de tono con los que insinuaba los dobles sentidos de sus frases, la clave oculta de su afirmación. Se diría que era capaz de reírse de cualquier cosa...menos de sí mismo. No admitía bromas sobre su persona. A sus catorce o quince años, eso parecía claramente un mal síntoma. Pero lo compensaba con una actitud generalmente bondadosa y apacible. Bajo su reposado silencio se escondía un volcán. Sus enfados juveniles parecían siempre resultado de una necesidad de autodefensa, una cuestión de dignidad.

 

En sus lecturas predominaba la búsqueda del detalle curioso, inusitado y, sobre todo, poco conocido por quienes le rodeaban. Disfrutaba enormemente de la perplejidad de sus oyentes y aún más de la fama familiar que ya predisponía la atención hacia sus explicaciones. En cualquier asunto era capaz de hacer ver que sólo él había encontrado el ángulo exacto gracias al que podía percibirse la originalidad de una propuesta. Lo mismo le ocurría con los objetos y, en general, con todo en la vida: la originalidad era para él un valor no sólo de uso (para sus propia satisfacción) sino un valor de cambio: le permitía atraer la atención de los demás, brillar durante unos minutos y dejar tras sí una estela de admiración o cuando menos de curiosidad. Verle alejarse del grupo al que había mostrado su ingenio era un espectáculo: los pasos, el contoneo, la satisfacción. Se diría que pensaba: ¡Lo conseguí una vez más!

 

 Desgraciadamente, sus cualidades no se difundían más allá del estrecho ámbito familiar, fuera del cual parecía incluso incapaz de establecer la más mínima relación. Observar esa contradicción resultaba penoso y daba bastante que pensar. Parecía tener algún tipo de complejo con su cuerpo que le impidiera salir al exterior con naturalidad. Naturalmente, las personas genialoides siempre tienen algún tipo de dificultad social.

 

En la Universidad no destacó especialmente pos sus conocimientos. Sus calificaciones no pasaron de la mediocridad. ¡Pero sus descubrimientos al margen de lo académico! Su madre, muy especialmente, fue receptora infatigable de cuantas narraciones y explicaciones quisiera hacerle, y quería hacerle  muchas. No tenía tertulia estudiantil ni pertenecía a ninguna asociación. Las meriendas con su madre y hermanas pequeñas en casa las sustituían muy favorablemente: pocos han disfrutado de un público tan asiduo, entregado y admirativo.  Algunos triunfos especiales los consiguió con la exhibición de objetos inútiles especialmente escogidos en el Rastro: la belleza, al parecer, tenía algo que ver con el pasado, con lo escondido y con lo incompleto. Por supuesto, algún objeto útil podía añadirse a sus conquistas, siempre que sus características lo alejaran de lo común. Sus resoplidos de felicidad, al  mostrar esas piezas, parecían responder a un esfuerzo verdaderamente titánico en su búsqueda, viajes de exploración inacabables, peligros inimaginables y, en ocasiones, una habilidad especial para conseguirlos a un precio increíblemente bajo.

 

Los problemas comenzaron para él cuando asumió la tarea de redactar una tesis doctoral. Su director de tesis, obviamente, no estaba al tanto de sus cualidades especiales y le trató como a un discípulo más, lo que le hizo sentirse humillado y le puso francamente furioso. En cualquier caso, pensó, haría algo especialmente original con aquel asunto tan ordinario que se le encargaba estudiar.

 

El mundo académico está corrompido, deteriorado, podrido. Una prueba más es que no acoge con los brazos abiertos las iniciativas de un genio ingenioso: aquellos treinta folios que presentó a su director de tesis sobre una novela de mil seiscientas páginas de un autor bastante prolífico contenían no sólo el quid de la cuestión (fuese la que fuese), sino incluso una indicación especialmente brillante sobre cómo acercarse a la obra de un autor complicado. ¡Había descifrado la clave del libro y se le exigían notas concretas, demostraciones detalladas, resúmenes de otras interpretaciones, bibliografía actualizada...! ¡Una pérdida de tiempo insufrible para quien ya ha aportado lo fundamental! Su director de tesis no vio así las cosas: aquello no pasaba, en su consideración, de ser un posible borrador de un artículo más o menos interesante para una publicación no especializada. El genio incomprendido rompió toda relación con aquel sujeto.

 

No presentó nunca una tesis. ¿Para qué? La Universidad sólo estimaba la burocrática y sumisa repetición de lo que las autoridades establecidas hubieran dicho y predicho sobre cualquier cosa. En adelante pondría su inteligencia ante un único altar, su propia estima. Realmente, no importaba nada la opinión exterior. Su capacidad analítica, absurdamente desperdiciada para la vida académica, tenía por delante una tarea interminable, tan ingente como sus propias ambiciones intelectuales. Al fin y al cabo, lo único que le tenía que importar.

 

Nunca publicó nada sobre ningún asunto y no es seguro que llegara a escribir sobre nada. Sus cavilaciones eran continuas, ricas en detalles, profundas y, desde luego, originales. No le hacía falta consultar amplias bibliografías para estar seguro de que a nadie antes se le había ocurrido lo que a él. Ofendido por la duda cuando alguien se atrevió a mostrarlas, solía contestar que su enfoque del asunto era tan distinto que nada importaba que en algunos aspectos hubiese coincidencias. Sus cada vez más reducidos oyentes (su madre había muerto y no todos en la familia tenían el tiempo y el humor de dedicarle su atención) estaban convencidos de la genialidad que se escondía en aquella cabeza de la que desgraciadamente no tenía ninguna noticia el mundo. ¡Peor para el mundo! ¡Así trata a sus mejores individuos!

     

DEL JARDÍN BOTÁNICO AL JARDÍN BOTÁNICO PASANDO POR EL JARDÍN BOTÁNICO...Y ALGUNA COSA MÁS: VARGAS LLOSA, CÉLINE, JOAQUÍN ARANDA, LA HISTORIA CULTURAL LOCAL...

DEL JARDÍN BOTÁNICO AL JARDÍN BOTÁNICO PASANDO POR EL JARDÍN BOTÁNICO...Y ALGUNA COSA MÁS: VARGAS LLOSA, CÉLINE, JOAQUÍN ARANDA, LA HISTORIA CULTURAL LOCAL...

 A pesar de sus fallos y deficiencias, el Jardín Botánico del Parque Grande me parece siempre una hermosura. Míren que colores, qué texturas, qué punto de fuga rojizo hace el ciruelo - entre los enebros y el ciprés azul del primer plano- avanzando su luz al verdor compacto de los pinos del fondo, por donde se va el sol, aún potente, los anocheceres de verano. En invierno esta vista cobra otros matices al contraluz de un sol muchísimo más débil, tenue, casi como pintado...

Entre cortes de línea y mi trabajo, no he tenido tiempo desde el domingo más que de jugar dos partidas de ajedrez ¡de dos minutos cada una! (que perdí ante un inglés de elo 1250; el mío debe de estar, en esa modalidad, por los 850...) y de leer cuatro líneas cada noche de "Memorias de la niña mala" (¿o no se titula exactamente así?) de Vargas Llosa. No está mal, incluso hay páginas muy buenas. Pero espero a terminarla para, sobre todo, lanzarme sobre "Normance. Fantasía para otra ocasión, II" de Luis-Ferdinand Céline, en el que al parecer recrea todo un bombardeo que asoló París una noche de abril de 1944, bombardeo del que fue textigo el escritor francés del siglo XX que más me interesa (y miren que hay buenos...). Me fascina la literatura de Céline, su capacidad para reflejar una realidad amplísima y al mismo tiempo insertar la constante fisura de la opinión del narrador. Como en francés no hay forma de comprenderlo (al menos con mi francés), leo a Céline en las traducciones que sacó la editorial Lumen. Ahora no recuerdo la casa editorial que saca sus títulos (las mismas traducciones de Lumen) en formato bolsillo y a un precio estupendo. Lo curioso es que en la librería del Corte Inglés, siempre tan original, ¡hay que buscar sus novelas en la sección de "Biografías"! ¡Si fuera por eso, todas las novelas podrían ponerse en esos estantes! Después de ver a Max Aub entre los autores "extranjeros", esto de las novelas de Céline en la sección de "Biografías" es la segunda curiosidad que detecto en esa librería.

Pero no les engaño si les digo que estos días voy del Jardín Botánico al Jardín Botánico pasando por el Jardín Botánico. Voy en persona ¡y qué calor paso!, voy en el plano, voy por teléfono para que mi amigo el sabio Mariano Cester (uno de los tres coautores del la Guía) me confirme tal o cual planta... Mariano es capaz, con su santa paciencia, de bajar al Jardín, dejarse guiar por mí por teléfono y decirme exactamente la especie que está plantada donde le digo que hay una planta que no acabo de clasificar... Los dos (y Luis Moreno, el tercer coautor) nos sabemos  el Jardín Botánico como la palma de la mano, de tanto recorrerlo al natural y en papel, en foto y hasta en cinta de magnetofón: Mariano me dió unas explicaciones hace años sobre aquellas plantas que conservo como oro en paño: son todo un manual de botánica taxonómica explicada en detalle y con fórmulas mnemotécnicas estupendas. Luis Moreno, por entonces, me explicaba cómo funcionan por dentro las plantas y me hacía leer (en inglés, porque no hay traducciones) a su gran maestro Shigo, padre de la fisiología vegetal contemporánea. Con ellos dos he aprendido toda o casi toda la botánica que sé. Y si hubiese sido un alumno más aplicado sería ya un medio sabio. Por ellos no ha quedado nada por explicar.

Apenas me dió tiempo para escribir el texto que publicó el Heraldo el lunes sobre la "aportación cultural personal" del recientemente fallecido Joaquín Aranda. Lo de "personal" se transformó en "gran" y así salió titulado mi breve artículo en el que pretendía solamente enmarcar la aportación de Joaquín Aranda como crítico de libros, teatro y cine (y alguna vez también de música). Lo que más me importa resaltar es que la Zaragoza "oficial" lectora y espectadora (y lectora del Heraldo) de los últimos treinta años ha tenido como referente a Joaquín Aranda y que eso - su influencia en la formación del gusto - podría estudiarse en detalle. Salvo que prefiramos no estudiar nunca qué hay en el río de la vida cultural de Zaragoza unos metros o kilómetros corriente arriba, en el pasado. Me temo que so es lo que se prefiere generalizadamente: plantea menos problemas comenzar siempre de cero, vivir al día, ser actor@s del hoy mismo y no meterese en historias. Sucede en esto, en la historia cultural de una ciudad, como en las familias: la mayoría de sus miembros prefieren "no hurgar en el pasado familiar" para no complicarse la vida. Pues bueno.

Me meto de nuevo en el Jardín. Tengo que añadir unos breves textos sobre unas pocas plantas recientemente incorporadas...Tengo mucho interés en que esta Guía sea realmente práctica y útil. Y como no tengo muchas fuerzas, como ya les he ido contando, he de ponerme a  la tarea cada poco para conseguir un resultado homogéneo en el que no se perciban rastros de mi cansancio.

 

ENCUENTRO CON GUILLERMO FATÁS. LA MADRE, LA ENFERMEDAD, LA MUERTE Y LOS RECUERDOS.

ENCUENTRO CON GUILLERMO FATÁS. LA MADRE, LA ENFERMEDAD,  LA MUERTE Y LOS RECUERDOS.

