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javierdelgado

RELATOS

MODESTIA APARTE. CUENTO CON MALA LECHE. MUY ILUSTRATIVO PARA QUIENES BUSCAN ENTENDER LOS EVENTOS QUE ACAECEN EN LA RUE PÚBLICA; O SEA, LO QUE PASA EN LA CALLE.

MODESTIA APARTE. CUENTO CON MALA LECHE. MUY ILUSTRATIVO PARA QUIENES BUSCAN ENTENDER LOS EVENTOS QUE ACAECEN EN LA RUE PÚBLICA; O SEA, LO QUE PASA EN LA CALLE.                                                                                                                                                                       La idea era buena, pero era suya, lo cual la hacía un poco menos buena. De eso era consciente, pero también de que el resto de la bondad de su idea podía sobrevivir independientemente de su paternidad. Gracias a ello, la idea, aunque un poco menos buena que si no hubiera sido suya, brillaría fácilmente en el firmamento de las buenas ideas. Así que decidió echarla a rodar hasta que otras manos la tomaran a su cuidado. Sólo después de eso aparecería él. Sin que nadie se diera cuenta de la jugada. De eso dependía la buena salud de la idea, su buen desarrollo y en definitiva que alcanzara el fin para el que había sido pensada.   -          Tú no te des nunca a entender, le había recomendado siempre su amantísima madre, y él procuraba, efectivamente no dejarse ni rastrear; muchísimo menos cuando se le ocurría una idea. Y aquella era sin duda una buenísima idea. No podía ponerla en peligro asomando la oreja.  Hizo tres llamadas telefónicas, de modo que al final de la última el primero recibiera la llamada del último, interesadísimo en contarle una idea que parecía buena. De tal modo que ya era una idea que andaba, como quien dice, sola. Y no hay mejor idea que la que anda sola. Se le pone un collar y ya está: ya tiene amo. De eso se trata precisamente: de que haya alguien tan fatuo que se dedique a ponerles collar a las ideas que se le suelten cerca de su mollera.  El plan, por tanto, iniciaba su andadura. Si todo iba bien no tardarían en llamarle a él para encargarle la realización de aquello, o de parte de aquello, que él mismo ideó en el más inviolable de los secretos.  Cuando lo hicieran se tomaría su tiempo para responder, no era cosa de precipitarse.  La ciudad continuaba su vida sin contratiempos. Y de vez en cuando aparecían aquí o allá signos de novedad que alegraban a muchos e indignaban a unos pocos, que es de lo que se trataba: sin generar esa dialéctica no hay manera de que un proyecto siga adelante.  Su santa madre ya le había advertido hacía años:  -          Si todo el mundo está contra un asunto, malo; pero si no hay nadie que se ponga en contra, malo también.  ¿Cómo había aprendido esas cosas su madre? No era lectora de Baltasar Gracián y ni siquiera hojeaba la prensa local.  -          En el mercado y al pie del ahorcado se escucha opinar a quienes van y a quienes ya han llegado, repetía su madre con pícara mirada.  Cuando se inauguraba tal o cual cosa, el último en enterarse, casualmente, resultaba él mismo. A última hora le llamaría un propio para pedirle de parte de fulano que preparase unas palabras sobre el evento. Él, que tenía un pensamiento independiente y además todo el mundo coincidía en que era lo que se dice “un pico de oro”. Un poco renuente y con enfado por las prisas, acababa por aceptar el urgente encargo, siempre por ser quien era quien se lo hacía llegar.  Al día siguiente la prensa local resaltaba sus palabras más incluso que las de las propias autoridades de la ciudad. No en vano se trataba de un ciudadano libre de toda sospecha, uno de esos hombres de los que una ciudad podía sentirse orgullosa y gracias a los cuales la vida política – solía decirse -  no caía del todo en los consabidos terrenos de las componendas.  ¡Qué contenta estaría su madre si aún pudiera verlo!  De todas maneras, su madre, cuando le alababan al hijo, siempre solía responder con un dicho de su tierra:  -          ¿Quién alaba la limpieza de la hija? ¡La guarra de su madre!  Así que todo el mundo en la ciudad sabía de qué raza le venía a ese galgo la independencia de criterio y la firmeza de carácter.

MÁS ÁRBOLAS EN EL PARQUE. LAS NUBES LLENAS DE AGUA. EL ESPECTÁCULO VEGETAL

MÁS ÁRBOLAS EN EL PARQUE. LAS NUBES LLENAS DE AGUA. EL ESPECTÁCULO VEGETAL

PASEANDO POR EL PARQUE GRANDE ME HAN VUELTO A SALIR AL PASO UNAS CUANTAS ÁRBOLAS. ÉSTAS IBAN DANZANDO, MUY PERO QUE MUY CONTENTAS. LA PRIMEVERA, LA MANGA RIEGA Y TODO ESO PARECE QUE LES AFECTABA PARA BIEN. EL SONIDO DE SUS SALTOS ERA INCITANTE Y EXCITANTE Y CASI CASI ME PONGO A DANZAR CON ELLAS. PERO A TIEMPO HE CAIDO EN LA CUENTA DE QUE ASÍ SE EMPIEZA UNO A EQUIVOCAR DE PAPEL EN LA VIDA. EL  MÍO ESTA MAÑANA ERA EL DE PÚBLICO (SELECTO, ESO SÍ) ENTREGADO, ACLAMADOR, FANFAN. LAS ÁRBOLAS DANZABAN Y POCO A POCO SE HAN IDO ARREMOLINANDO LAS NUBES, QUE AL PARECER ERA DE LO QUE SE TRATABA: NUBES LLENAS DE AGUA, NUBES CON LUCES INSÓLITAS, UN ESCENARIO DE LUCES PARA ELLAS SOLAS, PARA LAS MARAVILLOSAS ÁRBOLAS DANZARINAS DEL PARQUE GRANDE. TENÍA QUE VOLVER A CASA Y AHÍ LAS HE DEJADO. A ÉSTA LE HE HECHO UNA FOTO PORQUE SÉ QUE LES ENTUSIASMA DEJAR DOCUMENTOS GRÁFICOS AL ALCANCE DE TODOS LOS PÚBLICOS. EN CASA, ESTA TARDE, HE GOZADO MUCHÍSIMO RECORDANDO SU ESZXPECTÁCULO VEGETAL. Y ME HE DICHO PARA MIS ADENTROS: ¿ACASO NO TENGO UN BLOG? ¡PUES A QUÉ ESTOY ESPERANDO! Y AQUÍ ESTOY PONIÉNDOLO TODO EN CONOCIMIENTO DE TODO EL MUNDO. YO NO ME GUARDO NADA. SI HAY ALGO BONITO EN ALGÚN SITIO PUES QUE LO SEPA CUANTA MÁS GENTE MEJOR. ASÍ PUEDE QUE DEJEN DE HACERSE LA PUÑETA AL MENOS DURANTE UNOS SEGUNDOS. PUES ESO. AHÍ LA TIENEN, A UNA DE LAS ÁRBOLAS DANZANTES. ¿A QUE DA GUSTO VERLA?

IR AL CINE. PREPARATIVOS. PRI MERA PARTE ABRUPTAMenteacabadaporloqueseverá

IR AL CINE. PREPARATIVOS. PRI MERA PARTE ABRUPTAMenteacabadaporloqueseverá Buscas en tu guía portátil. Ahora todo es portátil, y eso es cómodo y práctico, sobre todo tratándose de guías: pues no hay que retrasar la salida por mirar sus datos, los que habrán de servirte para encaminar tus pasos una vez en la puta calle, una vez fuera de una casa que hoy se te cae no precisamente encima sino bajo los pies, bajo el culo, bajo los bajos que no deben, al parecer, mencionarse ni siquiera en los blogs porque como dicen ahora “canta mucho”.

 

 

Si en un blog no se escriben las burradas preferidas para qué se inventó ese invento, para qué se salta uno los bajos del editor, del impresor, del censor, del mercado y de sus leyes, de la correcta presentación en sociedad de los textos con aspiración a textos sagrados de la pulcritud, la vainica doble y las puntillas. Algun@s amig@s se van a enfadar conmigo por poner estas cosas pensando que lo digo por ell@s y que vaya forma de respetar lo que hacen otr@s y patatín y patatán. Si en un blog no enfadas a ningun@ de tus amig@s, para qué sirve un blog: ya estaban antes otros procedimientos de molestar a la gente y eran más brutales.

 

 

Al fin y al cabo esto no hay por qué leerlo precisamente porque no hay por qué escribirlo, que de eso viene según un diccionario muy bueno la palabra “blog”: invento para pasar el rato escribiendo, eligiendo imágenes, etc., con la seguridad de que será hecho público al momento sin ningún tipo de filtro de calidad, lo que exime a sus autores de cualquier obligación estética o moral al respecto y a sus lectores de cualquier derecho que no sea el de no abrir tal o cual blog si en general sus contenidos hieren su(s) sensibilidad(es).

 

 

Pero quién ha dicho (en ese diccionario estupendo no viene) que un blog tenga algo que ver con la sensibilidad de nadie. Un blog es una máscara pero sin carnaval y un acertijo sin solución en la última página. En un blog, como en aquello otro más antiguo y exacto, todas hieren y la última mata. Y si no pues no es tan blog como podría serlo. Y ya que es un blog, cada cual que aguante su vela y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga.

 

 

El caso es que buscas en práctica tu guía portátil mientras vas andando cualquiera sabe a dónde, desde luego tú no, y buscas los nombres que te suenen de algo apropiado a la ocasión. Se trata de ir al cine, vamos a dejarlo claro desde ya. De ir al cine acompañado, en compañía, con alguna persona preferiblemente no ciega o también ciega si hay que cubrir el cupo del tanto por ciento de minusvalías atendibles por el ciudadano medio; pero en ese caso valdría más elegir a una persona manca o coja o sin un solo diente o enana o sumida en la noche del Alzheimer. Pero pongamos que en la lista salga el teléfono de alguien cieg@: pues también valdría, por qué no, si lo que se pretende no es sino asegurarse de que un flanco de la fila de butacas esté ocupado por alguien con quien previamente has quedado en sentarte un@ al lado de otr@. El otro flanco debe dejarse abierto a la casualidad, por si en esa butaca se sienta quien desde ese momento abre una nueva vía de perfección humana, en todos los sentidos, en tu vida. Nunca se sabe. Los cines no están llenos hasta que no cabe ni un alma más y mientras quepa una o dos almas pueden ser una u otra el alma que te anda buscando por este valle de lágrimas y expos con tu nombre en la frente y una espada flamígera en el bolso o en lo que lleve a mano, dispuesta a metértela por el culo de tu alma y hacerte sentir que tu vida no tiene sentido si no acabas ligando con esa persona, cinéfila o no, para el caso es lo mismo, que se ha sentado a tu lado en el lado no ocupado por quien llegó y se sentó junto a ti porque así lo habíais convenido, incluso implícitamente, porque no se suele quedar para ir al cine y decir: oye, nos sentaremos junt@s; ya se comprende que así se hará. Es más, si no se hiciera resultaría francamente raro. Todo el cine clamaría con voz de reprovación: ¡Pero a qué han quedado si luego se sientan cada cual en un sitio sin rozarse un codo!

 

 

Pues vas andando y tus pasos parece ser que te dirigen (es un decir: no hay paso que dirijan, eres tú mism@ quien escribes tu historia, ya sabes, un ser humano dotado de dignidad y recursos adscritos para ser, así, únic@ en el mundo, qué digo, en el universo; y un ser humano dirige necesariamente sus pasos incluso cuando no pone especial atención en la dirección que lleva su andar. Algo sabrá, una cierta idea se habrá hecho a fin de cuentas, aunque lo negara no lo creyeras: o es human@ y sí lo sabe o no es human@ y puede ser que no. Pues vas andando y buscando en la guía del móvil) porque ahora las guías de teléfonos están dentro de los teléfonos, no fuera como antes que cada cosa estaba en su sitio y había un sitio para cada cosa. Ahora no: ahora todas las cosas, incluso algunas inimaginables, están o en el móvil o en los papelitos amarillos que se despegan y se pierden los mensajes. La memoria es móvil, pero la memoria del móvil no, dentro ya del móvil no; si no sería como los papelitos esos amarillos: sopla una brisa y adiós muy buenas.

 

 

Buscad y encontrareis. Si buscáis en la guía de teléfonos del móvil casi seguro encontrareis teléfonos de vuestro interés pasado, presente o futuro, o todo a la vez. Allí, en la pantallita, los encontraréis, preparados (y si no, mala cosa es, algo falló, preguntad en el teléfono de la esperanza de cada móvil o al proveedor menos canalla o a una persona de cierta confianza ante la que no os dé demasiada vergüenza de quedar como torpes, pero si a tod@s nos pasa lo mismo al principio; es que tú ya estás al final y sigues sin saber cómo se hace lo de las listitas de las guías, ¡ah!, querid@, lo tuyo es para otro artículo de estos de los blogs, incluso deberías dejar de leer este blog y casi casi cualquiera otro blog. ¡Terminantemente! Si tu caso es el de quien aún anda con problemas de ese tipo, aquí se acaba la función para ti. ¡Faltaría más! Otra ocasión habrá para dirigirme a lector@s preparad@s técnicamente (no pido más) para comprender aquello que pretendo difundir. ¡Maldita sea!

 

ENFERMOS, MÉDICOS, PASTILLAS, LAS COLAS DE LA SEGURIDAD SOCIAL...

ENFERMOS, MÉDICOS, PASTILLAS, LAS COLAS DE LA SEGURIDAD SOCIAL... Vas otra vez al médico. Te receta más pastillas. Tomas más pastillas. Te baja la tensión. Vuelves al médico. Te toma la tensión: es verdad que te baja. ¿Más pastillas? Se podría probar con un cohete, propongo con emoción. Esa opción la reservamos por si se presentan pálpitos. Señor médico, no quiero saber nada de pálpitos ni de púlpitos ni de calamares. Hay que esperar, hay que esperar. Esperemos. Pues esperamos. La cosa es hacer cola. Cola en muchas colas, ante muchas puertas. La cola, solución de los males. Si consigues largarte sin esperar a la consulta estás sanado, no tomarás más pastillas, te olvidarás de los males. Pero todo está previsto: el seguro de enfermedad no es un juego, caballeretes. Aquí se viene sobre todo a cumplir las normas, que para eso se han dictado y difundido y plastificado y se exhiben convenientemente. De modo que haces cola y entras y te recetan unas pocas pastillas más y siempre un protector estomacal o un reforzador del hígado. Total, que entre pastillas para los síntomas y las pastillas para los síntomas de los síntomas, tomaba mil y cuatrocientas pastillas a la semana. Ya no había colores para tanta pastilla y hubo que numerarlas: sin números no hay orden. El problema volvía a presentarse cada vez que volvía a la consulta del médico y me tomaban la tensión y me pesaban, porque como llevaba la ración de pastillas en un pastillero de marfil regalo de mi suegra el peso era mi peso y el peso del pastillero repleto de pastillas y eso era mucho peso añadido a mi peso y ocurría que por culpa del peso que no era mi peso recetábanme pastillas para el peso y así pesaba más cuanto más peso de pastillas para el peso me recetaban y me fui convirtiendo en un enfermo cada vez más caro para el estado del malestar que asumía el suyo y el de varios miles de ciudadanos que estaban mal además de asumir gastos como estado del bienestar para atender a los ciudadanos que estaban bien aún aunque las cosas no fueran tan bien como deberían. ¿Una revolución? Una revolución es lo que hacía falta y acabar con la industria farmacéutica de una puñetera vez y acabar con las colas, esas colas para esperar la hora de la consulta. Pero entre tanto vas al médico. Te receta más pastillas. Tomas más pastillas. Te suceden cantidad de cosas, efectos secundarios, así están las cosas.

