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javierdelgado

JOSÉ LUIS NAVARRO: COMUNISTA EN GIESA

JOSÉ LUIS NAVARRO: COMUNISTA EN GIESA

JOSÉ LUIS NAVARRO: COMUNISTA EN GIESA

 

José Luis Navarro nació en Zaragoza en 1930. Puede decirse que su padre fue el primer peón que entró a trabajar en Giesa (entonces talleres Giral). Su madre moriría en 1947. José Luis era uno de los seis hijos que quedaron al cargo del padre.

 

José Luis comenzó ya de pequeño a hacer recados para Joaquín Giral, que solía enviar a “Luisito” a tal o cual cosa, ¡incluso a pedir hora para él en la peluquería! En mayo de 1944, con catorce años entró en Giesa. Por entonces conoció a otro chico de su barrio (San Pablo), Martín Navarro Orte, que más adelante sería camarada del PCE. Martín tenía también amistad con Fausto Archidona, que militaba en una curiosa célula comunista zaragozana, sin contacto con la organización del PCE que dirigía el abuelo Rosel (Fausto Archidona lo contaría en sus memorias “Testimonio verídico”).

 

A comienzos de los años cincuenta contactó con Ramón Górriz. José Luis pasó a militar (también) en la célula del PCE de Giesa. En 1955 José Luis se casó con Adela (“Maruja”). Lo hicieron (no sin inconvenientes), el Primero de Mayo, por indicación de sus camaradas…

 

En 1956 José Luis se presentó a las elecciones sindicales en Giesa junto con sus camaradas Manuel Machín y Ramón Górriz. Ganaron las elecciones. (Para conseguirlo hicieron cosas bastante curiosas).

 

También se presentaron en 1958: se trataba de “copar” la Junta Social del Sindicato del Metal de Zaragoza. Salieron elegidos otra vez ellos tres por Giesa y otros camaradas de otras empresas, como  Manuel Gil…

 

En la caída de 1958 José Luis se hace el tonto en comisaría. Cuando le preguntan por su hermano Pedro, contesta “que no sabe nada”. El inspector Gilaberte le da un tortazo: “¡Tontolaba - le grita- si es tu hermano!” Al final no se libró de ir a la cárcel, como casi dos docenas de camaradas de Zaragoza.

 

Para José Luis, la actividad sindical de los comunistas estaba clara: se trataba de elegir “a personas buenas” y trabajar asuntos concretos en el Comité de Empresa, como el Economato, la Comisión de Seguridad e Higiene, etc., a favor de los compañeros. Porque primero los vocales del Sindicato “eran basura”. En aquella época “de miseria y necesidad”, el Sindicato Vertical no servía. Había que llenar de “buena gente obrera” el Sindicato y conseguir algo. “Era meterse en la boca del lobo” y no se tenía experiencia. Era lo primero que hacían desde la guerra. La CNT y la UGT no querían saber nada del trabajo en el Sindicato Vertical. “Si no hubiera sido por el PCE no hubiera habido esa entrada de buena gente en Sindicatos, esa defensa… Por nuestra parte, hacíamos sindicalismo con dignidad: no nos dejábamos comprar”.

 

A principios de los sesenta ya se trataba de organizar las Comisiones Obreras, “con las que íbamos al Sindicato Vertical mucho mejor organizados”.

 

 

EXPERESAR(SE): LO QUE ENSEÑA LA DEPRESIÓN

EXPERESAR(SE): LO QUE ENSEÑA LA DEPRESIÓN

 

El artículo de ayer dejaba las cosas más o menos como las he visto siempre: desde el punto de vista de una “función social” de la expresión. Sigo encontrando el sujeto, el verbo y el predicado en esas frases en las que, sin embargo, no he dicho todo lo que pienso al respecto. Porque pienso lo que he escrito. Pero no sólo eso.

 

La depresión ha sido y sigue siendo, para mí, “maestra de vida” y estoy aprendiendo mucho gracias a ella. Por ejemplo, sobre la expresión: su origen y su sentido. Pero aún no he aprendido, precisamente, a expresar lo que creo saber ahora.

 

Cuando el año pasado escribí en este blog los poemas que iban componiendo el libro “Amoramorte” me parecía estar utilizando las palabras como haría un cirujano con los instrumentos quirúrgicos si se realizase a sí mismo una operación “a corazón abierto”. Eso hizo que posteriormente me sintiera obligado (ante mi conciencia) a plantearme unas cuantas preguntas, a las que intento ir encontrando respuesta(s).

 

Ya no estoy tan seguro de algunas “necesidades” u “obligaciones” por lo que respecta a la expresión (pretenda ésta ser artística o no), ya no me siento “en puerto seguro” dentro de la tradición de pensamiento en la que me he formado y en la que he intentado establecer una voz propia. Mejor dicho, ya no puedo ni quiero mantenerme “a resguardo” en ese puerto.

 

La depresión ha tenido, entre otros, el efecto de “soltrar (o romper) amarras” y lanzar mi barco a mar abierto. Ahora he de sobrevivir alejado del puerto, de ese puerto, de todos los puertos. La depresión ha accionado un íntimo mecanismo aterrorizador pero también liberador.

 

Creo que continuará…

EXPRESARSE PARA QUÉ. ¿ESA ES LA CUESTIÓN?

EXPRESARSE PARA QUÉ

Hace dos días me preguntaba:

"¿No es suficiente con darme cuenta de que de esas lecturas y la escritura – entre otras cosas - de este blog depende mi propia identidad como ser vivo? ¿Es suficiente con saber que  estoy aportando (a quien quiera leerme) la expresión de mi propia identidad?"

Por si les interesa, mi respuesta es: NO. No es suficiente.

La expresión de un@ mism@ es condición necesaria, pero no suficiente para hacer de ella una comunicación entre seres humanos.

Es necesaria no tanto como resultado condescendiente hacia las necesidades de un@ mism@ o como puro ejercicio de narcisismo, cuanto como exigencia intelectual y moral de expresión de lo que verdaderamente representa la individualidad, especialmente cuando la individualidad no se resigna a “amoldarse” al “sentido común” ni a las convenciones sociales, etc.

Comienza a ser suficiente cuando esa expresión individual aporta algún elemento capaz de promover en l@s demás una actitud crítica hacia el mundo y hacia sí mism@s, cuando gracias a esa expresión alguien se siente interpelad@, inspirad@ y movid@ a algún tipo de transformación.

Sin embargo, nunca negaré a nadie ni su derecho a expresarse como individuo, ni siquiera en el caso en el que alguien proclame su personal voluntad de no aportar nada a nadie o su absoluto desentendimiento hacia las consecuencias que su personal expresión pueda tener en otras personas.

Me parece evidente, con todo, el carácter “innecesario” de gran parte de la comunicación “activa” en el mundo de hoy, en el que la “hipertrofia comunicativa” no responde casi nunca a la necesidad de una expresión de la individualidad sino, más bien, a la necesidad de amparo en la masa de la homogeneidad, de un “reconocimiento social” en el sentido de integración en el orden establecido, etc. En gran medida, la “democratización de la comunicación” se basa en esas necesidades que ya estudió Wilhelm Reich en su “Psicología de masas del fascismo”. (Un autor que convendría leer y releer en este comienzo del siglo XXI)

Evidente también me parece la generalmente  insuficiente capacidad de interpelación de la mayoría de los “mensajes” que actualmente se difunden a todas horas, “ruido”, cuando no maniobras de puro “entretenimiento” y respuesta ansiosa a los agobios de una “adicción comunicativa” (el adolescente que mantiene conectado el ordenador a Internet y el móvil encendido durante la noche …).

Tengo la impresión de que casi nunca la comunicación que recibimos o emitimos responde al ciclo reflexión - expresión – reflexión y de que a menudo se trata de una mera repetición de mensajes anteriores, repetición con la que se espera “responder a las expectativas” del poder con la expresión de nuestra sumisión a sus normas y de nuestro apoyo a las formas generalizadas de coacción.

Expresar(se) para ayudar a l@s demás a comprender y transformar el mundo, o expresar(se) para colaborar con el poder a conservar el “orden” existente a su favor: ésa es la cuestión.

¿Esa es la cuestión?

 

 

ÓPERA EN GRAN PANTALLA Y EN DIRECTO, EN ZARAGOZA EN CINES GRANCASA. UNA GRAN NOTICIA

ÓPERA EN GRAN PANTALLA Y EN DIRECTO, EN ZARAGOZA EN CINES GRANCASA. UNA GRAN NOTICIA

Fotografía de una puesta en escena del "Don Giovanni" de Mozart
He leído en Heraldo.es la siguiente noticia, que me parece de gran interés.
La pasada primavera acudimos a Grancasa a ver óperas y fue muy agradable. Y el directo mantiene la emoción.
Para much@s melóman@s de por aquí, ésta va a ser una forma estupenda de disfrutar de la ópera.
OPERA
La Royal Opera House de Londres, desde la butaca en Zaragoza
Los Cinesa Gran Casa y Augusta de Zaragoza se suman a varias salas de cine españolas que retransmitirán vía satélite grandes espectaculos europeos de ópera a partir de septiembre.
EUROPA PRESS. Madrid
La temporada de ópera regresa a las salas de cine de Cinesa a partir del próximo 8 de septiembre, con la retransmisión en directo de 'Don Giovanni', de Mozart, desde la Royal Opera House de Londres. La retransmisión será vía satélite y podrá seguirse en cines de Barcelona, Madrid, Vizcaya, Oviedo, Palma de Mallorca, Santander, Santiago de Compostela, Sevilla, Valencia y Zaragoza.