De vuelta del paseo matinal (ya saben, lo primero pasar por la cafetería-Librería "Cuentos cortos" de nuestra amiga María José Vidal: hoy hemos comprado una novela de Sharpe y una gruesa novela de autor desconocido sobre el Japón del S. XVIII...¡Cuatro euros en total!) encontramos a Guillermo Fatás, siempre cariñoso y elegante con Ana y con Celia. Conmigo prefiere un trato más de hermano mayor con prerrogativas de cachondeo a mi costa: es la ley de las primacías y esas cosas. Como para mí Guillermo es como un hermano mayor (tengo varios, aparte de mi hermano mayor Jesús: Guillermo, José-Carlos Mainer, José Antonio Labordeta, Eloy Fernández...; incluso tengo hada madrina: María Carmen Lacarra), como lo es, digo, me gusta su trato jocoso y pinchudo: siempre aguza el ingenio para reirse cariñosamente de mí, y eso es lo que ha hecho también este mediodía, junto al Canal, a costa de mi recién estrenada barriga pastillera.

Hablamos de las madres ya mayores, enfermas de esa enfermedad que llega a ser tener muchos años, de las tristezas que provocan las visitas, sus silencios, el espectáculo de su lenta extinción...  Guillermo tiene un orzuelo, o algo parecido en su ojo izquierdo, y procuro no mirarlo (la mirada vuelve ahí...) porque a mí ver algo en un ojo me produce lagrimeo, asi que lloro sólo por eso. Me pasa desde siempre y puede dar motivos de equivocación... Así que le miro el bigote ya cano y más poblado que nunca,  el móvil arco de las cejas y las líneas cortantes de sus mejillas que se hacen más patentes cuando ríe.

Hablamos de bobadas por no (no de bobadas porno, sino por no) ir a las cosas serias: ni es hora ni lugar ni falta que hace. Lo que haacemos son risas. Para qué contar...

Pero está ese recuerdo aún patente de la madre recién visitada, el íntimo lamento de un hijo que ha pasado un buen rato mirando a su madre mirar quién sabe dónde...

Le digo sinceramente que le comprendo pero que le envidio: mi madre (ya lo sabe él) está hecha polvo en un nicho de Torrero hace ya veintiseis años. Hace mucho que perdió sus ojos. Si mira será con otra forma de mirar, y esa es una idea o sueño a los que no renuncio. Pero mi madre y sus ojos, lo que se dice mi madre y sus ojos no están. Así que se lo digo. Nunca puedo resistir la tentación de decirlo a quienes cuentan cómo están sus madres, mayorcísimas...

Guillermo alaba la estampa de mi hija, inventa una cabriola intelectual y salta lejos del tema. Lo mejor. La sombra de los plataneros, a orilla del Canal, nos mima, y esa brisa preciosa que se mueve hoy por la ciudad.

Nos despedimos.

Ana me dice que ahora encuentra mejor físicamente a Guillermo, y como más tranquilo. Digo que sí. A mí también me lo ha parecido. Por encima de todo, uno se alegra de ver que los amigos hermanos mayores están bien, se ríen, guardan cariño, animan...

TRABAJOS FORZADOS: LA GUIA DEL JARDÍN BOTÁNICO SE ME APODERA...

TRABAJOS FORZADOS: LA GUIA DEL JARDÍN BOTÁNICO SE ME APODERA...

 Este bonito dibujo copia un Prunus, un ciruelo. Láminas así alegran la vista. La mía está muy cansada. ¿Ha sido sensato asumir esta tarea, tal como estoy? A l@s futur@s lector@s de la Guía del Jardín Botánico les importarán un pito mis dolencias de ahora. Nunca tendrían, leyendo la Guía, que poderlas sospechar...

Llevo corregidas cien páginas de la Guía del Jardín Botánico. También he puesto los pies de fotos correspondientes a las de esas páginas. He rehecho por tercera vez la lista de plantas ubicadas en el jardín. He rehecho por cuarta vez el plano de las ubicaciones. Tengo la penosa impresión de que estos trabajos me están agotando totalmente, mucho más de lo esperable o de lo que deberían, o de lo que yo desearía. No estoy acostumbrado a fatigarme tanto en una tarea como ésta. Imagino que es cosa de las pastillas y de la depresión que va por dentro.

Mi cuerpo se rebela contra estos trabajos que me resultan trabajos forzados, castigo físico e intelectual. Nunca me había sucedido penar tanto por ellos. Siempre son pesados, pero nunca los había sentido como  una losa a punto de aplastarme.

Me quedan otras cien páginas, y no sé cómo me las arreglaré para llegar al final. Ya sé que estas líneas son producto del cansancio de dos tardes de trabajo intensivo. Pero antes passaba cinco horas seguidas en la mesa y no me sentía como ahora, hecho un guiñapo. ¿Es también la edad? Hace unos años que no me enfrento a un libro de este tipo (fotos, índices, planos, etc. Lo último que hice semejante fue el estudio sobre la decoración del coro gótico de la catedral de Tarazona, y ya me costó mis sudores conseguir que saliera suficientemente bien. Fue hace más de un año (ya se publicó en Turia: mi amigo el sabio profesor Jesús Criado hizo todo lo posible por animarme al parto, al que yo me resistía por razones semejantes a las que hoy les comento aquí.

¿Por qué la depresión, o las pastillas que la mitigan, tienen este efecto incapacitador? No estoy acostumbrado a sufrir realizando estas tareas. Incluso he disfrutado mucho en ocasiones realizándolas.

Esta noche rabio. No puedo ni con el pelo. Si cierro los ojos, todo me da vueltas. He consumido una tetera de un litro de té y dos botellines de agua. Estoy empapado, tembloroso, tristón.

Como decidí hacer en este blog una especie de historieta sobre la producción de esta Guía, escribo a toda marcha estas líneas después de copiar el anuncio de la revista Laincineradora, a la que he echado un vistazo en un descanso de la labor.

Ustedes disculpen si les molesto con estas confesiones de un escritor agotado. Tengo la impresión de haberme comprometido a una tarea para  que (¿aún?, ¿ya?) no estoy en condiciones de asumir. Lo pagarán l@s lector@s de la Guía, que sufrirán los fallos que haya dejado pasar o los que no haya sabido resolver. Hace diez años, cuando redacté por primera vez el texto de esta Guía (tengo el recuerdo de unas maravillosas madrugadas de la Semana Santa de 1997 en las que todo iba saliendo con facilidad...), hace diez años... ¡Nadie es la misma persona al cabo de diez años!¡Pero menos que much@s yo ahora, agobiado hasta la exasperación!

Mañana seguiré en ello. Cuando esté el libro en la calle a nadie tendrán por qué importar mis cuitas de ahora, mis problemas personales, mis dificultades o mi enfermedad. Esas personas se merecen un buen libro. Y yo tengo el deber de hacer cuanto pueda porque lo reciban. ¡Lamento tanto no estar en condiciones de asegurar que así será!

Es de noche, tengo hambre. Ya es hora de cenar. No es momento para recapitulaciones porque a esta hora y tal como estoy todo me parece mal. Requetemal.

Cenar, descansar, dormir, pasear, charlar, reir.

Y ponerme a esta mesa unas horas, a ver si avanzo un poco más. Y mejor.

Buenas noches.

PRUEBAS DE IMPRENTA: LA ÍNTIMA FIESTA DEL LIBRO

PRUEBAS DE IMPRENTA: LA ÍNTIMA FIESTA DEL LIBRO

Ayer me entregaron en Prames las primeras pruebas del libro. Recibirlas es el primer regalo que se obtiene por escribir un libro. Y puede decirse que mientras estás en esa fase del desarrollo del libro , éste aún depende algo de tí, aún es (casi) sólo tuyo y la fiesta se desarrolla en a intimidad.

Antes se llamaban y eran realmente "pruebas de imprenta": te entregaban largas tiras estrechas de papel de baja calidad en las que iba impreso el texto como en una cinta sin fin troceada cada medio metro.  El texto iba compuesto ya con la longitud de las líneas que tendría en el libro "la caja" de cada página. Pero ni por asomo podía uno así hacerse una idea de cómo quedaría el libro finalmente acabado.

Estoy hablando de hace treinta años, años de mi juventud, y sin embargo estoy hablando de otra época de la historia de los libros y de la imprenta.

Ahora te entregan lo que llaman "maqueta", que ya es una impresión, generalmente con las ilustraciones puestas, del texto tal y como irá en el libro, con su paginación y lu aspecto de libro, sólo que en copias a dos caras sin la composición de cuaderillos que luego se hará para el ordenamiento de las páginas. Y, por supuesto, se te entrega sin encuadernar. Pero la impresión que se tiene ya, página a página,  es la de estar viendo cada página del libro tal y como aparecerá. Es una sensación mucho más placentera que la de aquellas "galeradas", que así llamaban antes a las tiras de papel impreso en las que se entregaban las pruebas de imprenta.

Pues ayer me enregó el maquetador Sergio Naya de Prames esas pruebas en forma de "maqueta" de la Guía del Jardín Botánico. Ahora viene corregir las erratas que pueda llevar el texto, poner los pies de fotos (¡de muchas fotos, afortunadamente!) y asegurarse de que todo va en su orden y según las necesidades objetivas del libro y los deseos subjetivos del autor. Siempre hay algo que sobra y algo que falta, y aún se está a tiempo de intervenir.

Con la "maqueta" en la mesa ya ves el libro como se verá el día de mañana. Pero aún está en un estado en el que nadie lo encontraría en una librería o biblioteca. Se parece a una fotocopia de un libro. Eso sí que acostumbrábamos a ver bastantes veces cuando las normas sobre la propiedad intelectual parecían no existir, sobre todo en la burbuja de la "vida académica".

La sensación ante la "maqueta" es que estás viendo por última vez tu libro en la intimidad. La fiesta es aún enteramente privada. Son horas (porque cuesta horas revisar todo un libro) que se viven con un sentimiento muy especial. Si todo va bien, la siguiente vez que ves el libro estará ya impreso y encuadernado: será ya un libro y estará dispuesto a salir a la calle en busca de su público lector.

Sergio se ha esmerado en la composición de las páginas.  De acuerdo a las pautas propuestas, ha elegido un tipo de letras, una forma de presentar el texto: títulos, etc. Y ha insertado las fotos en el orden y en los lugares que se el autor le ha indicado.  Ese trabajo no es nada fácil: exige artesarnía y arte, oficio y compenetración con el "espíritu" del libro y con los deseos del autor. Si se tratara de un libro de una colección con parámetros ya fijados, los deseos del autor no tendrían nada que hacer a la hora de maquetar un libro. Pero en este caso, dentro de unos límites, las ideas del autor tienen cierto eco en la composición, aunque ésta realmente depende únicamente del maquetador. Son sus ojos, su gusto y su experiencia los que rigen la tarea de maquetar. En caso de duda o de disentimiento, personalmente me pliego siempre a la opinión del maquetador: él sabe mejor que yo cómo quedará el resultado final. ¿Para qué darle la lata insistiendo en otra cosa? A cada cual lo suyo.

Seguiré contándoles la historia de este libro. Ahora está en un momento muy emocionante, créanlo.

UN CUENTO TRISTE:

UN CUENTO TRISTE:

 Hay quienes pretenden mantenerse por las nubes...mientras pisan malamente a quienes viven encuentran en la tierra. De eso va este relato, más bien escena dramática.   