 

LA MUERTE DE MI ABUELA ANTONIA Y LO QUE APRENDÍ

LA MUERTE DE MI ABUELA ANTONIA Y LO QUE APRENDÍ

Me apetece contar ahora la muerte de mi abuela Antonia. Pasó una semana entre la vida y la muerte, extinguiéndose poco a poco. Pero conservaba intacto su sentido del humor y además algo se disparó en su cabeza de forma que hablaba con una libertad increíble de todo y de todos. Parecía estar ya más allá de cualquier convencionalismo.

 

Durante su última semana yo acudía por las tardes a visitarla. Siempre le tuve un gran afecto y quería acompañarla esas horas. Ella me lo agradecía mucho porque también me quería especialmente. Los dos, según ella, éramos “románticos”, y eso hacía que me sintiera más cerca de ella que a otros nietos. Esas últimas tardes las pasábamos viendo láminas de los libros de arte del abuelo Manuel (que había fallecido un año antes). Su disfrute en la contemplación de las reproducciones de cuadros de los grandes maestros de la pintura mundial era francamente instructivo. Pero fue sobre todo su forma personal de vivir esos momentos lo que se me quedó grabado. Mirando una lámina en la que se reproducía bastante convincentemente el cuadro de Velásquez “Vulcano en su fragua”, mi abuela recorría con sus dedos los pechos de aquellos personajes, fuertes, cobrizos, iluminados fantásticamente.

 

-         ¡Qué pechos! ¡Qué hombres! ¿Ves? Tu abuelo, de joven, ¡y de no tan joven!, tenía un pecho fuerte como los de estos señores de Vulcano. ¡Él también brillaba en su fragua, tu abuelo! ¡Qué maravilla de pechos!

 

A sus setenta y pocos años, una mujer aparentemente convencional, católica y sometida cotidianamente a lo que se esperaba de una mujer en aquella época en aquel país, revelaba con sus comentarios una libertad de espíritu y una forma de vivir su vida realmente admirable. Otra tarde, no recuerdo bien mirando qué cuadros, me habló de la suavidad de sus piernas y de cómo las alababa mi abuelo.

 

-         ¡Son como seda! Siempre tuve los muslos suavísimos, blancos y suavísimos. ¡Mira! Y levantando un poco la ropa de la cama sacó su pierna derecha entre las sábanas.

-         ¡Toca! ¡Verás como es verdad! ¿Eh que sí?

-        

 

Era absolutamente cierto. Mis dedos, recorriendo sus largos muslos, lo percibieron perfectamente. Un tacto de seda.

 

Puedo asegurar que a mis dieciséis años una experiencia como esa me resultó enormemente instructiva sobre las mujeres. Desde entonces supe que bajo las apariencias había siempre la posibilidad de encontrar una persona original, con criterio propio y con libertad en el trato. Fue todo bonito, elegante, divertido y cariñoso lo que recibí de mi abuela durante aquellos últimos días de su vida.

CLANDESTINO.CUENTO MORALIZANTE

CLANDESTINO.CUENTO MORALIZANTE

Le comenzaron a molestar los comentarios. Le parecía que nadie tenía por qué decir nada sobre sus costumbres, sus ideas, sus gustos, sus pasiones, sus entretenimientos, sus predilecciones. Le comenzó a parecer insoportable tener que escuchar opiniones sobre su persona. Le comenzó a fastidiar profundamente saber alguien tenía noticia de su vida, de sus paseos, del destino de sus idas y venidas, del por qué de sus actos. Sus lecturas, sus apuntes, sus cavilaciones, sus planes, ¿quién tenía derecho a inmiscuirse en ellos? Optó por el silencio. Estaba en su derecho. Más adelante, como callar era evidentemente insuficiente, comenzó a decir medias verdades y a mentir francamente: pistas engañosas, rastros frustrados. ¡Qué le buscasen donde no estaba! Vivir solamente tenía sentido y dignidad si se mantenía en secreto la propia existencia. Vivir como si no se viviera en ningún sitio, con ninguna persona, sin ninguna ocupación, ningún compromiso. ¡Obligaban a tanto los saludos! Ser sin estar: ese fue su programa. Un ser de los abismos oceánicos: ocupan su lugar, interviene, coadyuva con su actividad a equilibrar el universo, pero no se les ve, no se les distingue, no se repara en ellos. Sólo se perciben algunos efectos, directos o indirectos, de su existencia.

 

Él mismo, un partido clandestino. Con su programa, sus estatutos, sus objetivos. Y sus puntos de apoyo, sus pisos francos, su aparato de propaganda, su red de contactos, sus normas de seguridad. Cuando la legislación vigente o las circunstancias no permiten actuar libremente a cara descubierta es lícito adoptar la clandestinidad. Más aún: es seguramente la única opción razonable. Se trata de sobrevivir siendo eficaz. Conseguir avanzar en la dirección conveniente sin dar armas al enemigo, sin ofrecer blanco a sus acosos. Le costó decidirse. Renunciar a la libre expresión de sus pensamientos y a la libre realización de sus actos no es algo que se haga por gusto. Pero estaba claro que, tal y como se habían puesto las cosas, seguir a la intemperie le llevaría más temprano que tarde al fracaso.

 

¿Qué era más importante: que hubiese quien supiese con certeza de su existencia o que sus ideas se difundieran y ganaran adeptos? ¿Qué valía más: el reconocimiento de su individualidad o el disfrute de los frutos de sus actos? ¿A quién le importaban los sufrimientos o las alegrías que experimentaba en el proceso de sus búsquedas? Lo importante, sin duda, eran los resultados, no la identidad de quien los produjese o los propiciase. Fuera del foco de atención se sentiría libre para desarrollar todas sus capacidades sin temor a ser advertido, observado, vigilado, criticado, reprimido, retirado de la circulación, finalmente, por los acostumbrados métodos infamantes.

 

En cuanto a él, no pretendía adquirir ningún tipo de prestigio. Muy al contrario, sus conocidos debían desconocerlo por completo a él, sus compañeros deberían ignorarle, su familia, incluso, debería perder definitivamente el rastro de sus señas de identidad. En general, cualquiera que se relacionase con él debía hacerlo sin llegar a percibir lo más mínimo de su verdadera personalidad. Sólo así estaría seguro. Y podría dar frutos, algún fruto. Y su vida tendría sentido.

 

Así lo pensó y así lo hizo. Al principio le costó un poco alejar de la evidencia sus pensamientos y sus actos: aún había demasiada poca distancia entre lo que los demás sabían de él y la realidad de él mismo, de modo que resultaba difícil impedir que advirtiesen sus preocupaciones y sus intenciones. Pero poco a poco fue introduciendo elementos de opacidad y disimulo, y las personas con las que trataba iban perdiendo noción de sus verdaderos propósitos aunque aún pudieran observar alguna conexión entre sus acciones más evidentes. Después fue dispersando las partes de las acciones de modo que no siguieran en absoluto el orden usual, natural o lógico. Quien le viese, por ejemplo, tomar bolígrafo y papel pensaría que iba a escribir: muy al contrario, nada escribiría en ese rato. Acudía a lugares y establecimientos donde nada le interesaba encontrar. Silbaba canciones que le aborrecían y sólo se permitía recordar sus músicas favoritas en el más absoluto silencio. Se acostumbró a leer el periódico que le interesaba en bares lejanos y a comprar y exhibir bajo el brazo los que le producían mayor rechazo. Estos son algunos ejemplos de las tácticas que comenzó a emplear en la primera gran fase de su clandestinización.

 

Establecidas, pues, toda una serie de rutinas cotidianas de lo que consideraba un primer camuflaje, avanzó hacia logros mucho más importantes. Se trataba de utilizar su propio cuerpo a favor de la clandestinización. La propia evidencia corporal sería el recurso más eficaz si conseguía dotar a sus movimientos, a sus gestos, a su voz, etc., de la flexibilidad máxima en relación con su funcionamiento cerebral. Le costó cambiar la forma de andar, la forma de gesticular con las manos, la forma de entonar y de reír, pero sobre todo encontró grandes dificultades en sus intentos de cambiar su forma de mirar y su forma de manifestar dolor o pesar. Con todo, al cabo de cierto tiempo aquel mismo cuerpo, sin ningún cambio físico, podía decirse que ya no era el mismo de antes. De hecho, algunas personas cercanas a él ya no le reconocían cuando se las encontraba por la calle. Pudo hacerse pasar por distintas personas en diversos lugares de su ciudad, cada una dotada de sus cualidades y tics propios. No se atrevió (le pareció una imprudencia rechazable) presentarse en un mismo lugar con una u otra personalidad. Esos pequeños gustos debía reprimírselos a toda costa si no quería echar por tierra todo su plan. Y lo cierto es que sufría continuas tentaciones.

 

Al cabo del tiempo consiguió disponer de un amplio repertorio de recursos gestuales o, por así decirlo, de identidades físicas. Con su mismo cuerpo de siempre, daba vida a distintos personajes, de modo que según moviera sus manos podían parecer largas y huesudas o compactas y regordetas, su cuello era más o menos largo, sus hombros destacaban o desaparecían sobre las costillas, su pecho se henchía o se mantenía hundido. En general era el movimiento lo que cambiaba su aspecto, en lo que intervenía especialmente el ritmo. La clave, con todo, radicaba en una disposición interior distinta que se manifestaba con diversos recursos corporales.

 

Comenzó entonces una siguiente fase, mucho más importante. Según dónde o con quién estuviese le era posible actuar de una u otra forma, lo que le hizo plantearse que en sus relaciones con los demás lo menos importante, a partir de entonces, sería su identidad personal. Estaba a punto de conseguir su primera gran meta: tratar a cada cual según las necesidades de esa otra persona y no según las necesidades de sí mismo. Éstas podían pasar a un segundo y aun tercer plano gracias a esa gimnasia que, en realidad, ahora lo veía claro, dejaba muy dudosa incluso para él mismo la importancia de su verdadera identidad. Él era él, eso era una evidencia. Existía. Pero ya no le preocupaba en absoluto quién era él. Libre de esa preocupación, podía interesarse con todas sus capacidades en los problemas de los demás, comprendiéndolos desde el punto de vista de ellos.

 

A partir de las primeras experiencias de actuación a favor de otras personas desde el punto de vista de las necesidades y deseos de aquellas mismas personas comenzó a experimentar una gran paz interior y una euforizante sensación de plena libertad. Ser él, identificarse ante los demás, reivindicar su personalidad, defender sus opiniones, etc., había dejado de ser una necesidad. En el fondo del ser en el que eran capaces de coexistir tanta variedad de existencias habitaba un yo absolutamente despreocupado de sí mismo. Era él mismo, sin duda, como el agua es agua o un pájaro es un pájaro. Hablaba, comía, dormía o estudiaba cuando sentía deseos o necesidad de hacerlo, sin preocuparse de buscar la razón o la explicación. De esa forma, la levedad de su existencia le permitía poder hacerse cargo del peso de las preocupaciones de los demás.

 

Clandestino, inidentificable para nadie salvo para él mismo, adquirió la costumbre de acudir a un mismo lugar en determinadas fechas del año. En esas ocasiones celebraba una fiesta en la que primero evaluaba el grado de consecución de los objetivos que se había propuesto para esa temporada,  revisaba su programa de acuerdo a los nuevos datos de la realidad que hubiera descubierto en la práctica de su relación con los demás y después celebraba la felicidad en la que había instalado su ser. De vez en cuando se le ocurría dar un nombre, unas siglas, componer un anagrama, dibujar un escudo, una bandera, un logotipo, un himno; en fin, algún signo identificativo de ese partido unipersonal que había llegado a crear, organizar y dirigir. Eran momentos que le recordaban, aunque lejanamente, su pasado, cuando tanto le irritaba cualquier indicio de intromisión en su vida y el roce con lo que entonces le parecía una humanidad molesta y atosigante. Un recuerdo que aceptaba porque mantenía viva en él la noción de una forma de vivir de la que ahora podía reírse a carcajada limpia.

 

EL AYUDANTE. CUENTO DE HIJO, PADRE ...Y PIS

EL AYUDANTE. CUENTO DE HIJO, PADRE ...Y PIS                                                            

 

-         ¡Vámonos, ayudante!

 

Y salían de casa, el padre con las llaves del coche en la mano y el hijo con la cartera del padre en la mano, siguiendo su estela de colonia Varón Dandy.

 

Subían al coche y el padre le pedía la cartera con un gesto de su mano. El hijo abría la cremallera de la cartera de cuero y así abierta se la ofrecía lentamente sobre sus piernas. El padre revisaba los papeles, acababa de ordenarlos, suspiraba, silbaba, preparaba su trabajo. El hijo no sabía cuál era el orden ni por qué razón, qué significaba cada uno de aquellos papeles, qué pensamientos había tras la expresión radiante o preocupada de su padre, que cerraba con un movimiento preciso la cartera, como sólo un amo de sus papeles puede hacerlo, y se la tiraba sobre sus piernas. El ayudante solía llevarla cogida contra el pecho, vertical sobre sus muslos, haciendo una mirilla con las asas, una mirilla desde la que mirar las calles que recorrían hasta dejar atrás el centro y cruzar puentes y adentrarse en aquel territorio ceniciento de tapias, chispas, chimeneas y ruido.

 

Aparcaba el padre y le tomaba la cartera de las manos, casi arrebatándosela. Y salía del coche.

 

-         ¡No te muevas!

 

Y el ayudante no se movía del asiento del coche durante un tiempo más largo y más vacío que ningún otro tiempo. Si era invierno hacía frío en el coche, que parecía más metálico que nunca y más pobre. Si era verano, el calor entraba a oleadas por la ventanilla, un calor denso cargado de olores metálicos y eléctricos como de una cercana tormenta industrial.

 

Las paredes tenían escritos que no se podían leer desde la distancia. En los postes de la luz había señales de peligro terroríficas: un rayo impactando en un hombre. El polvo de la cuneta era de un sucio impropio, no parecía tierra. Las pocas hierbas que crecían entre grietas parecían obligadas a testimoniar una forma de vida insoportable, un castigo arbitrario aceptado con estoicismo. Si había nubes, al menos podía seguir su evolución allá en lo alto, en un horizonte inalcanzable, lleno de luces y colores cambiantes conforme avanzaba la tarde.

 

Dentro del coche, sin nada entre las manos, cada vez con menos luz, el ayudante, sin moverse del asiento, esperaba, mientras iba sintiendo cada vez más perentorias las ganas de hacer pis. Poco a poco su vejiga se transformaría en el único lugar importante del mundo, abultada, tensa, dolorosa, preocupante.

 

El ayudante procuraba distraerse, olvidarse del pis que iba llenando su vejiga. Pero el pis era más persistente que la imaginación del ayudante, hacía su tarea dilatante tan poco a poco que podía pensarse por un instante que todo había sido imaginario y que no había peligro. Un mínimo cambio de postura refutaba esa impresión. En adelante el tiempo de la espera iría dando paso a una sucesión de sensaciones angustiosas. El ayudante pensaba en salir y desahogarse. ¿Pero dónde hacerlo? ¿Allí mismo al lado del coche? ¿Contra la tapia, bajo la farola? ¿En las hierbas de un ribazo cercano? El lugar parecía desierto y casi estaba decidido a salir cuando un ruido cualquiera le alertaba: posiblemente desde el coche no viese a quienes sí le veían. ¿Cómo hacerlo así?