Además de la apertura de temporada de Londres, Cinesa compartirá con el público la apertura de temporada del Teatro Real de Madrid, con la emisión de 'Un ballo in maschera', de Verdi, el 28 de septiembre.

El día 16 será el turno de 'L'Italiana in Algeri', de Rossini, un espectáculo pregrabado desde la Rossini Opera Festival (Italia). Ya en octubre será el turno, el día 15, de 'La Sonnambula', de Bellini, desde el Teatro Lírico de Cagliari (Italia).

El 11 de noviembre, por su parte, retransmitirá la ópera pregrabada 'Tosca', de Puccini, desde el Arena di Verona (Italia), para llevar al gran público en diciembre (día 3) 'Aida', de Verdi, desde el Teatro Maximo Palermo (Italia) y (día 16) 'Hansel & Gretel', de Humperdinck, también desde la Royal Opera House.

La entrada anticipada tendrá un precio de 14 euros para los espectáculos en directo y de 6 para los pregrabados. Los usuarios de la tarjeta CINESACARD así como los compradores del bono de temporada, gozarán de precios especiales. Las localidades ya están a la venta en taquilla, en 'www.cinesa.es' y en el teléfono 902 33 32 31.

Los cines que participan en este programa son, en Barcelona, el Cinesa Diagonal Mar, La Maquinista, Diagonal, Heron City y Parc Vallés; en Madrid, Cinesa Príncipe Pío, Proyecciones y Heron City Las Rozas; el Cinesa Artea de Vizcaya, el Parque Principado de Oviedo, el Festival Park de Palma de Mallorca, el Bahía de Santander, el rea Central de Santiago de Compostela, el Plaza de Armas de Sevilla, el Cinesa Bonaire de Valencia y los Cinesa Grancasa y Augusta de Zaragoza.

HOY EN LA EXPO. PERO TERRIBLE ACCIDENTE AÉREO EN BARAJAS. ASÍ QUE ME CALLO

Hoy hemos estado en la Expo y ha sido un bonito día...

Pero acabo de ver que ha habido un terrible acidente en Barajas con muchísimos muertos y me callo.

CONFESIONES INTEMPESTIVAS: ESTUDIAR Y TRANSFORMAR EL MUNDO

CONFESIONES INTEMPESTIVAS

 

Esta tarde, mientras tomaba el té, me he quedado no sé cuánto tiempo bajo el golpe seco de una pregunta que me ha surgido en la mente como un relámpago: ¿Pero qué estoy haciendo? ¿Para qué estoy estudiando todos estos libros ahora?

 

Cuando leía esos libros sobre Bujarin, en 1976, pensaba que “me estaba preparando…” ¿Para qué me preparo ahora? ¿Para qué/quiénes estoy estudiando?

 

Ha sido un fogonazo doloroso. ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Deja todo eso! (y lee cosas más intranscendentes, más relajantes, sin ningún plan ni “obligación”…).

 

¿Cansancio intelectual? ¿El repunte del calor veraniego? Creo que, sobre todo, se trata de un efecto de la “perspectiva cerrada” en la que vivo, del muro ante mí, del futuro como “no land” en el que permanecer “perdido”…

 

¿Para qué/quién servirá lo que estoy estudiando estos días?

 

Traducción: ¿Tengo alguna posibilidad de “intervención”?

 

Lo mejor sería declarar que estudio porque me gusta estudiar y además me hace sentir mejor (incluso físicamente).

 

Pero me resisto (siempre me he resistido) a no buscar una finalidad exterior a mí para mi estudio. Entonces, en circunstancias semejantes, pienso en gente que, como Antonio Gramsci, dedicó sus esfuerzos, durante los años de cárcel que le llevaron a la muerte, a estudiar y a escribir unos “Cuadernos…” para lo que pudiesen servir, consciente de que de su redacción dependía, en primer lugar, su propia salud (mental y física: no caer en la desesperación o en el nihilismo, etc.) y, en segundo lugar, en alguna medida imposible de prever (no siquiera esataba asegurado que esos cuadernos llegaran a salir nunca de los muros de la cárcel),  la transmisión de ciertas experiencias,  conocimientos y reflexiones entre “los suyos”, a los que se dirigía mediante la redacción de esos “Cuadernos”.

 

Bendita Internet que me deja creer que lo que ando estudiando ahora pueda servirle a alguien (ojalá que más joven y más sano  que yo) para enfrentarse a las fuerzas que actualmente intentan dominarnos (y generalmente lo consiguen).

 

Puede que mi depresión no se cure nunca por más que (además de las pastillas y esas cosas…) me esfuerce en estudiar y en transmitir algo a alguien. Pero lo cierto es que mi depresión se gestó en un estado de decepción interior generalizada que me hizo pensar que ya no servía para nada hacer nada (ni siquiera hacer nada para seguir vivo).

 

Ahora que me siento mejor, más animado y estable, estudio intensamente cada día en esos libros. ¿Debería dejar de obligarme a hacerme preguntas sobre la posible “utilidad” de mi estudio? ¿No es suficiente con darme cuenta de que de esas lecturas y la escritura – entre otras cosas - de este blog depende mi propia identidad como ser vivo? ¿Es suficiente con saber que  estoy aportando (a quien quiera leerme) la expresión de mi propia identidad?

 

En el fondo, creo que hay una intención personal en todo esto, que podría resumirse así: Amig@s, aunque yo mismo no sea capaz de (saber) hacer lo necesario para transformar el mundo, incluso si yo, por desesperación, dejase de proponérmelo, por favor, ¡no dejeis vosotr@s  nunca de intentarlo…!

 

BUJARIN, LA REVOLUCIÓN RUSA EN LOS AÑOS VEINTE… Y LA CRISIS ECONÓMICA EN LA QUE ESTAMOS METIDOS AHORA. MÁS UNA PEQUEÑA HISTORIA PERSONAL DE VENTA DE LIBROS.

BUJARIN: LA REVOLUCIÓN RUSA EN LOS AÑOS VEINTE… Y LA CRISIS ECONÓMICA EN LA QUE ESTAMOS METIDOS AHORA. MÁS UNA PEQUEÑA HISTORIA PERSONAL DE VENTA DE LIBROS.

 

 

Les contaré una cosa: a mediados de la década de los noventa una dificultad económica bastante notable me obligó a vender muchos de los libros de mi biblioteca. Gracias a aquella decisión, y a otras, (y gracias a la generosidad de mi llorado amigo el librero Antonio Vidal) salimos mi mujer y yo a flote, así que, aunque dolorosa, la venta de libros cumplió su objetivo. Entre aquellos libros había docenas de textos de autores marxistas “menores”. Me quedé los “imprescindibles” (de hecho, creo que de esos otros autores “menores” nadie suele hablar ya nunca; eran “flor de un día”, producto de unas circunstancias muy concretas de la cultura europea de los setenta y ochenta del siglo pasado. Nunca me arrepentí de aquella venta…ni, por supuesto, de aquella “reserva”: hoy puedo volver a releer cuantas veces quiera esos libros amados en los que aprendí a leer sobre el mundo.

 

Pero hubo un dolor añadido al dolor por la venta: un imbécil indiscreto tuvo a bien difundir entre los clientes de la librería de Antonio la noticia de que Javier Delgado “se había deshecho de su biblioteca marxista…”, lo cual mi hizo tener que soportar durante un tiempo más de una pregunta malintencionada y más de un comentario molesto. Recuerdo que a un idiota que me llamó la atención al respecto decidí contestarle que yo aún tenía en mi casa más libros marxistas de los que él hubiera podido ver en toda su vida, lo cual no dudo que era cierto. Es sabido que quienes dedican su tiempo a las tertulias y a los rumores tienen poco tiempo para ir a las librerías y, sobre todo, para leer.

 

Pues bien, entre los libros que mantuve junto a mí hay unas docenas dedicados a personalidades de las dirección de los partidos comunistas de la década de los veinte, es decir, de sus primeros años de actividad tanto por separado como en sus reuniones en la dirección de la  III Internacional. Creo que  hice una buena selección y que gracias a eso mantengo una buena sección de mi biblioteca dedicada a las mejores cabezas del marxismo revolucionario.

 

Uno de aquellos libros que conservé es este de Stephen Cohen del que ya les hablé brevemente ayer y que ya he (re)terminado.

 

No se trata sólo, para mi lectura de ahora, de repasar la biografía de Bujarin (1888– 1938). Ni siquiera, con ser estremecedora, del trágico fin de su peripecia vital (de la suya y de la de miles de dirigentes y militantes comunistas de aquella época).