                                             LA DOCTRINA O LA VIDA  

De mañana temprano, llamaron al portero automático de su casa: una voz femenina le pedía que abriera para dejarle una carta en el buzón. ¿Pero quién eres? No le invitó a subir. No bajó hasta estar seguro de que sería imposible encontrársela en el portal.

Leyó la carta, que comenzaba:  Permíteme que vuelva a comunicar contigo antes de lo previsto. Sobrevolando la tristeza que tengo por la drástica despedida y algo dolida por la dureza de tu respuesta al teléfono, quiero hablarte, y hablarte con mucho amor. ¿Puedo hablarte de amor sin sexo o seré sospechosa de calientapollas? Tú dirás si puedo o no puedo... ¿Estás ahí? 

En unos párrafos cariñosos se dolía y se disculpaba. Temía haber estropeado su relación con sus dudas e inseguridades. Y también sentía dolor porque quizás había malogrado su acercamiento a la sabiduría que ella intentaba obtener y difundir...  El resto era doctrina, su reafirmación en las ideas del control sexual, la castidad y las esencias espirituales de sus disciplinas.

Y acababa: Tras estas largas explicaciones, que necesitaba darte aunque no sé si aún te interesan, me despido con una bendición: Om Prema Ananda Mangalam (Amor, Felicidad, Prosperidad). Om Shanti  Shanti  Shanti... Hari Om.  

Le irritó esa carta doctrinal en la que aquella mujer huía de hablar de sus problemas reales y de sus deseos y sentimientos concretos y se refugiaba tras las líneas de los catecismos de su grupo. Le disgustó mucho leer aquellos párrafos. Le hicieron estimarla y quererla menos y sentir compasión.  

Por esa compasión, y por el cariño que aún le tenía, le llamó.

Fue una larga conversación muy triste.  

-         Mi fallo ha sido enamorarme de ti, confesaba ella, culposa.  

-         ¡Por qué no te has apoyado en mí para realizar tu plan!, preguntó él, enfadado. En algún momento fue cruel: 

-         Seis años de tu instrucción en esa filosofía no te has servido para nada. ¡Necesitas sesenta! Estaba desesperado y tenía que hacer un esfuerzo muy grande para no atacar. Y pese a todo, a veces atacó.  

Ella temía que él pensase que había estado jugando con él…  

- Me he hecho muchísimo daño. He ido con la mejor intención...He estado siempre indecisa...Y volvía con su culpa: Mi único fallo fue haberme enamorado. 

-         Yo sólo puedo ofrecerte ahora silencio, decía él intentando ser dulce. Me has hecho mucho daño. Has envenenado todo con tu insistencia.

Ella le pedía que no abandonase... ¡Yo ahora no puedo hacer nada, sólo llorar!, le replicó.  

Ella se culpaba de haberse puesto a darle esas clases, sin estar preparada, sin alejarle de ella en un grupo amplio... 

-         ¡Si lo tenías tan claro, por qué hacías lo contrario de lo que pensabas? 

-          Pensaba que enseguida evitaríamos esa situación...Pero todo ha salido mal, terriblemente mal. Y es que no te entendí cuando me ofreciste la posibilidad de relacionarme sólo espiritualmente.  

-         ¡No lo entendiste! No era algo definitivo. 

 -         Pero tampoco yo me había pronunciado definitivamente. Sólo había expresado mi duda. Se le habían alborotado de tal forma las emociones... 

Él, por segunda vez, atacó: ¡A lo mejor ella esperaba que él le hubiera escrito poemas y cuentos para pedirle guerra...!  

- ¡Como puedes decirme eso!, le oyó gemir dolida. ¡Pero no aceptaste mis palabras! La voz de ella sobrenadaba la oscuridad. Es que cuando tú habías cerrado algo yo aún lo tenía abierto. Siento haberte hecho daño. Espero que se te pase enseguida. Me cuesta creer que  no haya un fondo de bien... ¡Y me doy cuenta de que no me quieres nada, nada! Eso es lo que percibo. Piensas que he sido bienintencionada y, porque algo sí me quieres, me llamas para no dejarme tirada, demasiado maltratada. Por compasión.  Seguía su voz, debilitada: he entendido que lo que habías vivido como amor se había convertido en algo nefasto.

 - ¡No!, gritó él sin evitar otra vez el ataque: ¡No se me ha convertido! ¡Me  has envenenado todo eso que decías ofrecerme! ¡Y ahora soy incapaz de seguir sin desesperarme y llorar por no verte junto a mí, instruyéndome con tu voz y tu gesto...? ¡Pero si resulta que te viene bien decirte que no te quiero, pues tranquilízate así. Y ponme ahora de  malo de la película y ya está. 

 - Yo te quiero igual, decía ella como si recitara un mantra. Pero era un triste mantra.

- Me parecía que te sentías estafado.

Lo que él había visto era como una mujer maravillosa se metía más y más en un lodazal, ella sola, sin ninguna  necesidad.

La dejaba hecha polvo. No sabía qué hacer. También ella lo pasaba muy mal. Se había enamorado muchísimo de él. Se había descolocado por completo. Un terremoto semejante...

-Es mucho lo que se ha removido dentro de mí y no puedo ver claro. Me queda la sensación de haberlo estropeado todo yo, de haberlo envenenado, como tú dices. Es una impresión muy fuerte. 

A él le costaba seguir la conversación. Se había tomado una pastilla porque ya la angustia se le iba apoderando. Con aquello diluyéndose bajo su lengua intentó hablarle con cariño y claridad.  - Sabes lo que te sucede pero no quieres decírtelo. Porque contradice doctrinas, filosofías, conveniencias, intereses creados, crea conflictos... Hay que aceptar que la vida sea amor y conflictos. O será conflictos sin amor. Yo opté por vivir los conflictos con amor y aceptar los conflictos del amor. Te he querido querer como tú querías que te quisiera. Como tú me pediste que te quisiera. Y no hemos sabido. Los dos. No hemos sabido. Pero no puedo acusarme de nada. Lo sé sin ninguna duda. Y ahora tengo que sobrevivir, ¿entiendes? Tú sabías cómo estaba, cuando nos conocimos. Pues ahora tengo que sobrevivir también a pesar de esto.  

- Me haces pensar que lo que te pareció bueno no era bueno, que era un fraude, que era un fraude yo. ¡Te he querido tanto, con tanta ilusión, tan puramente! No me he sabido expresar ni entenderte por esa conmoción...No me puedo creer que sólo te vaya a quedar el veneno.  

Él quería despedirse, acabar con el sufrimiento de esos momentos. Cerrar los ojos. Descansar.  - Ahora hay que pensar que no nos vamos a ver nunca más. Hay que pensarlo.  

- Pero me quedo con una pena, insistía ella. Me quedo con el dolor de dejarte tan mal. Pensar que puedes estar mal o peor. Tengo un pesar enorme. No hay otra solución: nos despedimos ahora. Deseo intuir que estás bien un día. No sé ni lo que es más conveniente. ¡No sé ni lo que puedo decirte por no hacerte mal. Así que cada cual obraremos como nos parezca, sentiremos como nos parezca... Me queda mucho dolor, mucho dolor al pensar que puedes estar mal. Pero dime que estarás mejor. 

¿Cómo iba a decirle algo así? Lentamente susurró:  

- No. Ahora no puedo decirte nada.  

- ¿No quieres que te diga ni te mande nada? 

Estaba ya con la desesperación invadiéndole por entero: Que no puedo. Que no puedo. 

- ¿Ni pensamientos ni nada? 

Se lo dijo: - Que no puedo. Que no puedo.  

- No te oigo bien. 

- ¡¡Que no puedo más!!

 - Bueno. Que sí. Que hay que cortar del todo y hay que cortar del todo. Parecía resignada, abatida, vencida.

 - Yo me quedaré callado. Absolutamente callado. Recordaré el tesoro que me diste... 

- Que el veneno se transforme en otra cosa. ¡Intentaré quererte callada también! - No lo vas a intentar. ¡Lo harás! -Intentaré hacer una especie de muro... 

-¡Yo no! ¡Yo voy a pensar en ti todo lo que me dé la gana! ¡No voy a hacer ningún muro! 

-Pues entonces te llegarán mis pensamientos, mis sentimientos. Te llegarán. ¿Se estaba animando? 

-Pues ya lo veré. Si me llegan, ya los veré. 

-¡Pues hasta pronto! 

- ¡No tengo ni idea! ¡No creo! 

-¡Yo tampoco! Ella Intenta reír. 

-Un beso. 

-Otro.

- Adiós. 

-Adiós.   

LIBROS A DOS EUROS EN LA LIBRERÍA-CAFETERÍA "CUENTOS CORTOS": HALLAZGOS INESPERADOS DE CAMINO AL PARQUE

LIBROS A DOS EUROS EN LA LIBRERÍA-CAFETERÍA "CUENTOS CORTOS": HALLAZGOS INESPERADOS DE CAMINO AL PARQUE

 Este árbol doblemente encadenado por hiedra y por cadena ... 

Hoy es domingo, así que pasearemos juntos por la mañana. Por el Paseo de Ruiseñores iremos al Parque Grande y ya por Cejador Frauca tomaremos la calle de los Jilgueros para, retrocediendo un poco en nuestro caminar hacia el parque, caer en la calle Arzobispo Morcillo, a la Cafetería Librería "Cuentos Cortos", a ver sus expositores llenos de libros de ocasión a dos euros cada uno. Dentro estará María José Vidal, la dueña y señora de un pequeño inmenso reino de amistad y lectura que ha ido haciéndosenos imprescindible.

Casi cada mañana de domingo acudimos allí por ver los libros y encontrar ése que hace ilusión de pronto, inesperadamente: comprar libros así también es una forma de salir del camino previsto (un poco como este rodeo que nos aleja unos metros del parque, objetivo final...) en la lectura. ¡Cuántas veces, al sol de la mañana, hemos visto ahí expuesto un libro importante! Importante por el autor, por el título, por el tema, por la edición... ¡y a dos euros! ¿Quién no compra un libro por dos euros, si además es un libro importante?

Hablamos con María José, constatamos que su sonrisa está en su sitio yque sus ojos claros nos miran con el brillo habitual, comentamos la compra que le hacemos, preguntamos por un libro por si acaso lo tiene, charlamos de algo nuevo que ha ocurrido... En su librería-cafetería hemos tomado a veces té, café o refrescos mientras afuera caía la lluvia o azotaba el aire o el sol fundía los plomos de las muelas: entre libros, libros importantes. A dos euros, a cinco euros, a diez euros...

Ha llegado un momento en la historia del comercio del libro en Zaragoza que para encontrar libros (especialmente novelas, pero no sólo) que no sean de absoluta e inmediata novedad hay que acudir a librerías como ésta de María José. Aquí encuentras ése que en su día no compraste (a lo mejor por su precio), aquél que no leíste porque andabas en otras lecturas o unos cuantos volúmenes sobre un asunto que no antendiste antes (la historia de un país o una biografía, un estudio sobre tales o cuales animales...).

Después de comprar, ¡a dos euros!, cada cual su libro seguiremos por Arzobismo Morcillo  hasta el paseo de Renovales, que cruzaremos para entrar en el Parque Grande.

Al cabo de un rato uno u otro propondrá sentarse y hojear esos libros tomando cualquier cosa en cualquier bar del parque.