 

Imaginaba diversas formas de hacer salir el pis sin moverse del asiento. Un tubo de goma desde la cola hasta el suelo, entreabriendo la puerta. Una aguja en el vientre producía un surtidor que salía por la ventanilla, limpiamente. Le parecía que el pis humedecía su ropa interior, el pantalón, el asiento. Miraba, palpaba. Era una falsa impresión. También parecía que sus muslos fueran almacenando pis y que todo su vientre se hubiese llenado del líquido. Respirar se iba haciendo cada vez más doloroso. Y el deseo de dejar salir el pis luchaba contra el temor a manchar la ropa y el coche.

 

De un momento a otro volvería su padre. No podía salir. Se imaginaba saliendo, acudiendo a la puerta por la que había desaparecido su padre, llamando, explicando quién era, pidiendo por favor que le dejaran ir al retrete. Imaginaba el desconcierto de quien abriera, las preguntas las dudas. Imaginaba la reacción de su padre, su disgusto. Lo último en su vida, dejarle en mal lugar ante sus clientes.

 

Las ingles le dolían y parecían estar completamente mojadas. Había sucedido lo peor, nada podría ya detener la catástrofe.

 

Su padre no volvía, las luces de la tarde dejaban paso a un brillo ceniciento entre los muros. Si era invierno, el olor frío era un arma metálica entrando por las rendijas del coche, hiriéndole la pituitaria. Si era verano, el aire se movía y aquellas virutas daban vueltas interminablemente cerca del rincón. La sensación refrescante contrastaba con el calor acumulado en el interior del coche, un horno de metal y tapicerías. El ayudante, en cualquier caso, fuese invierno o verano, en aquellos momentos sudaba. Era un sudor frío que le empapaba todo el cuerpo, especialmente molesto en el cuello y en los antebrazos. Procuraba no moverse lo más mínimo, no hacer un movimiento fatal.

 

Por fin, volvía su padre. Le arrojaba la cartera sobre las piernas (y él tenía que evitar que el impacto abriera la espita del pis), cerraba la puerta de golpe, arrancaba, salían de allí camino de casa. Algunas veces, su padre le decía, sin dejar de mirar hacia el frente:

 

-         ¿Qué tal?

 

Y el ayudante movía la cabeza para decir que bien sin decirlo. ¿Se fijaba su padre en su respuesta?

 

En cuanto subían a casa el ayudante se metía en el retrete. Tardaba en salir el pis. De pura hinchazón, su vejiga no dejaba salir el líquido. Era un momento extraño. Del otro lado de la puerta llegaban débilmente las voces de sus padres y las de sus hermanos. Por fin acababa de hacer pis.

 

Durante la cena, en algún momento imprevisible, su padre diría una vez más que gracias a esas ventas podían todos ellos vivir bien. Se diría que esperaba una salva de aplausos. Pero nunca mencionó la compañía de su ayudante.

 

Esa palabra sólo la escucharía cuando su padre aparecía en su habitación con el traje y la colonia Varón Dandy y con aliento de café con leche le dijera, muy animado:

 

-         ¡Vámonos, ayudante!

 

En ese tono con el que parecía ofrecerle una especial aventura junto a él, que haría de aquella una tarde realmente memorable.

ZARAGOZA. FINAL DE LOS SESENTA. EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES

ZARAGOZA. FINAL DE LOS SESENTA. EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES EL TUBO, LIBROS VIEJOS, MERIENDAS, ARTESANOS, PUTAS, TACOS, VOMITONAS, EL PLATA, LOS YANKIS, LOS CONDONES. FINAL DE LOS SESENTA. ZARAGOZA.

Librerías de viejo, meriendas, canciones…

En los últimos cursos del instituto aprendías unas cuantas cosas sobre la ciudad, todas ellas muy útiles y algunas imprescindibles. Por ejemplo, las diversas direcciones de las librerías de viejo (a mi grupo la que más nos gustaba era la Librería Pérez, cuyo suelo de madera se arqueaba y chirriaba preocupantemente al paso de la clientela y cuyas secciones estaban divididas por una especie de paños tendidos como cortinas. La poca iluminación, el hacinamiento de los volúmenes, la humedad y la falta de aire conseguían hacer de una búsqueda una aventura, que era de lo que se trataba. Salías como ungido de entre aquellas paredes desconchadas y ya nada era lo mismo a la luz de la calle. Acudíamos luego a Casa Pascualillo y bebíamos vino de los años setenta: un vino denso y graso que podía cortarse con cuchillo y que dejaba su impronta en vasos, labios  y pañuelos además de aturdirnos como un trueno líquido retumbando en el cerebro. Si antes o luego comíamos calamares o patatas bravas el cuerpo agradecía esa ración que hacía de tan mortal lo ingerido una vacuna digestiva indispensable para lo que fuera nuestra vida gastronómica en los próximos años. Cantábamos ya las tristezas de la favorita del sultán y alguna frase del himno de Riego precedían a las muy sentidas de “a las barricadas, a los parapetos…” que a nadie en ese barrio sellado sorprendía. La marsellesa, en cambio, podía molestar a un viejo limpiabotas más dado al Carasol o en todo caso a los himnos hispanos que a esas letras ajenas al espíritu español. El limpiabotas no era un sujeto de fiar y por más que gustase darle la lata y lo que fuese había que bajar las voces, callar, poner cara de aceptar su autoridad, menudo tío el limpiabotas embetunado aquel si se le tocaban demasiado las narices. Todo el mundo, mi mundo juvenil, decía que era un confidente de la policía y eso no hacía gracia, eso fastidiaba, incluso daba miedo. Pero por eso mismo había que ir tan cerca como aguantasen los nervios y cantar la estrofa prohibida por ser de franceses. Con el ¡Marchoooons!, Marchoooons! nos íbamos marchando hacia otras esquinas de aquel nudo de calles a cual más desesperante. Nunca me gustó el Tubo, ¡qué le vamos a hacer!, pero durante dos o tres cursos acudía los sábados por las tardes a encontrar a los amigos en aquellos portales en los que muchas veces la noche nos encontraría vomitando y riendo, víctimas del vino, los nervios, las papas y los clamares. Por pocas pesetas habíamos jugado muchos futbolines y  algunos billares y, sobre todo de todo, habíamos reído de cada detalle risible o no risible de aquel pequeño barrio de la maravillas o de nosotros mismos o cualquiera sabía de qué, la cosa era reírse liberados del pupitre, la lección, los horarios. Nosotros mismos nos soltábamos como quien suelta cachorros en un monte y no parábamos de correr y jugar hasta que los relojes acercaban las agujas a las diez.

Artesanos, putas, tacos y vomitonas

Había tardes, sin embargo, que pasábamos al barrio de San Pablo a ver a unos señores muy serios hacer guitarras enterrados en mucho serrín bajo bombillas mortecinas, con el botijo a mano y una radio que ahogada por materiales varios mosconeaba y chisporroteaba provocando una tristeza inenarrable. El paso hacia San Pablo tenía la implícita y muy callada intención de ver algunas putas en sus puestos, saber de qué se hablaba cuando se decía la palabra más pronunciada (y de más formas) en nuestros labios adolescentes, ésos que había que curtir para la vida adulta y al parecer el camino era decir mucho cabrón, mucha puta, mucho maricón, bastantes veces cojones, polla, etc. No hay por qué  molestarse, otras iniciaciones son mucho más terribles y dolorosas y dejan un estigma mucho más indeleble; sobre todo las iniciaciones capitaneadas por adultos. La nuestra no. La nuestra era una iniciación  cooperativa, la llevábamos en nuestras mismas manos y cabezas, nadie tenía nada que decirnos sobre qué hacer o no hacer y eso, más que nada, era lo verdaderamente sano de todo aquello. Lo sano en medio de unas  calles asquerosamente sucias, desastrosas, infames, a las que se asomaban  puertas de dudosa reputación, si es que no eran puertas decididamente reputadas de tantas putas como andaban dentro, puertas con celosías, con luces que no dejaban ver, con olores y sonidos que atraían de puro echar para atrás. ¡Horas de quince a diecisiete años! ¡Horas de búsquedas sin objetivo claro pero de muchas risas, aunque al final al cuerpo se nos desmadejara y se empezara en echarlo todo afuera, a los grandes adoquines de la calzada o a la brea de las aceras o al yeso resquebrajado de las paredes. Vomitar, hacer pis en grupo con la risa floja y el temblor del invierno y de la fiebre acaso y el mal sabor de toda esa tarde invertida en tan pequeños goces entre tapias tan rotas.

El Oasis, los americanos, el final de la fiesta

Otras tardes tenían un final distinto porque sabíamos que tendrían un final distinto: iríamos al oasis a la función de noche, la de los estudiantes (las otras eran mucho más de labradores y reclutas). Se ha escrito mucho y muy bien de aquel infame local al que acudías en grupo (¡incluso ya con chicas los universitarios, toda una novedad) como todos los que allí acudían salvo los viejos verdes que llevaban su vida cada cual a su modo y que rivalizaban por hacer  lo canalla con las chicas del escenario, cuando les dejaban. Algunas putas viejas también tenían sitios reservados más que nada por la tradición y los borrachos también los tenían, algunos en el suelo, siempre a punto de ser pisoteados nunca molestados por nadie, borrachos con derechos superiores a los no tan borrachos. Y luego estaban, en aquel pasadizo de los wáteres, las figuras más patéticas del mundo haciendo como que iban o venían, o sea yendo y viniendo hacia las paredes en las que se meaba sin remilgos y sin ningún tipo de higiene, qué palabra más fuera de lugar en ese infierno de líquidos y barros y serrines y olores penetrantes como una lanzada en el entrecejo. Las mesas del Oasis se llenaban de grupos. Se pedían bebidas muy alcohólicas y agua y si había suerte un puñado de barquillos que con sus vainillas y sus canelas hacían las labores de incensarios. Porque allí no había albahaca ni menta ni otras hierbas que rebajaran la densidad del tufo, como sí se cuidaban de poner en otros sitios menos urbanos, más rurales y mucho más sensatos.
 
Tocaban esa música, cantaban lo de siempre, dejaban ver un poco de unos cuerpos un poco ya gastados, excitaban al viejo de turno que buscaba ese tacto con el que había estado soñando durante todo el día, se alzaban las carcajadas como un montón de olas que arrastraban todo el fragor humano estabulado allí con cara de pasarlo muy bien, bueno, ¡de puta madre! Yo a veces me quedaba mirando a esas chicas universitarias que iban en los grupos, siempre había miradas, gestos, rasgos, pieles, posturas que me enamoraban durante unos minutos para dar paso a otras localizadas luego. ¡Qué pérdida de tiempo, de vida, de energías, no estar con ella o ella o ella en otro sitio ya haciendo el amor. ¿Cómo sería eso de hacer el amor, como sería concretamente, que pasos, que posturas, que acciones llevarían el sello del placer de la carne? Aquellas estudiantes acaso lo sabían y en vez de beber esos vasos pegajosos de anís con compañeros que acaso también lo supieran, ¿por qué no amadrinaban una o dos lecciones concretas y prácticas  a chicos como yo y nosotros, los de los institutos; que íbamos al Oasis más por ellas, cercanas, abordables, que por aquellas vedettes inmensas, lejanas, inabordables.

Era posible –a finales de los años sesenta en Zaragoza- que hacia el final de la fiesta (¡Que cante Don Luis! ¡Que cante Don Luis!, y aquel anciano jorobado, famélico, taciturno y verdoso, se cernía en su piano como un ave ya herida y cantaba una copla, un tango, un no sé qué, siempre muy celebrado). Pues a esas horas ya podía ser que hubiese algunos de la base americana, algunos soldados yankis con sus metros de altura, sus bíceps bien marcados, sus cabezas rapadas de combatientes  y su mirar entre bobo y desafiante. Y entonces el final de la fiesta era un final de gritos y empujones y carreras y en la calle, a la puerta, se hacían las peleas entre grupos borrachos de estudiantes muy españoles y unos cuantos enormes, perfumados soldados yanquis de la base. Y entre los puñetazos coreábamos todos aquel ¡Yanki go home! que expresaba el resumen de toda nuestra rabia enardecida. Si había sangre: un labio, una ceja o lo que fuese, los gritos aturdían y quienes quedaban en el campo de batalla improvisado (pero siempre el mismo) se zurraban de lo lindo y quienes no teníamos con qué zurrar cogíamos al yanki más cercanos por donde se pudiera y le hacíamos caer o tambalearse y entonces una mano ya hecha un puño convenientemente cerrado podía dar el golpe que todos esperábamos en aquellos estómagos enormes como hogazas muy duras pero que a veces tiernas por aquello de la respiración, rendían a un tipo que miraba con ojos de niño grande, divertido y sorprendido, mientras ya se escuchaban las sirenas de los jeeps de la base que venían a por ellos, a llevarlos de allí, a impedir que sus brazos nos hicieran añicos. Ésa era la estrategia del equipo local: resistir batallando hasta que la policía militar americana obligaba al enemigo a salir de allí pitando por Independencia como si es que huyeran, ¡habíamos ganado!

Ortopedia La Francesa: los condones.

Eso era en esas tardes que desembocaban en las noches del Oasis. Pero había otras tardes con un objetivo más humilde y más urgente. Se trataba de entrar en una pequeña tienda llamada Ortopedia La Francesa (aún existe, no sé si cerrada permanente) y comprar condones por unidad, nunca la caja entera, ¡qué bolsillo de los nuestros pudiera!

Ibas a buena hora, o sea más bien temprano, nada más abrirse las compuertas de la tarde de fiesta y tus pasos te dirigían directamente allí, frente a la tienda. Decían que esa tienda estaba vigilada por la policía, que hacían fotos a quienes entraban, que el propio dueño era un confidente que lo apuntaba todo. Decían muchas cosas de aquella tienda y eso producía cierto temor que había que superar como pudiera cada cual hacerlo. Por lo que hubiera de cierto en aquellos rumores no entrábamos nunca en grupo, ni siquiera en pareja: entrábamos más solos que en el water de un bar. Los compañeros esperaban afuera, más o menos cercanos, dispuestos a salir corriendo a poco que un adulto se hiciera sospechoso a sus ojos abiertos de para en par, qué menos. Entrabas, pues, sonaba la campanilla con el cuero, dabas los cuatro pasos hasta el mostrador y el hombre aquel, silencioso y con cara de muy pocos amigos, preguntaba un ¿Qué desea? con el usted inscrito, la distancia, ¿la burla?, un ¿Qué desea? innecesario, pues en toda la tienda no había nada más que cajas de condones. Respondías lo más serio y natural que podías: Condones. Y entonces, siempre que lo dijeras (que era siempre, porque así disfrutabas de la escena), entonces aquel hombre henchía el pecho y arrugaba la frente, te miraba como quien ve a un insecto en la baldosa y te decía con la voz como un trueno: ¿Cómo dice? Y tú, cambiando de palabra y bajando la voz: Preservativos. Y ya era la caraba, el despelote (pero los dos muy serio, si no había venta): el hombre tronaba de nuevo con un gesto inefable y decía: ¡Querrá decir gomassss! Movías la cabeza, humillabas tu verbo y entonces preguntaba si uno, veinte, treinta y uno… Pedías los que fuera, pagabas y salías. Ya en la puerta, mirabas hacia todos los lados pensando que las fotos estarían fijando tu imagen varias veces. Con cara de haba bajabas el escalón, andabas hacia la esquina y esperabas a que uno tras otro llegaran tus amigos como gorriones a por migas. Tocaba el turno a otro y entre tanto se jugaban partidas de futbolín intentando mantener el gesto de quien sabe lo que hizo y por qué lo había hecho, cuestión harto difícil o imposible. Porque lo cierto era que aún no había en el horizonte ninguna chica con la que utilizar los condones, preservativos, gomassss. Era un acto de aprendizaje, un quitamiedos, una preparación necesaria para cuando comprarlos fuera un acto realmente necesario en nuestras vidas. Que todo llegaría.