 

Se trata de volver la mirada a los años veinte de la recién nacida Unión Soviética, a los debates sobre la concepción de la política económica “socialista” y de las formas de administrar el poder revolucionario: los desafíos teóricos y prácticos que hubo de afrontar la dirección bolchevique durante la primera década de la revolución: guerra civil, dirección industrial, política agraria, creación artística… Muerto Lenin en 1924 (limitadísimo ya por la enfermedad desde 1922), las distintas posiciones en el seno del Politburó sobre la orientación económica (y muy especialmente sobre los rasgos de la política de alianza obrero-campesina) se irían enfrentando entre sí al intentar dar respuesta a los problemas de una realidad mucho más compleja de lo que nunca hubieran previsto en la época de la lucha por el poder.

 

Es apasionante repasar los debates de aquellos años veinte, cuando las propuestas políticas se realizaban aún a la luz del día, como parte de un proceso de masas. Cuestiones tales como el papel de la ciencia en la producción industrial, la función revolucionaria del campesinado, la autonomía sindical, la pluralidad, etc. son cuestiones que han vertebrado durante años el debate serio marxista y sobre las que siempre habrá que reflexionar, incluso para poder atisbar la relevancia de nuevas cuestiones que ahora se nos plantean (consumismo, internet, burbujas financieras...).

 

Leí este libro, “Bujarin y la revolución bolchevique” de Stephen Cohen en 1976. Tenía veintitrés años. Ahora estoy muy cerca de cumplir los cincuenta y cinco. Creo que esta vez he comprendido muchas más cosas. Mi cabeza es la misma, pero mis ojos han visto ya mucho más y creo que sopesan con mejor tino y pulso las cuestiones de fondo que se ventilan en sus páginas, especialmente las referidas a la política económica.

 

Ahora voy a releer “El comunismo de Bujarin” de A.G. Löwy” (traducción de Manuel Sacristán, Grijalbo, 1973). Lo compré en Pórtico el 3 de noviembre de 1976 y me costó 400 pesetas (entre sus páginas está el albarán de compra), lo que no estaba nada mal para un volumen de 456 páginas (sin fotos, ya es pena)  encuadernado en  recio “cartoné”.

 

¿Qué se me ha perdido a mí en los años veinte de la Unión Soviética? A eso no les voy a responder ahora en este blog. Lo que sí que les puedo decir es que la crisis económica en la que andamos embarcados desde hace unos meses y que tiene todo el aspecto de constituirse en una crisis “histórica” por su profundidad radical y po rla amplitud de sus efectos sociales, me hace desear una “puesta al día” de mis recuerdos sobre los análisis marxistas del pasado, tengan o no que ver, directamente, con las circunstancias concretas de nuestra forma de vivir actualmente.

 

 Cuando el año pasado leí, estupefacto, las tremendas páginas del libro de “La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre” de Naomi Klein (Paidós, 2007) me entraron muchas ganas de hacer este repaso a la tradición de análisis marxista en la que me formé y de la que me considero heredero.

 

Cuando escuché aquel  “Conviene que consumais” de  Rodríguez Zaparero en el reciente 37 Congreso del PSOE las ganas de leer “a los míos” se me hicieron absolutamente imperiosas.

 

ÁNGEL GÓMEZ: UN MILITANTE DEL PCE (EN GIESA) CON CARA DE BUENO

ÁNGEL GÓMEZ: UN MILITANTE DEL PCE (EN GIESA) CON CARA DE BUENO

Ángel Gómez, un militante del PCE con cara de bueno...

 

 

 

ÁNGEL GÓMEZ

 

La familia (de agricultores) de Ángel Gómez (La Cartuja, Zaragoza, 1932) era de la CNT y la guerra civil les cambió la vida: detenciones, cárceles, etc. Estudia Comercio y en 1961 un amigo (rojo también, con el padre en la cárcel) le facilita la entrada en Giesa como “cronometrador”. En la fábrica ya sabe que isidro Pradal y Felipe Prat militan en el PCE.

 

 A las elecciones sindicales del 63 sus camaradas presentan candidaturas, pero los del Vertical (sin control de votos que valga) salen elegidos. Volverán a presentarse en 1966 y Ángel obtendrá buenos resultados. Para entonces ya realizan reuniones por los montes de Torrero o a orillas del Ebro, en las que conectan con jóvenes obreros, como Luis Martínez, con ganas de hacer cosas y de hacerlas de otra manera.

 

En 1968 Ángel va a trabajar a Suiza. Cuando vuelve a España se encuentra con grandes colas en la Aduana: hay un estado de excepción y la policía no para…

 

En Zaragoza, en Giesa y otras grandes emmpresas del Metal, los militantes del PCE promueven actividades sindicales :llegaban a concentrar a cientos de obreros ante la sede del Sindicato y a veces conseguían tomar la cuarta planta del edificio para sus asambleas.

 

 

Conectan también con los estudiantes universitarios (comunistas) del Teatro de Cámara de Zaragoza y los recitales que organizan (Raimon, Paco Ibáñez…) en la Facultad de Medicina en un ambiente de “efervescencia cultural y política”. Luego vendrán las acciones de protesta callejera contra el Consejo de Burgos, otra vez las detenciones…

 

Durante aquellos años, Ángel Gómez, en su puesto en las oficinas de Giesa, es también testigo de las actividades de la Brigada pólítico-social, continuamente acosando en el interior mismo de la fábrica, en la que tienen incluso a más de un confidente a su servicio.

 

A Ángel, cuando ha de ir a Comisaría para recoger su DNI (que le quitan por haber estado en tal o cual concentración de obreros) lo policías le decían: “No se junte Usted con esos…”, “Usted está casado…”, “Usted tiene hijos…”.

 

Ángel Gómez siempre tuvo cara de bueno y un hablar sosegado. Eso le vino siempre muy bien para disimular, bajo aquella dulce expresión, la firme resolución de un militante clandestino del PCE.

JORGE GAY: "UN VERANO AL FRESCO"

JORGE GAY: "UN VERANO AL FRESCO"

El próximo martes 26 de agosto inaugura Jorge Gay exposición en la sala Pepe Rebollo de Zaragoza.

El título: "Un verano al fresco".

La ilustración de este artículo es la copia de la tarjeta de invitación, pero "descargada", por lo cual no aparece exactamente como es. Disculpen.

BUJARIN Y LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE

Estoy acabando de releer el libro de Stephen Cohen "Bujarin y la revolución bolchevique" (Siglo XXI, 1976).

Volverer a este tipo de libros treinta años después resulta muy revelador. Muy instructivo.

La figura de Bujarin siempre me resultó muy atractiva (y especialmente penoso su humillante final) y en este libro se exponen muy bien sus posiciones en defensa de la NEP y el ambiente de discusión y libertad creativa de los años veinte en la recién nacida URSS, ese mundo que Stalin pulverizó a fuerza de masacres y locuras ideológicas.

Es al mundo de Lenin - Bujarin - Trotski al que merece la pena volver los ojos cada cierto tiempo. Porque aún tenemos muchas cosas que aprender de aquella gente.

CON PABLO L. RODRÍGUEZ Y SUSANA FLORES: LA MÚSICA O LA VIDA

CON PABLO L. RODRÍGUEZ Y SUSANA FLORES: LA MÚSICA O LA VIDA

CON PABLO L. RODRÍGUEZ Y SUSANA FLORES: LA MÚSICA O LA VIDA

 

Esta mañana hemos estado Ana y yo en Librería Pórtico, ese mundo dentro del mundo en el que personas educadas, cultas y amables te reciben con una sonrisa y te dejan a tus anchas buscar libros en las interminables estanterías (que, de todas formas, ay, siempre se terminan). Ana ha encontrado un libro ya prácticamente inencontrable de antropología feminista, “El cáliz y la espada”, y yo uno relativamente reciente de Guy Dicourthial: “Flore magique et astrologique de l’Antiquité” (Belin, 2003).

 

 Así que ambos estábamos ya muy contentos cuando han entrado en Pórtico una pareja maravillosa: Pablo L. Rodríguez y Susana Flores, profesores de música de la Universidad de La Rioja. Susana, entre otras cosas más, dirige el coro de estudiantes del Instituto Miguel Servet, en el que canta nuestra hija Celia, y Pablo, también entre otras muchas cosas, es crítico musical de varias revistas e imparte en la Cai de Zaragoza cursos de iniciación a la ópera.

 

Les conocí cuando eran ambos unos jovencitos estudiosos y animosos y venían a la Biblioiteca de la Facultad de Filosofía y Letras, cuyos fondos de Musicología (obra magnífica del profesor Hansi Carreras Lopez) consultaban muy frecuentemente. A los uno y otra les he visto crecer y hacerse más sabios y mejores (aún) personas, felices uno con otra y viceversa, y cada cual con sus trabajos y sus días. Ahora son ciudadan@s de plana y fértil ciudadanía de Zaragoza pero on por eso dejan de viajar allí donde haya buena música. Son, en espíritu, métodos e instrumentos intelectuales, personas absolutamente contemporáneas, "internacionales". Pero no van por ahí mostrando ninguna "superioridad"  cosmopolita. Sencillamente, viven su cosmopolitismo con la misma naturalidad con la que comenzaron a utilizar la informática.

 

Encontrarte con Pablo y Susana, juntos o por separado es una bendición: con ellos, una conversación sobre música es apasionante como natural y tan instructiva como amistosa. Hemos aprendido mucho Ana y yo en nuestras conversaciones con estos dos jóvenes profesores, que unen a una gran erudición y a una entrega profesional no muy común una forma de ser sencillamente cautivadora.