Me divierte mirarlas de reojo, un instante, mientras miran sus libros recién adquiridos. A la sombra o al sol, sus figuras se me hacen más amables aún, más entrañables. Yo también miro en mi libro, pero esos instantes de fugaz espionaje me interesan mucho más entonces que esas páginas que podré mirar siempre que quiera. ¿Desaparecerán ellas? Por un momento el corazón detiene su bombeo... Ana y Celia, junto a mí; o mejor, yo junto a Celia y Ana.Pido a Dios que pueda verlas siempre, durante toda mi vida,  como ahora, tranquilas, felizmente absortas (¿o ellas también me espían?) en sus libros, aquí en el Parque Grande...

"BLANCA LUZ". UN TEXTO (INCOMPLETO) SOBRE UNA BÚSQUEDA RELIGIOSA.

"BLANCA LUZ". UN TEXTO (INCOMPLETO) SOBRE UNA BÚSQUEDA RELIGIOSA.

¿Por qué no? Se había enamorado. Enamorado de Dios. Una vida con Dios, ¿cómo sería?          

                             

                                                                             BLANCA LUZ 

 

 I. Enamorado 

Los días que pasó en aquel convento acabaron en un desbordamiento deseado y temido. Al segundo día escribió en su cuaderno: ¿Por qué no? Por aquella rendija salió en pocas horas todo su corazón: un preso que abandonaba en medio de la noche, al cabo de veinte años, la cárcel que a sí mismo se dio. Perplejo, aturdido y asustado, emocionado, entusiasmado, asustado, aturdido y perplejo: así se sentía esos días ante la insólita idea de creer de nuevo en Dios. Escribió en su cuaderno: enamorado. Así se sentía, enamorado del amor de Dios. Deseaba sentirse amado por aquel Dios de cuya existencia descreyó sin acaso dejar de desearla. Sencillamente, Dios no era necesario. La vida humana se dignificaba con el ateísmo, una fase intelectual y moral superior. Las creencias en la existencia divina no eran sino fruto de la increencia en el ser humano. Un ser humano completo y consciente de lo primero que se daba cuenta era de que no había Dios. Y como tantas otras buenas cosas, dejaba en la dulce memoria de la infancia las vivencias de la religión.

 

En su caso, esas vivencias, sus vivencias más íntimas, contradecían el discurso teológico de quienes para su desgracia se encargaron oficialmente de su educación. Acaso por eso su ruptura juvenil fue más una ruptura con el mundo adulto de los profesionales de la religión que con el mundo infantil al calor de la fe de sus padres. Se negó firmemente a aceptar y soportar las raíces religiosas de la opresión social mientras dejaba a buen recaudo un tesoro sentimental cuyas raíces se hundían en lo más profundo de su corazón. Si Dios era tan sólo esa excusa de los opresores, o peor, ese cruel aprovechamiento de los temores y anhelos de los oprimidos, él no tendría nunca más ninguna relación con él. ¿Y dónde había otro Dios que no fuese aquél inverosímil espantajo?

 

 La fe de los pocos que luchaban contra la dictadura y contra el capitalismo le parecía un resto de su vinculación a los centros de poder en donde se habían formado esos núcleos de resistencia. Una contradicción indeseable y un peligroso vínculo con quienes seguramente aprovecharían en su contra su buena fe. Por encima de aquel oscuro mundo truculento, brutal, inhumano, de las religiones, se alzaba el mundo luminoso de la razón y del compromiso con los oprimidos, en cuya base material cotidiana germinaban los frutos de una nueva ética, de una nueva concepción del mundo y de una nueva sensibilidad hacia el género humano, lo que también engendraría una estética. Todo un programa vital para un joven con ganas de hacer de su vida una vida intensa.

 

En la celda de aquel monasterio, tras escribir en su cuaderno la autoconfesión de que deseaba creer en Dios y dejarse amar por El independientemente de lo que ocurriera en su vida desde aquel instante o, mejor, de acuerdo con que su vida cambiara radicalmente a partir de la vivencia de ese Amor, se asomó a la ventana. Miró hacia el cielo y se reconoció exultante y asustado: había dado el paso que nunca se atrevió a dar. Su felicidad contrastaba con el horror que sentía ante la revolución total que imaginaba en su vida. Una vida con Dios, ¿cómo sería? Frente a los muros antiguos del convento se le ocurrió que el horror que se le apoderaba era el mismo que el que hubieron de sentir quienes en medio de una vida consagrada por completo a Dios hubieran de reconocerse a sí mismos su increencia. Pero ese horror, pensó enseguida, no le debía paralizar. Si algo tenía que hacerle rechazar de nuevo la idea de la existencia de Dios no podía ser ni el horror interior, ni la previsible vergüenza, ni el qué dirán. Ni siquiera el silencio de Dios podría ser la excusa en adelante: sólo el silencio de su propio corazón. 

 

Su corazón, a partir de entonces, comenzó a sentir con tal intensidad una desconocida dicha que tan sólo tenía entendimiento para reconocerla en su interior, disfrutarla y agradecerla. Concentrando su atención en su interior hasta donde nunca antes había conseguido concentrarla conseguía por instantes identificar una imagen relativamente concreta del origen de su inmenso placer: en un punto ilocalizable de sí mismo pero no por ello menos reconocible como parte de sí, un toque inefable hacía expandirse por todo su organismo, su conciencia y su sentir, un gozo siempre más intenso y profundo, un gozo tan interior como envolvente, un gozo que era realmente una nueva y desconocida forma de sentir.

 III. La teología 

 

Durante años él leyó voluminosos tomos de teología en cuyo interior encontraba el rastro del fogonazo originario de una fe personal, como la luz evasiva de una estrella fugaz en el firmamento. Pero en aquel interior oscurecido por argumentos despreciables moralmente o intelectualmente inatendibles ese rastro no hacía sino contrastar con la intención de aquellas obras y con su asfixiante pretendida lógica. Algunos de esos importantes libros resultaban realmente risibles en parte o en su totalidad y en todos ellos se exhibía la execrable consecuencia de lo que había que suponer que era una buena intención. Tardó en reconocerse a sí mismo que nada de lo que estaba buscando lo encontraría en páginas como aquellas, lo que le produjo un doble sentimiento de liberación y de temor: se veía obligado a contar tan sólo con sus propias fuerzas en su búsqueda de Dios.

 

Porque a Dios sí sabía que lo estaba buscando. Con todas o casi todas sus fuerzas. Enamorado de Dios, como se sabía, deseaba conocer el rostro de aquel Ser, necesitaba saber con Quién y por Quién estaba siendo tan inmensamente feliz. Sentía un gran agradecimiento y un gran pesar. Dio gracias a Dios y le pidió perdón por todos aquellos años de no haber sabido disfrutar de su Amor, negándolo. Esa sería en una primera fase su principal tarea interior: dar gracias y pedir perdón. Después todo consistiría en dar gracias y en dejarse querer. Vislumbraba una tercera fase en la que fuera capaz de traducir ese Amor de Dios hacia su persona en algo positivo hacia los demás, pero al salir del convento no podía ver con claridad más allá de la línea de su propia intimidad, y aún en ella sin mucha precisión. Abierta la puerta a Dios, su luz le resultó cegadora: todo su cerebro estaba inundado de una dulcísima luz blanca cuya tibia forma lechosa lo bañaba por completo haciendo de su cráneo una especie de tarro en el que se guardara su cerebro transformado en un denso perfume como aquel que llevara María Magdalena la madrugada de la Resurrección. ¿Y quién había resucitado en el convento esa mañana? Le parecía que aquella experiencia suponía una muerte, un punto de inflexión de tal categoría que su futuro, estrictamente su futuro, dependía de qué opción tomaba en relación a una pregunta: ¿existe Dios? Si dejaba esa pregunta sin respuesta estaba muerto. Vivir sin contestarla no era vivir completamente vivo ante sí mismo. Era indigno callar.

 

Podía optar por afrontar esa muerte sin necesidad de ninguna resurrección: una muerte más de las muchas que jalonan una vida en busca de uno mismo. Un buen recuerdo y una pequeña decepción. Se trataría de una vivencia sentimental, a la que le habría abocado su propio deseo de Dios, su propia necesidad de acabar con una cada vez más agotadora lucha consigo mismo ante la disyuntiva de afirmar o negar la existencia de Dios. Podía dedicar el tiempo que hiciese falta al análisis del proceso que le había llevado, primero hasta ese convento y después hasta la exaltación nerviosa de aquellos días. Sería una tarea en cierto modo necesaria para recomponer las piezas de su puzzle interior: ¿de dónde nacía y en qué consistía su creciente deseo de que realmente existiese Dios? Volver a los orígenes de su ateísmo, al estudio de la idea de Dios como deseo de una humanidad frustrada por las desgracias y el absurdo, asustada de su propia capacidad de decisión,  incapaz de asumir su propio destino con la cabeza bien alta. Eso sin entrar en el despreciable aprovechamiento de ese deseo por parte de los organizadores de cualquier religiosidad.

 

Pero para eso tendría que negarse a sí mismo lo verdaderamente especial de la vivencia que estaba experimentando, negársela y enterrarla bajo todo lo que hasta ese momento había creído aprender de la vida y de sí mismo. Volvería sobre sus pasos y continuaría su caminar con el impulso y con los alimentos que le habían llevado hasta allí mismo. Nada habría perdido, en ese caso, visto desde la experiencia de veinte años de vida sin Dios. ¡No lo necesitaba para nada! No estaba en sus planes contar con El en la búsqueda de la verdad ni del compromiso con el género humano. Y había aprendido a caminar sin cogerse de ninguna mano. El problema, para él, en esos momentos, era que una mayoría de sus voces interiores hablaban de una felicidad absolutamente extraña a todo otro tipo de felicidades que había experimentado antes.

 

Sus voces interiores no se ponían de acuerdo en la definición de esa felicidad, pero coincidían en destacarla y diferenciarla de cualquier otro sentimiento experimentado hasta entonces y en afirmar (incluso las que lo entendían como algo puramente propio de sí mismo, sin necesidad de intervención de ningún dios en ello) que ese sentimiento de felicidad conllevaba una luminosidad intelectual notabilísima: no se trataba de un embobamiento ni entontecimiento. Antes bien, sus capacidades intelectuales parecían haber experimentado un despegue más allá de toda la confianza que desde hacía muchos años había tenido en ellas. Se sentía perfectamente despejado.

  

Nunca como esa mañana había tenido constancia de su propia libertad. De ella dependía la identidad de quien saliera de aquel convento. Se le ocurrió que toda su vida pasada cobraba un nuevo sentido con aquel encuentro con Dios: un sentido en el que todo lo que había hecho y todo lo que no había hecho le posibilitaba, afortunadamente, decidir libremente su actitud ante aquella pregunta que ahora le resultaba esencial, una pregunta de ningún modo acallable. Nada le obligaba a darle una respuesta afirmativa o negativa, ni siquiera a darle una respuesta. Esta última opción le desagradaba, pero incluso le pareció por momentos la más aceptable. El único problema era que la pregunta estaba planteada y que nunca le convenció aquello del agnosticismo: se creía o no se creía en Dios, se era creyente o ateo. ¿Qué era el agnosticismo? En su opinión, una trampa intelectual y una cobardía moral. Comprendía las trampas y aceptaba las cobardías, incluidas las trampas y las cobardías propias, pero de ahí a elevarlas a sistema de pensamiento iba demasiado trecho.