Aquellas tardes de sábado en el Tubo duraron por lo menos los tres años del bachiller superior, marcaron una época (o al menos unas  horas importantes de una época). Entre sus sucias paredes discurrió la parte más festiva de nuestra adolescencia. Otras horas serían las muchas pasadas en Casa Faustino. Pero eso es otra historia.

EQUIVOCARSE, METER LA PATA, DESAPARECER.

EQUIVOCARSE, METER LA PATA, DESAPARECER.                                                                                           Para A.P., con mis excusas.

A menudo se cometen equivocaciones, se mete la pata, se desorienta uno en la confusión de un brillo que pareció ser un dedo de la aurora y era la bombilla una farola rota en medio de la nada. Con frecuencia se mete la pata y se andan caminos de la imaginación que topan con el muro de un despertar cerrado y sin salida: la pesadilla viene ahora, con el final de los sueños, al abrir los ojos y ver la realidad con su cara de perro rabioso que duda si mordernos o largarse corriendo a buscarse la vida a otra parte. Lo peor es darse cuenta de que somos el perro, el perro y su rabia, el perro y su duda, el perro y su mordisco, el perro y su carrera y que nada nos puede hacer cambiar ese pequeño detalle. Una vez cometida metida la pata, la única forma de sacarla es morirse suficientemente aunque sea sólo por la parte de la pata, y esperar a que caiga, se desprenda ella sola y podamos salir de ahí zumbando, preferiblemente sin mirar hacia atrás, no ver la gangrena a la que hemos obligado a una de nuestras patas que sigue siendo nuestra por más que ya estemos lejos a fuerza de correr cojeando. Puede que nos crezca de nuevo la pata pero puede que se a con forma de oreja o de rabo, como a los insectos les crecen miembros rotos a veces con forma de otros miembros y una de sus antenas toma forma de pata o viceversa y así sobreviven, sobreviven hasta la siguiente metedura de antena, confusión, hasta que de nuevo una equivocación nos recuerda que somos saltamontes condenados a ser perros que meten la pata y la pierden, si no es que pierden algo más de sus vidas en esa confusión que nació en los sueños como una caricia y fue un gran bofetón que al despertar nos avisa de lo que vendrá luego, confusión tras confusión, a lo largo de cualquiera sabe cuánto tiempo de vida y cuánto sufrimiento y cuánta pérdida: patas, orejas, ojos, antenas, alas, ramas, raíces, incluso cada hoja que preparamos con detenimiento, con ilusión, con ganas. Pues basta que de pronto el bofetón de unas voces (basta una voz, pero resuenan ecos de voces precedentes) nos hagan caer en la cuenta, en el pozo profundo de la cuenta del que ya no saldremos porque a nadie le sacan ni es posible sacarse a uno mismo de la cuenta cuando ya caíste en ella: la lucidez tiene un precio, alto y sonoro como una campana que difunde a nuestro alrededor la noticia del fallo, de la equivocación, la metedura de pata. Mejor no haber soñado, no despertar, no intentar encontrar ni la mitad de aquello con lo que creímos que habían preparado para nosotros, pobres nosotros tontos y confusos, pobres nosotros y qué tontos, tan tontos que a menudo nos equivocamos y metemos la pata, pobres de nosotros que pronto lo pagamos y a qué precio: la soledad, la humillación, el ridículo, el recuerdo abrumador de nuestras propias palabras, de nuestros propios gestos llevándonos a la ruina tan contentos. Qué pesar el del recuerdo de una equivocación, qué dolor el dolor de la pata, qué miedo ese perro rabioso en el que nos ha convertido nuestra propia desgracia, qué morder, qué morder mientras huimos de nosotros mismos, qué morder hasta que reventemos de una vez en la cuneta, cuna del desamparo, preludio de nuestra desaparición.

FINAL RELATIVAMENTE FELIZ. CUENTO CON SUICIDA DENTRO

FINAL RELATIVAMENTE FELIZ. CUENTO CON SUICIDA DENTRO

Los últimos golpes contra las rocas fueron muy dolorosos. Sangraba. Sin gafas, apenas reconocía nada a su alrededor, sólo colores fuertes, olores penetrantes, la luminosidad cenital de aquel paraje. Con sus manos sanguinolentas, rebozadas en una capa de polvo terroso, se tocó la cara, restregó sus palmas contra la piel herida de la frente, manchó por completo su cabeza. Estaría irreconocible, acaso monstruoso. Latidos por todo el cuerpo le informaban de que todo él se había hinchado. Pasó un tiempo sintiendo cómo aumentaba la hinchazón en todos sus miembros. El tacto era ya una quimera: su piel recibía extrañas señales de la realidad. Estaba todo tan desenfocado en sus ojos como a lo largo de todo su cuerpo. Incluso el dolor, los dolores, estaban desenfocados, irreconocibles, sólo lejanamente parecidos a los que había conocido en su vida. Era ya  incapaz de calcular el tiempo que llevaba dedicado a esta investigación psicosomática. Todo él había sido siempre absolutamente psicosomático: primero con la clásica pe inicial, después con esa ridícula ese moderna que, en cualquier caso, no parecía variar mucho el sentido de su mal, de sus males. De niño ya le decían que todo era cosa de nervios. Hacía muchos años que supo que, en realidad, la vida entera de un ser vivo era cosa de nervios, así que aquella afirmación le pareció tan insidiosa y mendaz de niño como de adulto. En cualquier caso, prefería que lo suyo fuese psicosomático, con la p de los griegos.

 

Algo en movimiento hizo sombra junto a él. Le pareció que le hablaba una voz ronca, desgarrada, irritante, molestísima. Aun en su estado podía haber cosas que hicieran su sensibilidad, como esa voz. No entendía nada. Como si junto a su cara hiciera ruido un motor averiado. Y ese motor olía espantosamente. Un poco más de aquel aliento y vomitó. Vomitar multiplicó inconmensurablemente su sensación total de dolor. Y aquella voz y aquella presencia y aquel hedor seguían junto a él. Entonces recordó su plan. Y sobreponiéndose a todo musitó:

 

-¿Me deja que se la chupe?

 

Se hizo un silencio casi total. Pájaros o alimañas o movimiento de raíces o agua burbujeante entraban en su cerebro por sus oídos, como un alambre, removían allí dentro y lo destrozaban todo. De aquel casi silencio surgió de nuevo el ruido del motor, el hedor de aquel aliento. Le estaban preguntando algo. Era una pregunta o una exclamación. No ver los signos de puntuación tiene eso: que muchas veces dudas si quieren saber algo, te insultan o te riñen. En este caso parecía que ambas tres cosas a la vez. Hizo acopio de valor, si eso era valor, y repitió:

 

-¿Me deja que se la chupe?

 

Más que grito aquello fue un graznido, seguido de una carcajada rasposa haciéndose paso entre un montón de mucosidad apelmazada. La sombra de aquel ser, al parecer humano, se movía frente a sus ojos, pegada a esa misma tierra que los cegaba y de la que recibía frescor. Cuando cayó allí abajo era mediodía, de eso estaba seguro. Así que habían pasado suficientes horas como para que esa tierra calcinada se enfriase. ¿O era él mismo quien emitía el frío? No. Era un frío con sabor a tierra y a roca y a plantas silvestres. No era un frío suyo sino de la tierra. Comenzaba el anochecer.

 

De repente, entendió algo de lo que le decían. Algo así como:

 

-¡Animal! ¿Eso quieres? ¿Eso quieres? ¡Y tal como estás! ¡Animal más que animal!

 

Había más jocosidad que otra cosa, le pareció, en el tono. Así que a lo mejor era posible... La voz siguió, ahora girando a su alrededor. No sentía sus pasos, ni el movimiento de su cuerpo, sólo el movimiento de su voz. Se le cerraban los ojos y deseaba dormir. Tiritaba. La sangre, su sangre, le empapaba viscosa y fría. No tenía mucho tiempo. Insistió, cambiando la persona del verbo: un acercamiento acaso necesario.

 

-¿Me dejas que te la chupe?

 

-¡Animal! ¡Mira que eres animal!

 

Pero unas manos enormes, duras y rasposas cogían su cabeza mientras algo se le acercaba como titubeando, a trompicones, a los ojos, a la nariz, a la mejilla izquierda, por fin a la boca. Era un miembro viril, un pene, un carajo, una polla. Y estaba entre sus labios, cálida y suave. Parecía mentira que aquella polla tan apetecible perteneciese al mismo hombre cuya voy y cuyo aliento espantaban. Su polla no. Rezumaba una humedad perfumada en la que se distrajo un rato, besando lentamente un glande desnudo, un capullo abierto a la noche. Luego lo atrajo hacia su lengua con sus labios ardientes. Dentro de su boca, entre la lengua y el paladar, aquello era un bocado exquisito, cuyo deleite hizo que sus entrañas temblaran en la más absoluta intimidad de su ser. Cuando quiso darse cuenta tenía la garganta llenándose de semen, que tragó con voracidad. Ese licor caliente le infundía vida. Lloró de placer y de agradecimiento. En medio de un dolor terrible y de una confusión casi total, beber esa mamada resultaba lo más parecido a recibir analgésicos, medicinas, limpieza, cuidados, una cama, sábanas suavísimas y almohada en la que reposar una cabeza que amenazaba con ocupar, en su hinchazón, todo el espacio, todo, machacando contra los confines del universo todo lo creado, animal, vegetal o  mineral, ciudades, utensilios, vehículos, personas de toda raza y condición, incluida la persona a la que perteneciera la polla que aún mantenía, ya relajada y tierna, dentro de su boca. Nunca había sido tan feliz. Al menos no con esa felicidad que contrastaba radicalmente con el dolor y la desesperación que se apoderaban de su cuerpo y de su espíritu.

 

-¡Lo que hay que hacer!, escuchó entre tinieblas.

 

Despertó, si eso fue despertar, sobre unas pajas pringosas, bajo una manta cuartelera. Tiritaba febril. ¡Ah, lo inevitablemente psicosomático!

 

Una luz amarilla, mortecina, hacía una penumbra casi inescrutable. Cerró los ojos. Si durmió, volvió a despertar, y esta vez con aquella bebida pastosa que le extasiaba bajándole por la garganta. Lamió sus propios labios. Seguramente volvió a quedarse dormido. No sabía ya cuántas veces había despertado para gustar de aquel elixir. Agua y semen fue su dieta durante algunos días. Después se incorporó a ella un poco, muy poco  de pan. Cada mañana el borracho aquel empujaba su cuerpo hacia un lado y cambiaba la paja y añadía hojas de periódicos. El hombre también se ocupaba de limpiar su cuerpo de sangre, suciedad y excrementos. Percibía, en sus bruscos pero exactos movimientos, algo parecido a la compasión. Y en él mismo sintió crecer la confianza: agua, pan, semen, confianza y descanso fueron proporcionándole un revivir que nunca se hubiese atrevido a esperar.

 

 

Su intento de suicidio, pues, había fallado. Vivía. En condiciones indudablemente extrañas, pero vivía. No había conseguido su propósito, y eso a ratos le mortificaba. En el interior de su interior, el deseo de la muerte no se había extinguido.

 

-¿Pero no estás mejor vivo, pedazo de animal? ¡La única forma de estar es estar vivo! ¡Morir! ¡A qué viene eso! ¿No te hubieras perdido alguna cosa interesante?

 

Al decir esto último su tono cambió y también su expresión, que se hizo francamente amistosa y pícara.

 

-¡Pedazo de animal!

 

Aquellas dos palabras, saliendo de entre sus barbas sucias apestosas a mal vino, sonaban agradables y cariñosas.  Sus ojos chispeaban, sus manos temblorosas adquirían vida propia y expresaban a su manera otros mensajes para otra conversación acaso venidera, o tal vez imposible. Su enormidad física no podía evitar que pareciese a menudo mucho más pequeño. Eso se debía seguramente a su forma de andar y, en general, de moverse y, sobre todo, a su gesticulación. En plena perorata parecía incluso rejuvenecer. ¿O no era tan mayor como parecía cuando estaba callado y quieto, cuando se alejaba o quedaba dormido? Ni él ni el otro se habían dicho sus nombres respectivos. Él, para sus adentros había bautizado al bruto Robinsón. Y a sí mismo se había dado el nombre de Viernes. Eso le divertía. ¿Quién era el más náufrago allí, el más civilizado, el más ingenioso? Y en definitiva, ¿quién tomaba en sus manos el destino de ambos?

 

Pasaron varios días entre cuidados diversos. Su caída por el barranco había sido una enormidad. Mantuvo fija en su mente una ilusión. Eso también le curaba. En cuanto pudo moverse con alguna soltura, se lo pidió:

 

-¿Me podrías dar por el culo?

 

Robinsón le miró sopesando su propuesta. Decididamente aquel suicida estaba obsesionado con el sexo. ¿Qué coño había sido su vida? Estuvo a punto de sacarle a tortazos de su covacha y hacerle alejarse de allí para siempre. Un escalofrío de placer, sin embargo, le advirtió de lo equivocada que sería esa medida. ¡Le daría por el culo todo lo que quisiera!¡Vaya que sí! ¡Sí señor! ¿Fue ya en ese mismo momento cuando se le ocurrió la idea? Ni él mismo hubiera sabido decirlo. Pero lo cierto fue que mientras empalaba en su miembro a aquella especie de pelele desmadejado sí estaba pensando en su plan.

 

Viernes recibió la primera embestida con una mezcla explosiva de placer y dolor. Una felicísima sensación de tal intensidad que perdió el conocimiento y se desmayó. Cuando volvió en sí, pesaroso de haberse perdido el resto de la historia, preguntó:

 

-¿Puedes hacerlo otra vez?

 

Deseaba sentir la segunda parte: deseaba con todas sus fuerzas recibir el fiero calor del movimiento y el húmedo calor de la eyaculación.

 

-¡No hay inconveniente!, respondió entre risas Robinsón. Se había dado cuenta del desmayo del otro y creía entender su nueva petición.

 

Ahora sí que vivía Viernes la ilusión de su vida: la certeza física de recibir un cuerpo en el suyo, la entrada y entrega de otro cuerpo en su interior. El placer de mamarla era un placer aproximado a este otro, con diferencia muchísimo mejor. ¡Tenía dentro de sí a otro cuerpo! ¡Alguien admitía entrar en él, confiar una parte de su cuerpo al interior invisible del suyo! ¡Y no era una parte cualquiera! No, especialmente, tratándose de la de Robinsón.

 

Pocos días después supo de los planes del bruto. Se enteró de sopetón y apenas le costó un instante rechazar la escasa negativa que aquello provocaba en su interior.

 

El primer día fueron cinco los que le dieron sus pollas a mamar y después se las metieron por el culo. Su estado, poco a poco, se elevó hasta el éxtasis físico y espiritual. ¡Lloraba y reía de felicidad!