 

Si acudes a un concierto y puedes intercambiar dos palabras con Pablo ya tienes una base firme sobre la que construir una escucha: siempre sus datos y propuestas van a lo fundamental de la obra o de las características de los músicos, etc. Con Susana te das cuenta de la infinitas posibilidades que la formación musical tiene si está en manos de una persona con sólida formación y con dedicación entusiasta.

 

He aprovechado para contrastar con Pablo mis opiniones sobre los conocimientos musicales de Thomas Mann y me ha confirmado mis peores sospechas. De paso, me ha animado a buscar el DVD de la ópera de Benjamin  Britten “Muerte en Venecia” (libreto de Myfanwy Piper sobre textos de Thomas Mann), a su juicio maravillosa, lo que pienso hacer inmediatamente. (Aunque ya sé que Zaragoza no es ciudad con acceso fácil a la música clásica: nunca lo fue y aunque ahora parezca estar dotada de comercios capaces lo cierto es que su estantes apenas muestran una variedad a la altura de las necesidades de la demanda contemporánea. También puede ocurrir que la demanda musical de la ciudadanía zaragozana no crezca ni se diversifique desde hace años y que sea suficiente ofrecer repeticiones tras repeticiones de las mismas obras, los mismos intérpretes, las mismas colecciones…).

 

Si es posible, nos matricularemos en uno de los cursos que da Pablo en la Cai sobre la ópera. Escucharle con regularidad será un lujo. Y desde luego, Celia seguirá cantando en su coro bajo la batuta de Susana durante todos los años que ella siga al frente de una iniciativa artística y pedagógica tan importante.

THOMAS MANN, EL FBI, LAS DOS ALEMANIAS Y LA EUROPA DEL SIGLO XX

THOMAS MANN, EL FBI, LAS DOS ALEMANIAS…

 

En los últimos capítulos (XVI al XX, pp. 479-657) de su excelente biografía de Thomas Mann (“Thomas mann. La vida como obra de arte”, Galaxia Gutenberg, 2003), Kurzke trata (aparte de otros muchos muy interesantes asuntos como la firma en 1945 de documentos políticos contra la posibilidad de una guerra atómica junto con Albert Einstein) las actividades vigilantes del FBI tras un Thomas Mann acusado de “antifascismo prematuro” (curiosa expresión, ¿verdad?), que avivarían su deseo de salir de unos EEUU en los que no le parecía descartable, a la altura de 1952 “una evolución constante hacia la dictadura fascista”.

 

Trata también de sus grandes dificultades de comunicación con una Alemania Federal (en la que algunos de sus homenajeadores se retiran por la noche muy contentos a cantar himnos de las SA…) y sus no fáciles contactos con una República Democrática Alemana que tira de él hasta hacerlo aparecer como “prosoviético” (lo que él mismo había alentado ya en 1943 manifestando “cosas espantosamente izquierdosas”, como recoge en sus diarios).

 

Que en los funerales de Thomas Mann (Kilchberg, Suiza, agosto de 1955)  las coronas de la República Democrática Alemana no cupieran "por la reducida puerta de la antiquísima capilla del cementerio"  y que allí acudiera el ministro de Cultura de la República Democrática Alemana “con un gran séquito”, mientras que de la República Federal Alemana sólo enviase a su embajador en Berna es un buen motivo para la reflexión.

 

No tanto porque ello indique algo más que una mayor “sabiduría diplomática” y propagandística por parte de un gobierno “triunfante” directamente “asesorado” por Moscú que por parte de un gobierno “abrumado”, aun directamente “bajo el ala” de los EEUU, como el cúmulo de contradicciones políticas y culturales que revela.

 

Thomas Mann, incluso a su muerte consiguió servir de elemento catalizador a cuyo contacto las substancias más íntimas de la cultura europea reaccionaron permitiendo así aparecer a la vista de todo el mundo, una vez más, la complicadísima fórmula que le daba (¿le da todavía?) identidad.

THOMAS MANN Y (EL PELIGRO DE) LA MÚSICA

THOMAS MANN Y LA MÚSICA

 

Hoy, muy breve:

 

Si la historia de la música hubiese acabado en la Novena de Beethoven, Thomas Mann se hubiese ido a la tumba con la impresión de haber comprendido el secreto de la composición musical y de haber avisado al mundo de los peligros que se cernían sobre la civilización si lo demoníaco (es decir, lo que él no comprendía) se apoderaba del alma de los compositores. Lo cual, seguramente, le hubiera ayudado mucho a descansar eternamente.

 

Pero el caso es que l@s compositor@s han seguido componiendo a buen ritmo, más y más alejados de las pautas beethovenianas (como es su obligación, ya que sólo ha habido un Beethoven y él mismo adoptó varias pautas compositivas), sin que sus obras parezcan haber atentado contra la civilización, que sigue  – como siempre - en peligro. De modo que las previsiones de Thomas Mann (paradógicamente optimistas) no se cumplieron, para deleite del resto de los mortales , que somos más.

 

¿QUÉ ARTE PARA EL SIGLO XXI?

ARTE PARA EL SIGLO XXI

 

Seguramente mi mayor dificultad para “(re)encontrarme” con Thomas Mann…y con Lukàcs radica en mi desacuerdo con sus análisis sobre las características del arte sumido en la crisis del siglo XX:resumiendo el asunto, tanto uno como otro estaban muy seguros de que el sustento del nuevo arte “burgués” emergente (en música sobre todo, pero también en literatura) nacía de la irracionalidad y que ésta era “diabólica”. Por su parte, Brecht (tras una primera etapa estupendamente ácrata e iconoclasta) tampoco dejaba de alertar contra “el irracionalismo mistificador” y se esforzaba en proponer un arte “científico”.

 

Recuerdo muy bien cómo me afectaron sus opiniones (y sus obras de creación) cuando comencé a leerlos asíduamente a los quince años. Acababa de leer “El Anti Dühring” de Engels y la cuestión que Brecht me planteaba era si frente a las diversas formas del arte “burgués” había una respuesta, y cuál, desde el lado del proletariado, etc. El debate sobre el “realismo socialista” aún estaba vivo (¡cosas de la resistencia antifascista!) en la izquierda española, entre cuyos artístas, especialmente entre las gentes de teatro, Brecht aún tenía gran predicamento a finales de los años sesenta (en Zaragoza muy especialmente, debido a la “escuela” del Teatro de Cámara dirigido por Juan Antonio Hormigón, que es con la que personalmente tomé contacto por entonces).

 

Afortunadamente para l@s comunist@s zaragozan@s, la actitud abierta, nada dogmática, de Vicente Cazcarra ante los derechos propios de la creación artística, nos permitió vivir muy libremente nuestras búsquedas personales. Si aquí hubiéramos tenido un dirigente de su talla empeñado en “obligar” a producir en tal o cual sentido  (como los hubo en otros sitios) nuestro desarrollo hubiera quedado, sin duda, muy limitado…o nuestra militancia no hubiera durado tanto.

 

Personamlente, mis lecturas eran de lo más variado y mientras iba devorando a Brecht seguía leyendo con entusiasmo a Valle-Inclán, descubría las paradojas de Kafka, el absurdo de Beckett, los cuentos de Cortázar… y muchas otras cosas que nada tenían que ver con las “doctrinas” imperantes en la izquierda ni en la derecha. Y, por supuesto (un por supuesto, diríamos, generacional), leía a Freud conforme iban apareciendo sus obras en la colección Alianza bolsillo.

 

A mi alrededor (pero con unos cinco y diez años más que yo), la gente leía por entonces a Marcuse, a Proust (que también estaba saliendo en Alianza), a Fromm (el del “Miedo a la libertad”) y si entraban en teorías, a Hauser (Arte) y a Glucksmann (Literatura). También estaban de moda entonces los tomazos del antropólogo estructuralista Levi-Strauss. Pronto mi amistad con Mariano Anós me llevaría De la Volpe y a tantos otros ensayistas de inspiración marxista que iría publicando la editorial “Comunicación”  de Alberto Corazón (rodeado por un sabio grupo de camaradas del PCE puestos al día, con quienes, nuevamente a través de Juan Antonio Hormigón, teníamos contacto algunos militantes de Zaragoza). De modo que aquellas (más suyas) serían también mis lecturas…hasta que al filo de 1971 un (me pareció) entusiasta Juan José Carreras pusiera  tras la pista de Gramsci y con ello comenzara toda una época de reflexión, muy distinta, apoyándome en sus muy sugerentes (por entonces aún editados “temáticamente”) “Cuadernos de la Cárcel”.

 

Volviendo a los últimos sesenta, cuando por esos años comencé a escribir de una forma un poco disciplinada y constante, los poemas y relatos que “naturalmente” surgían de mi cabeza tenían más de expresión (liberadora, para mí) del inconsciente que de reflejo y “mímesis” de la realidad y de sus contradicciones objetivas, etc. Lo “universal” tenía poca cabida en mis escritos y tuve que reconocer ante más de un camarada y amigo que se trataba de textos muy, pero que muy subjetivos. Mi impresión era, dicho rápidamente, que pese a las constricciones de la “doctrina”, todo en el arte, en general, eran aportaciones desde lo subjetivo y que lo que hacían algunos (con mejor o peor fortuna) no era sino erigir rápidamente un monnumento “objetivo” y “universal” a su propia subjetividad.