 

A sus diecinueve años, enfrentado libremente a la misma pregunta, decidió que las explicaciones sobre la necesidad de Dios eran contundentes frente a los argumentos a favor de su existencia real. Y decidió archivar cariñosamente sus vivencias como vivencias basadas en ese deseo, y por tanto vivencias relativas a su propia comunicación consigo mismo en un proceso natural de crecimiento personal en el medio familiar y social en el que había nacido, y no en la vivencia real de una comunicación con Dios. Nada que objetar a sus recuerdos. Eran unos importantes recuerdos de sí mismo. Veinte años después volvía la mirada hacia ese archivo de recuerdos personales y podía entenderlos como entonces o preguntarse con la misma libertad si aquellas vivencias tenían algo que ver con la existencia del Dios al que dirigía sus pensamientos.

 

También podía mantener su reciente cadáver expuesto a la luz de Dios y confiar en que, gracias a ella, incluso lo que había creído aprender cobrara un nuevo sentido, compatible con la buena nueva de la existencia de Dios. Para esa muerte tenía también una palabra salvadora: confianza, confianza en Dios. Con esa confianza podía resucitar, atreverse a ser más él mismo siendo él mismo con Dios.

 

Tenía claro que a la religión de su infancia no volvería. Aquel dios devoraniños, aquel dios insaciablemente culpabilizador era un ídolo sanguinario en manos de los curas, un fetiche al servicio de una tarea de amedrentamiento y represión masiva en un país sometido al fascismo.

 

Había, sin embargo, un lugar en su intimidad en el que percibió, de niño, la luz de un Amor especial, el ánimo risueño de una fuerza liberadora. En medio de aquel campo de concentración nacionalcatólico hubo momentos de intensa certidumbre de la existencia de un Dios radicalmente distinto al espantajo monstruoso en el que se les hacía pensar. Esos momentos tenían música: en el órgano de la iglesia del colegio un joven organista interpretaba obras breves que acompañaban a la comunión. Y de entre todas esas melodías había una especial en cuyas notas estaba el mensaje, nítido y reconfortante, de la existencia de un buen Dios. Y algo más: la noticia de que su existencia era conocida por otros seres humanos, que mediante aquella música lo hacían saber a otros creyentes para que supieran que era cierto lo que sentían en el fondo de su corazón.

 IV. La música del corazón 

 

 Otros también lo sentían así, como él, cuando niño, mientras escuchaba sonar, sin saberlo, el “Ich ruf’ zu dir, Herr Jesu Christ”, BWV 639, de Juan Sebastián Bach. Gracias a esa música podía estar seguro de que había otro mundo fuera de aquel campo de concentración y que nada de lo que allí le amenazaba era realmente definitivo. Existía, pues, otra forma de vivir, existía la confianza, el compañerismo, la complicidad entre iguales, la felicidad en el amor, la libertad. La esperanza de aquella música era entonces su única esperanza, esa paz su única paz. Apenas dos minutos y medio duraba el mensaje y nunca podía saber cuándo lo escucharía otra vez. Algunos días sonaba también, o por separado, el “Wenn wir in höchsten Noten sein”, BWV 641 y era como si alguien hubiese advertido su desesperanza y le remitiera un segundo aviso, una confirmación, capaz de devolvérsela. Mensajes de confianza que permanecerían para siempre sonando en su corazón.

   

Y a esa confianza se aferró cuando llegaron, y qué pronto, nuevas pruebas de la oscuridad de las almas de muchos creyentes, especialmente de los sacerdotes: su patológica predilección por la negatividad y su obsesiva entrega a las normativas, los dogmas, las ventanillas expendedoras de sacramentos burocratizados. Ahora, pasados los años, todas aquellas bienintencionadas humillaciones intelectuales y morales a las que quisieron someterle diversas gentes de buena voluntad no tenían ya ninguna importancia, ya no le hacían daño. Habían ido siendo, contra los deseos de aquellos amigos, precisamente, pruebas contundentes de que su caminar personal no tenía nada que hacer por caminos y veredas diseñados más para dominar al ser humano bajo el poder de otros seres humanos que para liberarle al Amor de Dios.( ¡Un cura insistía en presentarle al obispo como arrepentido y converso! ¡Qué triunfo, un rojo ateo vuelto al redil! ¡Otro se empañaba en casarlo por la Iglesia...para poderle dar el "sacramento de la reconciliación", como ahora llamaban a la absolución tras la confesión!). En muchas ocasiones se sintió sinceramente agradecido al destino por haber sufrido esas inmediatas violencias y presiones sin las que acaso no hubiera advertido el verdadero sentido y finalidad de las instituciones religiosas, su esencial opción por el poder. Y se dijo a sí mismo que no se podía servir al mismo tiempo al Poder y al Amor y que el dios del Poder no era, en el mejor de los casos, sino una despreciable caricatura de Dios.

 

Tampoco fueron agradables las reacciones de muchas personas ante su novedad vital, su nueva fe en la existencia de Dios. Hubo quien cabeceó decepcionado, quien se rió ante sus narices, quien se tomó la molestia de difundir una imagen deformada de su actitud y hasta hubo quien le persiguió durante algún tiempo con estampitas de santos. El tono de algunos amigos rozó a veces el insulto personal, la mueca grotesca de quien deforma lo que cree entender de la la intimidad del otro....

 

Se trataba, intentaba explicar, de algo parecido al enamoramiento. Más claramente: se trataba de un enamoramiento. Ante ese enamoramiento sólo unos pocos tuvieron una actitud amable y respetuosa. ¡Y muchos de ellos habían dejado años de sus vidas en la lucha por la libertad! ¿Cuál era la libertad por la que luchábamos?, les preguntaba. Y él mismo se respondía con otra pregunta: ¿No era la libertad del respeto absoluto a la persona humana, no era la libertad de cada cual para buscar su verdad y expresarla? Aquellos desprecios y negaciones le decepcionaron enormemente: en este país no había libertad porque ni los que creían luchar por ella la amaban realmente, no había democracia porque ni quienes creían defenderla respetaban radicalmente los derechos de los demás. Cuarenta años de fascismo se dejaban notar en la intimidad de muchos antifascistas para quienes el horizonte no era otro que la eliminación del distinto, a quien ya sentían como contrario. La miseria de los católicos de toda la vida le dolió menos (y eso que era dolorosa) que la miseria de muchos descreídos con quienes había creído compartir durante años sinceros anhelos de sincero respeto y absoluta libertad. España aún era país de clericalismo y anticlericalismo, en el que apenas había espacio para la vivencia del Amor de Dios. La mala educación religiosa de sus amigos anticlericales (debida, precisamente, a la falta de educación religiosa de los curas nacionalcatólicos, ésa era su cosecha) les impedía responder respetuosamente a la de claración de su actual fe en Dios. Pero por encima de ese fenómeno estaba una radical dificultad para comprender y vivir el respeto al otro, una deficiencia conciencia democrática.

 

Poco a poco fue dándose cuenta de que su vivencia de Dios no tenía una expresión colectiva ni con unos ni con otros y comenzó a pensar que acaso no hacía ninguna falta que la tuviera. Todo habían sido signos y señales de lo contrario, motivaciones al silencio. Y pese a lo que algún amigo le dijera: que comprendía su necesidad de consuelo, su sensación personal era que ahora sí vivía un “sinsuelo” bajo los pies que le proporcionase una seguridad que, por otra parte, no era lo que creía estar buscando. La fe en Dios abría un enigma más grande aún a su existencia y en general, a la existencia humana. De las lecturas de entonces sólo en los textos de Teilhard de Chardin creyó encontrar un eco semejante a lo que sonaba en su alma, como en aquellas breves partituras de Bach.

 

Poco a poco dejó de leer

 

(Continuará…)

    

TERCERA Y ÚLTIMA MAÑANA EN EL JARDÍN BOTÁNICO: YA ESTÁN TODAS LAS FOTOS PREPARADAS. (EL SECRETO ES QUE JAVIER ROMEO NI SIQUIERA PARA PARA ALMOLZAR: ACABA DE HACER LAS FOTOS Y YA ESTÁ FRENTE A LA PANTALLA. ES MONTAÑERO Y MUY SUFRIDO...)

TERCERA Y ÚLTIMA MAÑANA EN EL JARDÍN BOTÁNICO: YA ESTÁN TODAS LAS FOTOS  PREPARADAS. (EL SECRETO ES QUE JAVIER ROMEO NI SIQUIERA PARA PARA ALMOLZAR: ACABA DE HACER LAS FOTOS Y YA ESTÁ FRENTE A LA PANTALLA. ES MONTAÑERO Y MUY SUFRIDO...)

 Javier Romeo, fotógrafo y montañero, amante de la naturaleza y del trabajo bien hecho. ¡Pero tío! ¡No para ni para almorzar!

Hoy hemos terminado de hacer fotos en el Jardín Botánico. Javier Romeo ha puesto su sabiduría en los efectos de una luz de primera mañana en las aguas  del pequeño estanque. Hoy ya no viene Elisa, y nos falta. Pero ella estará ya buscando trabajo por el mundo… ¡Que tengas suerte, Elisa! 

A Javier no le gusta que un vuelo de paloma desoriente la mirada en una foto en la que todo ha de quedar plásticamente ordenado y comprensible. Así que hay que hacer otra, con la paloma ya quieta, posada sobre los canjilones del curiosísimo reloj de agua que diseño el ingeniero Rafael Barnola cuando dirigía el Servicio de Parques y Jardines: según cuenta, fueron días seguidos de pasión creativa compartida con dos artesanos de ese Servicio: “Pasamos muchas horas en el taller haciendo pruebas. No nos enterábamos de que era de noche y nos esperaban a cenar. La ilusión dejaba atrás todo lo demás”, recuerda con cariño.   

Las jaulas de las aves, entre los pinos, permanecen silenciosas a esta hora sin visitantes, y su silencio triplicado guarda un rumor acallado de vuelos imposibles, de visiones asombradas de otras vidas posibles en las que las alas ejercían su función en la libertad invisible del aire. Cuando veamos, horas después, esas fotos en el ordenador aún me darán más impresión de cárceles minúsculas esas bonitas jaulas en las que las aves no están ni en el cielo ni en la tierra sino todo lo contrario. Prejuicios de niño salvaje.

 La pérgola y sus plantas (tan potentes, tan simbólicas) han llevado su tiempo: desgraciadamente, las rosas del rosal ya no son lo que han sido hace un mes, así que mientras una rosa amarilla brillaba frente a las lentes de la cámara yo pensaba en esa frustrante y educativa función del tiempo en nuestras vidas, en el rastro doloroso que deja en los jardines y más allá de sus tapias, etc.  Luego han sido las chumberas y el monolito en honor a Winthuysen. (¿Conseguiremos que l@s visitantes acaben sabiendo quién era, qué hizo y cómo se escribe su nombre? Deberían pedir redacciones en las escuelas y cosas así, para que la infancia, como  siempre, lleve a casa las novedades. Y si se fija un@ un poco, tampoco es tan difícil el apellido Winthuysen. Si fuese Wynthuyssenn, o Whinthuyssen, o cosas más raras…). 

 La verja de la puerta de entrada también la hicieron artesanos municipales de los años setenta, cuando al parecer el tiempo y las tareas se medían de otra forma. Seguramente también se pagaban de otra forma. Y se mandaba de otra forma. Y por supuesto, a principios de los setenta en ese Servicio ni en ninguno semejante se protestaba de ninguna forma ni se reclamaban derechos que aún tardarían años en llegar a los centros de trabajo, fueran públicos o no. En cualquier caso, quienes la hicieron hicieron un buen trabajo que todavía disfrutamos. Porque también había quienes sufrían aquello y además hacían mal su trabajo, lo que es evidente que no sucedió en esta ocasión.  