 

Robinsón cobraba por sus servicios a una clientela enfebrecida y ruidosa que comenzaba temprano a presentarse a la puerta. El bruto, que por aquel gesto ya no se lo pareció tanto, puso un horario para su explotación. Al menos era calculador: demasiada tarea podía acabar demasiado pronto con el negocio. Un negocio del que realmente se beneficiaban ambos, no sólo porque cada uno recibía lo que deseaba: uno el dinero y otro el placer, sino porque Robinsón invertía buena parte de las ganancias en mejoras de la chabola y en comodidades para los dos: ropa, comida, tabaco y mejor alcohol. No, no era propiamente un energúmeno aquel bruto. A partir de entonces sus respectivas personalidades comenzaron a resultar más que interesantes a los dos. Uno y otro se espiaban. Uno y otro dejaban caer preguntas. Interesados el uno en el otro, sus vidas cambiaron. A partir de entonces no eran sólo portadores de un pasado. El futuro de cada uno de ellos les preocupaba también a los dos.

 

                                                                       II

 

A Viernes, al principio, le resultaba incómodo y difícil dar noticias de su vida. No tanto por el oyente sino por él mismo: no quería escucharse narrar nada sobre él, no deseaba en absoluto vérselas con sus recuerdos. Su pasado le había llevado al suicidio. No estaba por revivirlo, ni aunque fuese por la palabra, otra vez. Por su parte, Robinsón veía en su propia tendencia a la confesión biográfica una tentación a rechazar. Ambos, sin embargo, escuchaban una semejante voz interior: ¿por qué no aprovechar para desahogar de una vez por todas las penas de su corazón? Urgido por la necesidad que le crecía de dar carpetazo al asunto, que le angustiaba y le parecía que estaba creando un mal ambiente, interponiéndose entre ambos, Viernes, con tono académico:

 

-Propongo que no nos contemos nada de nuestras vidas. Mejor hablamos de lo que hubiéramos querido hacer con ellas. O historias que pudieron sucedernos, o sencillamente suceder. Cosas de un pasado y de un futuro inventados. ¿No te parece mejor?

 

A Viernes le sorprendió la facilidad con la que Robinsón comprendió su propuesta y la rapidez con la que aceptó. Este bruto no es tan bruto, pensó. Robinsón, por su parte, no daba crédito a sus oídos: ¡era lo que siempre había deseado y procurado hacer! ¡Y ahora venía ese pedazo de idiota vicioso y sentimental y se lo planteaba sin más ni más!

 

-Abuelo, pensó. Abuelo, estás perdiendo reflejos. ¡Esa propuesta la tenía que haber hecho yo! Pero se animó previendo una experiencia divertida.

 

Así lo hicieron desde entonces, con toda naturalidad. En su mutuo espiarse, más de una vez se vieron el uno al otro escuchando alguna de esas historias sumidos en un gesto de intenso dolor. Eso les producía una extraña emoción que procuraban ocultar como hacían con todo.

 

A partir de aquellos días del inicio de sus charlas su relación experimentó notables cambios, en general positivos. Su grado de intimidad había subido hasta límites difíciles de sobrellevar entre dos personas, porque a la intimidad con la que compartían el presente en aquella casucha se sumaba el compartir esos momentos especialmente significativos de su imaginación. Y este segundo compartir influía cada vez más en el primero: el pasado de sus vidas estaba de nuevo ahí en medio, con todo su peso, pero no exhibido a la mirada de nadie. En ambos casos habían deseado romper radicalmente con él, ocultárselo incluso a ellos mismos, sepultarlos en un silencio semejante al olvido ya que olvidar propiamente no lo habían podido conseguir. Contarse aquellas historias resolvía en parte el problema. ¿O no?

 

Se lanzaron a la aventura sin reparar en sus consecuencias. Cedieron a su necesidad de comunicación y esa necesidad contrastaba frontalmente con su necesidad de silencio y olvido. Desearon la máxima confianza mutua y no vieron hasta qué punto había crecido en ellos a lo largo de sus vidas una desconfianza radical.  Hasta hacía muy poco el plan de Viernes había sido acabar con todo suicidándose, y el plan de Robinsón acabar con todos viviendo totalmente aislado. ¿Qué sueños de felicidad obnubilaron sus mentes y les pusieron uno frente a otro como hermanos del alma, dispuestos a la vida, a la vida en compañía y a la confesión de sus más ocultos deseos y temores secretos? Habían llegado, cada uno de ellos, a conclusiones correctas sobre el sentido de sus acciones. ¿Qué desmoronó sus edificaciones, defensas y murallas? ¿Fue el amor? Y si no, ¿qué otra fuerza pudo ser tan fuerte como para transformar por completo su existencia? No queda más remedio que observar los hechos que sucedieron a partir de entonces para poder llegar a alguna conclusión.

 

Hasta ahora lo único que podemos sacar en claro es que nada era igual en sus vidas desde que la casualidad quiso que se encontraran y algo (aún no sabemos qué, si es que lo podemos llegar a saber algún día) hizo que aquel hombre solitario y embrutecido accediera a los ruegos de aquel frágil moribundo cuyo único deseo inmediatamente anterior había sido acabar rápidamente con su vida.

 

Mamarla, dar por el culo, dejársela chupar, abrir el culo a una polla, ¿pueden suponer tanto en la vida de dos hombres que rondan la cincuentena?

 

Un día, en pleno éxtasis, el suicida exclamó con una conmovedora voz:

-¡Robinsón!

El otro, al escucharle aquel nombre, ralentizó sus empujes y le preguntó:

-¡Quién es ese Robinsón! Su tono le sorprendió a él mismo: ¡había celos y desconfianza en su voz!

-Robinsón eres tú. Eres tú. Mi Robinsón, mi amor...

-¡Y tú serás mi Viernes! ¡No me jodas! Y estallando en carcajadas hundió repetida y contundentemente su miembro en el agujero de su amigo. ¡Nunca se había corrido tan alegremente!

 

Viernes también reía, pero quedamente. Su felicidad corporal y la risa del otro le hacía sentirse como enamorado, o mejor dicho enamorada, porque fue como enamorada como se sintió. Con los ojos cerrados  se vio a sí mismo en femenino. No se trataba de la apariencia física, ni siquiera de su identidad. La generosa leche de su amante iluminaba en sus entrañas recovecos del alma que nunca presintió. El bruto, al eyacular como una fiera, cayó sobre aquel cuerpo pequeño y suave. Lo abrazó cuidadosamente, lo apretó contra el suyo y lo meció murmurando gravemente una canción. Había algo de maternal en su gesto, y lo supo. Y se sintió bien.

 

-Mi Viernes...

-Mi Robinsón...

 

Cuando sobrevinieran las primeras crisis siempre podrían recurrir a la escena de aquel día. Recordarla les infundiría serenidad, confianza y amor.

 

                                                                      III

 

- Vamos a reducir el número de visitas. Dos o tres al día serán suficientes. Y si quieren más, ¡que paguen más! ¡Vamos a desplumarles! ¡Atajo de tarados! Y luego... Luego ya veremos. Robinsón pensó que estaba hablando más de la cuenta.

 

-¿Quieres decir que nos iremos de aquí?

 

Pero ya se había cerrado ese grifo de Robinsón. Bebió un gran vaso de vino, paso sus manos por su hirsuta barba empapada. Tomó aliento y volvió a lo de sus locuras. Mientras le escuchaba, Viernes no dejaba de pensar en la sutileza mental de aquel aparente bruto, en su  viva inteligencia y en su escurridiza identidad. ¿Quién era su Robinsón?

 

Éste,  percibiendo los pensamientos de Viernes, se lanzó a una narración sobre sus locuras en la que mezclaba verdades, mentiras, fantasías e historias  ajenas con una facilidad que le hacía sentirse francamente astuto. ¿Por qué aquel idiota lujurioso y sentimental no le había bautizado Ulises? Pero se acordó de Polifemo y se entristeció. Las historias se podían vivir y contar de tantas maneras... Cualquiera sabía cómo se veía a sí mismo ese Viernes preguntón. Lo cierto es que hubiera sido más esperable que le hubiera bautizado a él con ese nombre y se hubiera reservado para sí mismo el de Robinsón. Puestos a ello, él se sentía más Viernes, pero sin embargo...

 

Para quitar tensión, Robinsón propuso un primer juego:

 

-         ¿Qué haríamos si los yanquis invadieran nuestro país?

-         Organizaría un grupo guerrillero, por supuesto al margen de cualquier organización establecida. Nosotros iríamos por nuestro lado, matando yanquis.

-         Pues yo me pondría inmediatamente a las órdenes del ejército de ocupación.

-         ¡No! ¡Es broma!

-         ¡En serio! Para qué andarse con tontadas. ¡Desde el principio, con el seguro vencedor!

-         ¡Colaboracionista!

-         ¡Por supuesto! ¡A qué me voy a jugar el pellejo por los cafres de este maldito país! La invasión, su triunfo, traería cambios sociales y culturales importantes. ¡Lo que necesitamos hace algunos siglos!

-         Para eso no había que haber luchado contra Napoleón.

-         ¡Otra equivocación muy propia! Te traen la civilización y te pones a dar cristazos y navajazos... Pero hombre, señores, ¡aprovechen la ocasión!

-         Yo para lo que aprovecharía la ocasión sería para cargarme a los caciques locales. Entre col y col, lechuga. Y eso educaría al pueblo: sabrían que al perro del hortelano también hay que darle matarile.

-         Como tú quieras. A mí eso también me convendría. ¡Menos competencia, más puestos libres para yo y los míos!

-         ¿Tú tendrías los tuyos? No me imaginaba...

-         Es una forma de hablar. Me refiero a la gente sensata que aspiráramos al reparto de poder.

-         ¡Pero sería un poder extranjero, invasor!

-         ¡Precisamente! ¡Mejor que mejor! ¿Para qué quiero que me mande un cafre nacional. Para eso es mejor contar con cafres de más altos vuelos, con más experiencia, más poder...

-         Yo tendría que luchar también contra ti, en ese caso.

-         ¡Pues claro! Y eso le daría más gracia e interés al asunto. Porque cuando los yanquis ganaran y yo mandara con ellos te buscaría para nombrarte jefe de la guerrilla antiyanqui. ¡Y nos divertiríamos muchísimo más! Yo pasándote informes secretos. Tú obteniendo gloriosas victorias. ¡Ah! Va a ser una nueva vida muy estimulante.

-         Se trataba de un futurible. ¿Sabes lo que es un futurible, Robinsón?

-         Querido Viernes. Hace tiempo que yo mismo no soy sino un futurible, al margen de las reglas del espacio y del tiempo. Y además un futurible sostenible. ¡Creerás que soy un memo!

-         Perdón. Perdón. Vas de rudo hombre de las nieves y así nunca sabe uno a qué atenerse.

-         ¡Eh, eh, eh! ¡Cuidadito, muchacho! Quedamos en que no hablaríamos en serio de nosotros.

 

Y así siguieron durante algún tiempo durante el que creyeron ser felices. Poco a poco se dieron cuenta de que una vez iniciado el diálogo entre ellos sería mucho más difícil la convivencia. Desesperado, un día Viernes decidió que aquello se le hacía insufrible y marchó hacia un barranco, ilusionado con la idea de matarse de un salto. Y si no lo conseguía, quizás encontrase a otro tío que se la dejara chupar sin más…

 

 

 

DESPEDIDA. CUENTO TERRIBLE

DESPEDIDA. CUENTO TERRIBLE

Se acercaría junto al lecho. Ella le miraría con sus ojos de madre. Entonces le pediría perdón y ella le perdonaría. Quedarían así reconciliados para toda la eternidad.

 

Pero ella permaneció con los ojos cerrados cuando él se acercó al lecho y le pidió perdón. Con esos mismos ojos cerrados y un rictus de fastidio en los labios le contestó cortante:

 

      - No hay nada que perdonar.

 

Y entonces a él le brotó todo el veneno que llevaba en el pecho y necesitó expresarlo. Y hablando muy lentamente le dijo:

 

-Necesitaba tu perdón, y también perdonarte. Pero ya veo que no estás para mí, como no lo estuviste tampoco entonces. Por tu culpa me alejé de Dios.

 

Los ojos de su madre se abrieron desmesuradamente. En su mirada se veía el pavor.

 

-         Me alejaste de Dios. Tu actitud intransigente me lanzó más allá del círculo de la fe. Me pareció evidente que una fe sin amor no podía ser cierta. Y tú actuaste conmigo sin amor. Así que o no había fe o no había Dios. Tu actitud confirmaba mis peores sospechas.

 

La boca de su madre se abría y cerraba como los de un pez fuera del agua.

 

-Sólo te preocupó tu soberbia y el temor al castigo divino que pudieras recibir por no haber sabido mantenerme en tu fe. No pensaste ni en Dios ni en tu hijo, sino en ti misma y en el dolor que mis palabras te habían producido. Quisiste hacerme daño, devolverme un daño que yo en todo caso te hacía en honor a la sinceridad, a la autenticidad y al respeto. ¡Tenía diez y siete años, mamá! ¡Y habías sido mi única confidente desde que tuve uso de razón! ¡Sólo a ti podía confiarte mis dudas!

 

Cerrada la boca, los ojos entrecerrados, ella escuchaba. Un ligero temblor le recorría el cuerpo.

 

-         Sólo pensaste en ti misma. Ni siquiera imaginaste que en mis propias rotundas palabras de adolescente hubiese una pregunta, una necesidad, un desahogo, la búsqueda de una voz que me calmara, tu voz. Sólo pensaste en ti misma. ¡Cómo debió de molestarte mi actitud engallada, mi presuntuosa impertinencia, mi pedantería intelectual! Por todo aquello quería pedirte perdón. Dices que no hay nada que perdonar. Pero es que todavía no quieres perdonarme. Para ti sigo estando, por aquellas palabras, en el extremo más distante del mundo respecto a ti.

 

Sus párpados se elevaron lastimosamente. Fruncía fuertemente los labios. Parecía no poder decir algo que deseara decirle. Después de un silencio, él continuó.

 

-         Pues yo había venido a pedirte perdón y a perdonarte. Pero si no hay nada que perdonar, lo dejaremos estar. Quiero creer que en realidad no eres mi madre. Esa tarde me hiciste saber que ya no me considerabas tu hijo. Realmente, dejaste de ser mi madre, si es que antes ya no lo habías dejado de ser. Yo creo que tú sí sabías lo que estabas haciendo conmigo en ese momento y que pese a todo no supiste ni quisiste aceptarme. Hubiese bastado un gesto tuyo de confianza en el Dios en el que decías creer. Te pudo la soberbia. Y actuaste con rencor. Había venido hasta aquí a pedirte perdón y a perdonarte. Muérete sin mi beso. Los tuyos hace ya muchos años que se hicieron veneno dentro de mí.

 

Ella miraba desde una infinitud inescrutable. En los aparatos se veían unas líneas luminosas continuas. Sonaban unos pitidos que parecían hacer de alarma. Entró una enfermera, que maquinalmente dijo, mientras le tapaba el rostro:

 

-         ¡Dios la tenga en su gloria!

-         ¿Usted cree?, le contestó él con agresividad.

 

La enfermera se volvió hacia él, sorprendida.

 

Fueron los ojos llorosos de la enfermera lo último que vio al cerrar la puerta.

 

OSCURO DESEO

OSCURO DESEO

Hubo un retrete cerrado y en él dos niños de once años. Hubo recreos dedicados a forzar a otro niño a darle abrazos y a besarle. Aquel niño forzado tenía la piel aceitosa, resbaladiza, sudorosa, de un tacto excitante, una piel morena, sedosa y perfumada. Su piel, entre las orejas y el nacimiento del pelo de la nuca, exhalaba un perfume caliente que salía del cuello de su camisa como el vapor de una vasija, un vapor que mareaba y que enturbiaba el ánimo.