 

Si miro hacia  atrás a todo lo que he escrito desde entonces nada me desdice de aquella intuición juvenil mía. Creo que si he sido fiel a algo en mi escritura ha sido a la expresión de mi propia subjetividad y si he tenido algún compromiso en la escritura ha sido el de no pretender hacer de ella una “teoría” objetiva. De modo que, mirado con los ojos de Brecht, Luckàcs o Thomas Mann (y otros menos inteligentes, hoy perfectamente olvidados) mi tarea como escritor no puede ser más criticable para mal, y eso, lo reconozco, me preocupaba. Pero ¡ahí está!, ¡es la mía!

 

Sin embargo, no puedo decir (como ya han tenido Ustedes ocasión de darse cuenta) que las cuestiones teóricas sobre la “respuesta” del arte a la crisis cultural y a la concreta correlación de fuerzas en cada momento de la lucha de clases me sean ajenas. He seguido rumiando una y otra vez aquel alimento intelectual de mi primera juventud (y agunos otros platos de “nueva cocina”) preguntándome siempre por el sentido de mi escritura, su “oportunidad” y su “necesidad”…

 

A lo largo de casi cuarenta años he ido encontrando (o creyendo encontrar) respuestas concretas a mis preguntas, y así proyecté y realicé libros de acuerdo a esas respuestas que, al menos como aproximación” guiaron  mi escritura en cada momento. Pero no ha sido sólo eso (con ser lo más importante para mi vida) lo que me ha interesado, sino el tener un punto de vista “panorámico” con el que poder valorar “históricamente” las obras de mis contemporáneos sin dejarme arrastrar por las modas y los proyectos económicos de salas de arte y editoriales (si es que no son una sola y misma cosa).

 

Aunque haya concluido (¿concluido?) que mi personal forma de “responder” a las preguntas sobre el sentido de la literatura contemporánea es, y está bien que así sea, la escritura de nuevas obras (o el silencio, que también a veces es una aceptable respuesta); aunque mi “práctica artística” esté ahí como forma de expresión de preguntas y respuestas sobre las cuestiones de fondo, y esa expresión mía personal haya eludido siempre –al menos, hasta ahora – la evidencia de ese debate interior en medio del que han sido escritas, es cierto también que dicho debate ha seguido su curso sin encontrar, desde hace tiempo, cauces por los que discurrir (y vale perfectamente aquí esta expresión).

 

Seguramente por eso he vuelto a Thomas Mann y a Lukàcs este verano del 2008, no tanto por esperar que sus textos me inspiren ahora directamente (a Mann lo siento francamente lejano y a Lukàcs me parece haberle sepultado una avalancha de realidad bajo la que sus altisonantes palabras me resultan patéticas), cuanto por ver si pueden funcionar como soplillos en el rescoldo y avivar un fuego en el que, para qué voy a nergarlo, me gustaría ver muy altas llamas. O dicho de otra forma, me gustaría atisbar cuál es, a  principios del siglo XXI, el sentido histórico del arte que se está produciendo entre nuestros contemporáneos. 

 

No me sirve (del todo) guiarme por mi gusto, andar con los ojos y los oídos muy abiertos, “estar al día”, etc. (Un gusto en cuya formación siempreme esforcé, conscientemente, en que no se produjera un cierre ante - ni mucho menos, contra – nada por dogmatismo ni enclaustramiento y gracias a lo cual aún puedo entusiasmarme con tal o cual obra “sintomática” al menos para mí). A  menudo deseo encontrar un estable punto de apoyo intelectual sobre el que sentarme un momento de vez en cuando a recapitular y “hacer balance”. ¿O es que, precisamente, la historia y mi biografía me han arrebatado esa posibilidad de “apoyo seguro” y debo renunciar definitivamente a ella?

 

Las dificultades actuales de la humanidad en este principio del siglo XXI: el aparente caos en el que se mueven los temibles poderosos de ahora y las contradictorias noticias que recibimos sobre los movimientos de emancipación, ¿requieren, también en el arte, alguna respuesta? ¿No es posible, al menos, hacerse una idea de las necesidades generales de expresión y de las principales propuestas en marcha?

 

Mientras sigo en un ¡ay!, voy preparando ese libro sobre la luchas obreras en Giesa y alguna otra cosa más relacionada con la transmisión de la memoria de la lucha antifranquista en Zaragoza. Son tareas sobre cuya "oportunidad" y "necesidad" no tengo ninguna duda. ¡Algo es algo!

"DOKTOR FAUSTUS" : EL FINAL. (Y EL COMIENZO DE LECTURA DE OTRA NOVELA DE THOMAS MANN)

“DOKTOR FAUSTUS” DE THOMAS MANN: EL FINAL

 

Ahora que ya he acabado de leer el “Doktor Faustus” de Thomas Mann creo que puedo darles más razones (aún) para interesarse por esta novela, por si mis anteriores comentarios no les han hecho ya desear leerla.

 

En cualquier caso, me parece haber dado con una buena idea: ésta de ir comentando la lectura de una obra precisamente mientras se va leyendo, sin esperar hasta el final, de modo que las reacciones que van surgiendo no tengan en absoluto ese aire de “veredicto final” que parece esperarse de una crítica. En realidad, estos comentarios no pueden considerarse como tal. Se trata de otra cosa, llámenla Ustedes como prefieran.

 

Mi lectura de “Doktor Faustus” ha sido todo menos acrítica, pero también todo menos apasionada. Lo escrito escrito está, y es evidente casi ninguna de sus páginas me ha dejado indiferente. Tampoco las últimas doscientas cincuenta, en las que he seguido encontrado aquí y allá motivos de irritación pero también elementos de una gran fuerza expresiva y de un alto voltaje intelectual.

 

 Hay capítulos enteros, como los XLI y XLII (la petición de Adrián al violinista), los XLIV y XLV (el del “sílfico” niñito Eco), el XLVII (la confesión de Adrián) que me desagradan indeciblemente.

 

 Pero hay páginas sobre Hegel y Kant a proposito de la música (634), sobre la réplica “diabólica” a la Novena de Beethoven (662: “lo que no puede ser”), sobre la relación entre las privaciones y la creatividad (669), sobre la música como lamento (673) y la cantata de Adrián “Lamento de Doktor Faustus” (669-681) o, por último, las consideraciones del Epílogo sobre la acogida de su madre al enfermo Adrián (703-708) que me han emocionado…para bien.

 

De hecho, en muchas de las páginas del “Doktor Faustus” de Thomas Mann, ahora puedo decirlo con total rotundidad, he encontrado un potente iman que ha orientado mis pensamientos y una contínua sugerencia intelectual. De ahí mi lectura de la biografía de Thomas Mann por Kreuzke y de los textos de Lukàcs referidos a esa novela suya.

 

Me he reencontrado ante la expresión de un nudo problemático importante: la crisis de la cultura europea del siglo XX, el agotamiento de ciertas formas de expresión artísticas, el debilitamiento de la gran corriente humanística y racionalista heredera del siglo de las Luces, de los ideales del Renacimiento y, en definitiva, de los moldes de la civilización clásica  grecolatina. Con el transfondo de las contradicciones sociales y políticas de la Alemania embarcada en dos grandes Guerras Mundiales.

 

A la expresión “desde dentro” de tales contradicciones (desde la óptica de la “alta cultura germánica”) hubo de atender una de las cabezas mejor dotadas del campo marxista, la del húngaro György Lukács, cuya lectura, y la de las novelas de Thomas Mann (¡ya hace casi cuarenta años!)  influyó mucho en mi formación intelectual. En mi juventud intenté aproximarme a ese nudo de asuntos (al que llegué por las obras de Bertold Brecht, la tercera pata del banco) y lo intenté porque de una forma natural hice mías las contradicciones que se expresaban y a las que se pretendía dar distintas salidas. Entonces fue primero Brecht, segundo Brecht y tercero Lukács, quienes me pareció que daban respuestas más interesante al asunto, al que también me pareció necesario acceder vía Nietzsche pero no via Sartre, y esto último por una dificultad mía de receptividad (que se mantuvo ya siempre, ¡qué le vamos a hacer!).

 

La vida (la mía y la de millones de personas) ha dado varias vueltas en los últimos cuarenta años y todo lo que nos ha tocado vivir y ver vivir  puede que haya tenido como consecuencia una vuelta – al menos, en mi caso – a los asuntos de fondo de aquella crisis cultural embarazada de una crisis de civilización. Y aquí ando de nuevo leyendo a Thomas Mann, como quien se da una segunda (o enésima) oportunidad.

 

Y me importa decirles que, a pesar de mis rechazos hacia muchos de los recursos literarios de Mann (con quien, por otra parte, sigo sin tener ganas de tomarme ni media cocacola), la reciente lectura del tomo III de su tetralogía “José y sus hermanos” y sobre todo ésta de “Doktor Faustus” (pero me alegra ver que tanto su biógrafo Kreuzke como Lukàcs también conectan temáticamente el José de Mann con su Fausto), estas obras me han hecho recordar a otros autores que, como Foucault o Derrida, me parecieron también seriamente importantes y a los que no encuentro actualmente interlocutores de su talla.