Javier también está dejando una labor que permanecerá mucho tiempo en las retinas de, esperemos, much@s lector@s. Esta Guía llevará unas doscientas fotos (como ponían antes “a todo color”, lo cual casi nunca era cierto entonces) a las que se añadirán otras de planos de Zaragoza en los que se dibujó el Jardín Botánico de la Ilustración, en la Huerta de Santa Catalina, junto a la Huerta de Santa Engracia, con entrada por la calle San Miguel, y otras fotos de cuando se hizo este Jardín en 1972, en las que salen los jubilados que trabajaron colaborando con el Servicio de Parques y Jardines: sus familiares podrán disfrutar, por lo menos, viéndolos en las tareas de preparación del terreno y esas cosas en las que dejaron tiempo y esfuerzo que también se agradece en un letrero de baldosas que los recuerda con toda justicia y razón. 

 En Prames, luego (¡Javier ni almuerza!, yo necesariamente sí), elegimos durante unas cuantas horas las fotos que nos parecen más bonitas, más ilustrativas y más espectaculares, más o menos por ese orden.  Hoy he llevado a la editorial el plano del Jardín Botánico con las ubicaciones de las plantas para que Sergio, el maquetador, haga lo propio. (Me enteraré también del apellido de este Sergio, pese a la costumbre actual de presentarnos sólo con el nombre de pila; a mí me parece muy equivocada y pese a que digo siempre mi nombre y apellido me resulta violento preguntar, por ejemplo: ¿Sergio…qué? Me parece que evidencio que algo no se hizo bien. En fin, mejor sería preguntar, dejarse de tiquismiquis y salir de dudas. Ahora ustedes sabrían realmente quién es el maquetador que Prames nos ha asignado para la Guía. Estas cosas, a la larga, tienen su importancia. Y a la corta es como se prepara la larga…). 

Imagino que otro día, pero será ya en agosto o en septiembre, volveré a contarles cómo va la marcha de esta Guía. Por si les divierte leer una crónica de cómo se fabrica un libro en estos tiempos. Al menos este libro.  El uno de julio habré desaparecido de Zaragoza y estaré lejos de mi ordenador. Hasta el mes de agosto no pienso escribir una línea, como cada verano desde hace muchos veranos: ya no escribo en vacaciones como hice anteriormente. Todo el tiempo de julio es para todo menos para escribir. Hombre, uno siempre lleva consigo su cuaderno y un boli… Pero no es lo mismo. No.   

FOTOS DEL JARDÍN BOTÁNICO: SEGUNDA MAÑANA CON LOS SABIOS FOTÓGRAFOS ELISA Y JAVIER, CON LOS QUE APRENDO UN POCO SOBRE LOS SECRETOS Y LOS MISTERIOS DE LA FOTOGRAFÍA.

FOTOS DEL JARDÍN BOTÁNICO: SEGUNDA MAÑANA CON LOS SABIOS FOTÓGRAFOS ELISA Y JAVIER, CON LOS QUE APRENDO UN POCO SOBRE LOS SECRETOS Y LOS MISTERIOS DE LA FOTOGRAFÍA.

Javier y Elisa no se van con la música a otra parte, porque lo suyo es la fotografía. Pero sus fotos están afinadas como un arpa o una flauta. La mirada las hará temblar y mostrar su belleza y su exactitud. ¡Que le vaya muy bien a Elisa por los caminos de la fotografía!

El viernes nos dedicamos a las frondosas. Acudimos al Jardín Botánico a las 8 en vez de a las 9. Ya habíamos visto lo que daba de sí una mañana: más allá de las 12 no hay quien trabaje a pleno sol.  Hubo suerte también ese día: no se movía mucho el aire, enemigo del enfoque. Comenzamos por la melia, la acacia de tres espinas…

Cuando llegamos al mirto nos emocionamos con el perfume de sus ramas floridas: no es de extrañar que los árabes cantaran a esta planta y la quisieran siempre cerca de sí. La más leve brisa esparce los olores diversos de sus ramas, hojas, flores y frutos, un combinado al que el olfato actual no está ya acostumbrado. Disfrutamos mucho con el mirto.  Los frutos de los alisos, esos conos insólitos en nuestra tierra; la blancura espectral de los abedules, la extraña tintura del haya roja… todo eso vinon después de fotografiar los dos hermosos ejemplares de almeces, algún detalle del manzano (porque no está en buen estado), el árbol del amor y sus hojas arriñonadas (Elisa insistía en que se parecían a un corazón…). El alcornoque (árbol, humano aún pasó alguno con cara de lo mismo, ¡qué pueblo es esta ciudad en la que unos fotógrafos pueden llamar todavía tanto la atención!), los nísperos y cakis, las grandes verdosas exóticas esterculeas…

 En estas zonas de frondosas las diferencias entre especies son más patentes y claras, se pasa de un mundo visual a otro con sólo un giro del trípode. Javier seguía empeñado en tomar las más mejores fotos de árboles que pudieran tomarse y dedicaba su concentración sin esfuerzo aparente, cosa de profesionales. De tiempo en tiempo dejaba en manos de Elisa la responsabilidad de unas cuantas tomas, y yo lo veía rumiar futuras búsquedas detrás de sus gafas de sol y de sus movimientos lentos: un buen fotógrafo, pensaba, es como un felino. Un felino que ronda su presa cariñosa y concienzudamente, asediándola finalmente por el flanco que le dará los mejores bocados a la voracidad de su cámara. Era muy interesante ver a Javier Royo en esa lenta ronda y cómo de repente brincaba como a cámara lenta y elegía el lugar exacto para atrapar lo que estaba esperando.  La mañana fue pasando entre colores, olores y formas.

A veces Javier o Elisa se sorprendían de alguna noticia de las que les daba sobre algún particular. Javier es bastante sabio en plantas y puede que me hiciera fiestas para tenerme contento, de tan buen hombre como es. Me gustaba hacer reír a Elisa con alguna bobada que viniese a cuento: una joven en prácticas merece cuidados especiales. Sobre todo si es su último día de prácticas y al día siguiente vuelve al ejército de buscadores de empleo… Esta chica tranquila, decidida, discreta y mucho más sabia de lo que pueda parecer una joven de su edad merece tener suerte pronto y que le pongan una buenísima cámara en las manos y le pidan estupendos trabajos.  

Hacia las 12,30 habíamos acabado la tarea con todas las frondosas: aguantamos un poco más de lo previsto por dejar acabada esa parte del jardín. Habían hecho ya las seiscientas fotos que cabían en las tres tarjetas de memoria. ¡Y eso que yo creía que íbamos más rápido! Ya sólo nos queda una hora o así de trabajo para fotografiar la zona de la entrada, incluida la espléndida  trasera del edificio de  las oficinas de Parques u Jardines, con su grupo de plantas mediterráneas: vid,  naranjos, granados y rosas. La cercana vieja higuera complementa estas tres parejas masculinas/femeninas que inspiran y recogen la esencia del simbolismo mediterráneo más arcaico y fundamental.  

Si hay suerte, este martes que viene acabamos de sacar fotos y acabamos después de elegir las que irán en la Guía. Los ojos acabarán inundados de imágenes florales, con sus espinas inmensas, sus pétalos espectaculares, los espléndidos colores de cortezas, el brillo de hojas entre hojas, el  mundo mágico y natural del Jardín.

JAVIER ROMEO Y ELISA CUARTIELLES, DOS PROFESIONALES ADMIRABLES QUE ME HAN TOCADO EN SUERTE PARA ILUSTRAR LA GUÍA DEL JARDÍN BOTÁNICO

JAVIER ROMEO Y ELISA CUARTIELLES, DOS PROFESIONALES ADMIRABLES QUE ME HAN TOCADO EN SUERTE PARA ILUSTRAR LA GUÍA DEL JARDÍN BOTÁNICO

 Aquí están Javier Romeo y Elisa Cuartielles, fotógrafos de pro, ante la pantalla mágica.

¡Si hubiese podido aprender la mitad de lo que han hecho y comentado entre ellos!

Esta mañana he ido a Prames a trabajar con los fotógrafos de la Guía del Jardín Botánico Xavier Winthuysen de Zaragoza. Como prometí, he aquí sus nombres y apellidos: Javier Romeo y Elisa Cuartielles, “maestro fotógrafo” y “aprendiz” de fotógrafa (pero ya muy avanzada y eficaz).  Nos hemos puesto los tres frente a la pantalla y hemos ido eligiendo las fotos que mejor nos parecían para publicar.

 Los ojos profesionales ven muchas más cosas y detalles que los del profano, incluso los del profano muy atento. Y luego están los recursos increíbles que tienen los programas de PC para tratamiento de la imagen. Con esos recursos se iban asegurando de que tal o cual foto estuviera realmente bien enfocada y el viento no hubiera hecho de las suyas. A veces me parecía que se veía muy bien y Javier o Elisa me demostraban que había rastro de movimiento en las hojas… Hemos decidido seleccionar fotos muy impactantes por su aproximación inusitada a los detalles botánicos, sobre todo a hojas y frutos de coníferas, para que el usuario de la guía reciba una información visual que guíe su mirada y le habitúe a diferenciar entre lo parecido: las hojas de las tuyas, la sabina, el enebro, el ciprés… Hemos hecho de las fotografías de detalle una especie de lupa incorporada a la Guía. ¡Y qué bellos son esos detalles naturales de los árboles, qué configuraciones tan increíblemente útiles y bellas! 

La luz era otro elemento fundamental para la decisión final. Mis ojos ahí se perdían más. Los matices en la calidad y/o cantidad de iluminación afectan enormemente a los tonos de los colores. Como cualquiera de estas tareas técnico-artísticas, pasar un rato viendo y oyendo trabajar a profesionales te hace valorar la calidad de lo que ves cada día en libros y revistas, te dan elementos de juicio aunque sean rudimentarios. Darte cuenta de que tus mismísimos ojos son capaces, si los adiestras y entrenas, de captar muchos más elementos en una imagen fotográfica es una experiencia muy recomendable, sobre todo a cierta edad en la que ya el cansancio y la vagancia ocular va ganando terreno. A esos efectos, una sesión como la de esta mañana viene a ser como un lavado y puesta a punto de los ojos, un renacimiento del sentido de la vista.  

Me gustaría tener muchas más palabras para poder dar cuenta de la cantidad de tareas y detalles concretos que les he visto realizar en unas horas. Lamento no tenerlas, porque seguro que muchos de ustedes las conocen y disfrutarían más de estas pequeñas crónicas de un escritor en la imprenta. 

Como había sucedido el primer día en el Jardín Botánico, el humor y la buena educación de Javier y Elisa me llamaron la atención, y eso que no creo estar rodeado generalmente de gente especialmente  maleducada o malhumorada. Lo que ocurre es que un ambiente de trabajo en el que la colaboración se base en la exactitud técnica y en el respeto personal tampoco es tan usual. Siempre me ha parecido que (al menos en esta tierra) la gente que hace las cosas mal y que te trata mal no recibe un eco de su torpeza, nadie les dice nada al respecto; y las personas cuidadosas, respetuosas y buenas profesionales tampoco reciben la mención de sus cualidades. Y eso no es justo ni bueno para las relaciones laborales ni para las relaciones personales. Así ni se afea la conducta de los torpes ni se alaba la de los hábiles. Una igualdad ficticia sobre la que no se puede construir ni arte ni técnica ni verdad social.  