Aquel niño de mirada baja y labios temblorosos se dejaba encerrar en el retrete, se dejaba decir esas cosas, se dejaba exigir los abrazos, los besos, los instantes de olor  y calor conseguidos con amenazas. Y era la sumisión de aquel niño lo que atizaba la excitación de su raptor, torturador, amante desesperado. En la penosa soledad de aquel retrete, ante la loza exhibida de la taza, esos dos niños se abrazaban y besaban rodeados del ruido de las cataratas y los grifos, las risas, las carreras y los gritos de sus compañeros. Les llegaba el olor del agua en el cemento y del óxido en las tuberías, de la madera hinchada, del serrín disperso en el suelo, de colonias mezcladas, de un sin fin de olores familiares prendidos en camisas, jerséis, pantalones y batas, las ceras y los sebos en las botas, el sudor de los cuerpos en movimiento. Y había momentos de un silencio tan frío como las manos del niño que obedecía y abrazaba y besaba. Y él ardía de placer, enfebrecido con su propia energía concentrada en hacerse obedecer, hipnotizado por su propia capacidad de dominio, fuera de sí, dominado él mismo por  sus propios arrebatos de violencia y deseo.

-         ¡Abrázame!

Y el otro niño le abrazaba. Sentía sus brazos, tímidos, asustados, rodearle su cuello y se entregaba totalmente al mareíllo de aquel perfume del cuerpo caliente que se le abrazaba.

-         ¡Bésame!

Y el otro niño acercaba su boca a su mejilla y le besaba. Sentía el aire ardiente de su respiración sobre la piel, intermitente quemazón, como un anuncio exaltante; y cuando el roce de los labios mezclaba calor, humedad y suavidad sobre su mejilla ¡cómo hubiera vuelto su cara y hubiera puesto sus labios en los de aquel niño que le obedecía!

 Deseaba que aquel niño se atreviese a besarle la boca sin que él se lo exigiera ni ordenara. Por amor. Deseaba que aquel niño capaz de obedecerle por temor, le amara. Necesitaba un beso de amor de aquel niño. Se hubiera entregado enteramente a él si él besara su boca. Ése era su deseo ferviente, ésa la meta de aquellos encierros. Quería creer que aquel niño entraba con él en el retrete no por el imperio de su voz amenazante (nunca le amenazó con pegarle ni con nada concreto) sino por la de un amor que hubiera en su interior y que se atreviese a reconocer y a confesarle. Un amor que hubiera cambiado su vida en un instante.

Aquella obediencia insólita, ¿no era una excusa que aquel niño se daba para no reconocer la verdad de un amor capaz de llevarle a sus brazos?

Aquel niño le obedecía: le seguía, entraba tras él en el retrete, le abrazaba, le besaba las mejillas (¡nunca se atrevió a ordenarle aquel beso tan enloquecedoramente deseado!), pero todo lo hacía con los ojos bajos, por temor (¿a qué?), porque así se lo exigía cada vez que decidía ordenarle que acudiese a su encuentro al comienzo del recreo y entrase en el wáter y buscara el retrete con la puerta cerrada sin pestillo y entrase. ¡Aquellos minutos de espera¡ ¡El momento en el que percibía su tímido empuje al otro lado de la puerta! ¡Cuando veía, nada más abrir una rendija, su cara! 

¿Estaba enamorado? ¿Cómo sabe un niño de once años si está enamorado de otro niño de su clase? Sabía del deseo, de la excitante comezón de un sentimiento corporal más y más dominante. Sabía del asedio intermitente del recuerdo del olor y la textura de la piel de aquel niño. Sabía de la extraña sensación de poder que le producía su obediencia: dar órdenes, ser obedecido, percibir la sumisión, la entrega. ¡A él, que se le hubiera entregado para siempre por un solo beso!

Si aquel niño bajaba los ojos, escuchaba la orden, la cumplía, le seguía, buscaba esa puerta, empujaba y entraba, ¿no era, seguro que no era porque quería, es decir, incluso porque le quería?

¡Qué pensaba ese niño que podía él hacerle! ¡O qué llegó a decirle, qué amenazas pronunció! Su exaltación, su fiebre, la intensidad con la que le mirara, el tono de su voz (pero hablaba en susurros), la forma de mover las manos ante su cara (¡esa cara tan absolutamente deseada!), ¿realmente le hacían temible?

- ¡Bésame!, le decía. ¡Si tú quieres! ¡Si lo estás deseando, que lo sé! ¡Venga, bésame!

Y el otro le abrazaba y le besaba. ¿Seguro que sin  querer? ¿Seguro que sin quererle?

Lo cierto es que cuando dejó de ordenarle que acudiese tras él a los retretes no hubo nunca, ¡ni una vez!, una propuesta del otro que pudiese permitirle pensar que en aquellos abrazos y besos hubiese nada más que una inexplicable sumisión a sus órdenes.

Aquellas sesiones acabaron como comenzaron: sin ningún aviso, sin ningún razonamiento. No sabía si antes de la primera orden se había fijado en aquel niño. No volvió a pensar en él durante muchos años, nunca tuvo un encuentro, nunca medió ni una sola palabra. Dejó de existir para él.

Qué hubiese sucedido de haberle pedido por favor a ese niño que le besase o de haberse atrevido a poner sus labios, sus labios ardientes de anhelo y de deseo, sobre los labios de aquella otra boca. Cómo hubiese sido aquel año (su vida entera, después) compartiendo un dulce secreto, sabiéndose amado por aquel niño a quien tan violentamente amó y maltrató.

ENCUENTRO. CUENTO TRISTE.

ENCUENTRO. CUENTO TRISTE.

 

Estaba junto a él, era un decir: estaba en su sitio y el ocupaba un lugar a su lado, no es que ella hubiese hecho nada para estar junto a él. Estaban uno al lado del otro, pero eso solamente lo sabía él. Y no tenía ni la más pequeña pizca de valor hacerlo notar, para declararlo. Hubiera querido hacerlo, pero para eso hubiera tenido que haber hecho anteriormente muchas otras cosas en su vida, y no las había hecho, ni siquiera pensado ni deseado. Hubiera querido, en definitiva, ser otro en ese momento en el que su perfume le llegaba como una noticia de alguna de esas otras vidas que hubiera podido vivir. Si las hubiera vivido, aquella mujer acaso no estaría simplemente ocupando un lugar a su lado. Le miraría y estaría con él, desearía su compañía, compartiría con él la vivencia intensa de aquel instante. Y sería un instante sagrado.

 

No era un instante sagrado, ni siquiera un instante, al menos no para los dos. Para ella, en el curso completo de su vida ¿qué sería? Pudiera ser que no hubiese reparado ni en él ni en la calma del viento ni en la luz ya rendida de los últimos rayos de sol. Allá arriba, entre las nubes gruesas del verano, los colores variaban incesantemente. Aquí abajo acaso ella fuera ciega y nada supiera de las puestas de sol. O sorda, y los tenues sonidos del campo no le afectasen. Pero en la piel sí tendría la constancia del aire: su tibieza y su lentitud. Seguro que percibía el oscilar de los extremos de su melena, la rebeldía de unos cuantos cabellos azotando apaciblemente su frente. Su frente tan tersa. ¿Sería inteligente o enferma mental? El perfume que exhalaba su cuerpo a través de las ropas, ¿se lo habrían echado unas manos que la cuidan? ¿Lo elegiría ella? Aquella inmovilidad total, aquel echar raíces en el monte a esas horas cercanas al ocaso, a sus peligros reales y a sus miedos, ¿de qué podía ser señal?

 

Decidió preocuparse. Sería una forma de amarla sin que a él mismo se lo pareciera. Era natural, preocuparse por aquella mujer solitaria parada en medio del monte. Cualquiera lo haría. Se preocupó. Desde la breve distancia que los separaba se afanó en percibir el más mínimo vestigio de temor en ella, o desorientación, hambre, sed, alertas de lipotimia, síntomas de mareo. ¿Estaría enferma, gravemente enferma? Uniría sus destinos en una ofrenda sin límites: sería su acompañante, su enfermero, el albacea de sus últimas voluntades, testigo de su salir del mundo. Sufriría muchísimo. Pero ella jamás lo advertiría. No se permitiría ni un gesto de dolor, ni una mirada de desesperanza. Como un escudero velaría por su dama, él con esa mujer. Su enseña y su divisa, sus colores, el color de sus ojos. ¿Los tendría cerrados, para siempre cerrados? Inventaría un color de ojos para los ojos de la mujer. Verdes. Grandes. Rodeados de grandes ojeras malvas oscuras. Flores sobre una tumba. Dos tumbas. Dos tumbas sus ojos cerrados, pálidos párpados de quietud eterna. Dos pequeñas muertes sobre un ser vivo. Una mujer con los ojos muertos. Se sobresaltó.

 

Le pasaría una mano por delante de los ojos, esos ojos. Y si no reaccionaba, emplearía la voz. La voz más dulce que hubiera escuchado nunca esa mujer. Mentalmente, preparó su garganta para la primera frase, la decisiva. No esperaba que viese. ¡Y no estaría sorda! Este pensamiento le derrumbó. ¿También sería totalmente ajena a los sonidos del monte al atardecer? ¿Y si tampoco pusiera oler la lavanda, el romero, el tomillo, la suave humedad de las raíces lamidas por las últimas lluvias, la esencia de la tarde, su perfume inmediato y eterno? Estaba, pues,  enamorándose de una mujer junto a la que sin ninguna duda sería totalmente infeliz. ¿O hay algún tipo de felicidad en la compañía de una mujer así?

 

De niño le regalaron un cachorro. ¡Con qué ilusión lo cogió entre sus brazos! ¡Nunca antes amó así! Con el perrillo en sus brazos amó la creación entera, con sus ballenas, caballos, pájaros, conejos y escarabajos. Cuando se dio cuenta de que aquel cachorro era cojo lo rechazó. ¡Le resultaba imposible mantenerlo cerca de sí! Lo rechazó violentamente. Odió a ese cachorro cuya cojera le hacía totalmente infeliz. Sus sueños: corriendo por los caminos con su perro, hechos trizas. Veía cojear al perro y sentía que su cojera se le adhería. Caminaba junto al animal cojeando. Dos cojos. Todas aquellas deseadas aventuras imposibles. Lo mató. Todavía era un rebujo, un globito hinchado tras hartarse de leche. Lo metió en un balde lleno de agua y se puso a hacer remolinos con el brazo. El perrillo aparecía y desaparecía en medio de aquel ojo de agua espumosa. Se le cansaba el brazo, y el perrillo aún vivía. Lo odió aún más por eso. ¡Encima estaba haciendo de él un asesino, un torturador! Lo sacó del balde. Temblaban tanto los dos que él también moriría después de aquello. Pero no quería morir. Lo que quería era deshacerse de aquel perro cojo que le condenaría para muchos años a una infelicidad no deseada. Lo que quería era un perro entero, un compañero de aventuras, un animal capaz. Vagando por la casa vio la nevera. No lo pensó dos veces: la abrió, metió al cachorro en el congelador y se tumbó en la cama. ¿Cómo pudo dormir la siesta? Despertó. Tardó en recordar sus últimos actos. Entonces abrió la nevera y sacó el cuerpo del perrillo. Estaba todo tieso. ¿Cuánto habría tardado en morir? Tenía en el cerebro a ese perro, acusándole. Lo tendría de por vida. ¡Capaz de una cosa así!

 

La mujer de al lado pareció estremecerse. ¿Había podido escuchar de alguna forma su relato? ¡Pues estaba bueno! ¡Ahora sí que no tendría nada, pero nada que hacer!

 

Lo mejor sería verificar su ceguera. Eso posibilitaría un plan. Un plan de ataque. ¿Por qué había pensado de ataque? La presencia de la mujer le incomodaba. ¿Ahí quieta, junto a él, sin querer hacer notar que sabía de su presencia, sin darle la gana de comunicarse en absoluto con él! ¡Pero yo puedo ser un magnífico amante!, le dijo sin palabras. Y pensó que le decía cosas bonitas, frases acertadas. Y que ella sonreía. La otra cara de la luna, eso era la cara de la mujer ahora. Inaccesible pero existente. Y en esa otra cara nacía una sonrisa en respuesta a sus palabras amorosas. Quería, necesitaba ver esa cara oculta al otro lado. En cualquier caso, le pasaría la mano por delante de los ojos, y a ver.

 

Así lo hizo. No hubo respuesta. Inmovilidad total. Dio tres pasos y se colocó ante ella moviendo los brazos ante su cara. ¡Y no vio a nadie allí! Al otro lado de sus manos no había ninguna mujer. Sólo el paisaje oscurecido del anochecer. ¿Había desaparecido en la penumbra del monte? Pero aún los últimos rayos del sol dejaban advertir las figuras más o menos lejanas de los árboles, las rocas, los matojos. Aún podía decirse: almendros, granito, lavanda. ¿Y la mujer? Entonces pensó que aquella mujer no había estado allí nunca. Y entonces, él mismo, ¿qué había hecho?, ¿dónde había estado? ¿Dónde estaba él?

 

 

RENUNCIA . UN CUENTO ADOLESCENTE

RENUNCIA . UN CUENTO ADOLESCENTE

                                                           RENUNCIA

 

Estaba obsesionado con aquella chica. Llevaba ya dos años pensando sólo en ella, más concretamente,  en cómo llegar a su boca con la suya, darle un beso y, sobre todo, que se lo diera ella, sentir que se lo daba, entregarse a su beso como una pieza de caza se dejara dar muerte por un buen cazador. Ella, su cazadora. Su amada cazadora, esa chica flacucha y nariguda, de cabellera negra y negrísimos ojos, piel brillante y labios dibujados exactamente para provocar pasión.  La suya, que iba en aumento conforme la distancia entre sus labios y los suyos se mantenía y él iba creciendo y también ella. Sus pechos pujantes, por ejemplo, sus muslos sedosos. Lo sabía por algunos roces provocados adrede: bajo la tela crecían los placeres aún vedados. Había placeres de aquella chica que aún no acababa de hacerse idea de cómo eran. Ni quería. Esperaba el momento de la revelación.

 

Esperaba desde hace dos años, día tras día, sobre todo en verano. En la piscina, su cuerpo deportivo se silueteaba maravillosamente al saltar al agua. Después, entre trazos sutiles, avanzaba nadando como una pequeña diosa disfrazada con el bañador. Saldría, y las gotitas brillarían por todo su cuerpo, incluso en las pestañas y en sus labios temblorosos y también en los pies, tan cerca de la hierba y de las hormigas y acaso de algún pincho. Sufría viendo esos leves pies arriesgarse sin necesidad. Él la llevaría en brazos hasta el fin del mundo.

 

La llevaba con él, junto a él, sin atreverse a tomarla de la mano, hasta las escaleritas de hormigón de la puerta de hierro. La hiedra y las robinias daban sombra y olor a humedades lejanas, y ella tiritaba. Todo el rato tiritaba mientras reía o sonreía mientras le escuchaba. Las gotitas brillaban y un halo luminoso enmarcaba su rostro a contraluz. Sus ojos negrísimos señalaban el centro del mundo mientras él le hablaba de todas las cosas que se le ocurrían para retenerla sentada junto a sí. Cuando las gotitas desaparecían de sus tersos hombros ya sabía que el tiempo se estaba acabando. Pronto solamente quedarían gotas en esos pelillos suaves de su nuca y él querría creer que serían gotas de sudor: ella estaba sudando, como él, del placer de estar cerca y de hablarse bajito y de algún que otro roce de sus piernas o brazos, para cuándo las mejillas, las mejillas cuándo, y él sudaba del placer y del dolor que aquella cercanía le hacía sentir. Los veranos, ya eran dos veranos, los veranos sobre todo, eran tiempos de sufrir y gozar más que nunca.