 

¿En qué novelista de mi generación (no digo necesariamente español) pueden encontrarse análisis de fondo sobre la crisis cultural (y etcétera) en la que nos encontramos tan rícamente (algun@s) globalizados? ¿Qué autores se dedican a enfocar los problemas actuales desde su raíz? ¿Quién se arriesga, en esta época de cinismo, a plantearse las cosas de la vida seriamente, con la gravedad que requieren? ¿Quién se aleja del corro del jajajá?

 

¿O soy yo el que no ha conseguido aún llegar, no ya a la posmodernidad, sino a la mismísima, ya antiquísima, modernidad?

 

Así que esta mañana, aprovechando que hacía un viento agradabilísimo (que no disfrutábamos en Zaragoza hace ya varios días), me he acercado a una librería y me he comprado una de las pocas novelas de Thomas Mann que me quedan por leer y también una de las últimas que escribió: “Carlota en Weimar”, en traducción de Francisco Ayala (Alfaguara, 2008).

 

Y hasta puede que les vaya contando en este blog qué tal me va sentando su lectura, lo que (se) me va ocurriendo. El que avisa no es traidor…

 

 

"DOKTOR FAUSTUS", THOMAS MANN, LUKÁCS...Y UNA NUEVA MIRADA SOBRE ADMIRADOS AUTORES

“DOKTOR FAUSTUS”, TOMAS MANN, LUKÁCS, ETC.

 

Mi admirado amigo Mariano Anós escribe por estos días un blog (http://sitios08.blogia.com) en el que va dando cuenta casi diariamente de los progresos de aproximación a la puesta en escena del espectáculo “Sitios Saragosse” y no sé si es cosa de contagio pero lo cierto es que yo llevo ya unos cuantos días dándoles cuenta de los progresos de mi lectura de la novela “Doktor Faustus” de Tomas Mann…y de algunas lecturas más.

 

 Puede que les esté dando la tabarra con este asunto, pero eso tiene, en su caso, evidentemente, fácil solución. No la tiene tan fácil en mi caso, pues este dar cuenta de mi lectura de esa novela me está obligando mucho más de lo que imaginaba cuando comencé a despotricar sobre ella. Tengo la impresión de que mientras leo a Thomas Mann y a Lukács estoy haciendo interiormente un doble ajuste de cuentas: con las cabezas de la “alta cultura” europea y con las cabezas de la “crítica revolucionaria” del siglo XX. Mann y Lukács, cada uno desde su elevado puesto en la lucha de las ideas no dejan de parecerme, definitivamente, dos grandes ejemplos de las terribles cegueras intelectuales de su época.

 

No me arrepiento en absoluto, por eso, de haberlo hecho hasta aquí, pero, como les anunciaba en un anterior breve mensaje de náufrago, desde que llegué a la página 450 (en la edición española de Edhasa, colección Pocket en la que leo esta obra) y leí que Serenus se desencantaba ante las palabras de su admiradísimo Adrián me fui animando mucho más en su lectura, acaso porque realmente (es decir, al margen de mi personal experiencia lectora) la novela cobra nuevos bríos y ofrece mejores contenidos. Así me lo parece, como me pareció hasta esa página que esta novela de Tomas Mann adolecía de muchas fallos y flaquezas.

 

Es curioso que la decepción de Serenus tenga lugar por las palabras que Adrían  había dicho sobre el arte y sus obligaciones sociales. “Un arte – escribe el decepcionado Serenus – que emprende ‘el camino del pueblo’, que hace suyas las necesidades de la masa, del vulgo, de la mediocridad, acaba por caer en el desvalimiento y sólo puede vivir de la ayuda del Estado”.  Parece ser que para el profesorcillo Serenus (al que lo más importante que le ha pasado en su vida es haber conocido a Adrián) “el camino del pueblo” es sinónimo de “necesidades de la masa, del vulgo” incluso “de la mediocridad”. Como en ningún sitio se recogen las palabras que había dicho Adrián, nos quedamos sin saber cuál fuera su sentido exacto más allá de este personalísimo resumen de su fiel admirador…hasta ese día.

 

Pues bien, el ejemplo me sirve para el asunto que he tratado en otras ocasiones: la transcripción que Mann hiciera  de las ideas de Shönberg y de Adorno bien pudieron sufrir los mismos deslizamientos e imprecisiones en los que incurre su personaje Serenus al intentar reproducir el pensamiento de Adrián. Y eso es de lo que hasta ahora me he venido quejando. Pero llevaría sin duda demasiado trabajo el acarreo de citas de unos y otro para demostrar cómo lo que en un contexto adecuado tiene pleno sentido y razón… y bastante menos en esa novela.

 

A la altura de la página 450 de “Doktor Faustus” andaba yo ya metido hasta las cejas en el libro de Lukács “Thomas Mann” (Grijalbo, 1969), compuesto por tres ensayos, de los cuales el segundo “La tragedia del arte moderno” está dedicado precisamente a “Doktor Faustus”. Lectura que me está resultando también muy reveladora.

 

Escrito en 1948 (Lukács tenía la obsesión de fechar sus trabajos – después de la feroz crítica del núcleo dirigente el partido bolchevique y de la II Internacional a su juvenil “Historia y conciencia de clase” procuraba cuidarse muy mucho de dar un paso con el pie cambiado), es un texto típico de su autor, entregado al análisis de la crisis del arte del siglo XX (“por un lado, el humanismo burgués en avanzado proceso de descomposición y, por otro, los poderes reaccionarios, mistificadores y demagógicos que instrumentalizan esta descomposición a favor del capitalismo monopolista”, p. 112), una crisis, por cierto, que Lukács observa, en 1948, desde la atalaya de un Moscú al que también podía atribuirse – pero eso él no lo pensaba – la mistificación y demagógica instrumentalización de esa crisis del humanismo burgués… y de la crisis del movimiento comunista internacional a favor de una oligarquía burocrática pseudorrevolucionaria.

 

Leer a Lukács en estas fechas del siglo XXI es terrible, al menos para quien no  fue terrible su lectura en los setenta del siglo XX, como es mi caso. Que para entonces ya me molestase que metiera en el mismo saco a “Shopenhauer y Wagner, Nietsche y Freud, Heidegger y Klaes”, todos ellos “musagetas de la reacción moderna” (TM, p. 111) y que escribiera exabruptos sobre la literatura de Joyce, Beckett y Kafka no me impedía intentar comprender las razones del sabio húngaro…y de hacerlas  mías.

 

Ayer,  mientras leía esas páginas de 1948 me sentía francamente abrumado y pesaroso y, si no radicalmente separado de su estela (pues sigo inspirándome en el marxismo a la hora de analizar las cuestiones sociales y culturales), sí muy contrario a sus sentencias.

 

Me divirtió, por eso, leerle: “[…] hoy Arnold Shönberg, con su insistencia a posteriori en reclamar la ‘propiedad intelectual’ de la música de Adrián Leverkühn, no consigue sino hacer reir” (TM, p. 77). A la vista de la documentación existente sobre el asunto de la colaboración de Schönberg con Mann en la redacción de los pasajes dedicados a la música en esta novela, es más bien Lukács quien hace reir. Por mi parte, estaría dispuesto a darle la razón al sabio, pero en un sentido totalmente distinto al que tienen sus palabras. En mi opinión, lo risible (si hay algo de risible en ello) es la pretensión de Thomas Mann de transcribir fielmente la ideas del compositor (y las teorías de Adorno) en su novela.  

 

Eso no obsta para que a la altura de la página 664 de la novela de Mann yo ya tenga que confesarles que, en conjunto, las descripciones literarias que el novelista hace de las obras que compone su Adrián  Leverkühn me parecen maravillosas (su Apocalipsis, el concierto para ciolín y orquesta, las obras de cámara…). ¡Pero es que estas descripciones maravillosas comienzan en la página 492 de la novela! Todo lo que hay antes sigo pensando que son disquisiciones pseudo musicológicas producto de malas transcipciones del pensamiento de Shönberg y de Adorno. Que ambos se enfadaran con Mann no me extraña en absoluto, pero acaso debieron hacerlo no tanto por todo lo que tomó de ellos sino por cuanto fue lo que expresó de mala manera.

 

Me parece muy bien que Lukács reinvindique “la fisonomía intelectual” de los personajes de las novelas de Thomas Mann frente a personajes de otros autores “ cada vez más rebajados en el nivel de sus vidas interiores”. Pero me parece muy mal que la rica vida interior de estos personajes de Mann se vea destripada con textos indigestos. ¡Qué diferente es el texto de Mann cuando da cuenta de las discusiones intelectuales en  la sociedad cultural de Munich! Los capítulos XXXIV (continuación) y XXXV (pp. 503- 536). Cuando Mann se enfrenta a asuntos de los que tiene perfecto conocimiento su pulso y su tino recobran sus fuerzas.