Javier Romeo y Elisa Cuartielles son dos personas con las que da gusto trabajar, y no me importa decirlo y repetirlo todas las veces que haga falta para distinguirlos de esa otra gente que te amargan cualquier dulce en el rincón de cualquier autobús, calle, taller, imprenta, oficina, editorial, aula, cátedra, púlpito, escaño… Seguiré contándoles cosas sobre esta tarea de hacer, seleccionar y decidir fotos para la Guía del Jardín Botánico.

MEDITACIONES CUANDO ACABA EL DOMINGO. UNA VEZ MÁS LA IDEA DE CERRAR EL GARITO...

MEDITACIONES CUANDO ACABA EL DOMINGO. UNA VEZ MÁS LA IDEA DE CERRAR EL GARITO... Acaba el domingo. No queda más té. Piazzola toca su bandoleón.  Siguen llegando emailes spam como meteoritos de otras galaxias en busca de noticias de vida inteligente pero al revés. La batería del móvil se está cargando. He hecho los deberes del Heraldo y del Qué! para empezar la semana sin apuros. Se me cierran los ojos pero no sé si es que quiero dormir o ver otras pantallas, otras ventanas, otros mundos, otras vidas. Acaso lo que quiero es no ver nada. Como de tanto en tanto, la tentación de cerrar este garito que me hicieron abrir hace casi cincuenta y tres años, este garito desgastado que ha hecho de cuna, de barca, de cueva, de pozo, de copa de árbol y de alas de pájaro, este garito de feria ya con los perdigones acabados o perdidos y la escopetas oxidadas bajo lluvias de muchas horas quietas, este garito de playa para cambiarse y aparecer, ¡hop!, en bañador con la sonrisa del mar puesta y la temible atracción de las olas cuando baja la marea y podría llevarte quién sabe hasta dónde, al otro lado de la vida convertido en pez oscuro invisible, inencontrable, desaparecido. Otra vez vienen las dudas del para qué, para qué hacer esto y aquello, para qué seguir braceando en medio de la inmensidad de un océano en el que hace tiempo pudiste acabar fundido entre sus gotas, aderezado amablemente con sus sal. Acaba el domingo. Eso es todo. Mejor pensarlo así.

DÍAS DE LLORAR.

DÍAS DE LLORAR. Hay días de llorar como hay días de reír o de ir al fútbol o de salir de paseo, no tiene más enjundia, los días son así: nacen con nosotros temprano por la mañana y se contagian del humor casi nocturno que tenemos y así salen luego. No  para todo el mundo, faltaría más; cada cual tiene su día y nadie vive realmente en el mismo día que viven los demás. Por eso se inventaron relojes, calendarios y etcéteras, para poner un punto de conexión entre la gente y ahí puedes decir veinticuatro de mayo cuando hay otros que acaban de bordear el quince de febrero de sus vidas; y sobre todo, que da igual el número y el mes y la semana y las horas: se vive lo que se vive y al vivirlo esas fechas y esos datos no cumplen con ninguna tarea, todo lo contrario de lo que han dicho siempre los augures y los adivinos y más gente dada a relacionar los días con los números, los números con los planetas y los colores y lo colores con las tareas y los estados de ánimo y así sucesivamente, y creen o quieren creer que todo se puede adivinar, comprender, fijar, ordenar. Como si la vida saliera ordenada de una caja de vida y pudieran irse guardando en ese orden las piezas de la vida, un orden para todo: para reír, llorar, comer, pelearse, hacer el amor, viajar, hacer sumas y restas, esas cosas que hay que ir haciendo para jugar con todos los juguetes de la caja de la vida. Pero no señor@s, las cosas de la vida no son en absoluto así.

DÍAS INTENSOS.

DÍAS INTENSOS.

Hay días intensos que se intensifican más y más gracias a una persona que los vive tan intensamente como tú los vives. Esos días son tan tremendos como necesarios para la salud mental. Mientras transcurren exigen el esfuerzo de todas las neuronas y en general de todo lo que llamamos nuestro si eso el algo realmente constatable cuando eso nuestro entra en unión con el ser de otra persona. Existe la sensación de unión, la pérdida del perfil individual en un ser que ni es uno ni es otro ni todo lo contrario, y es esa sensación la que transporta a un mundo interior en el que todo se vive con una intensidad extraordinaria. ¿Éxtasis? ¿Erotismo? ¿Mística? ¿Concentración? ¿Kinestesia? Es en la mente donde se produce la manifestación preclara de un fenómeno que reconocemos tan extraño como deseable, tan disolvente como identificatorio. Fenómenos de la psicología profunda o de lo que sean, experiencias amplificadoras de nuestra capacidad cotidiana de reaccionar y de percibir.

  

Hay días intensamente intensos que transcurren bajo una presión mental liberadora y gratificante, estados de ánimo que se mantienen sobre la cuerda tensa de los equilibristas, que nos  envían de trapecio en trapecio sobre una pista sin red que sabemos lejana mientras volamos con  los ojos muy abiertos para ver ese instante de la velocidad hecha sangre, pulsos, latidos, ritmo vital que avanza y avanzando arrasa con todo lo que antes parecía imposible de movilizar. En un vuelo incesante volamos al pasado y al futuro y vemos esos detalles que nos hacen felices de tan imperceptibles, que nos hacen aullar de placer de tan tontamente descuidados antes. Y en el vuelo circense de esos días desaparecemos sin saber cómo ni adónde ni por qué. Pero queremos con todas nuestras fuerzas desaparecer, que ya no es una huída sino un caminar por la senda real del vivir.

  Hay días intensificados por una vivencia que rebasa los límites del día y de la noche y hunde sus anclajes, o lo que sea que hunda, en las profundidades de un mar que somos mar, que vamos y venimos mar, que nos hacemos espuma de mar contra la espuma que hacemos contra nosotros mismos hechos mares de mares de nosotros sin dejar de serlo pero siendo ya otros: mares, barcos, islas, nubes, estrellas, soledades luminosas, playas y roquedales, faros, golfos, cabos, fiordios, nos hacemos de tierra y vapor y agua y gas y a tanta intensidad resolvemos la ecuación de la vida que sentimos perfectamente un nuevo bing bang en el que todo empieza sin saberse que empieza, o acaba sin final.

 

LUNES. MAÑANA DEL LUNES. POSICIÓN RECURRENTE. JUEGAN BLANCAS: ¿QUÉ MOVER?

LUNES. MAÑANA DEL LUNES. POSICIÓN RECURRENTE. JUEGAN BLANCAS: ¿QUÉ MOVER?

 Esta es una posición muy interesante de una partida de Susan Polgar, sabia como sus dos hermanas y como su muy sabio padre y maestro. Los árabes llamaban a este tipò de posiciones "TABIYA", porque eran decisivas para la partida y porque su esquema principal se repite de tanto en tanto. Hay qye aprender a reconocerlas y así se sabe actuar en consecuencia en gran número de ocasiones. Conocer la TABIYA de la mañana del lunes vendría muy bien para  no dar tumbos y perder la partida cada semana. Para todo sirve la maravilla del Ajedrez: Juegan Blancas: ¿qué mover?

Los lunes no debería jamás escribir en el blog ni en ningún sitio, no los lunes y menos las mañanas de los lunes. Menos aún con las cinco pastillas recién tragadas y a estas horas en las que todo dice en la cas que hoy es lunes, mañana del lunes. Ni aunque ponga la radio y suene lo que suena, porque suena con sonido de mañana de lunes con la casa vacía y esa misma música que un jueves te animaría un lunes se te clava como las siete espadas de los siete dolores de María santísima y en plan Dolorosa no hay quien escriba un blog o se se arriesga demasiado y no estoy por la labor, aún no, por ahora todavía no, espero nunca estar por la labor de sacar por el tubo las vísceras del lunes y que todo el mundo pueda y que todo el mundo pueda y que todo el mundo pueda. Lo cierto es que voy a dejar este texto porque ya estoy cansado de borrar otras líneas, así que dejo éstas aquí puestas y que sea lo que Dios quiera, ustedes perdonen las molestias. Pero es que salir afuera en forma de blog es más que peligroso, no sé si se habrán dado cuenta: un día compones un texto evocador, dulce de dominical adolescencia y al día siguiente, que es lunes, lanzarías amargos aullidos por toda la casa vacía que se queda el lunes. Lo dejo aquí por aquello de haber hecho algo de los deberes del buen deprimido que se quiere curar y se toma lo que sea y hace los deberes de salir un poco y enseña la oreja y ya me da vergüenza y me tienta borrar, cerrar, pero cerrarlo todo todo todo y ya está, ya no hay más lunes. Pero luego irán volviendo, la casa otra vez se llenará de sus risas y aprenderé una vez más que ha merecido la pena, la penísima pena, que la ha ha merecido aguantar, aguantar como sea pero aguantar la mañana del lunes y esperar a que vuelvan y ya por la tarde los lunes son menos lunes y se pueden aguantar si hay compañía y risas. Perdonen las molestias. Necesitaba sacarlo, hacer los deberes, exponerlo y mantener el tipo, qué pasa, estoy deprimido, pero cuando me animo cualquiera sabe de lo que soy capaz de hacer. De lo que soy capaz de hacer cuando me desanimo no quiero hablar, ya excusarán. Les deseo buen lunes, a todo el mundo buen lunes. Y si no aguantan la mañana, esperen a la tarde que ya será menos malo, menos lunes, menos insoportablemente lunes como lo es ahora tan de mañana todavía. ¡Aguantemos, pues!

 He borrado ya líneas

MAÑANAS DE DOMINGO AÑOS SESENTA. CAPILLAS OSCURAS, GUÍAS DE ARTE. UN POCO DE EROTISMO INFANTIL

MAÑANAS DE DOMINGO AÑOS SESENTA. CAPILLAS OSCURAS, GUÍAS DE ARTE. UN POCO DE EROTISMO INFANTIL

 Así se veían algunas capillas de las mejores iglesias de Zaragoza en las mañanas de domingo de los años sesenta. Torralba y Abbad en sus guías contaban maravillosas visiones de artistas inspirados. Mi hermano Luis y yo mirábamos con ojos crédulos y animosos. Intentábamos ver y aprender. Cosas del final de la infancia.

Para Gonzalo Borrás.

Los domningos, temprano, salíamos mi hermano Luis y yo con una guía de arte de Zaragoza, la de Torralba o la de Abbad, y nos metíamos en la penumbra de los templos a intentar aprender algo sobre la forma de representar la realidad o lo que fuera en los altares barrocos o renacentistas o vaya usted a saber porque apenas se veía nada en esas iglesias, ni temprano ni ya má al medio día: unas pocas bombillas de pocos vatios (o watios, nunca lo supe ni lo sabré, la cosa es que eran pocos los de esas bombillas, por lo demás cubiertas de cagadas de moscas y a saber de qué otros insectos) apenas iluminaban desde alturas increíbles lo que hubiese a unos metros de nuestras juveniles y optimista narices.  