 

Una tarde la chica llegó a su casa para jugar con la hermana, y él, al escuchar su voz avanzar por el pasillo, se encogió en el sofá que compartía con su madre y recitó aquello de Quevedo: “¡Déjame en paz, amor tirano, déjame en paz!” Su madre reaccionó con enfado: ¡a qué venían esas palabras!¡Qué tontería! No comprendió el enfado de su madre, ni su forma de reaccionar ante su amor por la chica, del que no habían hablado nunca pero del que podía tener noticias indirectas. Aquel enfado ante la expresión de unos sentimientos profundos le pareció una agresión violenta, injusta y detestable, algo impropio de su madre, a la que vio desde entonces con otros ojos. Pensó, incluso, que había celos, celos de madre pero celos de mujer madre, en su rechazo de un sentimiento amoroso suyo hacia otra persona. En cualquier caso, le pareció innoble y carente de sensibilidad y respeto. Y también carente de humor, acaso lo más importante. Al parecer, la expresión de un afecto personal extrafamiliar era castigada con la segregación. ¿Se le castigaba por su edad o por algo más profundo y general? En cualquier caso, se sintió rechazado por su madre y visto por ella como alguien que siente algo reprochable.

 

Le nació así la conciencia de individualidad en todo lo concerniente a la vida amorosa. No, una madre no era la persona más indicada para acompañar a un hijo en un proceso de enamoramiento. Saberlo a los trece años le dolió pero también le dio unas nuevas fuerzas vitales propias que antes acaso esperaba recibir de su madre. Era como si hubiera vuelto a nacer, esta vez ya para mantenerse separado de ella, autónomo e independiente. Estaba más solo en la vida, pero era más él mismo.

 

Pasaron esos dos años de vueltas alrededor de la chica. Cualquier ocasión era buena para acercar su nariz al nacimiento de su nuca o al cuello y aspirar los perfumes del paraíso. Cualquier movimiento suyo podía entregarle un regalo de piel. Y si ella le miraba, ¿no vería en sus ojos todo lo que la quería? Pero ella le miraba como devolviendo su apasionada mirada con un interrogante. Sus ojos parecían asustarse al preguntar en silencio: ¿Por qué me miras así?

 

Alguna vez creyó haberse hecho entender. ¡Ella sabía de su amor y lo aceptaba! Ni siquiera esperaba, por más que lo desease, la reciprocidad. Tan sólo imaginaba que la chica sabía de su amor y permitía, contenta, que le quisiera. Alguna vez creyó haber conseguido su permiso y su bendición. Pero no había nada que lo confirmase. Volvían los días de angustia y desorientación. En momentos de desánimo total buscaba en las revistas la foto de alguna chica y se abalanzaba sobre una cara desconocida para besarla con una pasión fingida, expresión irrefrenable de su verdadera pasión. Si veía besarse a una pareja bajo su ventana, sentía en sus labios los labios de la chica, el calor de su cercana respiración, el susurro de sus palabras de amor. A los quince años vivía constante agonía. Ella crecía en todo menos en el amor. Respecto a eso, incluso parecía más y más ignorante y alejada.

 

Cumplió ella trece años. Le envió un ramo de claveles, de trece claveles rojos con una tarjeta en la que sólo acertó a escribir un ¡Felicidades! Seguido de su firma. Ella le llamó por teléfono para agradecérselo. Parecía que aquellos trece claveles le habían dado un aviso de su amor. Pero si hubo aviso no hubo manera de confirmarlo. Todo siguió igual entre ellos. Una tarde, sentado junto a ella mientras estudiaban, estuvo a punto de lanzarse contra su cuerpo, abrazarla y besarla. Pero sintió la violencia de su deseo, más que la ternura, y temió asustarla. Se sumió en la tristeza. Después en la desesperación. Después de la reacción de su madre no se atrevió a comentar con nadie sus vivencias más íntimas y el pozo de angustia se llenaba nada más abrir los ojos cada mañana, cada día más lleno de aquel agua helada y  negra que amenazaba con anegar su corazón.

 

Tomó una resolución.

 

En la misa del domingo rezó intensamente a su Dios, pidiéndole ayuda. Era ya su único confidente, el único ser con acceso a su interior. Comenzó rezando para que Dios le diera paciencia e ideas. Conseguir a su chica con ayuda de Dios. Pero en la comunión tuvo la certeza de que Dios le decía que no era posible, que aquella chica era aún muy niña para entender su amor y que además debía dejarla vivir tranquila, lejos de su pasión. Si la quería de verdad, esa era su verdadera obligación: alejarse de ella, renunciar, dejarla.

 

Lloró muy amargamente mientras pensaba esas cosas que le partían el corazón. Y de su corazón herido surgió una plegaria en la que fundió amor, orgullo y obediencia. Le dijo a su Dios que vale, que se alejaría, que abandonaría su intento de amor. Pero a cambio El mismo, Dios, se haría cargo de ella. “Te la doy”, le dijo. Era suya y se la podía dar. En su interior no admitía que nadie más abajo del mismísimo Dios pudiera tener algo que ver con ella. Si no era para él, sólo sería para Dios.

 

Salió agotado de misa. Agotado y contento. Había hecho lo que tenía que hacer. Desde aquel día no hubo en él ni un solo instante de arrepentimiento por aquella renuncia. Siguió sintiendo en su interior un amor muy profundo hacia su amada, pero era un amor  tranquilo y pasivo, la sombra blanca de su antiguo amor.

 

 

 

 

TRANVÍA DE DIOS-

TRANVÍA DE DIOS-

 

 

Una mañana de domingo un adolescente sube al tranvía y ocupa un asiento. Poco a poco va sintiendo una sensación que acaba reconociendo. Los olores de las telas y de los perfumes de un día de fiesta, unido a los de la limpieza y barnizado de las maderas del tranvía le producen el efecto: ¡se diría que estaba en una iglesia, en misa! El silencio general, los bisbiseos, los lentos movimientos de los pies... ¡Así que todo eso no estaba sólo en los templos! Aquella mañana decide que su misa está en los tranvías, en las cafeterías…

ÁRBOLAS

ÁRBOLAS

Estaban ahí, en un rincón del parque. Eran una docena o más. Las ví sin que me vieran. Estaban a sus cosas: que si el precio de las piñas, que si la salud de los retoños, que si el cuidado de sus cortezas... Había una que llevaba la voz cantante. No era ni la más vieja ni la más joven: ahí la tienen. Pero todas estaban estupendas, maravilllosamente vegetales y femeninas, como las había imaginado siempre, com me dijeron de niño que eran. Hice muchas fotos a esas árbolas desnudas del parque. Luego volví sin hacer ruido por donde había llegado. Ahora ya sé dónde y cuándo verlas. Y seguro que hay más.

LA LINEA

LA LINEA

Acababa de escribir una frase. Ahora cambiaría de línea, para que así el esquema fuese más claro a primera vista, el esquema de su plan inmediato de trabajo. Durante varios días le había ido dando vueltas en la cabeza, perfilándolo, concretándolo, mientras sentía crecerle un entusiasmo conocido pero hacía tiempo no sentido. Esa mañana, mientras escribía epígrafes y notas, todavía un apunte a desarrollar, todavía un tanteo de asuntos, acciones, fuentes, plazos, materiales, fuerzas, mientras iba hilvanando esas ideas que se habían ido abriendo camino hasta la escritura, tenía la certeza de tener un oficio intelectual, técnicas y rutinas con las que manejarse a través de los asuntos de tal forma que a partir de una ligera idea surgieran racimos de frutos que poco a poco madurarían, hasta ser publicados y difundidos. Era satisfactorio ese momento matinal de recoger en el cuaderno, como materia prima ya escarbada en el cerebro, ya identificada y seleccionada, aquellas líneas que apuntaban certeramente a una producción concreta. Y entonces cambió de línea.

 

¿Qué pasó? Allí, a lo lejos, estaba la letra muerta de cuanto acababa de escribir y aquí, en esta línea inmediatamente inferior, había surgido una quiebra tectónica, un abismo se interponía entre el él de ahora mismo y quien hubiera estado escribiendo hasta la línea anterior. Aquel y éste se habían separado súbitamente. Y a éste que miraba atónito el cuaderno se le apagaron las bombillas: había desaparecido el interés, las ganas. En su cerebro ahora sólo había un silencio espeso y doloroso, muy doloroso. Se asustó. ¿Qué mecanismo había disparado aquella tragedia? ¿Dónde estaba el interruptor del apagón? ¿Y qué mano, o resorte mecánico, electrónico, como fuera que fuese, o reacción química - siempre pensaba en reacciones químicas – había accionado el interruptor y le había dejado a oscuras. No propiamente a oscuras, sino envuelto en una luz lechosa, cercana a la materialidad del yeso, una luz paralizante o que él mismo paralizaba, quizás precisamente a causa de una reacción química que hubiera tenido lugar en alguna parte de su cerebro.

 

En aquella línea en la que tendría que haber continuado sus apuntes de trabajo escribió presa de pánico: ¿Qué me ha pasado?¿Qué me está sucediendo? ¡No tienes fuerzas! ¿Qué te las quita? Un orfidal, un orfidal, o los que hagan falta, y a la cama. Dormir fuera de todo esta tensión, apartado del  mundo en el que hay angustia, al margen, muerto en vida. ¿No me es posible volver a la acción, ni siquiera a la acción intelectual? ¿No poder? ¿No querer?

 

Era un inútil, un incapaz, que tiene que pasar el día entreteniéndose para no angustiarse por su incapacidad. Un incapaz de salir de sus tableros, absolutamente agotado. ¿Qué futuro tenía? Se esforzaba en no pensar en el pasado. Pero el presente de ahora era un presente de mera espera, un compartimiento temporal estanco. Un pantano.

 

Nada de lo que le importaba le importaba. Nada de lo que proponía realizar merecía la pena el esfuerzo correspondiente. No proponerse realizar nada. El psiquiatra le dijo que tenía que tener paciencia. Que si ahora no podía más adelante sí. Más adelante. Paciencia. Orfidal, Prozac, Trileptal…. Y el protector estomacal y el ibuprofeno para los intensos  dolores de cabeza, las migrañas que decía el de cabecera. Esperar, sobrevivir. Como si eso no requiriese un esfuerzo: hacer como que estás vivo ante los tuyos, ante la gente, mientras tocas la materia inerte de ti mismo, que crece en tu interior hasta que un día te reduzca a una especie de estupidez peor que la muerte.

VERSE, VESTIRSE, VIVIR

VERSE, VESTIRSE, VIVIR

VESTIRSE

 

 

Ninguna de mis novias juveniles llevó nunca minifalda, y era la moda del  momento. Y pocas veces llevaron faldas. A mis novias no les veía las piernas. Como mucho estrictamente hasta las rodillas, pero no ese centímetro un poco más arriba que sugiere todo el placer de la pierna entera y más. Tampoco les veía el escote o los hombros, ni mucho menos eso que a mi alrededor oía llamar “el canalillo”.

 

Si hubiese sido por ellas, nunca me hubiera hecho una idea de qué cosa es. Vestían pantalones, sobre todo vaqueros, y amplias blusas ocultas sobre aún más amplios jerséis de cuello redondo y mangas más largas que sus brazos. Encima de todo aquello, una trenca indomable muy bien abrochada de abajo arriba y una gran bufanda ciñendo sus gargantas, a veces sus mentones y en casos desesperantes incluso sus bocas. La primera vez que les veía un poco más que  la cabeza, las manos, los antebrazos y algo de sus pies era ya entrado el verano. Lo siguiente ya era cuando las veía enteramente desnudas conmigo en la cama.

 

Aquello era encontrarse de pronto con una mujer semejante a la novia con la que recorrías mañanas, tardes y noches más de media ciudad sin enterarte de cómo eran sus cuerpos más debajo de la línea del cuello. Así que siempre hubo sorpresas, unas veces buenas y otras veces malas. A propósito: el tacto, en lo tocante a volúmenes y grosores corporales bajo las ropas, engaña mucho, sobre todo si se trata del tacto sobre la extraña consistencia de un sujetador. No hay forma de saber qué se guarda (o más bien cuánto) ahí dentro.

 

Pero a mí me gustaban las novias que tenía, y también el misterio latente (cuanto más latente – o sería latiente - mejor) de sus esperablemente bonitos cuerpos bajo esas amplias telas de camuflaje urbano, estudiantil.  Sus caras eran caras limpias, recién lavadas, con la sincera textura y el color sincero y el tacto de la piel sin trampa ni cartón. Tampoco me ofrecían rostros iluminados por la cosmética al uso. Y a mí me gustaban.

 

No cubiertas, ocultas, disfrazadas, claro está, sino luego, desnudas totalmente para hacer el amor. Los cuartos se iluminaban con el dulce fulgor de sus cuerpos expuestos con total confianza, entrega y picardía.  En el techo se movían nuestras sombras a la luz de sus pieles, y la fragancia de sus rincones más íntimos rivalizaba con la del mejor jardín. Eran buenas amantes y animaban a serlo. Con ellas aprendí a medir el tiempo del placer con medidas distintas a las de cualquier otro tiempo. Y a escuchar el silencio de su deseo. Y a mirar a una mujer con los ojos de los cojones del alma para que leyeran en ellos toda mi dicha y mi desdicha. Eso, y mucho más, era el regalo de la desnudez.

 

Por eso, en esos años, no le daba importancia realmente a su forma de vestir. Me fijaba, claro está. ¡Cómo no iba a fijarme! Pero me hubiera sentido raro diciéndoles algo al respecto. Tan raro como si ellas hubiesen comentado algo sobre mi atuendo.

 

Lo que sí que importaba era el olor, y no sólo el olor corporal: pieles, cabellos, etc., sino también el olor de la ropa. Hay telas embriagadoras. Pero también las hay cuya agradable textura parece intentar ocultar un mal olor intrínseco a sus fibras o a los materiales que utilicen en su confección. Y eso no sólo sucede a veces con la ropa sin importancia, la que la mayoría llevamos a diario, sino que sucede frecuentemente con la ropa especial, la cara, con la que  hacen los vestidos que se llevan en las grandes ocasiones. Es increíble que así sea, y acaso explique los necesarios complementos de cosmética y perfumes con que hay que acompañarlos.

 

En el caso de mis novias, los olores eran de lo más natural, con el sencillo añadido de alguna colonia y un discreto desodorante. (Menos en un caso, en el que una de ellas cayó en la trampa de la publicidad tropicalizante y perdió lo mejor que tenía por aquellas zonas: un cálido y dulce perfume campestre del que, de ese sí, era imposible olvidarse. Ese verano prefirió ser otra y yo preferí dejarla ir por la penetrante senda de los exotismos, aunque sólo fueran, los suyos, olorosos). No digo que acostarse con una mujer no pueda impulsar deseos viajeros, llamadas a la aventura tipo safari y esas cosas. Pero para mí que conviene mucho más al amor el refugio en los tibios, y mejor aún, ardientes olores reconocibles, inmediatos.