 

 Leer al novelista Thomas Mann sobre la crisis del arte en medio de la crisis histórica de Alemania (p. 490 y sgs.) es interesantísimo. Y leer al sabio Lukács sobre esas crisis también. Pero resulta penoso encontrar en las palabras de aquel una incapacidad para salir “del  pequeño mundo de sus cuartos de estudio” (en palabras de Lukács) mientras éste sentencia a diestro y siniestro contra la degeneración del arte burgués sin darse cuenta (o sin querer darse cuenta) se que él mismo (y no sólo aquellos a quienes maldice), mientras se aprovechaba de los lujos reservados a unos pocos en el Moscú estalinista, estaba “perdiendo así su efectiva influencia orientadora sobre ellas [las luchas sociales] y llegando, en fin, a convertirse en armas ideológicas de la hipocresía conservadora” (TM, p. 110). Es absolutamente terrible leer en el texto de Lukács frases como la siguiente, que podrían perfectamente aplicársele a él mismo: “Esta huida tenía originariamente un objetivo bien concreto: salvar la pureza de unos ideales cada vez más corrompidos en las nuevas luchas”. ¡Qué cosas!

 

Continuará…

COMUNISTAS EN LA FÁBRICA: GIESA, TESTIMONIOS DE LUCHA OBRERA. ACABO LA TRANSCRIPCIÓN DE LAS ENTREVISTAS REALIZADAS

COMUNISTAS EN LA FÁBRICA: GIESA, TESTIMONIOS DE LUCHA OBRERA. ACABO LA TRANSCRIPCIÓN DE LAS ENTREVISTAS REALIZADAS

En la foto, Ramón Górriz, comunista desde 1951 y hombre clave del PCE en Giesa hasta la "caída" de 1958

 

COMUNISTAS EN LA FÁBRICA: GIESA. TESTIMONIOS DE LUCHA OBRERA

 

Esta mañana he acabado de transcribir las notas de las nueve sesiones de entrevistas a veteranos militantes que trabajaron en Giesa y lucharon en esa empresa, y no sólo en ella, por elevar las condiciones materiales de vida de quienes, como ellos, trabajaban en condiciones que hoy nos resultan extrañas pero que fueron, durante muchos años, las penosas condiciones en las que se trabajaba en la fábricas de nuestro país bajo la dictadura franquista.

 

Me he vuelto a emocionar en muchas ocasiones mientras reconstruía los testimonios de estos veteranos obreros comunistas: sus recuedos tienen una fuerza increíble de evocación aun repasados a través de unas lacónicas notas y releídos en medio del marasmo de la actualidad.

 

Sólo el esquema de su narración, sin apenas sintaxis ni cañamazo argumental, ya ocupan más de setenta folios. Sólo el enunciado de las anécdotas ya produce una gran impresión intelectual y moral.

 

En esta época mía de desastre y confusión interior, esta tarea – que puedo realizar gracias al “oficio” adquirido en ya más de cuarenta años de escribir y reescribir – esta tarea de “dar voz” a los recuerdos de unos hombres que lucharon durante años me resulta claramente asumible: un compromiso aceptado en el que recibo mucho más que lo que entrego. Un compromiso moral que lo es también “literario” (o, en cualquier caso, de escritura), uno de los pocos sobre los que actualmente mantengo una cierta noción de “necesidad” y “oportunidad”.

 

Dedicar unos meses, o el tiempo quesea necesario, a confeccionar un libro (y un DVD) sobre la base de los testimonios orales de unos veteranos de la militancia sindical y política me parece en estos momentos, para mí, una ocupación que, por un lado,  sé que soy capaz de realizar y que, por otro, pienso que alguien debe realizar.

 

Todo lo que tiene que ver con la difusión de las experiencias de lucha que tuvieron lugar bajo y contra el fascismo en nuestro país me parece importante. Siempre me lo pareció (y por eso le he dedicado siempre algo de mi tiempo), pero cada vez me lo parece más. El tiempo cuenta, y no es lo mismo recoger esas experiencias antes que después: ni para sus protagonistas ni para sus posibles receptor@s.

 

Y realmente, me doy cuenta de que puesto a la tarea, me importan bastante poco, dicho sea de paso, mis personales preferencias por tales o cuales personas de las que lucharon en aquellos años: por fortuna, sin duda, no he sido yo quien ha tenido nunca que decidir la relevancia histórica de tal o cual ser humano; de modo que no tengo más que atenerme sensatamente a lo que la realidad de las luchas del pasado fue decantando como figuras humanas dotadas de cierto protagonismo social. Y no me importa confesar que conforme pasa el tiempo, más me siento incluido en un amplio grupo humano que, como suelo decir al respecto, “vistos desde un helicóptero, estábamos tod@s en el mismo lado”.  

 

Así que mientras soporto (mal) una crisis personal - de la que hace tiempo decidí dar cuenta con más o menos precisión en este blog por si (me) servía de algo - me parece estupendo poderme dedicar a un tipo de escritura cuyo interés para otros (además de para mí mismo), por lo menos, tengo claro.

 

Si Ustedes aún se alegran con mis alegrías, aquí tienen una razón para alegrarse: la transcripción de las notas de las sesiones de entrevistas a veteranos comunistas que trabajaron en Giesa ya ha acabado. Ya es posible dar el siguiente paso.

"DOKTOR FAUSTUS" DE TOMAS MANN: ¡POR FIN SE MUEVE!

Por fin, el deseado momento: en la página 450 (de 710 de la versión castellana de Edhasa, 2005) Serenus sale de su embobamiento: "Me había decepcionado Adrián y me habían decepcionado sus palabras..."

A partir de ahí, la novela se encamina por senderos mucho más interesantes; los fenómenos alternantes de depresión / exaltación en l@s artisas (p. 490 y 494), la crisis del arte vinculada a la crisis histórica de los años treinta (p. 490 y siuientes) y, sobre todo, los capítulos XXXIV (continuación) y XXXIV final, dedicados a las reuniones artístico-políticas en las que se van deslizando los argumentos de la cultura alemana de la época (p. 503-525).

Parece como si el despertar crítico de Serenus hacia su admirado amigo Adrián arrojara una nueva luz sobre la narración y en ella Thomas Mann comenzase, por fin, a escribir de lo que más sabe: de la crisis de la cultura y el arte de la época de entreguerras y del clima moral en el que se gestó la "barbarización" de la sociedad alemana.

Prometo contarles cosas interesantes, ¡por fín!, de la lectura de este novelón y de la lectura de los textos de Lukács sobre el "Doktor Faustus" de Thomas Mann ... textos que me han decepcionado y verán Ustedes por qué.

EL VIEJO LUKÁCS: BÚSQUENLO EN LA RED

Esto de Internet es estupendo:  escribes Lukács (en realidad, basta con "lukacs") y te salen cantidad de cosas interesantes. Me ha llamado la atención la entrevista que al viejo Lukács le hizo el teoríco marxista (políticamente trotskista) Perry Anderson (autor, entre otras obras, de "Las antinomias de Antonio Gramsci", al que dediqué un juvenil comentario - lleno de enfado - en la desaparecida revista "Materiales" de Manuel Sacristán).

 

En esa entrevista hay una frase que, en boca de Lukács, vale muchísimo:

 

"La fe en una teleología de la naturaleza es algo propio de la teología. Y la fe en una teleología inmanente a la historia carece de fundamento. Pero existe una teleología en cada trabajo humano, íntimamente inserta en la causalidad del mundo físico. Esta posición, que es el núcleo a partir del cual desarrollo mi obra actual, supera la clásica antinomia de la necesidad y la libertad."

 

Se trata de la entrevista a Lukacs por Perry Anderson,  (Selección y traducción: Josep Sarret), publicada en "El Viejo Topo" (Madrid) Original: New Left Review, 1971.

 

Decía Lukács:

 

“En los años `20, Korsch, Gramsci y yo mismo intentamos, cada uno a su modo, enfrentamos con el problema de la necesidad social y con su interpretación mecanicista, herencia de la II Internacional. Heredamos el problema pero ninguno de nosotros -ni siquiera Gramsci que quizás era el mejor dotado de los tres- supo resolverlo. Nos equivocamos y sería un error tratar de revivir las obras de aquel período como si fuesen válidas en nuestros días. En Occidente hay una tendencia a erigirlas en "clásicos de la herejía", pero hoy no tenemos necesidad de ellas. Los años `20 ya han pasado y lo que debe preocupamos son los problemas filosóficos de los años `60. Estoy trabajando actualmente en una Ontología del ser social que espero resuelva los problemas que planteé de un modo totalmente erróneo en mis primeras obras, particularmente en Historia y conciencia de clase. Mi nueva obra se centra en la cuestión de las relaciones entre necesidad y libertad, o, para emplear otra expresión, teleología y causalidad. Tradicionalmente los filósofos han construido sus sistemas sobre uno a otro de estos dos polos: o han negado la necesidad o han negado la libertad humana. Mi objetivo es mostrar la interrelación ontológica entre ambos y rechazar los puntos de vista del "o bien..., o bien" según los cuales la filosofía ha representado tradicionalmente al hombre. El concepto de trabajo es el pivote de mi análisis. Pues el trabajo no está biológicamente determinado. Cuando un león ataca a un antílope, su comportamiento está determinado por una necesidad biológica y sólo por ella. Pero cuando el hombre primitivo se encuentra ante un montón de piedras, debe elegir una de ellas, valorar la que le parezca más adecuada para convertirse en un instrumento, elige entre varias alternativas. La noción de alternativa es fundamental para la significación del trabajo humano, que siempre es por consiguiente, teleológico: fija un objetivo que resulta de una decisión. Así se expresa la libertad humana. Pero esta libertad sólo existe en la puesta en movimiento de una serie de fuerzas físicas objetivas que obedecen a las leyes causales del universo material. La teleología está siempre coordinada, pues, con la causalidad física, y, de hecho, el resultado del trabajo de cada individuo es un momento de la causalidad física para la orientación teleológica de los otros individuos. La fe en una teleología de la naturaleza es algo propio de la teología. Y la fe en una teleología inmanente a la historia carece de fundamento. Pero existe una teleología en cada trabajo humano, íntimamente inserta en la causalidad del mundo físico. Esta posición, que es el núcleo a partir del cual desarrollo mi obra actual, supera la clásica antinomia de la necesidad y la libertad. Pero quisiera subrayar que no estoy tratando de construir un sistema exhaustivo. El título de mi obra -que ya está terminada, pero de la que estoy rehaciendo los primeros capítulos- es Hacia una ontología del ser social. Fíjese en la diferencia. La tarea a la que estoy consagrado necesitará el trabajo colectivo de muchos pensadores para poderse desarrollar. Pero espero que mostrará la base ontológica de este socialismo de la vida cotidiana al que antes me refería.”