Entrábamos en los templos cuando en ellos estaban, fijas como estatuas, figuras femeninas (por las mantillas, por las faldas, por las medallas o rosarios que brillaban dulcemente sobre sus generosos pechos) de negro, de un negro viuda española de principios de los años sesenta, aún con el perfume de las camas abandonadas hacía poco. (O eso creíamos en nuestra inocencia: pudiera ser que aquellas sombras abultadas nunca hubieran dejado el calor de los bancos de madera ni el olor de las velas y la compañía semioculta de todo aquel monario y fueran los espectros de las noches y los días esperando a sus víctimas, nosotros, por ejemplo; esperando a volverse y de un abrazo reducirte a cualquiera sabía qué – a lo mejor deseábamos ese abrazo matinal de un cuerpo de mujer ya hecho aunque raramente derecho, a lo mejor deseábamos las grandes aventuras erótico-místicas de aquellas modestas brujas de iglesia más que pequeñas las aventuras de las guías de arte que llevábamos).

 El caso es que cuando entrábamos en aquellos templos perfumados por el dulzor de la muerte tranquila no nos atrevíamos a sacar las linternas de boy scouts que llevábamos en los bolsillos porque queríamos ver, queríamos ver, ¿entienden?: ¡QUERÍAMOS VER ARTE! precisamente en aquellas iglesias de Zaragoza en las que, según explicaban las guías aquellas podían admirarse tantas y tantas obras.  Pero quién saca una linterna en medio de una iglesia, quién la saca. Y menos aún las dos que llevábamos, cada cual la suya, para intentar ver algo.  Acercábamos las cabezas a las telarañas de las rejas metálicas de las capillas, cuya textura contrastaba con la de los suelos de madera que muchas veces ocultaba embaldosados generosos (eso lo supimos después de muchos años, como todo el mundo: cosas de las modas y del peso de la opinión de sacristanes omnipotentes – omnipotens, -is, de la tercera), esas verjas por las que a menudo ascendían figurillas paganas muy sonrientes y muy raras, al menos para estar allí puestas: eso era difícil de entender a los doce y a los catorce años, incluso a los trece y a los quince, sin que nadie te advirtiera nada concreto sobre grutescos y tal y tal. Así que con las cabezas rodeadas de arañas movedizas  y de faunos inmóviles dejábamos primero que los ojos se hicieran a la idea de que si veían algo lo verían a esa luz vacilante de la bombilla y, si había suerte, de alguna vela moribunda muy de agradecer.  

En la guía de arte mi hermano leía con su voz grave y su prosodia envolvente párrafos enteros llenos de palabras lejanas, imposibles, palabras encantadoras de oídos, sugerentes, palabras insólitas que caían en el cerebro como una leche alimenticia que mi organismo habría de digerir muy poco a poco pero que mi corazón amó desde aquellas primeras mañanas de búsquedas imposibles. Al otro lado de las verjas, altares, retablos, cuadros, telas, utensilios, símbolos, todo un mundo incluido en el mundo de otro mundo, y todos esos mundos allí, ante nosotros que queríamos ver. No veíamos mucho, pero a veces había alguna estatua, un relieve, algo en lo que la luz se mantenía redonda y voluminosa y entreveíamos piernas o brazos o senos o artilugios. Una mañana tuvimos ante nuestros ojos, iluminados fantasiosamente, los ojos en bandeja de un ser humano cuyos rasgos apenas distinguíamos pero que la guía señalaba sin duda ninguna como femenina y santa. Esos ojos también querían ver, ¡o vernos!, desde aquella pequeña bandeja de madera dorada sostenida por la mano de la misma santa que los había perdido en heroica defensa de su fe.

 Yo no sé si mi hermano, pero yo hubiese asaltado esas verjas o echándolas abajo me hubiese lanzado hacia esa figura femenina que me estaba esperando con sus ojos puestos en una bandeja y me hubiese abrazado a su cintura y apretado a sus pechos y le hubiese entregado mis mismísimos ojos para que mirara y viera, ¡milagro, al fin, también!, como mi rostro se acercaba rápidamente al suyo y luego mis labios se demoraban en sus labios santos y todo cobraba o recobraba un sentido sagrado y magnífico en el rincón de una pobre capilla oscurecida en la que sólo el recuerdo de otros sueños semejantes incitaban a un crío a enamorarse locamente de una deforme figura de señora con los ojos expuestos en una bandeja. La adolescencia tiene sus momentos sagrados y sus arrebatos y los míos sucedían en perfecto silencio y quietud aparente, mientras mi hermano leía lentamente los textos de las guías, en los que se contaban con muchas palabras muchas cosas que algún día, esa era nuestra fe, veríamos por fin iluminadas. Y ellas, las estatuas, los santos, santas, vírgenes y cristos de aquellas iglesias. ¿nos reconocerían?, ¿recordarían la voz grave y cadenciosa de mi hermano Luis y las preguntas mías en un agudo y torpe intento de saber más, de disfrutar más, de alargar más esos momentos que me atropellaban alma, vida y corazón? 

Salíamos al tiempo con los ojos cegados por la oscuridad y el sol del mediodía los cegaba dos veces. Las paredes de las casas ya olían a ladrillo caliente y en el aire volaban avisos de frituras dominicales, aperitivos multitudinarios, jaleo de vidrios y animadas voces. Con aquellos altares instalados en nuestras retinas hacíamos el camino de vuelta y veíamos la ciudad desperezarse poco antes de la hora de comer, todos recién planchados, los niños recién manchados, los gritos de rigor, algún sopapo, los hinchados paquetes de pasteles, el olor de los tebeos nuevos, en fin, todo el muestrario, incluidas las recién ensayadas sonrisas de urbanidad dudosa y los golpes rotundos de origen campesino en las espaldas del antiguo compañero de trabajo, los besos de mentira entre señoras, los ojos bajos de los niños aburridos y tensos.

Era domingo. Mañanas de domingo. De los años sesenta. En Zaragoza. Para no ser deportistas, mi hermano Luis y yo aún hacíamos bastante ejercicio esas mañanas artístico-culturales mientras quemábamos los últimos cartuchos de la infancia, las últimas horas libres de verdad de toda nuestra vida. Las vivíamos felices porque entonces aún no lo sabíamos. Ni eso ni otras cosas. Benditas guías de arte, benditas mañanas, benditas brujas y benditas imágenes entrevistas y amadas, visitadas y revisitadas porque a ver qué otra cosa podíamos hacer.    

"ACUERDO". CUENTO CRUEL

"ACUERDO". CUENTO CRUEL

     Última foto oficial de la pareja sobre la que se cuenta este cuento tan cruel. ¿Lo llevaban en los genes? ¿Fue todo cosa suya? ¿De ella o de él?          

  

El le dijo: Tenemos que pensar más en nuestra hija. No tendremos nunca el dinero suficiente para ofrecerle lo que se merece. Sobre todo, hay que asegurarse de que pueda estudiar todo lo que se proponga.

 

¿Y qué más quieres que hagamos?, respondió ella. Nuestros sueldos no dan para más. Y no podemos cambiar ya de trabajos. Bastante si conseguimos mantenernos en ellos.

 

El le dijo: He pensado un plan. Busca un hombre de tu agrado que tenga una buena posición: un trabajo muy bien remunerado y fortuna familiar, todo eso. A ser posible, que te facilite un trabajo mejor, más de acuerdo con lo que tú también mereces. Conecta con él, únete a él. Luego busca una buena excusa y sepárate de mí. Te casas con él. Nuestra hija tendrá un apoyo económico firme para sus estudios y para todo lo que se proponga en la vida. Habremos cumplido con nuestra obligación. Y tú, seguramente, vivirás también más feliz. En cuanto a mí, me bastará ser el padre de mi hija, seguir vinculado a ella siempre lo estaré. Y me hará muy feliz ver sus triunfos.

 

Ella permanecía callada.

 

El insistió: Sobre todo, no le digas nunca nada de esta conversación. ¡Por supuesto, tampoco al tío con el que te vayas!

 

Había puesto incluso un tono jocoso en la última frase.

 

Ella estaba horrorizada por lo que había escuchado. La frialdad de su marido al diseñar ese plan. La absoluta falta de importancia de su vinculación con ella a la hora de elaborarlo. ¿Qué había de su amor y del amor entre ellos dos? Al parecer, lo único que contaba era su hija y el porvenir de su hija.  Desde ese mismo instante comenzó a desear alejarse de su lado.

 

Al cabo de algunos años, con motivo del cumpleaños de su hija, se vieron un momento a solas. No fue un encuentro buscado. Sencillamente, ocurrió.

 

El, sonriente, le dijo: ¿Ves? ¡Llegamos a un buen acuerdo! ¡Todo ha salido bien! Yo sabía que tú estabas deseando esa salida. ¡Si no, bien que te hubieras revuelto contra mi plan!

 

Esa noche lloró amargamente durante horas. Su marido, su flamante segundo marido, se preocupó.

 

No es nada, le dijo ella. La niña. ¡Se ha hecho tan mayor!

     

PAISAJE DESDE LA TORRE DEL PILAR

PAISAJE DESDE LA TORRE DEL PILAR   He vuelto a subir a la torre del Pilar en su ascensor. Es una excursión que me gusta mucho y hoy la vista era estupenda. Siempre merece la pena subir allí para echar la vista a los lejos por sobre los tejados de la ciudad. Se veían las arenas de Ranillas en plena transformación y más cosas nuevas que siempre te vienen a la vista. Pero lo que más me gusta mirar desde esta torre es la torre de San Pablo. No voy a ponerle palabras a esa visión porque me la quiero guardar para mí. Estoy seguro, por lo demás, que cada cual disfrutará de manera distinta de su presencia y no quiero…no debo… ¡Ah! ¡Cuando surgen estas dudas al escritor es doloroso y difícil seguir escribiendo sobre algo! ¡Precisamente nuestra aportación son esas palabras nuestras sobre tal o tal cosa, palabras que les dan vida de una forma especial! Pero a veces, por ejemplo ahora, después de mirar la torre de San Pablo durante mucho rato desde la torre del Pilar, me parece preferible callar como he callado envuelto en el viento de aquel cucurucho de cristal mientras miraba y la miraba. Sólo sé que las luces, cambiantes por minutos, la indefinición de las dimensiones del espacio a la vista, la sobria soledad de la belleza vertical de su diseño, el mismo invisible arremolinado viento en lo alto y los reflejos del Ebro allí abajo… Pero ya vuelvo a poner palabras a la visión de la torre de San Pablo. Y no quiero. Deseo por ahora guardarme para mí los folios invisibles del escrito en el que quedaría documentada mi estancia y mi vivencia, la búsqueda, el encuentro, el equilibrio, el silencio, la dinámica inscrita en un paisaje urbano del que me siento parte sin sentirme nunca encerrado en él, dominado por él. Así la Torre de San Pablo esta mañana entre tejados, viento, luces y sonidos. Deberían dejar subir al ascensor  también por las noches: la vista iluminada de Zaragoza desde un poco de altura daría una noción de la belleza urbana muy atractiva. Pero ya saben ustedes lo que es Zaragoza para todo lo que es disfrute de la ciudad. Se habla mucho del turismo y todo eso y de los visitantes y tal que te cual, pero no se aprovechan ocasiones, torres, vistas, excursiones a otras caras de la ciudad que no son las caras de la baturrería desfasada de vino picado y vinagre muy fuerte y la risa muy fuerte y el humor picado. Desde la torre del Pilar se han detenido los ojos a mirar las nuevas marcas de los sueños en la piel arrugada de la ciudad. De pronto han voceado los altavoces el Bendita y alabada sea la hora y todo ha vuelto a la costumbre del olor a mercado, alcantarillas, aguas jabonosas, frituras y fritangas, el mediodía de siempre abrazado tercamente a su pilar.