 

A ninguna de mis novias juveniles les dio por otra moda que la que prosperaba en el ambiente antifranquista universitario. Eso no era excelente, desde luego, pero tampoco malo. ¡Nunca paseé con una novia subida a unos tacones de aguja! Ellas llevaban sus zapatos o botas “de correr”, fuertes, flexibles, contundentes, por si en cualquier momento del día los grises obligaban a salir pitando. Y eso era lo bonito de aquello: que se trataba una moda en cuanto al calzado perfectamente adaptada a la ocasión.

 

 De lo que no estoy tan seguro es de la conveniencia del resto de su vestuario. ¿Estaba pensado para camuflarse entre la multitud estudiantil o para hacer patente ante familiares y compañeros menos comprometidos que se militaba en una causa política; es decir, contradictoriamente, para identificarse como miembro de un grupo humano?¿O era el atuendo más indicado para limitar el daño de los golpes de las porras y las bolas de goma con los que se nos agradecían cada poco nuestras inquietudes políticas y nuestro deseo de expresarlas?

 

En aquellos años setenta podía saberse qué universitarios mantenían las actitudes de sus señores padres (incluso de sus abuelos) ante la vida y quiénes habían optado por enfrentarse a ella siguiendo criterios más o menos propios o personales. Y entre estos últimos (entonces no hubiéramos dicho: entre estos últimos y estas últimas), los había tendentes al hippismo, a lo marcial o guerrillero sudamericano, al uniforme que antes describí (apenas difería el de los chicos y el de las chicas) o sencillamente la forma de vestir más bien desastrosa de los grupos de inquilinos de un mismo piso, poco habituados a las tareas de lavandería y costura y bastante habituados (quizás desde su infancia pueblerina o proletaria) a esa zafiedad mal oliente que nunca supe cómo pudo, años después, ya en plena transición política, ya en plena “normalización” académica, invadir groseramente todos los ámbitos universitarios (fueron esos los tiempos de un mortal ecologismo anti desodorante y en general antihigiénico que no aprendía nada de las sutiles maniobras de supervivencia vegetal y animal que mejor hubieran hecho en estudiar ya que ansiaban defender flora y fauna (pero acaso no la humana más cercana).

 

Ahora que digo esto, recuerdo también que unos pocos años más tarde, apenas una media docena de años después, hacia 1986, al hilo de las protestas contra la permanencia de España en la OTAN o por lo menos coincidiendo con ellas, un gran número de jóvenes de más de treinta años sintieron la llamada de una identidad sexual distinta a la que les había identificado notablemente durante muchos años: surgieron gays y lesbianas en todas las organizaciones de izquierdas y en parte de las de derechas. Fue un fenómeno curioso: de pronto encontraban un motivo personal para la lucha social, un motivo de solidaridad con los marginados o discriminados por razón de su sexualidad y en ese motivo acabaron descubriéndose a sí mismos (y a sí mismas) con nuevos intereses y anhelos preteridos por culpa de represiones múltiples.

 

Se produjo aquello por los mismos días en los que conspicuos militantes de la izquierda radical propensa a la defensa de acciones violentas e incluso armadas fueron iluminados más o menos por grupos la luz del pacifismo, en una Pentecostés política un poco casera y sospechosa. En esos días, sonrisas, besos a mansalva, gestos suaves, voces susurrantes, comenzaron a dominar las reuniones: donde hubo viriles broncas y cundió el terciopelo amable y donde las broncas habían sido francamente femeninas se transformaron en una dulce comunión  de almas gemelas en busca de la matriz identificadora universal.

 

Todo eso tuvo repercusiones en la forma de vestir. La arruga era bella y las bellezas arrugadas emergían entre sus camaradas o ex camaradas como estrellas rutilantes de charlas (de café, de té y sobre todo de infusiones increíbles) en las que su experiencia valía el Potosí de un consejo dado en secreto y a poder ser entre abrazos y caricias mil. Porque ahora nos queríamos todos/as en el seno nutricio de una izquierda cuyos límites internos no debían ser tenidos en cuenta, salvo por lo que respecta al PSOE, voluntariamente marginado de aquella fiesta del reencuentro universal (más marginado cuanto más poderoso: los cargos del PSOE, públicos o no, comenzaron a vestir de una forma semejante a los del PP, parecían más mayores que nosotros y nuestra indumentaria apenas nos facilitaba el paso a las más ínfimas oficinas del poder local, tanto neo hippismo gastaban algunos/as).

 

Pero en general, mis novias juveniles siguieron vistiendo como lo hacían cuando eran jóvenes y además novias mías. Puedo asegurar que nuestras vidas habían tenido desarrollos más bien lejanos en el espacio y en todo lo demás, pero el caso es que si en alguna ocasión pude verlas constaté su fidelidad a una imagen personal que para sí hubieran querido (o no) muchísimos/as otros/as no sólo en lo relativo a la vestimenta sino sobre todo a su forma de pensar y de actuar.

 

Así que sigo sin saber cómo sería el cuerpo de aquellas chicas (hoy no tan chicas) si vistieran un poco más normales; quiero decir, con un poco más, diríamos, de generosidad: faldas (aunque sólo fueran hasta la rodilla), escotes, mangas cortas o sin mangas. Esas cosas.

 

Yo tampoco he cambiado en mi forma de vestir desde hace más de treinta años, así que cómo no las voy a comprender a esas mujeres habituadas a una imagen propia sin la que acaso su identidad pudiera peligrar seriamente. Su identidad mientras van vestidas. Cuando ahora se desnuden no tengo ni idea qué identidad tendrán (me refiero no sólo a la física, me importa especialmente la espiritual o intelectual o afectiva o todas ellas juntas o por separado). Sospecho que han cambiado mucho bajo sus mismas formas exteriores: telas, colores, larguras, hechuras. Supongo que si las viese un día desnudas podría verlas como cuando las veía entonces y además como puedan ser ahora y saber así cuánto han cambiado realmente de forma de ser. Es una suposición. Imagino que lo que me gustaría realmente no es plantearme su forma de vestir, ni de entonces ni de ahora, sino, sinceramente, volverlas a ver como las veía hace ya tantos años. Esos cuerpos magníficos de jóvenes novias mías, desnudas enamoradas enamorándome. ¡Qué cuerpos! ¡Qué tiempos!

 

 

INDICIOS

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Están alrededor pero no están alrededor. Y él está ante ellos pero no está ante ellos. Muestran todos los signos aparentes de sus especies, han crecido siguiendo el curso natural del crecimiento de su especie, pero no lo han hecho para mostrarlo ahora ni para que él pueda verlo y advertirlo y sacar ninguna conclusión ni sentirse vinculado a ellos por eso. Y él está, sí está él ante ellos, como antes estaba pero ahora consciente de que lo está. Ellos no. Y sin embargo todos y cada uno ocupan su lugar sin ocupar su lugar más que otros lo hubieran hecho, en realidad sin hacerlo, la pasiva es necesaria en este párrafo para significar que los árboles no han podido reunirse a su alrededor más que lo hacen las estrellas allí arriba, y sin embargo el chico se sabe rodeado de árboles, rodeado de estrellas, rodeado en realidad de un mundo al que todo un universo rodea. Ésa es su percepción, su absolutamente segura noción del espacio que ocupa él mismo ante o entre o rodeado  de árboles, estrellas, universo. Y está bien, acaba de darse cuenta de que se siente perfectamente bien en ese lugar preciso que no ha elegido para vivir este momento de conciencia espacial pero que en su caso, si así lo hubiera deseado, sí hubiese podido elegirlo. No ellos, los árboles menos que nada (se diría que las estrellas tienen más vida propia en su ámbito, sólo hace falta dejar pasar unas horas y se tiene la constatación). Los árboles, ahí, en círculo alrededor de su cuerpo, mostrando su ser árboles cada uno a la manera que su especie lo muestra, si es que muestran algo y no es que ahora el chico los está mirando y eso sucede y nada más. Esos árboles son vistos, son escuchados, son olidos. Y sin embargo se muestran, producen sonidos, huelen. Es él, en medio (él sí ocupa un lugar) de un circulo (porque quieran o no, esos árboles forman un círculo, al menos si se les mira desde su posición), en medio de un círculo de árboles que no fueron plantados en sus respectivas posiciones para formar un círculo alrededor del chico esta noche, ni ninguna otra noche, ni siquiera un círculo de árboles dibujó nadie en esa porción de tierra (bastaría mirarlos desde el camino exterior para ver su verdadera disposición: no hay un círculo, ni un centro, ni radios, ni contorno circular. Pero él lleva ya algún tiempo parado en medio (porque se siente así: en medio) de aquellos árboles de diversas especies (de que hay plátanos y cipreses está seguro, del nombre del resto dudaría: la luz no es lo que se dice suficiente a esas horas, ni siquiera sabe cómo puede distinguir con seguridad la especie de esos árboles, de los que sí aseguraría que son plátanos o cipreses). De una rama alta de uno de esos plátanos ha salido volando una hoja seca, grande, que ha caído lentamente a la arena del sendero. Lentamente, pero no lo suficiente para darle tiempo al chico a pensar lo que comenzó a pensar acaso estando ya la hoja en el suelo (bien quieta, seca y tersa, con toda seguridad de color marrón con puntos blanquecinos y con puntos negruzcos y con su largo pedúnculo tieso, frágil y quebradizo; si llueve se hará flexible, pero de una flexibilidad mórbida, no con la flexibilidad que tuvo cuando la hoja estaba viva, será una flexibilidad próxima a la podredumbre, una característica negativa –según como se mire) y no aún en el aire, recién separada de la rama, como a él le gustaría creer y de hecho cree, así lo cree: acababa de salir la hoja por los aires y él ya estaba forjando en su cabeza un pensamiento, ya estaba comenzando a formular toda una idea nunca expuesta entre las demás que tenía ni conectada en modo alguno con ellas. Esta noche piensa deprisa, muy deprisa. Tiene ante sus ojos las cortezas de distinta textura de árboles de diversas especies que parecen rodearle y esa visión, con ese detalle para el que ayuda mucho la luz transversal de la farola ni muy lejana ni demasiado cercana (una iluminación cenital lo estropearía todo), esa visión le paraliza. Es decir: se siente animado a sentir una especie de parálisis mirando esos troncos iluminados así, dispuestos así ante su vista, formando en su imaginación un círculo a su alrededor que parece reproducir aquí en la tierra el círculo gigantesco que las estrellas forman alrededor de su cuerpo como dicen que lo forman alrededor de la estrella polar, la estrella polar, eje del universo del planeta, una forma de pensar el universo, de dar coherencia al punto de luz de cada estrella entre estrellas, a la disposición de los árboles de un parque, al espacio concreto que ocupa este chico esta noche mientras ve ante sí cómo una hoja, con toda seguridad seca, recorre un camino que nadie ha trazado para ella. La clave, pues, de la escena, está en el viento, y al viento no se le ve.

RELATO:ABANDONO

RELATO:ABANDONO

ABANDONO

Cae la tarde sobre una inmensidad de día interminable durante el que nadie pudo estar quieto, abandonarse a sus rutinas cotidianas. Es el último día y han recogido, aún siguen ahí dentro, la casa. Esa misma noche volverán a la ciudad y acabará un verano. Saber eso es conocer la sentencia y el castigo: por ser niño, pasará los días en el colegio, esa prisión dominada por oscuras voces hostiles y pequeñas traiciones infantiles.  Cae la tarde y las hojas de la chopera brillan como estrellas de un firmamento vegetal. Los almendros cercanos exhalan el penetrante perfume de su resina todavía líquida entre la rugosidad de sus troncos. Hay un olor veraniego desleído: la intensidad de los días de julio y de agosto ha dado paso a esta simulación del buen tiempo en el que los olores se diluyen y se hacen tenues y olvidadizos. La tierra, las plantas, las piedras, todo se está enfriando y el buen tiempo, la buena vida, el paisaje de la libertad, se cerrará de repente de un portazo nada más entrar en el colegio, con los primeros vientos del otoño.

Aún permanecen los rastros de los juegos en los caminos, en las paredes, bajo los setos, rayando las baldosas brillantes del porche donde está sentado, ese porche en el que tantas horas ha debido pasar sentado, las piernas desnudas al sol y el pecho cubierto a la sombra, mientras observaba el ir y venir de sus hermanos por toda la finca. Ha odiado ese porche hasta llegar al amor que ahora le tiene. Cada línea recta y cada cuadrado, cada grieta del yeso, cada evidencia del cemento, todo eso es su mundo apacible, su refugio, aunque al principio fuese un lugar impuesto vinculado incomprensiblemente a la obligación de sanar. La medicina, los médicos, el cuerpo y la enfermedad. Mañanas enteras en silencio frente a los caminos de la finca por los que aparecen y desaparecen sus hermanos embebidos en búsquedas y  juegos prohibidos para él. El reposo de un niño de cinco años. Se concentra y está en la copa de un chopo. Se concentra y tiene una lagartija en la mano. Se concentra y huele la raíz del regaliz de palo. Se concentra y está sudando junto a los demás, riendo con ellos, descubriendo con ellos algún tesoro que seguramente alguien enterró para él. Lo compartirá con sus hermanos, todos le amarán, vitorearán felices su nombre y él bailará la danza de los indios a la luz de la luna.

Dentro de la casa se oyen aún  ruidos, frases sueltas, preguntas. Las sombras se alargan, los colores se confunden. Un frescor reciente transmite la inquietud del final.

Pero ya van saliendo. Unos con bultos, otros con maletas, aquel con su bolsa...Uno a uno han ido saliendo de la casa por la puerta del porche, lo han atravesado, han bajado los cuatro escalones de cemento (cálida patria de las hormigas), han ido hasta el camino donde ya el padre abrió el coche. Puede oler la goma y el metal caliente con sólo ver el brillo del cristal trasero. Mamá sale también, con la pequeña de la mano, mirando siempre al frente, hacia los otros, que ya suben al coche, riñen, ríen. Chirrían como siempre los muelles de las puertas. Alguien viene de vuelta corriendo, salta los escalones y grita, con la felicidad de quien ha resuelto un problema:

-         ¡Las llaves estaban puestas! ¡Os las habíais dejado en la puerta!

Sus pasos urgentes en la grava del camino. El frescor general, las sombras que dominan casi toda la finca. Suena el motor del coche. ¡Se van! ¡Se van sin él! ¿Nadie se da cuenta de que no está en el coche? ¿Nadie se acuerda de él? ¡Le han abandonado! Una tristeza mortal le impide hablar, gritar, hacer ningún gesto. Está paralizado por la tristeza, la incredulidad, el dolor, la rabia, el odio. Algo se ha fundido dentro de su pecho y hace daño, mucho daño. Es frío pero quema. Le arde la garganta. Querría cerrar los ojos y no ver cómo avanza el coche hacia la verja, la traspasa, se detiene, una sombra se ocupa de cerrarla tras su paso. ¡Se han ido y se han ido sin él! ¿Eso es él para todos? La tristeza se ha hecho angustia. Se ve a sí mismo, ya en la oscuridad, ridículamente sentado en el porche con las piernas desnudas y la camiseta. Se pregunta una y mil veces cómo puede ser que nadie de su familia se haya dado cuenta. ¡Ni su padre, ni su madre! ¡Ninguno de sus siete hermanos! Se han ido entre risas. ¿Puede ser una broma? Si es eso, si vuelven, no van a encontrarle allí, helado de frío, empapado en el llanto.

No quiere que vuelvan. No quiere que vuelvan nunca. Junto a esa pena insufrible le ha nacido en el pecho una extraña sensación de libertad.