 

Verel texto completo de la entrevista en:

 http://espacioagon.blogspot.com/2008/04/entrevista-lukacs-por-perry-anderson.html

"DOKTOR FAUSTUS" DE THOMAS MANN ME SIGUE DECEPCIONANDO...E INTERESANDO

“DOKTOR FAUSTUS” DE THOMAS MANN ME SIGUE DECEPCIONANDO…E INTERESANDO.

 

La infantiloide narración del encuentro entre el diablo y Adrián (protagonista de la novela), las pseudocientíficas teorías sobre la influencia de la sífilis en la creatividad artística, los absurdos pasajes de “viajes al mundo submarino” (que ni de lejos superan la comparación con los del famoso Capitan Nemo), la insistencia en balbucientes teorizaciones musicales con timo, el contínuo aparecer y desaparer de personajes que, como gotas de lluvia, se cuelan inmediatamente por los sumideros del olvido, los comentarios “en tiempo real” del autor sobre la actualidad alemana y mundial (mientras sucede la II Guerra Mundial)…

 

Ya sólo queda menos de un tercio de la novela y aún espero que Thomas Mann consiga ganarse, precisamente en esas páginas, mi respeto. Por eso, imagino, continúo leyéndola y estoy seguro de que la terminaré: su lectura tampoco me hace sufrir.

 

Hay un hilo de continuidad, el asunto del artista y su creatividad, los problemas que sufre el artista en su anhelo de prefección y originalidad, sus renuncias cotidianas,  la reacción del medio en el que vive y del público de sus obras, etc., que sí me parece que merece la pena. El problema es cómo atiende esos problemas, con qué mirada, el co-protagonista y narrador de “Doktor Faustus”, Serenus (el cual merecería más bien llamarse Inquietissimus, incluso Simplicissimus). Su bobalicona admiración resulta tanto más penosa cuanto más “misterios” parece encontrar en la vida y obra de su amigo Adrián. ¿O es que Thomas Mann quiso, precisamente, hacernos percibir la estupidez del admirador absoluto? Ése me parece un buen punto de vista de lectura de esta novela y creo que es el que mantiene mi atención. Pero no parece que Thomas Mann pretendiera precisamente eso: su texto rezuma aires de “grandiosidad” y nada de ironía.

 

Por otra parte, el asunto del artista, etc., había dido tratado ya en famosas novelas, de las cuales sólo mencionaré aquí un ejemplo especialmente notable, para mí muy querido: “La búsqueda del absoluto” de Honoré Balzac, escrita más de un siglo antes, en 1834, en la que, por cierto, no le hicieron hicieron falta ni a Balzac (ni a Balthazar Claës, el  protagonista de la novela), ni una sífilis ni un encuentro personal con el diablo (ni trato con él que valga) para mostrar paso a paso el proceso de obsesión de un artísta con su obra y las consecuencias de ello en su vida cotidiana.

 

Que una novela de corte realista tenga que buscar en elementos “misteriosos” el origen de una dedicación al arte da que pensar. A la altura del ecuador del siglo XX un escritor no tenía por qué valerse del (ya por entonces manido) recurso del “trato con el diablo” para narrar la aventura vital de un artista dotado (o empeñado en exhibir los rasgos) de cierta genialidad. Por supuesto, Thomas Mann era muy libre de retomar “un mito” de la “gran cultura” germánica para colocar su novelón en la lista de los textos que seguían esa estela.

 

Más divertido (si se permite el adjetivo) es el recurso a la sífilis: el Mann musicólogo cede por algunas páginas la palabra al Mann galeno y psiquiatra… para terminar de rematarla. Mi impresión es que en este caso, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”: con sus cuatro pinceladas anacrónicas (para entonces ya se sabía bastante más al respecto), Thomas Mann corre el peligro de acabar apareciendo a nuestros ojos como un escritor tan conocedor de los estragos de la sífilis como de la teoría musical dodecafónica y sus implicaciones en la evolucion de la cultura de su época, lo cual sería sería injusto.

 

Hay un interesante artículo en la Red: “Irracionalismo, negatividad y música en el “Doktor Faustus” de Thomas Mann de Inmaculada Murcia Serrano; me parece que resume muy bien el conjunto de cosas inteligentes que se suelen escribir sobre esta novela, una especie de “estado de la cuestión” perfectamente “ortodoxo” al respecto. Al leerlo me he dado cuenta de ese tipo de argumentos no me convencen.  Escribe Inmaculada Murcia Serrano, or ejemplo: “Thomas Mann trataba de poner de manifiesto en esta novela, no sólo la esterilidad creativa de la época, como él mismo reconoce, sino, sobre todo, las causas de esta esterilidad, que venían determinadas por la constatación de que la cultura europea, que había alzado como bandera la razón y la ilustración frente a lo irracional y la superstición, había desaparecido.” ¿Realmente había desaparecido? ¿No se trató, más bien, de una deserción intelectual de la burguesía europea? ¿Acaso nadie oponía argumentos contra esa “barbarización” del medio cultural (y vital) alemán ante el que Adrián y Serenus permanecen, cada uno a su manera, impotentes?

 

El asunto de la música y lo irracional, lo dionisíaco (o demoníaco) contrapuesto a la belleza guidada por la razón, etc., por mucho Nietzsche y Schopenhauer, Adorno y Schönberg que Thomas Mann tuviera en mente mientras componía su novela, lo cierto es que sus disquisiciones pecan de un dilettantismo preocupante, un dilettantismo que además no tiene en cuenta las propuestas culturales racionales que (no sólo, pero también) desde la izquierda marxista se estaban haciendo en esa época. En el universo intelectual y moral de Thomas Mann esas propuestas no existen: ante la racionalidad burguesa no se yergue sino la irracionalidad demoníaca del horror nazi. Por cierto: Ni Adorno ni Shönberg planteaban precisamente nada aprovechable por la ideología nazi; entonces, ¿por qué sus “modelos musicales”, en manos de Thomas Mann, aparecen en el otro plato de la balanza? ¿No habría que poner en él, más bien, los himnos y cánticos (y las orgías de sangre) de las SA, de las SS, todos aquellos himnos guerreros de la ortodoxia nazi? Todo esto me hace desear releer al (ahora tan injustamente olvidado) György Lukács. Su “Thomas Mann” (1957), quien, por su parte, si mal no recuerdo (hace ya tantos años de todo...) trataba  con bastante generosidad tanto a Thomas Mann como a su “Doktor Faustus”.

 

¿Por qué un escritor como Thomas Mann, cuyas novelas sobre la familia Budennbrook o del estafador Felix Krull me parecen estupendas se empeña en su madurez en escribir una novela que me parece tan…mala? Ésta es la pregunta que me estoy haciendo desde que comencé a leer su “Doktor Faustus”.  La otra pregunta que también me hago cada día es: ¿por qué me empeño en acabar de leer una (larga) novela que no me está gustando? A más de un@ de Ustedes les habrá ocurrido alguna vez.  A mí, con demasiada frecuencia, lo cual seguramente dice más de mis debilidades que de la calidad de las obras que leo.

 

Creo que ambas preguntas son las dos caras de una misma moneda. Creo que, entre otras cosas, aquellas juveniles lecturas mías del maduro Lukács, sus apasionantes análisis y sus impresionantes juicios sobre “obras cumbre” de la literatura todavía influyen en mi, en cierta medida, “obligado” acercamiento a ciertas novelas que (acaso sea fallo mío: esperar “otra cosa” de las personas y de sus obras es una de mis equivocaciones más notables) no consigo disfrutar.

 

Creo también que los asuntos de fondo que tratan algunas novelas, asuntos que tengo la impresión de que me conciernen y la seguridad de que me preocupan, hacen que insista en lecturas que si por un lado me decepcionan por otro me ayudan, precisamente, a enfrentarme a esos asuntos ante los que reacciono con pasión. Puede que a una novela no se le pueda pedir más.

 

 

Continuará…